«Preparar el espacio»

«Preparar el espacio»

Parece mentira pero durante mucho tiempo el lugar donde se vivía había sido solo eso: un sitio funcional, una estructura donde dormir, cocinar, pasar las horas. Las paredes estaban en su sitio, los muebles eran prácticos, y no había nada especialmente fuera de lugar. Pero tampoco había belleza. Solo rutina.

Un día cualquiera, mientras colocaba la loza recién fregada en su sitio, se quedó mirando fijamente hacia las ventanas. En ese preciso instante, como formando una pequeña cascada, surgieron varias preguntas que hasta el momento no habían hecho aparición: ¿qué me falta?, ¿qué dice este espacio de mí?, ¿qué siento cuando estoy aquí?, ¿qué siente quien se sienta aquí conmigo? Esas dudas encendieron algo. No una urgencia, sí una conciencia.

La idea surgió sin preparar, de forma espontánea, como suelen surgir las buenas ocurrencias. Esta lo era. Así que centró esfuerzos en la mesa del salón. No era arreglarla para una ocasión especial. No había invitados. Pero algo pedía belleza, aunque fuera solo para acompañar la soledad y el propio silencio.

Sobre la mesa, de madera blanca y superficie limpia, se colocó un centro sencillo, elegido con cuidado, con el cariño de quién le apetece compartir momentos.

Una pequeña bandeja de mimbre, una jarrón con flores japonesas —pequeñas, humildes, con esa belleza que no exige atención—, una pequeña caja de cerámica artesanal, de forma irregular y color tierra, y un candil blanco repujado, en el que esconder e insinuar la luz de una vela baja, de cera natural, que al encenderla parecía calmar hasta el ritmo de los pensamientos, de esos pensamientos y deseos de que estés.

Una vez instalado todo alrededor cambió. El resto de pequeños detalles parecían contemplar la escena, como si el momento se compartiera con alguien invisible.

Era solo un centro de mesa. Pero hablaba: he pensado en este espacio. Quiero que sea amable. Quiero que sea hogar, tú hogar, nuestro hogar.

Y aunque nadie más lo viera ese día, el alma del lugar quedó suavemente encendida.

Con todo ello, el cuidado se volvió hábito, y el hábito, una forma de estar presente. Se comprendió entonces que decorar no era llenar de cosas. Era afinar la atmósfera. Crear un fondo donde otros pudieran relajarse, abrirse, respirar.

El hogar empezó a dejar de ser refugio solitario para convertirse en escenario de vínculos. Cada detalle sumaba: una taza bonita, una música suave, el silencio cuando hacía falta. No hacía falta perfección, sino intención.

Y así, el acto de cuidar el espacio se volvió una forma de cuidar a los demás. Y también, en el fondo, una forma de cuidar de uno mismo.

Gracias por leerme.

«Dunas»

«Dunas»

Las dunas del desierto son inmensas. Desde ellas la vida se ve de otra manera. La paz que transmiten es solo comparable con aquella que encuentran en esa persona que siempre te acompaña. Allí estaban. 

El sol caía como un peso sobre los hombros de ambos. Caminaban sin rumbo fijo, con la arena cubriéndoles los tobillos, filtrándose por cada agujero de su ropa, por cada poro de su piel, como si el desierto quisiera tragarlos lentamente. No hablaban mucho, apenas lo justo. Sus palabras se mezclaban con el viento cálido y seco, perdiéndose entre las dunas.

La primera vez que se tocaron fue por error. Una mano que buscaba equilibrio tropezó con la piel del otro, y allí quedó, como si hubiese encontrado algo más firme que la arena. Luego vinieron las noches, frías y silenciosas, en las que el cuerpo del otro era refugio y el deseo se confundía con necesidad.

No sabían cuánto tiempo llevaban allí. En el desierto, los días eran espejos de sí mismos: una repetición de soles inmisericordes y lunas que espiaban desde lejos. Pero se sentían libres. Sin teléfonos. Sin ruido. Sin relojes. Se tenían solo el uno al otro, y eso bastaba.

En medio del vacío dorado, crearon algo. Una intimidad, una complicidad hecha de miradas y gestos mínimos. Se amaron sin apuro, como si el mundo hubiese desaparecido y solo quedaran ellos dos y la vasto del territorio.

Una tarde, cuando el sol comenzaba a inclinarse hacia el horizonte, él se detuvo a observarla. Había arena en su cabello, en sus labios, en su rostro y aun así le parecía la visión más limpia y preciosa que había tenido nunca. 

