«Inventario de un desastre (ordenado)»

El día en que Ernesto decidió que su vida era un desastre, lo hizo con método.

Se sentó en la mesa de la cocina, desplegó una libreta cuadriculada —porque los fracasos, bien organizados, duelen menos— y empezó a enumerar todo lo que le faltaba. No tenía casa propia, no tenía pareja estable, no tenía abdominales (ni siquiera provisionales), no tenía un perro que lo mirara con respeto. En la columna derecha, titulada con optimismo administrativo “Pendiente”, dejó espacio para futuras carencias.

Cada tanto levantaba la vista y suspiraba, como si alguien lo evaluara desde el techo.

A media mañana ya llevaba tres páginas. Se permitió un café como recompensa por su constancia en el desastre.

Entonces llamó su vecina, Carmen, una mujer que siempre parecía estar en medio de una mudanza o de una revolución interior.

—Ernesto, ¿tienes una escalera?

Ernesto no tenía escalera. Lo anotó mentalmente.

—No —respondió—, pero tengo una lista muy bien ordenada de todo lo que no tengo.

Carmen lo miró con curiosidad.

—¿Incluye sentido del humor o eso ya lo diste por perdido?

Ernesto dudó. No lo había puesto. Añadió: “Sentido del humor: en evaluación”.

Carmen entró sin pedir permiso.

—Te falta una columna.

—¿Cuál?

—En la que añades lo que sí tienes.

Ernesto hizo un gesto de fastidio.

—Eso es irrelevante. Todo el mundo tiene cosas.

—Por eso es interesante ver cuáles son las tuyas.

A Ernesto le gustaba la simetría. Añadió una tercera columna: “Existencias”. Empezó sin entusiasmo: “Un microondas que pita demasiado”, “Tres plantas medio vivas”, “Un amigo que solo llama cuando necesita algo”.

Se detuvo. Añadió: “Tiempo”. Luego: “Café decente”. Después, sin saber muy bien por qué: “Una taza que no gotea”, “Un abrigo que todavía huele a invierno”, “Un recuerdo nítido de una risa en un autobús”.

La columna empezó a crecer: “Saber cocinar una tortilla sin mirar”, “Haber salido de cosas peores”, “Una tranquilidad que a veces confundo con aburrimiento”.

Cuando levantó la vista, la tercera columna ocupaba más espacio que las otras.

—Esto es tramposo —dijo—. Aquí caben demasiadas cosas.

—Lo que tienes siempre es más flexible que lo que te falta —respondió Carmen.

Ernesto cerró la libreta, incómodo. Aquello no estaba saliendo como esperaba. Él quería una historia clara: carencia, esfuerzo, mejora. No ese inventario raro donde de pronto no parecía estar tan mal.

—No me gusta. Desordena todo.

—Entonces quédate con tu desastre bien ordenado.

Carmen se fue sin la escalera.

Ernesto pasó el resto del día irritado. Intentó volver a su lista original, pero las frases habían perdido fuerza. “No tengo…” ya no sonaba tan definitivo. 

Al anochecer, tomó una decisión radical: arrancó las páginas y las tiró a la basura. Pidió una pizza. De las caras. Porque, pensó, si todo iba mal, al menos que el queso fuera del bueno.

Cuando llegó, abrió la puerta con solemnidad. Pagó, cerró, dejó la caja en la mesa… y vio la libreta. Había olvidado una hoja. La arrancó. En ella, con su letra, había escrito algo que no recordaba: “Capacidad de empezar de nuevo sin darme cuenta”.

Frunció el ceño. No encajaba. No era falta ni posesión. Era otra cosa. Se sentó. Miró la pizza. Miró la frase. Por primera vez en todo el día, no supo dónde ponerla. Al final, dobló el papel y lo metió en la caja.

Curiosamente, a la mañana siguiente, volvió a empezar su lista. Pero esta vez, sin saber por qué, dejó mucho más espacio en blanco… y añadió una nueva columna titulada “Cosas que probablemente ya tengo pero que aún no me he enterado”.

