«Perdido en tu cuerpo»

Estoy seguro de que he calculado bien tus medidas, pero ahora que tengo tu cuerpo delante, y tus voluptuosas curvas al alcance de mis manos y de mis labios, veo que en algún momento he fallado. No importa. Me gustas así, con la sinuosidad de tu cuerpo.

Los botones de tu camisa, a punto de estallar, resisten. Ya no se si lo que quiero es abrocharlos, desabrocharlos o rasgarlos para que salten por los aires y permitan escapar tus senos de esa prisión en la que se me antoja que se ha convertido la blusa. 

Me aferro a tu cuerpo. Me acerco a tu cuello y huelo ese perfume que te han puesto hoy. Según dicen atrae mucho. A mi no me hace falta ninguna fórmula química para sentirme atrapado a tu lado. Así, tal cual, ya me gustas, pero es cierto que tiene un aroma que…

De igual manera, tu boca aún mantiene el carmín fresco. Sin duda es de buena marca y los que más entienden de esto dicen que es perfecto para la ocasión. Lástima que no lo hayas elegido tú. 

Tus zapatos veraniegos, el estampado de la falda y los encajes de la camisa, combinan a la perfección con el bolso y demás complementos escogidos. ¿Entiendes ahora el motivo por el que no puedo quitarte los ojos de encima? Me siento a tu lado. Te contemplo.

Mis manos buscan una excusa y recorren otra vez tu cuerpo, alisando cada uno de los pequeños pliegues que se marcan en tu ropa. Te ayudo a sentarte bien en ese incómodo taburete y te abro las piernas. Una vez más no puedo resistirme a recorrer con la yema de mis dedos el interior de tus muslos, con la excusa de abrir ligeramente la falda por su abertura y permitir que el viandante contemple el carnoso color de tu piel de plástico. En ocasiones ser escaparatista, y trabajar preparando maniquíes tras el cristal que otros miran, esconde un peligroso fetichismo.

Gracias por leerme.

«El juego de las máscaras»

¿Qué máscara te pondrías hoy?

La fiesta se había retrasado demasiado. No había invitados, no se esperaban invitaciones. Todos sabían quienes eran y todos sabían dónde era. Así que solo quedaba escoger la máscara deseada, la que mejor sentaba para un momento como aquel, vestirse a juego de ella, de la ocasión, y salir.

Cuando llegó, vio su propio reflejo entre todos los asistentes. En un principio nada le hacía imaginar que hubieran otras máscaras como las que llevaba. Pero no era así. Más pronto que tarde se dio cuenta de que no todos los presentes eran lo que se esperaba de ellos. Muchos aparentaban lo que no eran, incluso, algunos, querían simular lo que nunca llegarían a ser. Se dio cuenta de que había comenzado el juego de las máscaras.

Sin pensarlo cambió la mentalidad con la que había ido y se comportó como los demás.

Si hablaba con uno, se colocaba la máscara de víctima, pues le interesaba que se apiadara de su persona. Si bailaba con la otra, decidía utilizar la que le hacía aparentar la persona más sexi y divertida. Cuando se entretuvo en una conversación, se colocó la careta de inteligente. Al sentarse en la mesa para comer algo con unos amigos, utilizó la que le daba un toque de relajación, que enseguida se quitó, en cuanto vio acercarse a aquella persona que, desde hace poco, empezaba a odiar. Los presentes también se dieron cuenta y decidieron cambiar las suyas por otras que pudieran denotar más indiferencia, distancia, abulia o desinterés.

Por lo que parece, en la vida, las personas nos movemos como si de un carnaval se tratara, nos vamos colocando e intercambiando máscaras según con quién estamos o según qué queremos aparentar. Lástima que nos cueste ser nosotros mismos; ¿o es que somos así de falsos? 

Por suerte llega el carnaval y nadie tendrá en cuenta la máscara que uses.

Gracias por leerme.

