«Tras el primer paso»

«Tras el primer paso»

Marta es jóven. Está secretamente enamorada de un chico llamado Alejandro. Ambos comparten clases en la universidad y, aunque Marta siempre encontraba excusas para estar cerca de él, nunca se atrevía a expresar sus sentimientos. Sin embargo, un día, Marta se encontró en una situación que cambiaría su perspectiva.

La profesora asignó un proyecto en parejas, y Marta se dio cuenta de que necesitaba la ayuda de alguien para completarlo. La idea de trabajar con Alejandro le emocionaba, pero el miedo al rechazo y al posible juicio la paralizaba. Los días pasaban, y Marta veía cómo otros compañeros se asociaban para el proyecto, mientras ella seguía sin atreverse a dar el paso.

Una tarde, Marta se encontró con Alejandro en la biblioteca. Estaba absorto en sus libros, y Marta sentía que era el momento perfecto para pedirle ayuda. Sin embargo, el miedo se apoderó de ella, y en lugar de abordarlo directamente, comenzó a buscar libros en la misma sección, esperando que Alejandro notara su presencia y le ofreciera su ayuda.

Los minutos pasaron, y Marta, cada vez más nerviosa, no pudo resistir más. Finalmente, decidió hablarle, pero cuando abrió la boca, sus palabras salieron entrecortadas y nerviosas. «Alejandro, ¿te importaría ser mi pareja en el proyecto?», balbuceó Marta, sintiendo que el corazón le latía con fuerza.

Para su sorpresa, Alejandro sonrió amablemente y aceptó con gusto. Comenzaron a trabajar juntos, y Marta descubrió que no solo compartían ideas creativas, sino también risas y conversaciones profundas. A medida que el proyecto avanzaba, Marta se dio cuenta de que había dejado pasar oportunidades por miedo.

El día de la presentación llegó. Marta y Alejandro dieron lo mejor de sí mismos. Después, cuando estaban celebrando el éxito del proyecto, Marta decidió volver a ser valiente y confesar sus sentimientos.

Para su sorpresa, Alejandro correspondió, y ambos se dieron cuenta de que habían estado perdiendo tiempo por temor a arriesgarse. Eran un equipazo.

La moraleja de la historia es que no podemos dejar que el miedo nos paralice y nos impida buscar lo que realmente queremos. A veces, es necesario superar la timidez y luchar por nuestras oportunidades, por nuestros sueños, antes de que sea demasiado tarde. Marta aprendió que la vida está llena de posibilidades, pero solo podemos aprovecharlas si nos atrevemos a dar el primer paso.

Gracias por leerme.

«Atrapados»

«Atrapados»

Pasan de las 23:00 horas. La noche está fría. Él lleva un rato enroscado en una manta sobre el sofá, pero no logra concentrarse en la lectura, su mente viaja a través del tiempo haciendo que sus ensoñaciones lo conviertan en un espectador de un mundo paralelo. 

Con añoranza recuerda la primera vez que se vieron, había sido un choque. No de miradas, sino de presencias. Fue en una exposición de pintura. Ella estaba absorta frente a un lienzo rojo, mientras él, sin saber por qué, no podía dejar de mirarla. “¡Todo al rojo!” Pensó. 

A él le llamaba mucho la atención la forma en que Isabel tenía de inclinar la cabeza, como si estuviera intentando escuchar lo que el cuadro quería decirle. Gabriel, de pie a unos metros, sintió que algo en su pecho se tensaba, como si alguien hubiera tirado de un hilo invisible que lo conectaba con ella, la famosa leyenda japonesa del Hilo rojo. Y cuando finalmente Isabel lo miró, el mundo se rompió a su alrededor. Mejor dicho se completó. 

Esa noche hablaron como si no existiera nadie más. Los cuadros, las copas de vino, las otras personas que reían y conversaban en la galería se desvanecieron, y todo lo que quedó fue el espacio entre ellos, un abismo que ninguno de los dos pudo resistir saltar.

Desde entonces, su conexión fue más que magnética, era gravitacional. Se atraían con tal fuerza que estar separados, aunque fuera por minutos, parecía descomponerlos en pedazos pequeños e incompletos. Si no compartían momentos, sus mentes y sus cuerpos se enzarzaban  en una batalla sin tregua constante, hasta volver a encontrarse, como si quisieran demostrar algo al universo.