Gracias por leerme.

«Kilómetros hacia mí»

«Kilómetros hacia mí»

Quizás esto no lo hayas pensado de la manera en lo que ahora te propongo, pero creo que hay viajes que no se hacen con maletas, sino con cicatrices. Creo que hay trayectos que no se recorren con trenes, barcos o aviones, sino que se hacen entre recuerdos, suspiros y miradas detenidas tras una ventana empañada.

Hoy no hablaré de cuerpos entrelazados —al menos, no en el sentido físico— sino de ese otro tipo de relaciones, la que uno experimenta al mirarse de frente después de mucho tiempo huyendo.

Hace unos días cogí mi coche, carretera alante, sin destino, sólo sabía que necesitaba irme. Lo hago a veces, muchas de ellas, como esta, sin avisar, sin decirlo. En la mayoría de las ocasiones por carreteras secundarias, de esas que te permiten parar en un mirador o en un apartadero, en el que tengo la certeza de no encontrar a nadie. 

Cuando hago esto, voy despacio, en un recorrido lento, lo suficiente como para obligarme a pensar. 

Por el camino, a veces hago paradas. En ellas siento que, antes de huir, me acerco a algo que no era el lugar en el que quería estar, por lo que esta necesidad de poner kilómetros  responde a la necesidad de volver a una versión de mí que había olvidado. Por eso irme, para poder volver. A veces la felicidad no es una conquista, sino un regreso. 

Recordar no duele. Lo que duele es saber que hay momentos en los que soy más yo. Que en compañía de ciertas personas, de palabras concretas o incluso de silencios llenos encuentro una paz que nunca logré alcanzar en otros espacios de mi vida. Irme es volver a mi.

Encontrarse a uno mismo es un acto violento. Es arrancarse la máscara con la yema de los dedos. Es aceptar que tal vez no estamos hechos para la felicidad constante, pero sí para los instantes de plenitud, como aquel café sentados frente al balcón, o las tardes paseando junto al mar, las mañanas de compras en el centro comercial, las tardes tirados sobre la arena de la playa, o las noches con una copa de vino y la vela encendida. 

Viajar hacia uno mismo es una carretera sin mapa que en ocasiones se llena de niebla, lluvia o ruido, pero en la que siempre aparece una figura que tiende la mano, o manda un mensaje, para recordarte de que está ahí, para decir que nunca se irá, que…, a veces eso es suficiente para no perderse del todo. Otras no, pues a todos nos gusta escuchar el retumbar del eco de unas palabras bonitas, o un “te echaré de menos”. 

Mañana me marcho de viaje. Como en otras ocasiones, lejos, muchos días, en los que no podré verte y ya siento tu vacío. No te olvides de esta esquina, de la nuestra, de lo nuestro, de mi. Volveré cuando pueda, quizás no el jueves que viene; pero recuerda, nunca dejes de buscar(te). Incluso si, como yo,  a veces te pierdes a kilómetros, en el intento de volver a ser. 

Gracias por leerme.

«La meta y el camino»

«La meta y el camino»

Estoy casi seguro que tú, como yo, puedes imaginar la vida como una carrera. 

Así, a priori, puede parecer una comparación simple, pero encierra una profundidad que, ahora que voy a dedicar un ratito a observarla con atención, revela mucho sobre nosotros mismos y sobre el modo en el que transitamos con nuestras experiencias. Ya sabes aquello de que “Yo soy yo, y mis circunstancias”.

Entiendo que cada persona, al nacer, se encuentra en la línea de salida de su propia carrera. De esta manera, no hay dos puntos de partida iguales, ni un solo recorrido que pueda considerarse «correcto». No es una competencia. Es una travesía personal, íntima, donde el verdadero desafío no es llegar primero, sino encontrarle sentido a cada paso que damos.