«Hacia el Roque de basalto»

«Hacia el Roque de basalto»
Un roque, un camino (Foto realizada con mi teléfono móvil)

Durante una de esas caminatas, en las que pretende abandonar el ruido y el devenir del día a día, de lo más profundo del bosque emergió una especie de rugido que, en un primer momento, le heló las entrañas. Duró apenas un instante, pero fue lo suficientemente intenso como para ser sentido, hacer parar la marcha y desviar la mirada hacia la dirección de la que provenía. 

Tal y como lo percibió, aquel sonido desapareció. Con algo de dudas, pues no era normal escuchar algo así, decidió continuar la marcha. 

Apenas unos cientos de metros más adelante, un nuevo lamento, surgió de la arboleda. La mirada ágil en aquella dirección le permitió descubrir el movimiento de alguno de los pinos, tras los que, sin duda, algo se escondía. La única solución, acelerar el paso. 

El destino era el Roque de basalto que ya se podía ver al fondo del camino. Todo parecía complicarse. Una ligera bruma empezó a ascender la ladera, ocupando el cauce seco del barranco y amenazando con taparlo todo para dificultar la visibilidad. Para más infortunio, el camino se estrechaba, como lo hacen todos en algún momento de la vida, dificultando el paso. Por suerte, unas barandillas de madera, recién instaladas, brindaban algo de seguridad al caminante, protegiéndolo de una más que probable caída. 

Un nuevo estruendo, seguido de un llanto, de una pena y de un quejido de dolor, hicieron que el paso fuera seguro y cada vez más potente.

El ritmo conseguido y la firmeza del transeúnte hicieron que poco a poco, a cada zancada que daba, aquella situación quedara atrás y es que, a veces, el ruido y el devenir de los días nos absorben tanto que intentan rodearnos y llenarnos de miedos. Basta buscar algo de soledad, algo de libertad, un Roque hacia el que caminar, o un sendero que recorrer, para descubrir que podemos superar todas esas disonancias que nos rodean. 

Por suerte soy de esos que, como terapia, tienen la montaña y, con eso, me ahorro una pasta en psicoanálisis. 

Gracias por leerme.

«Esos pequeños detalles que unen»

Estar en un avión con un plan de vuelo de largo recorrido, es un buen miradero en el que sorprenderse del extraño motivo por el que aún no nos hemos extinguido como raza.

Sin duda hay personas que claramente viajan juntas. Están unidas en los asientos, entrelazan las manos o intercambian conversación en buena parte del trayecto. Hay otras, en cambio, que tienes que observarlas para descubrir con quién van y qué es eso que les une.

Ese es el caso de esas dos mujeres que viajan en los asientos situados justo delante de mi. Puedo observarlas bien, pues una de ellas, la que parece mayor, está en el asiento 30F y la otra, la que parece más estropeada, ocupa el 31F, ambas junto al pasillo. Yo me siento en el 32C. Lugar opuesto y perfecto para, otra vez, dedicarme a observar a las personas, y otros animales de compañía, que me rodean.

Como dije hasta hace poco no sabía qué les unía. Quizás me dio la pista sus corpulentos cuerpos, o que ambas llevan el mismo moño alzado, con el que intentan recoger y esconder el mismo grasiento pelo. Pero te daré alguna pista más. 

Son las siete de la mañana. Todo el pasaje está a bordo y, mientras unos escuchan con atención las indicaciones del personal de cabina, otros se persignan, en un intento de asegurar el vuelo y ellas…, ellas comparten un buen trago de una botella de güisqui, seguramente comprado en el Duty free, tras pasar el control de seguridad. Imagino que eso las tranquiliza. 

El vuelo marcha con normalidad. Tras mi desayuno, un pequeño bocadillo y un capuchino, doy una cabezada. Al despertarme vuelvo a observarlas. Sin mediar palabra es ahora la de detrás la que alcanza, por encima de la cabeza, la ya más que retorcida botella de alcohol. Por lo que imagino se han pasado las casi cuatro horas que llevamos dándole al vidrio. 

