«La caja de los recuerdos»

María subió al ático de la vieja casa de su infancia. Nada más entrar se encontró rodeada de cajas polvorientas, juguetes antiguos y trastos descoloridos. Iba decidida a limpiar y deshacerse de todo aquello. Fue entonces cuando se percató de la presencia de una caja de madera, con su nombre grabado en la tapa en una letra familiar y bella: la de su abuela. 

Con un leve temblor en las manos, abrió la caja, y un suave aroma a lavanda la envolvió. Dentro encontró un montón de papeles cuidadosamente doblados, y en la parte interior de la tapa, un mensaje grabado: «Cuando necesites recordar quién eres, vuelve aquí.»

Confundida, tomó la primera nota. Aquellas palabras la hicieron sonreír y sentirse extrañamente emocionada: «María, ¿recuerdas cuánto disfrutabas al correr bajo la lluvia? Decías que las gotas eran mágicas, un regalo de las nubes para quienes se atrevían a mojarse. ¿Dónde quedó esa niña intrépida? Búscala, porque aún vive en ti.» Aquella frase la transportó a una época de inocencia y risas. 

Sonriendo pasó a leer la siguiente nota: «Ese primer amor te hizo creer que el mundo cabía en una mirada. Recuerda lo que aprendiste entonces: que el amor verdadero no teme entregarse con todo el corazón.» Aquel mensaje, además de hacer revivir mariposas en el estómago, la llenó de nostalgia. 

Una a una, fué leyendo todas las notas que, de manera asombrosa, tocaban etapas específicas de su vida, recuerdos de los años en los que se había sentido sola, aventuras de juventud, y consejos sobre la fuerza que había heredado de su abuela y de su madre. 

Sin embargo, lo que la dejó realmente perpleja fue encontrar un sobre sellado, escondido bajo las notas.

El sobre llevaba su nombre y parecía recién escrito. Al abrirlo, descubrió una carta con una caligrafía firme y elegante: la letra de su madre: «Querida María;  si estás leyendo esto es probable que te sientas un poco perdida, preguntándote si todavía te queda algo por descubrir o si debes conformarte con los recuerdos del pasado.» María sintió una lágrima caer. Su madre siempre había sabido lo que ella necesitaba, incluso después de todos estos años. Siguió leyendo, cautivada: «Quiero que sepas que aún queda tanto por vivir, tanto por experimentar. A veces, creemos que ya hemos amado y que lo que hemos sentido en el pasado fue lo mejor que podría habernos ocurrido, pero la vida puede darnos sorpresas. De hecho, creo que tú estás a punto de descubrir una de las más grandes.»

María se quedó en suspenso, su respiración contenida. La carta continuaba: «Hay alguien que ha estado cerca de ti en estos últimos años, alguien que no ha dejado de amarte y de cuidarte en silencio, que conoce tus miedos, tus cicatrices y también la alegría que llevas dentro. Esta persona ha sido una constante en tu vida y ha estado ahí cuando pensabas que no quedaba nadie. Es hora de abrir tu corazón.»

La carta terminaba con una última frase: «A veces, el amor verdadero es como una semilla plantada en la oscuridad, esperando a que estés lista para verlo florecer. No tengas miedo, querida María. Ve hacia él. Atrévete a vivir este amor, porque puede ser el regalo más grande de tu vida.»

María cerró la caja, sus ojos se llenaron de lágrimas, y apretó la carta contra su pecho. Sentía que su madre y su abuela estaban allí, acompañándola, guiándola a través de esas palabras tan llenas de amor. En ese instante, comprendió que tal vez, solo tal vez, este amor silencioso y paciente que había cultivado en su vida era la continuación de la ternura que tanta falta le hacía.

Gracias por leerme.

«No todo se cuenta en Instagram»

Hoy es día de almuerzo, de amigos, de risas y de cháchara. Antonio se reúne con un grupo de amigos y conocidos en una acogedora cafetería del centro. Las conversaciones van y vienen, y como es habitual, alguien mencionó Instagram. Todos comenzaron a sacar sus teléfonos, mostrando las fotos más recientes de sus salidas, comidas, y eventos.

–Antonio es el que sube un montón de cosas a su Instagram, nos lo va contando todo paso a paso –comentó Alicia.

Antonio sonrió y dejó su café sobre la mesa. “No te creas, no subo todo lo que hago” “La verdad es que prefiero guardar algunas cosas solo para mí”, respondió con calma.

–No te creo, ¡lo cuentas todo!, de hecho me extraña que no hayas colgado algo ya de esta reunión de hoy. 

Antonio se acodó en su silla y tomó un sorbo de café antes de responder. 