En esta carrera, a la que llamamos vida, cada quien elige, o le tocan, diferentes caminos. Al igual que la compañía para recorrerla: una nos toca y a otra la elegimos.

Algunos de esos caminos se desarrollan en terrenos llanos, donde parece que todo fluye con facilidad. Otros, en cambio, se enfrentan a colinas empinadas, desvíos inesperados, caminos de tierra, lluvia o incluso oscuridad. 

En todo ese recorrido hay quienes corren con zapatos nuevos o deportivos y acompañamiento constante, mientras otros deben avanzar descalzos, aprendiendo a resistir y a adaptarse. ¿Qué es la vida sino adaptarse?

De esta manera, cada sendero forma el carácter, moldea el corazón y enseña lecciones únicas que solo pueden entender quienes los recorren. Las circunstancias que citaba antes.

Los objetivos también difieren. Para unos, la meta es el éxito profesional. Para otros, es construir una familia, sanar heridas, encontrar paz interior o simplemente mantenerse en pie día tras día. Algunos corren con la vista fija en el futuro, en lo que vendrá. Otros aprenden a saborear el presente, a detenerse cuando hace falta, a mirar atrás y ver cuánto han avanzado, incluso si aún queda camino por andar. La meta, entonces, no siempre está al final. A veces está en los pequeños logros, en los momentos de claridad, en las decisiones valientes, en la compañía que nos brinda su mano de manera incondicional cada vez que la necesitamos.

Lo increíble de todo esto, lo hermoso incluso, de esta reflexión es que, aunque cada final es distinto —porque no todos soñamos con lo mismo—, hay algo profundamente humano en coincidir en la necesidad de ser vistos, comprendidos y acompañados. Por eso, llegar a la meta y ver que alguien está ahí, esperándonos, puede transformar completamente esa llegada. No importa si la carrera fue larga o corta, si hubo tropiezos o dudas. Que alguien esté ahí, simplemente para recibirte con una sonrisa, un abrazo o unas palabras de aliento, es uno de los actos más generosos y significativos que puede ofrecernos la vida.

Porque al final del camino, cuando los pies están cansados y el alma cargada de historias, lo que más reconforta no es el trofeo, ni la comparación con otros, sino el reconocimiento amoroso de quien entiende lo que costó llegar hasta allí. A veces ese alguien es una pareja, un amigo, un hijo, un maestro… A veces, incluso, somos nosotros mismos, esperándonos con ternura y orgullo.

Así que sigue corriendo tu carrera, a tu paso, a tu ritmo, por tu camino. Respeta tus tiempos, valora tu esfuerzo, celebra tus logros. Y nunca olvides que, muchas veces, lo más valioso no es llegar, sino saber que al final, alguien estará ahí, simplemente para decirte: “Te estaba esperando.” Ojalá lo consigas, siempre lo celebraré contigo ya que sabes que estoy orgulloso de tí.

Gracias por leerme.

«Con los ojos de Soledad»

Como cada vez que entraba en aquel café, se sentó al final, en la esquina más oscura. Allí se sentía segura Nadie notaba su presencia, aunque estaba ahí desde el principio de los tiempos, convirtiéndo su mesa en un lugar fantástico para otear todo lo que ocurría. 

Desde su posición observaba las mesas llenas de risas, las conversaciones que se entrelazaban como hilos invisibles, las miradas cómplices entre los amantes, los reproches… Y, sin embargo, nadie le dirigía una palabra.

Llenando sus pulmones de aquel aire cargado, Soledad suspiró, aceptando su propio ser, validando sus sentimientos y hasta su propia existencia. Era curioso cómo todos la conocían, pero nadie quería admitirlo. La rechazaban, la temían, la cubrían con ruido, con pantallas, con falsas compañías. Pero tarde o temprano, todos terminaban en su regazo. No por venganza, sino porque era inevitable. 

