
Ella no estaba bien. Le dolía constantemente la cabeza y mantenía un nudo persistente en el estómago, un ardor silencioso que le impedía sonreír, sintiéndose molesta todo el día.
El malestar era tan generalizado que incluso sus palabras se habían convertido en dardos envenenados contra todo aquel que le dijera algo.
Sus amigos, su pareja e incluso el gato huían de su mirada cuando su voz se tornaba cortante. Sabían lo que les venía encima.
Todo había empezado con aquel sueño recurrente. Otra vez aquel sueño. Una puerta vieja, entreabierta, al final de un pasillo interminable. Nunca se atrevía a cruzarla. No sabía qué había al otro lado, y eso le aterraba más que quedarse inmóvil frente a ella.
—No estoy bien —murmuró una noche frente al espejo del baño. Decirlo en voz alta le pareció extraño, como si las palabras hubieran salido de alguien presente que no podía ver. En aquel momento decidió huir. No por cobardía, sino por una necesidad de autocuidarse, pues tenía aquel dolor interior quemándole, como fuego que lo arrasa todo a su alrededor.
Su partida fue simple, sin dramas, sin despedidas. Simplemente se fue. Hizo daño.
Al llegar a aquel sitio que nadie, salvo ella, sabía que era su escondite, se sentó. El silencio la recibió como una bofetada.
No había redes móviles, ni Wi-Fi, ni siquiera una radio que le hiciera compañía. Solo el crujir de las olas contra la arena. El murmullo del mar rompía el silencio.
Su voz interior se encontraba atrapada en sus pensamientos. Recordaba las discusiones recientes, las palabras que había lanzado como dardos venenosos.
Dentro el caos. El caos que sentía por dentro le gritó, convirtiéndose en un espejo que le devolvía su propia confusión, sus propios silencios dañinos y sus propias palabras.
Allí sentada dejó salir lo que había estado conteniendo. No fueron palabras, sino lágrimas. Otra vez sus lágrimas que empapaban sus pensamientos.
Lloró por las cosas que había dicho y por las que no se atrevió a decir. Por el daño que había hecho y por el que había recibido, a menudo sin entenderlo del todo. Lloró. Lloró.
Al día siguiente, regresó, de la misma manera que se había marchado, en silencio.
En su cabeza no habían mensajes, ni llamadas, ni caras familiares, sólo su silencio enfrentándose a esa puerta en sus sueños. La puerta era suya, y el pasillo no era un enemigo, sino el reflejo de un camino que llevaba recorriendo toda su vida.
Había huido por miedo, por amor. Necesitaba salvarse a sí misma para no destruir lo que amaba y es que a veces, huir no es una derrota, es una tregua que nos damos para encontrar las palabras justas, para sanar los silencios y para recordar que no estamos solos, aunque en ocasiones el eco de nuestra propia voz sea lo único que podamos escuchar.
Gracias por leerme.