«El anhelo»

El anhelo

Parece mentira pero sabemos que hay silencios que pesan más que una despedida. 

Son aquellos que no hacen ruido, los que no rompen nada, son sólo los que se instalan dentro, como una habitación cerrada en mitad del pecho. Desde ahí observan la vida pasar, mientras uno sonríe, trabaja, conversa y aparenta estar completo. 

El anhelo nace así. Primero como una incomodidad pequeña, una sensación difícil de nombrar. Después crece, se vuelve una pregunta constante: “¿Y si mi vida pudiera ser algo más?”, “¿y si…?

Hay quienes intentan ahogarlo con rutina. Otros con ruido, algunos llenan los días de obligaciones para no escuchar esa voz que aparece de madrugada o justo antes de dormir. Pero el anhelo es paciente, sabe esperar.

A veces aparece viendo la lluvia tras un cristal, o en medio de una reunión donde todo parece correcto y, aun así, algo dentro se siente ausente. Surge al mirar fotografías antiguas y descubrir que, en algún momento, uno dejó de reconocerse, y no es tristeza, es hambre. Hambre de vivir distinto, de sentirse vivo otra vez, de dejar de sobrevivir en automático.

Lo curioso del anhelo es que rara vez pide cosas materiales. No suele hablar de dinero ni de éxito superficial. Lo que realmente desea es más íntimo, quiere verdad, quiere que la persona que uno es por dentro vuelva a encontrarse con la que muestra al mundo. Esa distancia… duele, porque llega un momento en el que uno comprende que no está cansado por trabajar, sino por sostener una versión de sí mismo que ya no encaja. Entonces empieza la batalla silenciosa. La mente dice: “No arriesgues.” “El momento perfecto no existe.” “Ya es tarde.” Pero el corazón insiste, lo hace cuando todo calla, cuando nadie entiende, porque el anhelo auténtico no desaparece, se transforma en impulso.

Ahí cambia todo. No de golpe. No como en las historias perfectas. Cambia lento. Empiezan a regresar partes dormidas de uno mismo: la ilusión, la curiosidad, la capacidad de imaginar un  futuro sin miedo…, y, aunque siguen existiendo dudas, aparece algo más fuerte, la sensación de estar caminando hacia la propia vida, en lugar de huir de ella. Entonces el anhelo deja de ser herida, se convierte en dirección. Porque cuando uno sabe hacia dónde ir, el éxito más difícil no es el que se mide afuera, no son los aplausos, no son los títulos, no es demostrar nada, es cuando alguien logra mirar su interior en silencio y ya no siente vacío.

Ahí es quizás donde habita la mayor victoria de todas, atreverse a escuchar aquello que antes dolía y ver que ahora se ha convertido en el camino que terminó salvándolo.

Gracias por leerme.

«¿Quién me cuida?»

Dicen que cuidar es un verbo que se conjuga hacia afuera. Yo me lo creí durante años.

Soy cuidador por vocación, por inercia y, con el tiempo, por identidad. Aprendí a anticiparme al frío de otros antes de que pidieran una manta. A reconocer el temblor en una voz que todavía decía “estoy bien”. A preparar dos tazas cada mañana, aunque la otra apenas se probara. Aprendí,  sobre todo, a estar presente.

Había algo hermoso en eso. Acompañar el primer café del día sin palabras, en ser la última voz que decía “buenas noches”, en ofrecer la mano durante un paseo lento. Pero, en medio de todo, empezó a filtrarse una pregunta, que no obtenía respuesta, ¿quién me cuida a mí?

No llegó de golpe. Fue una suma de pequeños vacíos. Como darte cuenta de que nadie te pregunta cómo has dormido, o que, por seguir en ese ejemplo, si te quedas dormido en el sofá, nadie vendrá a taparte. Que el café siempre está caliente para otros, pero el tuyo se enfría mientras atiendes urgencias ajenas. Intenté normalizarlo. 

Nos contamos que cuidar implica renunciar, que ya habrá tiempo para uno mismo. Pero el cuerpo no entiende de excusas.

Empecé a sentir un cansancio distinto. No el del esfuerzo, sino el de la ausencia de retorno. Me descubrí deseando cosas pequeñas, que alguien dijera “hoy me ocupo yo”, que me tomaran la mano sin pedirlo, que alguien notara mis silencios, o que me dieran un beso sin motivo aparente.

Una noche me quedé dormido en el sillón. Antes de cerrar los ojos pensé, casi sin darme cuenta, que ojalá alguien viniera a cubrirme con una manta. No por el frío, sino por lo que ese gesto significa: “te veo”. Desperté de madrugada. Sin manta.

No fue grave. Pero ahí entendí algo que llevaba tiempo evitando, cuidar sin ser cuidado no es virtud, es desgaste. Entonces decidí retirarme un poco. No de las personas, sino del rol. Dejar de anticiparme siempre. Ver quién aparecía cuando yo no lo hacía. 

Fue incómodo. Algunos silencios se hicieron muy largos. Algunas manos no llegaron. Descubrí relaciones sostenidas casi solo por mi, pero también descubrí que…

Una mañana me levanté tarde. Preparé café. Una sola taza. Me senté sin prisa, junto a la ventana. Mirando al vacío. Por primera vez en mucho tiempo, me tomé el café caliente.

Esa noche dejé una manta doblada en el sofá. Sin pensar demasiado. Como un gesto mínimo.