Ella sabía y aceptaba la idea de que no siempre era bienvenida. Había quienes la buscaban, sí, quienes la invitaban y la abrazaban con aceptación, pero también estaban aquellos que la sufrían, que la llevaban a cuestas como un peso que no pidieron. Era la soledad impuesta, la que llegaba con despedidas que no se desearon, con ausencias que dolían como heridas abiertas. Esa soledad no era musa ni inspiración; era sombra, vacío, un eco constante de lo que ya no estaba.

A veces, se encontraba en habitaciones frías, donde la ausencia pesaba más que el aire. En hospitales donde las visitas no llegaban, en hogares donde el desamor se había vuelto costumbre y el silencio se instalaba entre las paredes. Se colaba en las vidas de aquellos que habían sido olvidados, de quienes esperaban llamadas que nunca sonaban, de quienes veían pasar los días sin un alma que les preguntara cómo estaban. En la soledad de una cama a medianoche.

Soledad conocía el sabor amargo del abandono, la sensación de gritar en un desierto donde nadie escuchaba, o en lo más profundo del monte, donde siempre había alguien que escapaba para ocultarse de los otros. Sabía que en esos casos no era bienvenida, que la querían expulsar como si fuera un mal del que se podía huir. Pero no siempre era posible. No siempre había alguien dispuesto a tender una mano.

Recordaba con ternura a los poetas que la abrazaban sin miedo, a los artistas que la invitaban a sentarse junto a ellos mientras creaban mundos con tinta y pinceles. Con ellos no tenía que esconderse. Con ellos no era una intrusa, sino una musa. Pero el resto de la humanidad la veía como una sombra no deseada.

Pero hasta a ella misma las dudas de su propia existencia también le asaltaban. A veces, Soledad se preguntaba cómo sería ser otra cosa, algo más cálida, más bienvenida. ¿Cómo sería ser Esperanza? ¿O quizás Amor? Nunca tendría esa respuesta. Su naturaleza era distinta. No traía promesas, ni susurros dulces, solo silencio. Y el silencio era demasiado incómodo para aquellos que temían encontrarse consigo mismos.

Se levantó de su asiento con calma. Era hora de seguir caminando por la ciudad, buscando nuevos rincones donde existir sin ser notada. Tal vez, en alguna ventana iluminada, encontraría a alguien dispuesto a compartir un poco de su espacio con ella. Después de todo, no pedía mucho. Solo que, de vez en cuando, alguien la mirara a los ojos y le dijera: «Te veo. Y hoy, está bien que estés aquí». No siempre es así. 

Gracias por leerme.

«En las buenas y en las malas»

«En las buenas y en las malas»

Me crié escuchando constantemente una premisa: “La verdadera felicidad consiste en hacer felices a los demás”. Hoy en día esa enseñanza la pongo muy en duda. 

El paso del tiempo, los aciertos y los errores cometidos me llevan a pensar que en la vida, uno de los mayores aprendizajes es entender que las expectativas que ponemos en los demás suelen ser la raíz de muchos de nuestros desengaños. 

Como decía, desde pequeño me enseñaron a confiar en los demás, a esperar y dar gestos de generosidad, amor y apoyo en momentos difíciles. Sin embargo, a medida que he ido creciendo me he ido dando cuenta de que las personas que me rodean no siempre cumplen con esas expectativas. Cada uno de nosotros tiene sus propios límites, sus luchas internas y, sobre todo, su manera particular de vivir y relacionarse con los demás.

Esperar algo de los demás, aunque sea algo tan simple como la comprensión o una muestra de apoyo, nos coloca en una posición vulnerable. 

Tampoco se trata de ser egoístas, ni de vivir en aislamiento, ni de no esperar o no ayudar a nadia, creo que es alcanzar una madurez emocional que nos permita comprender que no todos los vínculos pueden satisfacer todas nuestras necesidades. 

Las relaciones, por más cercanas que sean, no siempre tienen el poder de darnos lo que deseamos en el momento en que lo necesitamos. Además, cada persona tiene sus propios conflictos, deseos y preocupaciones, que a veces los hacen incapaces de ofrecer lo que esperábamos e incluso lo que a ellas mismas les gustaría dar y recibir.