En sus pensamientos se dio cuenta de que lo que los atrapaba no era solo el deseo. Era la forma en que sus pensamientos se entrelazaban, cómo se leían la mente y se complementaban. Había ocasiones en las que Gabriel podía terminar las frases de Isabel antes de que ella las comenzara. En otras, ella podía sentir cuando él tenía miedo antes de que él siquiera lo admitiera. Había algo extraño en su relación, casi sobrenatural, podían adivinarse, completarse, pacificarse, consumirse. No se entendían el uno sin el otro.

Gabriel la buscaba en cada rincón, en cada sombra de su día, incapaz de concentrarse si no sentía su olor cerca, si no podía rozar la curva de su espalda o escuchar su risa, esa que resonaba como un eco en su mente. Isabel tampoco era ajena a esto. Cuando Gabriel salía de casa, el vacío que quedaba en el aire era casi insoportable. Ella respiraba en su ausencia como si algo se le atorara en el pecho. 

Constantemente se echan de menos, están atrapados el uno en el otro, agradecidos con cada caricia, con cada beso, con cada mirada, con cada momento que pueden compartir. 

Gracias por leerme.

«La caja de los recuerdos»

María subió al ático de la vieja casa de su infancia. Nada más entrar se encontró rodeada de cajas polvorientas, juguetes antiguos y trastos descoloridos. Iba decidida a limpiar y deshacerse de todo aquello. Fue entonces cuando se percató de la presencia de una caja de madera, con su nombre grabado en la tapa en una letra familiar y bella: la de su abuela. 

Con un leve temblor en las manos, abrió la caja, y un suave aroma a lavanda la envolvió. Dentro encontró un montón de papeles cuidadosamente doblados, y en la parte interior de la tapa, un mensaje grabado: «Cuando necesites recordar quién eres, vuelve aquí.»

Confundida, tomó la primera nota. Aquellas palabras la hicieron sonreír y sentirse extrañamente emocionada: «María, ¿recuerdas cuánto disfrutabas al correr bajo la lluvia? Decías que las gotas eran mágicas, un regalo de las nubes para quienes se atrevían a mojarse. ¿Dónde quedó esa niña intrépida? Búscala, porque aún vive en ti.» Aquella frase la transportó a una época de inocencia y risas. 

Sonriendo pasó a leer la siguiente nota: «Ese primer amor te hizo creer que el mundo cabía en una mirada. Recuerda lo que aprendiste entonces: que el amor verdadero no teme entregarse con todo el corazón.» Aquel mensaje, además de hacer revivir mariposas en el estómago, la llenó de nostalgia. 

Una a una, fué leyendo todas las notas que, de manera asombrosa, tocaban etapas específicas de su vida, recuerdos de los años en los que se había sentido sola, aventuras de juventud, y consejos sobre la fuerza que había heredado de su abuela y de su madre. 

Sin embargo, lo que la dejó realmente perpleja fue encontrar un sobre sellado, escondido bajo las notas.

El sobre llevaba su nombre y parecía recién escrito. Al abrirlo, descubrió una carta con una caligrafía firme y elegante: la letra de su madre: «Querida María;  si estás leyendo esto es probable que te sientas un poco perdida, preguntándote si todavía te queda algo por descubrir o si debes conformarte con los recuerdos del pasado.» María sintió una lágrima caer. Su madre siempre había sabido lo que ella necesitaba, incluso después de todos estos años. Siguió leyendo, cautivada: «Quiero que sepas que aún queda tanto por vivir, tanto por experimentar. A veces, creemos que ya hemos amado y que lo que hemos sentido en el pasado fue lo mejor que podría habernos ocurrido, pero la vida puede darnos sorpresas. De hecho, creo que tú estás a punto de descubrir una de las más grandes.»

María se quedó en suspenso, su respiración contenida. La carta continuaba: «Hay alguien que ha estado cerca de ti en estos últimos años, alguien que no ha dejado de amarte y de cuidarte en silencio, que conoce tus miedos, tus cicatrices y también la alegría que llevas dentro. Esta persona ha sido una constante en tu vida y ha estado ahí cuando pensabas que no quedaba nadie. Es hora de abrir tu corazón.»