Continúo mi lectura cuando un alarido, procedente de la fila 31 hace que levante mi cabeza y me vuelva a fijar en las dos viajeras del güisqui. La de detrás se enfada con la de delante, aparentemente por haber consumido el último tiro que daba aquella botella. Pero calma –keep calm–, le dice la más vieja, todo tiene arreglo. Tocan el timbre y la azafata les vende dos pequeños botellines y una Coca-Cola. Eso les une, ese es su nexo común. Ese y el chico con claros rasgos de padecer alguna necesidad especial, que entre cabezadas, pequeños movimientos corporales y una especie de gruñido repetitivo les pide ir al baño. Se levanta razonablemente entera, yo ni en mis mejores tiempos hubiera podido hacerlo después de tanto trago.

Tras llegar al destino, a lo que seguro es su destino favorito de fiesta, alcohol y sol, las pierdo de vista. Sorprendentemente han aterrizado enteras y atendiendo a su dependiente. Sin duda pequeños detalles que unen a las personas y que, tarde o temprano, nos llevarán a la destrucción, aunque aún no entiendo porqué no lo hemos hecho ya.

Gracias por leerme.

«Como el Conejo Blanco de Alicia»

Me parece absolutamente formidable el Conejo Blanco de “Alicia en el País de las Maravillas”. Creo que es un personaje sorprendente y muy bien definido que durante toda la obra transmite una importante dosis de ansiedad, paranoia y desorden que desborda al lector haciéndome sentir muy nervioso.

Durante estos días, un par de semanas ya, que hace que no me paso por esta esquina, he estado así, como el conejo apresurado diciendo “¡Dios mío, Dios mío, voy a llegar tarde, que voy a llegar tarde!”… Y, claro, al final no he llegado. 

Muchas cosas son las que han desestabilizado este momento de locura pero sobre todo una me apartó una dosis importante de estrés extra que ahora me veo en la obligación –o quizás sea más bien necesidad– de compartir contigo, ya que, de una u otra manera, te puede afectar. 

Un elemento –ya que no se si es persona humana o troll– me ha jaqueado mi cuenta de Facebook. ¡Así estamos!, a la desbandada. Al parecer es un ser que, en principio, puesto esto no se sabe con exactitud, habita en algún lugar de Indonesia –que suerte que tiene el “jodio”– y pretende que le pague en criptomoneda la cantidad de cuatrocientos dólares para devolvérmela. ¡¡¡Pues si le gusta, que se la quede!!! Es solo una página de facebook, aunque es una ventana maravillosa para poder reunirnos. Por supuesto ya está denunciado y a la espera de solución, pero sin muchas esperanzas.

Le tenía mucho cariño a esa red social. Son muchos años ya de existencia, en la que he compartido muchos y buenos momentos con todos ustedes y con otras personas que, en algún momento, han formado parte de mi vida. Son también muchas historias, todas las que he ido colgando en esta esquina, en las que ibas dejando tus huellas, comentarios, agradecimientos, improperios… Ahora los he perdido para siempre.

Pero como de todo se aprende, y las piedras del camino también sirven para caminar, hoy me asomo de nuevo por aquí, como el Conejo Blanco, desorientado y correteando de un lado para otro, intentando encontrar el tiempo y reorganizando esta pequeña incidencia. 

Espero que sigamos viéndonos y que podamos compartir este y otros muchos escritos y novedades que pronto llegarán. 

Gracias por leerme.  

«El viento que me atraviesa»

«El viento que me atraviesa»

Son muchas las veces que el viento ulala tras la ventana. Su sonido, en algunas ocasiones, se asemeja al llanto desconsolado de un niño o al maullar agónico de un gato. Otras veces, en cambio, siento que su rugido es fiero, como el de un dragón, que tantas veces hemos imaginado en las historias narradas. 

Hoy su bramar es diferente. Eso me perturba.