En este tiempo he aprendido que es fundamental ser autosuficiente emocionalmente, a no esperar que los demás sean los encargados de llenar los vacíos que, en realidad, solo yo puedo llenar. Esto no significa que debamos desconfiar de los demás o cerrarnos a la posibilidad de recibir apoyo, amor o comprensión. Puedo hacerlo solo, aunque en muchas, o en muchísimas ocasiones, lo mejor sea hacerlo apoyado por alguien. 

Dicho esto, hay algo muy hermoso en la vida que nos recuerda que, aunque no debemos esperar nada de los demás, siempre hay alguien que está dispuesto a estar a nuestro lado, sin importar las circunstancias, en las buenas y en las malas. 

Puede que no siempre sea de la forma que esperábamos, pero esa presencia, que se ajusta a nuestras necesidades más profundas, nunca falla. Es en esa certeza en la que podemos encontrar consuelo, sabiendo que, a pesar de todo, siempre estará dispuesta a darnos lo que realmente necesitamos: comprensión, amor incondicional, y sobre todo, la paz de saber que nunca estamos verdaderamente solos.

Gracias por leerme.

«El silencio como refugio»

«El silencio como refugio»

Ella no estaba bien. Le dolía constantemente la cabeza y mantenía un nudo persistente en el estómago, un ardor silencioso que le impedía sonreír, sintiéndose molesta todo el día.

El malestar era tan generalizado que incluso sus palabras se habían convertido en dardos envenenados contra todo aquel que le dijera algo. 

Sus amigos, su pareja e incluso el gato huían de su mirada cuando su voz se tornaba cortante. Sabían lo que les venía encima.

Todo había empezado con aquel sueño recurrente. Otra vez aquel sueño. Una puerta vieja, entreabierta, al final de un pasillo interminable. Nunca se atrevía a cruzarla. No sabía qué había al otro lado, y eso le aterraba más que quedarse inmóvil frente a ella.  

—No estoy bien —murmuró una noche frente al espejo del baño. Decirlo en voz alta le pareció extraño, como si las palabras hubieran salido de alguien presente que no podía ver. En aquel momento decidió huir. No por cobardía, sino por una necesidad de autocuidarse, pues tenía aquel dolor interior quemándole, como fuego que lo arrasa todo a su alrededor.  

Su partida fue simple, sin dramas, sin despedidas. Simplemente se fue. Hizo daño.

Al llegar a aquel sitio que nadie, salvo ella, sabía que era su escondite, se sentó. El silencio la recibió como una bofetada. 

No había redes móviles, ni Wi-Fi, ni siquiera una radio que le hiciera compañía. Solo el crujir de las olas contra la arena. El murmullo del mar rompía el silencio. 

Su voz interior se encontraba atrapada en sus pensamientos. Recordaba las discusiones recientes, las palabras que había lanzado como dardos venenosos. 

Dentro el caos. El caos que sentía por dentro le gritó, convirtiéndose en un espejo que le devolvía su propia confusión, sus propios silencios dañinos y sus propias palabras.  

Allí sentada dejó salir lo que había estado conteniendo. No fueron palabras, sino lágrimas. Otra vez sus lágrimas que empapaban sus pensamientos. 

Lloró por las cosas que había dicho y por las que no se atrevió a decir. Por el daño que había hecho y por el que había recibido, a menudo sin entenderlo del todo. Lloró. Lloró. 

Al día siguiente, regresó, de la misma manera que se había marchado, en silencio. 

En su cabeza no habían mensajes, ni llamadas, ni caras familiares, sólo su silencio  enfrentándose a esa puerta en sus sueños. La puerta era suya, y el pasillo no era un enemigo, sino el reflejo de un camino que llevaba recorriendo toda su vida.