Ella lo miraba como siempre. Sonrió. Le habló, pero su voz le pareció lejana, como un eco. Intentó acariciarle el rostro, como tantas veces hacía, pero no logró llegar a ella. 

Parpadeó. Volvió en sí. Estaba solo.

Sentado en el sofá del departamento. La televisión encendida, las persianas cerradas. La copa de vino en la mano. Una vela encendida sobre la pequeña mesita de centro. Afuera, llovía. El aire era húmedo, espeso.

Ella estaba allí, pero no con él, solo en sus pensamientos. En el desierto con su mundo aparte. Un espejismo, una fantasía que su mente había creado para huir de lo real. No estaban perdidos en ninguna parte. Estaban donde siempre habían estado. Juntos sin estarlo. 

Gracias por leerme. 

«El vuelo de la Encarni»

«El vuelo de la Encarni»
FOTO SACADA CON MI MÓVIL EN EL AEROPUERTO DE LOS RODEOS.

Ella, la Encarni, se consideraba una mujer sencilla. Eso decía ella aunque no era para tanto. Le gustaba decir que tenía “los pies bien puestos sobre la tierra”, aunque cualquiera que la conociera sabía que no era verdad. Si los pies de Encarni no estaban en unos tacones que parecían torres de Babel, estaban flotando en su nube de sueños imposibles: viajar a la luna, abrir un restaurante de sushi en Marte o casarse con un millonario que no roncara.  

Era un día ventoso, de esos que decreta la AEMET, ¡y aciertan!, el tipo de viento que arrastra bolsas de supermercado, sombreros desprevenidos y hasta gallinas despistadas. Pero Encarni, tozuda como siempre, decidió que eso no le impediría salir de casa con su vestido nuevo, ese que parecía una vela de barco. Total, ¿qué podía salir mal?  

Desde aquí la veo, caminando con sus zapatitos de charol y su andar de reina de pasarela, cuando, de repente, vino una ráfaga de viento tan fuerte que hasta los árboles parecieron susurrar “mejor nos agarramos”. En un abrir y cerrar de ojos, ¡zas!, el viento la levantó del suelo como si fuera un globo de cumpleaños.  

“¡Ay, Dios mío, que me lleva el aire!”, gritó Encarni mientras intentaba agarrarse de un poste de luz. Pero sus dedos, perfectamente manicurados, no eran rivales para la naturaleza. Ahí iba Encarni, volando como si fuera Mary Poppins, pero sin paraguas, dejando tras de sí un rastro de asombro y… sin sus zapatos. Sí, porque en algún momento de su ascenso, sus zapatos decidieron que ya habían tenido suficiente de esa aventura y se quedaron plantados en el suelo, perfectamente alineados, como diciendo: “Nosotros sí sabemos dónde estar”.  

Así pasó, surcando los cielos como una cometa descontrolada, mientras el viento la llevaba más y más lejos. En su desesperación, Encarni intentó razonar con el viento:  

—¡Viento, querido, te prometo que si me bajas, te hago un par de reels y una historia, de cinco estrellas, en IG. Pero el viento no respondía, claro, porque si algo tenía Encarni en común con la física cuántica, era que ninguna se entiende.  

Finalmente, el destino (y un árbol particularmente bajo) hicieron su trabajo. Encarni quedó colgada de una rama, despeinada, sin sus zapatos y con el vestido torcido. Un grupo de curiosos se reunió debajo, y entre risas y selfies, lograron bajarla.  

De vuelta al suelo, todavía algo aturdida, Encarni me miró. Yo llevaba sus zapatos en mis manos que la miraban sorprendidos como si de dos amigos leales se trataran. Entonces, mientras se los ponía, tuvo una epifanía, de esas que solo llegan después de volar sin querer:  

—Es verdad lo que dicen —dijo, acomodándose el vestido y atusándose la melena—, la vida puede llevarte por los aires, pero al final, lo importante es saber dónde están tus pies. Y, a ser posible, que estén en el suelo… y calzados.  

Desde ese día, Encarni aprendió a mantener los pies en la tierra. Bueno, al menos la mayoría de las veces, porque lo de soñar despierta… eso jamás se lo iba a quitar de la cabeza, y menos si era conmigo.  

Gracias por leerme.

«La caja de los recuerdos»

María subió al ático de la vieja casa de su infancia. Nada más entrar se encontró rodeada de cajas polvorientas, juguetes antiguos y trastos descoloridos. Iba decidida a limpiar y deshacerse de todo aquello. Fue entonces cuando se percató de la presencia de una caja de madera, con su nombre grabado en la tapa en una letra familiar y bella: la de su abuela. 