La carta terminaba con una última frase: «A veces, el amor verdadero es como una semilla plantada en la oscuridad, esperando a que estés lista para verlo florecer. No tengas miedo, querida María. Ve hacia él. Atrévete a vivir este amor, porque puede ser el regalo más grande de tu vida.»

María cerró la caja, sus ojos se llenaron de lágrimas, y apretó la carta contra su pecho. Sentía que su madre y su abuela estaban allí, acompañándola, guiándola a través de esas palabras tan llenas de amor. En ese instante, comprendió que tal vez, solo tal vez, este amor silencioso y paciente que había cultivado en su vida era la continuación de la ternura que tanta falta le hacía.

Gracias por leerme.

«No todo se cuenta en Instagram»

Hoy es día de almuerzo, de amigos, de risas y de cháchara. Antonio se reúne con un grupo de amigos y conocidos en una acogedora cafetería del centro. Las conversaciones van y vienen, y como es habitual, alguien mencionó Instagram. Todos comenzaron a sacar sus teléfonos, mostrando las fotos más recientes de sus salidas, comidas, y eventos.

–Antonio es el que sube un montón de cosas a su Instagram, nos lo va contando todo paso a paso –comentó Alicia.

Antonio sonrió y dejó su café sobre la mesa. “No te creas, no subo todo lo que hago” “La verdad es que prefiero guardar algunas cosas solo para mí”, respondió con calma.

–No te creo, ¡lo cuentas todo!, de hecho me extraña que no hayas colgado algo ya de esta reunión de hoy. 

Antonio se acodó en su silla y tomó un sorbo de café antes de responder. 

–¿Lo ves? Tú misma has puesto un buen ejemplo. De este encuentro de hoy publicaré algo, no hay nada que ocultar, pero aún no lo he hecho. 

–Entonces me estás dando la razón -sentenció su amiga.

–Sí y no. Ya te digo que no cuento todo lo que hago. Mira no tengo nada en contra de compartir momentos en redes sociales, me gusta hacerlo. Es una forma maravillosa de conectar y mantenernos al día. Pero, por otro lado, hay experiencias que, para mí, son tan especiales que no necesitan ser contadas, de las que no quiero la validación de los ‘likes’ o comentarios. Son recuerdos, de momentos, o los vividos con ciertas personas, que prefiero guardar siempre en mi memoria, lejos de la mirada de los demás.

El grupo quedó en silencio por un momento, intrigado por lo que estaba contando.

–Pero si no lo compartes, nadie sabrá lo que viviste –comentó Javier, otro de los presentes.

–Y eso está bien –replicó Antonio–. No todo lo que hacemos tiene que ser público. Hay momentos que son tan profundos y personales que compartirlos los diluiría. Además, vivimos en una era donde parece que si no lo compartes, no pasó, como dice de forma parecida la canción. Pero no es así. Algunas de mis mejores experiencias son aquellas que guardo para mí, que atesoro en mi corazón y que no necesitan ser mostradas para ser valiosas. Que ninguno de los presentes conoce. Algunas historias son solo mías, y está bien que así sea. Al final, la vida se trata de esos momentos especiales, buenos o malos, que siempre nos hacen sentir vivos, que nos llenan de paz, de felicidad, de miradas, de complicidad…

–¿Entonces nos ocultas cosas? –consultó Alicia.

–Puede ser. Eso tampoco te lo confesaré –manifestó Antonio mirándola con una sonrisa pícara en su rostro, a la vez que levantaba su copa para brindar–, pero yo que tú no apostaba en contra, aunque, a lo mejor, eres parte de ese secreto.

El grupo respondió al brindis, pero, aunque con risas, dejó en silencio ese tema, asimilando las palabras de Antonio. Tal vez, después de todo, había algo de verdad en eso de guardarse los mejores momentos solo para uno mismo. Yo lo hago. Pero eso tampoco te lo contaré.

Gracias por leerme.

«El hombre de la poción mágica»

«El hombre de la poción mágica»

Hay pueblos que tienen una vida muy bulliciosa, en los que, además, viven personajes curiosos que producen un efecto increíble, dando de qué hablar y generando chismes entre sus habitantes, que sin duda alientan esas vivencias. Pedro es uno de esos habitantes, de uno de esos pueblos. 