Había huido por miedo, por amor. Necesitaba salvarse a sí misma para no destruir lo que amaba y es que a veces, huir no es una derrota, es una tregua que nos damos para encontrar las palabras justas, para sanar los silencios y para recordar que no estamos solos, aunque en ocasiones el eco de nuestra propia voz sea lo único que podamos escuchar.  

Gracias por leerme.

«La magia de los abrazos»

Se acercó con cautela. Sabía que algo le pasaba. se lo notó en la cara nada mas verlo. Con cariño, solo le dijo ven. Lo llevó a apartó de donde estaban todos los demás y, sin más lo abrazó. Su estado de ánimo cambió casi de manera inmediata, aquella era una magia que solo ella podía conseguir, era una especie de vitamina que no suelen recetar los médicos, aunque deberían. 

Dicen que un abrazo al día mantiene a raya la tristeza, y si eso es cierto, hay días en los que más de uno debería abrazar hasta a su propia sombra. Hoy es uno de esos días. Necesito no uno, diez. 

Por darte alguna idea quiero aprovechar para recordarte de que, hay un tipo de abrazo para cada situación: el apretado, que te resucita las costillas; el torpe de «no sé si nos llevamos tan bien para esto«»; el largo, que te dice sin palabras «tranquilo, aquí estoy»; el que libera, “ven, no digas nada”, y te quedas ahí pegado un buen rato. Todos son útiles, todos suman. 

Por si no lo sabías la ciencia los avalan, de ahí mi reflexión sobre un recetarío para entregarlos a diestro y siniestro,  liberan oxitocina, esa hormona que hace que tu cerebro diga: «Eyyy, ¡de puta madre!, esto está bonito, ¡sigamos viviendo!».

¿Te has fijado que en las películas románticas el abrazo es ese momento mágico en que todo encaja? Pero en la vida real, a veces los abrazos tienen menos glamour. Por ejemplo, está el clásico abrazo de reconciliación, que parece más una lucha de sumo emocional: tú queriendo demostrar afecto, mientras la otra persona todavía tiene los brazos cruzados porque no ha terminado de ganar la discusión. Spoiler: un buen apretón suele derretir hasta el enfado más tozudo.  

O ese abrazo en las primeras citas, donde uno no sabe si es un: abrazo de amistad, abrazo de me caes bien o abrazo de “vamos viendo cómo nos va». 

Eso sí, el mejor chiste sobre el amor y los abrazos es que, cuando estás enamorado, parece que nunca tienes suficientes. Como decía mi amigo Juan, que deseaba tanto tener pareja que abrazaba hasta la almohada porque decía: «practico para cuando llegue el momento estar entrenado». Spoiler: nunca llegó. Pero al menos él dormía feliz.  

Así que ya lo sabes: los abrazos son como el pan, el mundo sería mucho mejor si dejáramos de contar calorías y empezáramos a repartirlos más. Abraza hoy, mañana, y siempre… porque, aunque el amor no dure para siempre, un buen abrazo puede arreglar hasta los días más feos. ¡Y eso ya es una victoria! 

Abraza. Abraza con ganas, con propósito, sin miedo a parecer raro, porque lo raro no es dar abrazos, lo raro es vivir sin ellos. 

¡Ah! Y si alguien te dice que no le gustan los abrazos… probablemente necesite uno doble. Yo hoy, y siempre, quisiera que me dieras mil, que bastante jodida está la cosa, pero este, quizás no el último, sí tiene sabor a despedida.

Gracias por leerme.

«Una historia de apoyo y superación»

«Una historia de apoyo y superación»

Ya había oscurecido. No le importaba. Como era normal en ella, bajaba las escaleras con calma, disfrutando del momento vivido aquella tarde de otoño. 

La puerta de la calle se cerró, las luces de la escalera se apagaron, pintando sombras juguetonas en el suelo que la distrajeron. Sintió que su pie derecho no encontraba reposo. Tropezó y, antes de poder reaccionar, su cuerpo se desplomó sobre el frío suelo. El dolor fue tan agudo que se le escaparon varios gritos ahogados de auxilio que quedaron suspendidos como grandes lamentos en el aire.