Con un leve temblor en las manos, abrió la caja, y un suave aroma a lavanda la envolvió. Dentro encontró un montón de papeles cuidadosamente doblados, y en la parte interior de la tapa, un mensaje grabado: «Cuando necesites recordar quién eres, vuelve aquí.»

Confundida, tomó la primera nota. Aquellas palabras la hicieron sonreír y sentirse extrañamente emocionada: «María, ¿recuerdas cuánto disfrutabas al correr bajo la lluvia? Decías que las gotas eran mágicas, un regalo de las nubes para quienes se atrevían a mojarse. ¿Dónde quedó esa niña intrépida? Búscala, porque aún vive en ti.» Aquella frase la transportó a una época de inocencia y risas. 

Sonriendo pasó a leer la siguiente nota: «Ese primer amor te hizo creer que el mundo cabía en una mirada. Recuerda lo que aprendiste entonces: que el amor verdadero no teme entregarse con todo el corazón.» Aquel mensaje, además de hacer revivir mariposas en el estómago, la llenó de nostalgia. 

Una a una, fué leyendo todas las notas que, de manera asombrosa, tocaban etapas específicas de su vida, recuerdos de los años en los que se había sentido sola, aventuras de juventud, y consejos sobre la fuerza que había heredado de su abuela y de su madre. 

Sin embargo, lo que la dejó realmente perpleja fue encontrar un sobre sellado, escondido bajo las notas.

El sobre llevaba su nombre y parecía recién escrito. Al abrirlo, descubrió una carta con una caligrafía firme y elegante: la letra de su madre: «Querida María;  si estás leyendo esto es probable que te sientas un poco perdida, preguntándote si todavía te queda algo por descubrir o si debes conformarte con los recuerdos del pasado.» María sintió una lágrima caer. Su madre siempre había sabido lo que ella necesitaba, incluso después de todos estos años. Siguió leyendo, cautivada: «Quiero que sepas que aún queda tanto por vivir, tanto por experimentar. A veces, creemos que ya hemos amado y que lo que hemos sentido en el pasado fue lo mejor que podría habernos ocurrido, pero la vida puede darnos sorpresas. De hecho, creo que tú estás a punto de descubrir una de las más grandes.»

María se quedó en suspenso, su respiración contenida. La carta continuaba: «Hay alguien que ha estado cerca de ti en estos últimos años, alguien que no ha dejado de amarte y de cuidarte en silencio, que conoce tus miedos, tus cicatrices y también la alegría que llevas dentro. Esta persona ha sido una constante en tu vida y ha estado ahí cuando pensabas que no quedaba nadie. Es hora de abrir tu corazón.»

La carta terminaba con una última frase: «A veces, el amor verdadero es como una semilla plantada en la oscuridad, esperando a que estés lista para verlo florecer. No tengas miedo, querida María. Ve hacia él. Atrévete a vivir este amor, porque puede ser el regalo más grande de tu vida.»

María cerró la caja, sus ojos se llenaron de lágrimas, y apretó la carta contra su pecho. Sentía que su madre y su abuela estaban allí, acompañándola, guiándola a través de esas palabras tan llenas de amor. En ese instante, comprendió que tal vez, solo tal vez, este amor silencioso y paciente que había cultivado en su vida era la continuación de la ternura que tanta falta le hacía.

Gracias por leerme.

«La procesión va por dentro»

«La procesión va por dentro»

Son días de recogimiento. Cada año, durante la Semana Santa, el pueblo se sumerge en la solemnidad y la devoción. Las procesiones llenan las calles con el sonido de los tambores y cantos religiosos, mientras que las figuras de los pasos de Semana Santa siguen su lento y solemne camino. Para muchos, es un momento de reflexión y de comunión con la fe. Para Victor, es un recordatorio de su propio vía crucis personal, un peso que carga en silencio.

En su mente, Victor compara cada estación del vía crucis con los desafíos que enfrenta en su vida, pues imagina que cada estación de ese camino sagrado parece reflejar momentos cruciales de sus propias luchas y tribulaciones.

Victor, como si en una primera estación estuviese, recuerda los momentos en los que siente que la vida le condena con desafíos insuperables. Expectante no puede evitar relacionar la carga de la cruz con el peso de sus propios problemas. 

Para él, la primera caída, es sinónimo de esos momentos en los que tropezó y se  encuentra en el suelo, agotado y desanimado, preguntándose si podrá volver a levantarse.