Aunque te parezca un poco locura, la vida de nuestro Pedro cambió, de manera sorprendente, cuando se bebió, de un solo trago, una antigua poción mágica que se encontró apartada en una tienda de curiosidades. él pensaba que era un licor, pero en realidad era un bebedizo con el que mejorar su suerte en el amor. 

Tan pronto como bebió aquel mejunje, Pedro notó un cambio instantáneo en su vida amorosa. Todas las mujeres del pueblo parecían enamorarse locamente de él. Se tropezaban entre sí por la oportunidad de compartir un momento con el nuevo y encantador Pedro. 

Pedro, que antes luchaba por conseguir una cita, ahora tenía un dilema diferente: ¡demasiadas citas! Las mujeres lo invitaban a cenar, a pasear, e incluso lo perseguían por el mercado, la fama de Pedro se propagó rápidamente. 

Sin embargo, entre el tumulto de admiradoras, había una mujer, Clara, que siempre había tenido un lugar especial en su corazón para Pedro. Desde hacía mucho tiempo, la mujer había guardado en secreto su amor, pero ahora, con la poción haciendo estragos en el pueblo, sentía que su oportunidad estaba perdida.

Mientras las otras mujeres se peleaban por la atención de Pedro, Clara observaba desde la distancia. Ella sabía que el corazón de Pedro no podía ser conquistado tan fácilmente.

Clara decidió tomarse aquel asunto con humor y comenzó a organizar pequeñas sorpresas con las que sorprenderlo: le dejaba mensajes en su mesa, le dedicaba alguna canción, lo sorprendía con caramelos…

Aunque todas las mujeres estaban cautivadas por el encanto de Pedro, él no podía dejar de notar las ocurrencias de Clara que simplemente se divertía siendo ella misma.

Una vez libre del efecto de la poción, Pedro se dio cuenta de que lo que realmente buscaba no era la atención masiva, sino una conexión auténtica. Se río de la ironía del destino y recibió el amor de Clara, agradecido de tener a alguien que lo apoyara, ayudara y amara,  por quien realmente era.

Desde ese momento, en aquel pintoresco pueblo, la historia de Pedro y Clara se convirtió en la comedia romántica más comentada y cuchicheada de todas, donde el encanto y la conexión verdadera supera cualquier poción mágica.

Gracias por leerme.

«Una llave bajo el felpudo»

«Una llave bajo el felpudo»

Le había dicho mil veces que siempre tendría la puerta de su casa abierta para ella. Le dejaba señales, le indicaba opciones, la invitaba a café o a estar un rato juntos. Nada de aquello surtía el efecto deseado. Uno de aquellos días le señaló el felpudo situado en la entrada, mostrándole el pequeño agujero dónde él había escondido una llave de la puerta de su casa. Ella podía usarla cada vez que quisiera.  

Los días pasaban. Él se sentía nervioso, quería que ella se sintiera cómoda visitándolo y se preguntaba si ella simplemente había pasado por alto acudir a verlo. El tiempo se le hizo eterno mientras imaginaba diferentes motivos en su cabeza por los que ella ya no quería estar con él. 

Finalmente, después de una semana dura de trabajo, desmotivado por el tiempo que llevaban sin estar juntos, agobiado por el día a día, y superado por el sentimiento de soledad, al abrir la puerta de su casa, se encontró con un escenario que bien podría estar sacado de uno de sus propios sueños. 

El salón estaba decorado con velas, la mesa central tenía colocado su mantel favorito y una botella de vino, acompañada por dos copas, que la presidían, 

Una música suave –aquella famosa lista de Spotify que a ambos les gustaba –  llenaba el aire, y en el centro de la sala, estaba ella, preciosa, como siempre, con esa radiante sonrisa que a él tanto le cautivaba.

Se acercó a ella, sin palabras, no hacían falta, para abrazarla con fuerza. La emoción y el amor llenaron la habitación mientras los dos se miraban a los ojos. Se besaron.

En ese momento, ambos confirmaron lo que ya sabían, que su amor era especial, que era distinto a todos los demás. 

La llave bajo el felpudo no solo había abierto la puerta de su apartamento, sino también la de sus propios corazones. Había aprendido la importancia de tomar riesgos y de confiar el uno en el otro. 

El tiempo les llevó a continuar con su historia de amor. Cada vez que podían buscaban la manera de sorprenderse el uno al otro, pues aquella era la chispa que los unía. 