No recordaba muy bien cómo había llegado la ambulancia, ni las palabras que le dijeron en el hospital, pero sí sentía en sus huesos la gravedad de lo que había ocurrido. Una fractura y múltiples contusiones fue el diagnóstico claro que dieron en urgencias. La recuperación sería larga.

Al principio, la noticia fue un golpe duro. Los días viviendo en aquel sofá del salón se le hacían eternos. 

Su marido estaba siempre allí, apoyando en lo que podía. Constantemente le recordaba que debía tomarse el tiempo que le hiciera falta, que iban a superarlo juntos, como siempre lo habían hecho. Ella asentía, pero en su mirada se leía la incertidumbre y el miedo.

Cada rincón de su casa ahora era una barrera: las escaleras, los muebles, hasta la loza que antes limpiaba con tanta dedicación.

La silla de ruedas llegó como una ayuda, pero también como un recordatorio de sus limitaciones. Al principio, su esposo debía ayudarla a moverse de una habitación a otra. El capitán había recuperado el mando en aquel pequeño barco de ruedas, marcando el rumbo con ternura por el salón, la cocina o la terraza. 

Ambos compartían miradas de complicidad y, a veces, él intentaba hacerla reír, proponiéndole carreras imaginarias o inventando juegos en los que ella debía tomar decisiones sobre la “ruta” que iban a seguir por la casa.

Con frecuencia les visitaron días de tristeza, en los que la desesperación la abrazaba como una niebla espesa y pesada que le impedía pensar con claridad. Luchaba con, contra, el dolor, la incomodidad y la frustración de necesitar ayuda para las cosas más básicas. Estaba atrapada en su propio cuerpo. Pero en esas noches oscuras, siempre estaba él, ofreciéndole una palabra de consuelo o simplemente el silencio de su compañía. Con una mano sobre su hombro, le recordaba que cada día era una pequeña victoria y que juntos seguirían adelante.

Ahí están, con semanas de ejercicios de rehabilitación pero ganando cada centímetro en esta batalla, al lado de su esposo, con una mezcla de orgullo y emoción. Con cada paso que dan avanzan en la recuperación.

Él está allí, animándola, sosteniéndola cuando se tambalea y compartiendo el esfuerzo en cada movimiento. Ella sigue luchando, como una campeona, recuperando día a día el humor, su energía, el paso y las ganas de continuar luchando.

¡¡¡SIGAN ADELANTE!!! Estamos muy orgullosos de los dos. Les queremos. 

Gracias por leerme.

«Contra los fantasmas internos»

«Contra los fantasmas internos»

En el antiguo reino de Almudia, un caballero andante llamado Sir Rod vivía en un castillo solitario en lo alto de una colina. 

Este no era un castillo común; sus muros no eran de piedra, sino de soledad, y sus fosos no estaban llenos de agua, sino de tristeza. Sir Rod era conocido en todo el reino, no por sus hazañas en batalla, sino por la coraza invisible que llevaba, una coraza que lo protegía no de flechas y espadas, sino de los sentimientos que tanto temía: el abandono y la desilusión.

Años atrás, Rod había sido un joven alegre y lleno de esperanza. Sin embargo se había sumido en un abismo de dolor. Para protegerse de futuras heridas, Rod había forjado su coraza emocional, que lo mantenía aislado y apartado del resto del mundo.

Los días de Roderic transcurrían en una rutina inmutable. Viajaba por el reino, no en busca de aventuras, sino para escapar de sus propios fantasmas: la soledad, el abandono y la tristeza. Cada noche, al regresar a su castillo, los fantasmas lo acechaban, susurrándole al oído, recordándole su dolor.

Una noche, una de esas en las que se alejaba del mundo y se escondía en lo alto de la montaña, mientras contemplaba las estrellas, Rod sintió un cambio en su interior. Se dio cuenta de que no podía seguir huyendo de sus propios sentimientos. Decidió que debía enfrentar sus miedos de una vez por todas.