También se da cuenta de que tiene la fortuna de contar con amigos, familiares y seres queridos que le brindan apoyo incondicional en los momentos más difíciles, que le  ayudan, a veces sin saberlo, que comparten su carga y le recuerdan que no está solo.

Pero hay algo diferente en esta Semana Santa. Al final la esperanza y la creencia en la resurrección es lo que prima. En este sentido Victor recuerda aquella mirada cálida, esa preciosa y gentil sonrisa, ese abrazo que echa en falta, esa paz que se consigue tras un minuto de estar juntos, esa paz que Victor anhela, no se encuentra al son de bandas de cornetas y tambores.

Esa calma, esa paz que muchos intentan demostrar en las calles, falseando y actuando frente a los demás en cada procesión o en las estaciones del via crucis, esa es la que Victor lleva por dentro, la que no enseña más que a ella, pues no es sino en el amor, la confianza y la comprensión, personal primero y de aquellos que lo rodean después, donde Victor, y cada uno de nosotros, puede liberarse o sustentar la carga que llevamos dentro.

Gracias por leerme.

«Yo te quiero con limón y sal»

«Yo te quiero con limón y sal»

Lo más bonito de las ciudades costeras como la mía es que allá donde vayas el sol acaricia las olas y el aroma a sal impregna el aire. Dicen que las personas que viven junto al mar son especiales, quizás por eso, Marta y Juanjo, dos almas aparentemente opuestas, se atraen como lo hacen el limón y la sal, cuando acompañan al paladar a un buen tequila.

Juanjo, es un artista, un soñador de las palabras. Llena de sentimientos y pasión escritos que dedica no se sabe muy bien a quién. En sus momentos de trabajo encuentra la  inspiración en cada rincón, en cada comentario, en sus observaciones o en sus ensoñaciones, grabando a mitad de la noche sus ideas en el teléfono móvil. 

Por otro lado, Marta, es una profesional que dedica su tiempo a entender y descifrar los misterios del universo, halla su fascinación en los números, tablas, pruebas, análisis y ecuaciones.

Sus mundos son distantes, pero ahora que estoy sentado tomando un café, puedo ver que el destino tiene un plan que incluso ellos desconocen.

Un día, durante una mesa redonda, en una pequeña librería, Juanjo presentó la obra titulada «Universo de Amor», mientras que Marta asistía a ella para relajarse después de horas de trabajo. 

El texto de Juanjo irradiaba colores vibrantes y frases, pero en su núcleo, había una conexión profunda con los sentimientos y emociones que a Marta tanto le gustaban. Fascinada por la obra, se acercó a Juanjo para expresar su admiración por la forma en que representaba la complejidad del amor en el universo.

A medida que compartían sus experiencias y perspectivas, descubrieron que, aunque sus enfoques eran diferentes, sus corazones latían al mismo ritmo. Juanjo veía la magia en los pequeños detalles, mientras que Marta encontraba la poesía en las ecuaciones que explicaban el funcionamiento del universo, de las personas.

En una tarde soleada, mientras paseaban por la playa, Marta sorprendió a Juanjo con una bebida especial, a base de limón y sal. Al ofrecérsela, pronunció las palabras que sellarían su unión: «Yo te quiero con limón y sal». Aquella mezcla de sabores tan distintos, pero que se complementaban a la perfección, simbolizaba la armonía que habían encontrado en su relación.

El amor entre Juanjo y Marta demostró ser tan vasto y complejo como el universo. Se dieron cuenta de que, al igual que las estrellas y los planetas siguen órbitas precisas, ellos también seguían un camino único que los conducía el uno al otro.

Con el tiempo, la frase resonaba en sus corazones: «Todo el universo obedece al amor». Descubrieron que, en su unión, encontraban la fuerza para enfrentar los desafíos y la belleza en cada experiencia compartida. 

Dos almas aparentemente opuestas se habían convertido en un universo en sí mismo, donde la diversidad y la armonía coexistían en perfecta sincronía.

Gracias por leerme.

«Sueños compartidos»

«Sueños compartidos»

La penumbra de la madrugada llega de repente. Sobresaltado, con el corazón latiendo en una especie de estampida, Mario se despierta abruptamente. Son las 4:00 de la mañana. Aunque la más profunda oscuridad abraza su habitación, su mente está iluminada por un único pensamiento: Raquel. 