Arropado en una manta, y con una taza de chocolate caliente entre las manos, siento su batir contra el edificio. Golpea con energía mi ventana. Parece que quiere entrar, que quiere decirme algo, pero aún no entiendo sus palabras. 

Me levanto.

Despacio coloco las manos en el cristal e intento leer las vibraciones del ahora frío elemento. Contemplo el exterior a la espera de alguna señal, que acompañe aquel lamento que hora suena atróz. Los árboles se agitan, las luces de las farolas tiemblan. Es lo normal, nada ocurre fuera de lo medianamente normal con esta inclemencia meteorológica. Me convenzo. Vuelvo al sofá.

Según me acomodo un nuevo golpe, esta vez contra la puerta de entrada, me estremece. Recorro los pocos metros que me separan de ella. Lo hago despacio, con pies de hormiguita, para quién esté al otro lado no se percate de que me acerco. Miro por la mirilla y siento que el aire frío me atraviesa. Sin duda ahí afuera hay algo. No consigo ver qué es, pero lo siento. Me habla. Me atrae. Me separo rápido. No me atrevo a abrir la puerta. Intento volver a resguardarme bajo la manta que dejé en el sofá, pero las luces saltan. Todo se queda a oscuras, mientras el clamor del viento aumenta de intensidad. 

Ahora siento su presencia dentro de casa. Se que de alguna manera algo ha entrado. Aprovecha la fuerza del viento para colarse por las rendijas, para esquivar los protectores que tengo bajo las puertas, o los felpudos de las entradas de la casa…

La tormenta se siente cerca pero quizás es dentro de mi y lo que hay ahí fuera es solo viento.

Gracias por leerme.

«Con larga espera»

«Con larga espera»
El que espera, desespera. O al menos eso dicen.

La espera se hace más larga cuando no se sabe qué, o a quién, se espera. Quizás él sí conoce sus anhelos, quizás lo único que no ha hecho es verbalizarlos, y por eso, los que le rodeamos, estamos ansiosos de saber qué es aquello que espera, que lo tiene distraído y que está por llegar. 

Lleva tiempo parado en la pantalla de su ordenador. No hace nada, no teclea. Paso por detrás, con disimulo. De reojo y sin pararme, escruto la pantalla. Todos los presentes me han pedido que fuera yo. Intentamos averiguar cuál es el motivo de su desazón. Lo hago a paso lento.

En mi paseo detrás de su puesto, me retengo y entretengo todo lo que puedo, a fin de no despertar en él ningún malestar, ni desvelar mi insana intención. Parece tan absorto que no se da cuenta.

Ya en el grupo lo comento: «Tiene la pantalla dividida en varias ventanas. En una facebook, en otra la versión web de Whatsapp, en la tercera Instagram y en la cuarta… En esta última el bloc de notas, pero aparece en blanco.»

Parece que todos llegamos a la misma conclusión: está esperando un mensaje. 

Lleva así toda la mañana. Apenas ha comido y no muestra signos de cansancio. Sigue impertérrito. Solo de vez en cuando mueve el ratón o pulsa una tecla. Imaginamos que es f5, para poder refrescar la pantalla. 

Ninguno de los presentes nos hemos atrevido a preguntar qué le sucede. Estamos dejando el espacio que sabemos que necesita todo aquel que espera.   

Cuando escuchamos un contundente y vivaraz «¡sí!» nos damos cuenta de que por fin el momento ha llegado. Se levanta con una amplia sonrisa en la cara, de un solo empuje cierra la tapa de su ordenador portátil, levanta la vista y nos contempla. Todos nos unimos a la espera del comentario. Esperamos la explicación de qué estaba esperando.

La respuesta nos sorprende, a la vez que nos deja estupefactos. 

–No me miren así. Lo que ocurre no les importa. Me marcho.

Y así nos dejó, con tres palmos de narices.

Gracias por leerme.