A partir de aquel encuentro, siempre recordaron aquel momento mágico en el que una llave bajo el felpudo abrió las puertas hacia su amor inquebrantable.

Gracias por leerme.

«Hasta las trancas»

Hoy he vuelto a brindar por la vida y la felicidad de las personas. He quedado para tomar café con mi amiga Sofía. Creo que en una entrada anterior ya les hablé de ella, de su historia, de su relación. La verdad es que no estoy muy seguro, porque, por aquello de la Ley de protección de datos personales, le cambié el nombre –o lo estoy haciendo ahora–, el género, la edad, el lugar de residencia.

Me resulta muy simpático que tengamos este tipo de quedadas para hablar, ya que ella no bebe café. A veces se toma un vino, un Martini o un Mojito, pero nunca café.

La cosa es que hemos quedado para hablar. Sofía está enamorada hasta las trancas. Él también lo está de ella. Llevan así mucho tiempo juntos, separados, revueltos, distanciados…, pero hasta las trancas.

Se quieren a su manera, a veces como pueden, otras como les dejan, pues cada uno tiene su propia historia que ya les conté. Pero ya les digo que enamorados, lo que se dice enamorados, el uno del otro, lo están, e insisto, hasta las trancas. Por eso hoy quiero dedicarles esta entrada, sobre todo a ella, que se ha sincerado conmigo y contado los sentimientos tan sorprendentes que tiene con él –suponiendo que en esta historia sea él y no ella o ella y no él–, hasta ha llorado. 

Ella me cuenta que tiene los ojos llenos de miradas que le dedica; que nada más encontrarlo, se le llena la boca, los labios y la lengua, de besos que quiere darle; las manos de caricias, que necesitan ser repartidas por todo su cuerpo, haciendo un especial hincapié en sus sonrojadas mejillas, que acaricia con calma cuando están a solas; me narra cómo en sus brazos se le acumulan apretados achuchones que quiere darle contra su cuerpo. Me describe cómo el alma le palpita y se le acelera el cuerpo cuando lo siente cerca. Me sorprende con las ganas locas que tiene de estar con él todo el día, sin poder hacerlo, y de volver a estarlo nada más separarse. Alucino con lo que me detalla sobre las cosas que se dicen, las conversaciones que tienen, algunas a mitad de la noche, los sueños que se dedican, las quedadas a escondidas, las escapadas por sorpresa. Me encanta cuando me dice que tiene miles de pasos de baile, guardados en sus pies para danzar juntos, siempre, toda la vida.

Por todo ello, estoy convencido que hoy es un bonito día para brindar por esa gente que está enamorada hasta las trancas.

Gracias por leerme.

«Sueños con sabor al color de tus ojos»

«Sueños con sabor al color de tus ojos»

Hoy quería contarte una cosa. Imagino que no te la esperas, aunque sí hace mucho que lo sabes, pero las palabras, al menos las que salen de la boca, siempre cuestan más decirlas por miedo al error. 

Después de pensar mucho, de darle muchas vueltas a mi cabeza, veo que tus ojos pardos tienen cierto parecido al color de la miel. 

Ayer mismo, anoche sin ir más lejos, soñé con ellos. Quería tenerlos cerca para no dejar de mirarlos, para poder acariciarlos con cada pestañeo. Soñé que podía besarlos toda la noche, que nada nos paraba ni nos lo impedía. 

La sorpresa fue al despertar. Era de madrugada, aún el sol no se había despertado y el silencio reinaba. Evidentemente tú no estabas, pero mi boca, mis labios, sabían al mismísimo néctar que había comido de tu boca, y de tus ojos, apenas unas horas antes.  

Ahora ya es otro momento, otro instante. Vuelvo a soñar con tenerte a mi lado, con acariciar tu mejilla sonrosada, con fundirme en ese color de tus ojos y que tu mirada se enrolle en tu cabello buscando mis labios, creando esa cortina de pasión. 

Rememorar el momento hace que el dulzor vuelva a mi boca, quizá porque el corazón sabe cosas que aún no ha querido contarnos, quizás porque conoce ese sabor tan delicioso que dejas en mi.

Así estamos. Deseando que llegue el momento del próximo encuentro, la hora de volverte a ver, de volver a juntarnos porque la vida es una y queremos vivirla. No me conformo, no, lucho por ello con pasión y todas las ganas; no me rindo.