Mario se sienta en la cama. Permanece un rato con la mirada perdida en la oscuridad. Está alterado. Inhala oxígeno durante cuatro segundos, retiene el aire siete y lo exhala contando hasta ocho. Logra calmar la cabalgada de los latidos de su corazón a base de esa  respiración controlada. 

Los recuerdos de los momentos compartidos con Raquel inundan su mente, lo han despertado de esta manera, y ahora se ve envuelto en una profunda añoranza.

Mientras observa sus sentimientos, se da cuenta de que cada rincón de su corazón clama por la presencia de ella. La soledad de la noche parece magnificar la distancia que los separa.

El reloj avanzaba implacable. Aunque vuelve a recostarse, Mario no puede conciliar el sueño. Entonces decide levantarse y pasear por la casa en silencio. 

Sin saber cómo, en cada rincón, encuentra pequeños recordatorios de Raquel: una fotografía en la mesa de noche, una nota dejada con cariño en el escritorio, un mensaje en el móvil, un paquete de caramelos que le compró al ir al supermercado… todos pequeños detalles con grandes significados. Cada objeto parece susurrar su nombre.

Algo, un sentimiento, quizás una premonición, le hace darse cuenta de que Raquel también debe de estar despierta, tal vez pensando en él. 

Una conexión especial parece unir sus despertares, como si el tiempo y la distancia no pudieran romper el lazo que comparten, ese hilo rojo del que habla la leyenda japonesa, por el que dos personas están unidas eternamente.

Al día siguiente, Mario, con el corazón latiendo en la esperanza de volver a verla, contacta con Raquel. Le basta una mirada para descubrir que ella también se había despertado a las 4:00 de la mañana, envuelta en pensamientos sobre él. La sincronicidad de sus vidas les causa una sonrisa melancólica, pero reconfortante.

Sin embargo, Mario se da cuenta de que lo peor de soñar con Raquel es el amargo despertar. Aunque sus sueños están llenos de su presencia y amor, al abrir los ojos, la realidad golpea con fuerza, recordándole que ella no despierta a su lado, por lo que le toca superar el desafío de vivir cada día anhelando el momento en que la realidad hiciera coincidir sus sueños compartidos.

Gracias por leerme.

«La belleza de dos»

«La belleza de dos»

Antonio abre la boca denotando una clara cara de asombro. Entró en aquella exposición sin ningún entusiasmo, con el único fin de hacer algo, de pasar el tiempo, de matar la tarde. 

Nada más cruzar el umbral, y hacer un pequeño barrido con su mirada por la sala de  exposiciones, una pintura en particular capturó su atención. Era el retrato de una mujer, «Mariela», de una belleza extraordinaria. 

De su rostro emanaba una expresión tan preciosa que solo con ella parecía que repartía serenidad y confianza, tranquilidad y entusiasmo, inteligencia y pasión. Sus ojos reflejaban una profunda amabilidad y compasión.

Antonio quedó fascinado con aquella pintura. Se acercó a ella y comenzó a estudiar cada detalle. Cada trazo del pincel parecía capturar la esencia misma de la mujer retratada.

Una voz a su espalda le preguntó: 

–¿Qué ve en esa pintura? No puedo dejar de notar cómo la mira.

Antonio, ensimismado como estaba, no se giró, empezó a hablar sin parar y sin intercambiar mirada con la voz que le pedía opinión: «Es como si esta mujer fuera más que una simple imagen en un lienzo. Puedo sentir su alma y su mente a través de sus ojos. Me hace pensar en cuánta belleza y cuánta bondad puede existir en una sola persona».

–Me alegro que le guste –contestó aquella voz–, sin duda es mi autoretrato favorito. 

Mariela resultó ser real y tan cautivadora como Antonio había imaginado. Tenía una mente brillante y derrochaba pasión y energía en todo aquello que hacía. 

A medida que pasaban más tiempo juntos, Antonio descubrió que su belleza interior coincidía con su belleza exterior. Era compasiva, generosa, amable y cariñosa, además siempre estaba dispuesta a ayudar a los demás.

Ambos se hicieron inseparables, se apoyaban constantemente, pues su fuerza y energía estaba en reconocer que la belleza de la otra persona no se limita a su apariencia, sino a la combinación de su mente y alma. Ambos hacían que esa combinación fuera perfecta. 

Gracias por leerme.