«Una historia de barberos»

Esta historia ocurrió hace varios meses, puede que incluso ya haya pasado algo más de dos años –sabes que desde que comenzó esta pandemia sufrimos de un borrón en el tiempo, al menos a mi me pasa, por el que nos cuesta colocar las cosas en su sitio y calcular los momentos con exactitud–, justo cuando se levantó el confinamiento y podíamos recobrar nuestras vidas, o parte de ellas.

Aquel día fui al peluquero. Hasta ese momento me parecía un buen profesional, simpático, dicharachero, cortés, que hacía bien su trabajo a la vez que daba un rato de conversación y una buena atención a sus clientes. Supongo que los momentos de cautiverio impuesto nos afectaron a todos. 

Cuando llegué había un señor cortándose el pelo y otros dos esperando. No me agobié, saludé, pedí mi turno y me senté en los bancos que tiene puestos en la terraza a leer, en lo que me tocaba. Con un ojo en las páginas del libro y otro en lo que ocurría a mi alrededor, pasé el rato. 

El barbero terminó en seguida con el hombre que estaba atendiendo. Le cobró y salió a la terraza. Le pidió a los dos hombres que esperaban –a mi no me dijo nada porque yo estaba a mi rollo, o eso creía él– permiso para echarse un cigarro. Eso me extrañó. Tanto tiempo cerrado, clientes en cola a la puerta del negocio…

Pasó el primero de los caballeros. Ojo avizor pude observar cómo, el barbero, no había desinfectado o al menos limpiado un poco el asiento, los útiles de trabajo… Tampoco sus manos. «Un despiste», pensé en seguida. El cigarro lo relajó y no se dio cuenta. El cliente tampoco le dijo nada, se sentó y dejó hacer.

Nada más terminar con el señor pasó al otro. Esta vez levanté la vista –y las orejas como buen coyote– para observar con claridad qué hacía. Lo mismo. Ni desinfectó, ni se lavó las manos…, nada. Esto ya no puede ser un despiste y el genio de la lámpara que llevo dentro, se revolvió. ¿Te soy sincero? Me dio asco. Cerré el libro y puse toda mi atención en el profesional.

Nada más terminar con el corte del tercer hombre, aplicarle gel con sus manos en el pelo, cobrarle, rascarse los…, salió de nuevo a la terraza. Ni que decir tiene que no se lavó, secó, desinfectó…, o lo que sea, las manos.

Yo era el único cliente que le quedaba.

–Me voy a echar un cigarrito y ahora te atiendo –comentó de la manera más natural posible, mientras se rascaba el interior de una de las fosas nasales con un dedo, mientras que con la otra mano sacaba el mechero para encender el pitillo que ya columpiaba en los labios.

Creo que pasé del blanco pálido al verde intenso en un santiamén.

–Por mi no se preocupe –le dije mientras me levantaba–, tranquilo, puede usted seguir haciendo lo que le plazca, que después de tanto tiempo sin trabajar entiendo que sus preferencias hayan cambiado. 

Dicho aquello me marché. Él dijo algo, pero no me volví para escucharlo.

Gracias por leerme.

P.D. Hoy en día voy a otro barbero. De allí vengo. Sus manos olían a tabaco, por eso me acordé de esta anécdota. Se lo dije, me pidió disculpas y se las lavó. Así sí. 

«Una aparición inesperada»

«Una aparición inesperada»

Al parecer él no lo vio venir. Iba vestido con su traje de corbata de color oscuro y su sombrero Fedora, negro y de ala mediana, para más indicaciones. Cruzó la calle sin darse cuenta del coche que, a velocidad ordinaria, subía en dirección a la carretera general, hasta casi colisionar con él. Por suerte no lo hizo. El hombre miró al coche, no hizo ni un gesto de desaprobación o de enfado, tampoco infirió ningún exabrupto o gesto hiriente. Nada, como si no le hubiera importado, solo fijó la mirada en la acompañante del conductor.

Las luces de la noche apenas alumbran la calle. La escasez de estas hace que las sombras superen con creces los momentos de claridad. Conducir así no es fácil.