Mientras eso ocurre solo espero que te envuelvas en las palabras, en los mismos deseos, en que el mismo sabor dulce de tus ojos y tus labios te lleguen para poder soñar y descansar hasta que cumplamos el próximo sueño.

Gracias por leerme.

«El silencio que les une»

«El silencio que les une»

Las tardes de domingo están pensadas para estar en calma. Las opciones son múltiples: un cine, un café con amigos, un paseo por el parque… Paula y Miguel, amigos desde siempre, hoy mrrhan decidido coger el coche y hacer kilómetros en busca de un lugar tranquilo. 

El destino, o la casualidad, o quizás el subconsciente de Paula, que era la que conducía,  quiso que terminaran en una vieja finca abandonada donde ella, siendo niña, solía pasar muchos fines de semana, en compañía de sus familiares. La casa, el terreno, el trastero, y hasta la pequeña casa en el árbol, todo, se había perdido. Por el contrario, sus recuerdos afloraron con entusiasmo nada más bajarse del coche y plantarse en la linde del lugar. 

Emocionada se puso a contar a Miguel, las cosas que hacían, dónde estaba la hamaca que tanto le gustaba… Ella narraba todo aquello con mucha pasión, mezclada con algo de tristeza, al ver cómo estaba todo. Se veía correteando por allí con treinta años menos… Ahora reinaba el silencio.

Aquellos recuerdos, tan íntimos, también emocionaron a Miguel que notó como su amiga le contaba, en plena confianza, los recuerdos de su infancia. No pudo por menos que pegarse a ella y abrazarla con cariño. Se sorprendió. Le gustaba mucho el calor de aquel cuerpo. Le alteraba el delicioso aroma que desprendía… Le descolocaba. 

Ella, sin soltarse, ni permitir que él lo hiciera, en silencio, giró su cuerpo para encararse. Se miraron directamente a los ojos, a apenas unos pocos centímetros. No se hablaron, el silencio se adueñó del momento durante un tiempo del todo indefinido para ellos, no pudieron evitar besarse. Ambos sabían que cruzaban una línea difícil de retornar a su lugar, pero, pese a tener  pactado mantener las distancias,  ambos se morían de ganas por los labios de otro. Así lo hicieron. Sabían que estaban en el lugar correcto y con la persona correcta. Otra cosa era lo que les rodeaba.

Gracias por leerme.

«Poder hablar»

«Poder hablar»

Hay momentos en los que uno debe saber cuándo es buen momento para callarse. Hay otros en los que hay que responder. Luis lo sabía. Por eso, cuando Claudia lo había convocado para  tomar un café acudió extrañado a la cita, pues sabía que no era muy normal la insistencia de ella por quedar. Tenían una conversación pendiente y sospechaba que ella había decidido que ese era el momento para acometerla.

Tras un rato de hablar sobre temas banales, Claudia atacó. Comenzó a echarle en cara sus más que plausibles intenciones de mantener relaciones con Clara, su amiga. 

Luis intentó hablar, exponer su postura, su forma de ver lo ocurrido. No pudo. Fue entonces cuando decidió callar. Aguantó los argumentos basados en frases sacadas de contexto, en suposiciones, en comparaciones…, pues sabía que de nada servía que él narrara el porqué de aquellas palabras o aquellos comentarios, pues ella ya había tomado partido y había acudido a aquella cita para desahogarse y contar lo que le estaba molestando. 

A Luis le dolió cuando Claudia le dijo que ahora dudaba de las cosas que tiempo atrás él le había dicho. Todas habían sido sinceras y, sin que ella lo supiera, aún tenían plena validez, pues sus sentimientos, pese al tiempo transcurrido, en nada habían cambiado. 

Se quedó con las ganas de decirle que el intento de relación con Clara no tenía los visos y la oscura intencionalidad que ella le estaba dando. Se quedó con las ganas de comentarle que la única pasión que tenía era ella y que, Clara, aunque sonara mal, era solo una excusa para poder acercarse más a ella.

Por esos derroteros fue el café que Luis se tomó conmigo. Descargó, me contó lo que no puedo contarle a Claudia y me soltó las cosas que no se atrevió a narrarle a ella. Quizás lo hizo para desahogarse pero creo que él quiso que yo lo contará. Espero que puedan volver a hablar. 

Gracias por leerme.