«Aquella preciosa pulsera de cuero»

«Aquella preciosa pulsera de cuero»

Hay tardes en las que Victor va a pasear a la orilla de la playa. Sin sentido mira para atrás, a veces sorprendido por una luz parpadeante, o por el sonido de un coche que le parece conocido o por una voz que él cree que le reclama. Victor acude a la playa en una búsqueda. Es un jóven soñador, con alma inquieta, creatividad desbordante y ganas de sorprender, a la que él llama “Preciosa” en todo lo que hace. 

Aquel día, mientras pasea por la arena sus ojos se detienen en un objeto que el mar, en el suave devenir de las olas, deja al descubierto. Es una pulsera de cuero marrón entrelazado, en cuyas esquinas brillan unos remaches de plata que emiten un brillo nostálgico. No lo piensa, la coge. Desde el principio siente una fabulosa conexión, una energía positiva que le une a ella. Al asirla comprueba que le encaja a la perfección en su muñeca. 

En cuanto se la pone una fabulosa visión, de unos ojos color miel, vienen a su memoria. Se siente abrazado por ellos, rodeados por el calor y la tranquilidad que aquel cuerpo, ahora etéreo, le transmite. 

Cada día, justo antes de salir de casa, se la coloca en su muñeca y vuelve a sentir aquella cálida corriente recorrer su cuerpo. Pero el destino es implacable y la realidad inevitable. 

De vuelta a su solitario apartamento, Victor se la quita de su muñeca y en muchas ocasiones las lágrimas brotan de sus ojos mientras recuerda los momentos preciosos que vive junto a ella, junto a su Preciosa, y que no sabe si podrá repetir.

 La pulsera se ha convertido en un símbolo de amor y pérdida, un recordatorio de que el tiempo es efímero y de que cada momento debe ser valorado. 

Él sigue soñando historias con las que transmite emociones profundas, desea volver a tocar aquel corazón, mientras pasea por la playa deseando escuchar su nombre y abrazar aquel deseo que ahora guarda en su corazón, y del que su pulsera es fiel recuerdo.

Gracias por leerme.

«El valor de una caricia»

«El valor de una caricia»

En un mundo apresurado y agitado, donde el contacto humano a menudo se reduce a breves saludos y apretones de manos, había una mujer llamada Sofía que conocía el valor de las caricias. Sofía era una persona de alma libre y corazón generoso que sabía que las caricias tenían el poder de sanar, conectar y despertar sensaciones inexploradas.

Sofía pasaba su vida abrazando y escuchando a otros con ternura. Para ella, las caricias eran un lenguaje universal que trascendía las barreras de la palabra hablada y comunicaba emociones profundas.

Un día, mientras caminaba por un parque, Sofía notó a un hombre solitario sentado en un banco. Su semblante triste y sus ojos apagados revelan una historia de pesar y soledad. Sofía se acercó sin titubear, dejando que su intuición guiara sus acciones.

Con delicadeza, Sofía posó suavemente su mano sobre el hombro del hombre. Sin pronunciar una palabra, transmitió una conexión silenciosa, un mensaje de apoyo y compasión. El hombre, sorprendido por el gesto inesperado, levantó la mirada y encontró los ojos cálidos y comprensivos de Sofía.

Las caricias de Sofía, llenas de empatía y calidez, despertaron en el hombre una chispa de esperanza. Sintió que había alguien que se preocupaba por él, alguien dispuesto a escuchar sin juzgar, a ofrecer consuelo sin pedir nada a cambio. En ese instante, las heridas emocionales del hombre comenzaron a sanar, y el peso de su soledad se aligeró.

Con suavidad aquel hombre se levantó. Se acercó a Sofía y con suavidad acarició las mejillas de la mujer. El cuerpo de ambos palpitó. 

La mujer, asombrada por recibir de su propia medicina, descubrió que cada caricia era un abrazo sin palabras, un bálsamo para el alma y una invitación a la intimidad emocional, que ella también necesitaba. Las caricias eran el vínculo que unía corazones y creaba lazos indestructibles entre las personas.

Sofía comprendió que no solo era importante, escuchar a las personas, dar caricias, sino también recibirlas y que alguien la escuchara y ayudara a ella. 

La pareja pasaba tiempo así, sintiendo que, a través de aquellos suaves toques, podían transmitirse amor, comprensión y aceptación. 

Las caricias se convirtieron en un recordatorio de que no estaban solos en este vasto mundo, de que el otro estaba dispuesto a estar presente y compartir un momento de conexión profunda, para siempre. Con ellas encontraban la paz y el sosiego para continuar luchando en este mundo apresurado y agitado, donde el contacto humano a menudo se reduce a breves saludos y apretones de manos.

Gracias por leerme.