
Se acercó con cautela. Sabía que algo le pasaba. se lo notó en la cara nada mas verlo. Con cariño, solo le dijo ven. Lo llevó a apartó de donde estaban todos los demás y, sin más lo abrazó. Su estado de ánimo cambió casi de manera inmediata, aquella era una magia que solo ella podía conseguir, era una especie de vitamina que no suelen recetar los médicos, aunque deberían.
Dicen que un abrazo al día mantiene a raya la tristeza, y si eso es cierto, hay días en los que más de uno debería abrazar hasta a su propia sombra. Hoy es uno de esos días. Necesito no uno, diez.
Por darte alguna idea quiero aprovechar para recordarte de que, hay un tipo de abrazo para cada situación: el apretado, que te resucita las costillas; el torpe de «no sé si nos llevamos tan bien para esto«»; el largo, que te dice sin palabras «tranquilo, aquí estoy»; el que libera, “ven, no digas nada”, y te quedas ahí pegado un buen rato. Todos son útiles, todos suman.
Por si no lo sabías la ciencia los avalan, de ahí mi reflexión sobre un recetarío para entregarlos a diestro y siniestro, liberan oxitocina, esa hormona que hace que tu cerebro diga: «Eyyy, ¡de puta madre!, esto está bonito, ¡sigamos viviendo!».
¿Te has fijado que en las películas románticas el abrazo es ese momento mágico en que todo encaja? Pero en la vida real, a veces los abrazos tienen menos glamour. Por ejemplo, está el clásico abrazo de reconciliación, que parece más una lucha de sumo emocional: tú queriendo demostrar afecto, mientras la otra persona todavía tiene los brazos cruzados porque no ha terminado de ganar la discusión. Spoiler: un buen apretón suele derretir hasta el enfado más tozudo.
O ese abrazo en las primeras citas, donde uno no sabe si es un: abrazo de amistad, abrazo de me caes bien o abrazo de “vamos viendo cómo nos va».
Eso sí, el mejor chiste sobre el amor y los abrazos es que, cuando estás enamorado, parece que nunca tienes suficientes. Como decía mi amigo Juan, que deseaba tanto tener pareja que abrazaba hasta la almohada porque decía: «practico para cuando llegue el momento estar entrenado». Spoiler: nunca llegó. Pero al menos él dormía feliz.
Así que ya lo sabes: los abrazos son como el pan, el mundo sería mucho mejor si dejáramos de contar calorías y empezáramos a repartirlos más. Abraza hoy, mañana, y siempre… porque, aunque el amor no dure para siempre, un buen abrazo puede arreglar hasta los días más feos. ¡Y eso ya es una victoria!
Abraza. Abraza con ganas, con propósito, sin miedo a parecer raro, porque lo raro no es dar abrazos, lo raro es vivir sin ellos.
¡Ah! Y si alguien te dice que no le gustan los abrazos… probablemente necesite uno doble. Yo hoy, y siempre, quisiera que me dieras mil, que bastante jodida está la cosa, pero este, quizás no el último, sí tiene sabor a despedida.
Gracias por leerme.