Tras el grito que dio la acompañante el conductor no tuvo más remedio que frenar. Lo hizo en seco, a lo bruto, en un acto reflejo, sobresaltado por el chillido de su pareja.

No venía nadie detrás, ¡menos mal!, eso facilitó la inoportuna maniobra, que realizó bruscamente tras el susto recibido.

–¡¡Pero…, se puede saber por qué coño…!! –gritó altamente sorprendido.

–¿No lo has visto? –contestó ella con voz temblorosa.

–¿El qué?

–¡A mi padre!

–Pero, ¡qué coño dices!, ¡es que te has vuelto loca!…

El conductor, tras recuperar el aliento y asegurarse de que no venía ningún vehículo, se cayó. Volvió a encender el coche y arrancó, intentando recuperar la calma y la velocidad.

Ella miró hacia atrás. La carretera continuaba a oscuras, con apenas el reflejo de una farola que ahora se alejaba. Estaba segura de lo que había visto. Sus manos seguían temblando. Su estómago se había encogido. Estaba segura que aquel hombre que cruzaba la carretera y la había mirado era su padre. Solo que allí no había nadie y el hombre que suponía haber visto ya hacía más de cuarenta y cinco años que había fallecido.

Gracias por leerme.

«A la luz de una lumbre»

«A la luz de una lumbre»
El edificio de enfrente puede que guarde los mismos secretos que el tuyo.

Está sentado en su balcón. Las luces del salón están apagadas y en la calle no hay alumbrado público. Está totalmente a oscuras. Piensa que nadie se puede percatar de su presencia. Con su mano ahuecada tapa la llama del cigarrillo para no desvelar su presencia, truco que aprendió mientras hacía la guardias en la mili. En noches como aquellas, en las que se siente solo y abandonado, se suele acomodar allí, en la silla de brazos de la terraza, para observar el vecindario. Lo hace para sentirse acompañado, imaginando que forma parte de la vida de cada uno de ellos.

El edificio que tiene enfrente es de la misma altura que el suyo, tres plantas. Una noche más puede ver a todas las personas que allí viven. Todas tienen las luces encendidas y se muestran, como si de un programa de telerrealidad se tratara. Ellos no le ven. Algo busca.

Del bolsillo de la bata saca la ajada libreta de seguimiento. Observa, comprueba y anota metódico: 

  • Primero A: siguen trabajando en sus ordenadores, cada uno por su lado. Se odian.
  • La chica del primero B: baila, canta y disfruta, mientras se peina la cabellera y utiliza el secador como micrófono. Una posibilidad.
  • Los viejitos del segundo A: fieles a Pasapalabra, no se levantarán a preparar la cena hasta que el programa no termine. Demasiado sencillo.
  • Segundo B: Siempre hay un colgado en las comunidades, este es el de aquí. Como cada quince días, está limpiando la vitrina de su colección de Playmobil. ¡Buag!
  • Tercero A: Ahí está la parejita, serie de abdominales, después glúteos, planchas… ¡Así están! Demasiado.
  • Tercero B: Acaba de apagarse la luz. No se ve nada, salvo… ¡Sí! Veo la lumbre de su cigarro. ¿Qué hace? ¿Me observa? –Aquello le llama la atención. Deja de escribir y, escondiéndose aún más en sus sombras afina la mirada…

Sabe que está ahí, pero no logra verla. De repente la luz de esa terraza se enciende y se apaga. Apenas un par de segundos, pero le dio el tiempo para ver que ella le amenazaba con un cuchillo y le hacía el gesto de cortarle la garganta. Él se asusta, deja la libreta, se acobarda y se refugia dentro de su salón, corre las cortinas. Se sienta en su sofá tembloroso, y, aún a oscuras, llama a su psiquiatra. Acaba de descubrir que no es el único sicópata que se refugia y amenaza tras la lumbre de un cigarro. 

Gracias por leerme.