Así, al día siguiente, Rod se adentró en el bosque más oscuro y profundo que conocía, aquel del que se decía que no solo habitaban criaturas temibles, sino también los reflejos más profundos del alma. Allí, en el corazón de la espesura, encontró un claro donde un antiguo y sabio árbol, el pino de la Morra, se erguía majestuosamente. Bajo su sombra, Rod se sentó y dejó que sus pensamientos y sentimientos lo envolvieran.

Durante días, permaneció allí, enfrentándose a sus fantasmas uno por uno. Permitió que las lágrimas fluyeran, y con cada lágrima, la coraza que lo había protegido durante tanto tiempo comenzó a desmoronarse.

Rod meditó profundamente, abrazando su soledad y reconociendo que, aunque dolorosa, le había enseñado a ser más fuerte. Aceptó que la tristeza era una parte natural de la vida y que el abandono no definía su valor como persona. Día tras día, sus miedos se disolvieron, y en su lugar, nació una sensación de paz y autocompasión. Se estaba enfrentando a sus demonios y había salido victorioso, no con la ayuda de otros, sino con la fuerza que encontró dentro de sí mismo.

Regresó a su castillo, pero esta vez, no lo encontró oscuro ni solitario. Su hogar, al igual que su corazón, estaba lleno de luz y tranquilidad. Los fantasmas que antes lo atormentaban se habían desvanecido, y Rod, con una nueva perspectiva de la vida, decidió dedicarse a ayudar a aquellos que también luchaban con sus propios demonios, compartiendo su sabiduría y experiencia. Y así, el caballero que había luchado contra sus propios fantasmas, encontró la felicidad y la serenidad que tanto había anhelado, demostrando que a veces, la mayor aventura es la que emprendemos dentro de nosotros mismos.

Gracias por leerme.

«Una vela para amar y cuidarse»

«Una vela para amar y cuidarse»

Parece que las noches frías y oscuras de invierno están llegando a su fin. María se encontraba sola en su acogedor apartamento. El viento aullaba afuera, y la lluvia golpeaba con fuerza contra las ventanas. Se sentía abrumada por la soledad y la tristeza, anhelando la compañía de alguien especial que ya no estaba a su lado.

En un intento por reconfortarse, María encendió una vela, esa que él le había regalado, y se sentó frente a ella, para compartir, con sus propios fantasmas, una copa de vino. 

La centelleante luz llenó la habitación, disipando en parte la oscuridad que envolvía el corazón de María. Mientras observaba las llamas titilantes, sus pensamientos vagaron hacia los momentos felices que había compartido tiempo atrás.

Recordó las largas conversaciones en las noches de verano, las risas compartidas bajo el cálido sol y los abrazos reconfortantes en los momentos difíciles. La vela parecía iluminar esos recuerdos, haciéndolos brillar con una intensidad reconfortante.

Sin embargo, junto con los recuerdos felices, también vinieron los momentos de dolor y nostalgia. María recordaba la sensación de vacío que había experimentado. Echaba terriblemente de menos su abrazo y anhelaba sentir su presencia a su lado una vez más. La vela parecía capturar esos sentimientos de añoranza y transformarlos en una luz de esperanza.

A medida que las llamas bailaban, María se dio cuenta de que aunque ya no estuviera físicamente presente, el amor que compartían seguía ardiendo. Era un fuego que nunca se extinguiría, una llama eterna que iluminaba su camino incluso en los momentos más oscuros. 

Decidió que, en lugar de dejarse consumir por la tristeza y la soledad, honraría el amor que compartían buscando los buenos momentos y llevando consigo la luz viva en su corazón. 

Con esa determinación en mente, María apagó la vela, pero la luz de su amor seguía brillando en su interior. Sabía que aunque la noche fuera oscura, siempre habría una luz que la guiaría hacia adelante: la luz de aquel precioso amor verdadero.

Gracias por leerme.