–¿Lo ves? Tú misma has puesto un buen ejemplo. De este encuentro de hoy publicaré algo, no hay nada que ocultar, pero aún no lo he hecho. 

–Entonces me estás dando la razón -sentenció su amiga.

–Sí y no. Ya te digo que no cuento todo lo que hago. Mira no tengo nada en contra de compartir momentos en redes sociales, me gusta hacerlo. Es una forma maravillosa de conectar y mantenernos al día. Pero, por otro lado, hay experiencias que, para mí, son tan especiales que no necesitan ser contadas, de las que no quiero la validación de los ‘likes’ o comentarios. Son recuerdos, de momentos, o los vividos con ciertas personas, que prefiero guardar siempre en mi memoria, lejos de la mirada de los demás.

El grupo quedó en silencio por un momento, intrigado por lo que estaba contando.

–Pero si no lo compartes, nadie sabrá lo que viviste –comentó Javier, otro de los presentes.

–Y eso está bien –replicó Antonio–. No todo lo que hacemos tiene que ser público. Hay momentos que son tan profundos y personales que compartirlos los diluiría. Además, vivimos en una era donde parece que si no lo compartes, no pasó, como dice de forma parecida la canción. Pero no es así. Algunas de mis mejores experiencias son aquellas que guardo para mí, que atesoro en mi corazón y que no necesitan ser mostradas para ser valiosas. Que ninguno de los presentes conoce. Algunas historias son solo mías, y está bien que así sea. Al final, la vida se trata de esos momentos especiales, buenos o malos, que siempre nos hacen sentir vivos, que nos llenan de paz, de felicidad, de miradas, de complicidad…

–¿Entonces nos ocultas cosas? –consultó Alicia.

–Puede ser. Eso tampoco te lo confesaré –manifestó Antonio mirándola con una sonrisa pícara en su rostro, a la vez que levantaba su copa para brindar–, pero yo que tú no apostaba en contra, aunque, a lo mejor, eres parte de ese secreto.

El grupo respondió al brindis, pero, aunque con risas, dejó en silencio ese tema, asimilando las palabras de Antonio. Tal vez, después de todo, había algo de verdad en eso de guardarse los mejores momentos solo para uno mismo. Yo lo hago. Pero eso tampoco te lo contaré.

Gracias por leerme.

«El sabor de los sueños»

«El sabor de los sueños»

Agustín disfruta de las sorpresas, de los regalos de la vida. Le encanta darlos y le fascina recibirlos, si son sin esperarlos pues mucho mejor. La otra noche, acordándose de un cuento que hace tiempo leyó, recordó a qué saben los sueños, aunque dicha narración trataba de la luna.

Él y Marta se habían citado para tomar algo. La temperatura de aquella tarde-noche era perfecta y la vista desde la terraza, en la que se habían citado, era perfecta. Por lo demás, nada les preocupaba, sabían que estar juntos era un disfrute para los dos, un verdadero regalo de la vida, pues cada vez que lo hacían la cháchara nunca paraba, la magia les invadía, las risas les acompañaban y el tiempo se les pasaba volando, haciéndoles disfrutar todo ello de cada segundo, deseando que la noche nunca acabara. Si hay algo que los define, es que cumplen con ese meme que el día anterior habían visto en Instagram: “Las cinco C de una relación: Conexión, Contacto, Cariño, Confianza y Comunicación”

Mientras hablaban no podían parar de mirarse, de rozarse con el brazo, las rodillas, los pies o, incluso, buscar de manera deliberada, la mano o la pierna del otro, para rozarla o acariciarla. Así estuvieron todo el tiempo que les fue posible. La cita fue un regalo de la vida. Un momento de encuentro y de paz que ambos disfrutaron de una manera maravillosa, provocándoles mostrar una gran sonrisa, no solo en su rostro, sino también en la energía que cada uno irradia cuando se encuentra con el otro y hacen cosas juntos. 

Tras el buen rato que pasaron, la despedida se alargó. Siempre les pasa lo mismo, el tiempo se les hace poco y encuentran un motivo para volver a acercarse, para iniciar un nuevo tema de conversación o para volver a cogerse de las manos. 

En aquella ocasión lo que estiró el momento fue uno de esos abrazos que, como ellos ya han descubierto hace tiempo, también como regalo de vida, son la única cosa en el mundo que cuanto más apretado es, más alivio da.

En segundo lugar, pudieron recordar que los sueños, como la luna, tienen un sabor especial, en este caso, para ellos, el de los labios del otro. Para Agustín y Marta, el sabor de los sueños es el mismo que el de los besos apasionados de dos personas que se quieren con locura. Ellos. 

Gracias por leerme.