Horas después, me desperté allí mismo, en el sofá, con frío. Entonces cogí la manta y me tapé. No hubo nadie más. Solo ese gesto, en el que entendí el giro de todo. Había estado esperando que alguien ocupara un lugar que yo mismo había abandonado.

No es que nadie me cuidara. Es que yo había aprendido a no hacerlo conmigo. 

Desde entonces sigo avanzando, pero ya no desde la espera, sino desde la elección. Algunas noches, cuando el cansancio me vence, hay alguien que viene, en silencio, a taparme con una manta, soy yo, y en el fondo sabes que echo de menos tu abrazo.

Gracias por leerme.

«No lo digas»

No tengo claro si morderme la lengua. En muchas ocasiones, mis palabras se malinterpretan y después hay que entrar a explicarlas con más detalle. ¿Te ha pasado? Creo que, en una cultura que idolatra la autenticidad sin filtros, decir todo lo que uno piensa parece casi una obligación moral. “Si lo sientes, dilo”, “No te calles las cosas”, nos repiten. 

Pero en la vida, en la convivencia humana, creo que hay una habilidad mucho más sofisticada, menos vistosa y profundamente transformadora que hay que entrenar: saber cuándo uno debe morderse la lengua.

Con eso no afirmo de que se trata de reprimir palabras, ni de acumular silencios tóxicos. Consiste en elegir, qué decir o qué callar y, elegir, casi siempre, implica renunciar a algo. Porque detrás de ese simple gesto hay más consecuencias de las que te imaginas. Por ejemplo: 

1. Protege lo importante de lo impulsivo. No todo pensamiento merece convertirse en palabra. Hay ideas que nacen del cansancio, del enfado momentáneo o del ego herido. Darles voz es como firmar un contrato con una versión de ti que ni siquiera te representa del todo. Morderse la lengua permite que lo importante —la relación, el respeto, el vínculo— no quede a merced de lo pasajero.

2. Reduce conflictos innecesarios. Muchas discusiones no nacen de grandes problemas, sino de pequeñas frases dichas en el peor momento. Ese comentario sarcástico, esa crítica sin filtro, esa comparación innecesaria. Evitar decirlo no es cobardía, es inteligencia emocional. 

3. Fomenta la reflexión interna. Cuando no hablas inmediatamente, te obligas a pensar: “¿Esto que quiero decir aporta o solo descarga?” Esa pausa construye madurez, te entrena para diferenciar entre expresar y reaccionar.

4. Genera espacios de calma. El silencio también comunica. A veces, no responder es la mejor forma de evitar incendiar una situación. Es un acto activo, no pasivo, eliges no añadir leña al fuego.

5. Puede generar acumulación emocional. Callar constantemente lo que molesta no lo hace desaparecer, lo almacena, y lo acumulado, tarde o temprano, explota, generalmente de forma desproporcionada.

6. Riesgo de perder autenticidad. Si te muerdes la lengua siempre, dejas de ser tú. La otra persona no te conoce de verdad, y tú empiezas a desconectarte de lo que sientes. 

7. Puede fomentar dinámicas desequilibradas. Si solo uno calla y el otro expresa todo sin filtro, la relación se inclina. 

8. Confunde al otro. No decir lo que pasa por dentro puede generar interpretaciones erróneas, ya que la otra persona no es adivina. A veces, el problema no es lo que se dice, sino lo que nunca se dice.

Como insinuaba antes, la verdadera habilidad no está en hablar o callar, sino en gestionar el cuándo, el cómo y el para qué, puesto que hay silencios que protegen y otros que destruyen lentamente, palabras que liberan y otras que dejan cicatrices.

Al final, no se trata de morderse la lengua, sino de no acabar mordiéndose el uno al otro. O sí, pero esa ya sería otra historia. 

Gracias por leerme.

«Te quedarás si estás»

«Te quedarás si estás»

Hay algo que llevo tiempo queriendo decirte. No es una de esas frases bonitas que se dicen para quedar bien. No es un consejo de esos que se olvidan al día siguiente. Es algo más simple… y más difícil: Si vas a quedarte en mi vida, tu presencia tiene que ser mejor que mi soledad.

Te lo digo así, sin adornos. Porque la soledad que tengo ahora no es triste, no es ese vacío del que todo el mundo huye. Es una soledad tranquila, casi noble. Una que me deja pensar, que no me pide explicaciones, que no me obliga a convertirme en alguien que no soy. Con ella aprendí a escucharme, a no correr detrás de quien no quería caminar a mi lado, a dejar de pedir permiso para ser quien soy.

Por todo ello, cuando apareces tú, no basta con estar, no basta con llenar el espacio de la silla vacía. Tendrías que traer calma a mis días difíciles, que sumar luz cuando el mundo pesa, tendrías que hacer que el silencio compartido sea más bonito que el silencio a solas. Porque lo fácil es entrar en la vida de alguien, lo difícil es mejorarla, y, como sabes, yo ya no tengo edad para presencias que cansan, para conversaciones que encogen el alma, para afectos que hacen sentir más sola a una persona que la propia soledad, así que sí… te hablo a ti, a la persona que tal vez quiera quedarse.

Pero también te confieso algo que quizá no esperabas, durante mucho tiempo pensé que estas palabras eran para alguien más, para quien llegara, para quien quisiera caminar conmigo, hasta que un día entendí algo incómodo: que la primera persona a la que tenía que exigirle esto… era a mí.

Porque también yo me abandoné muchas veces. También yo acepté menos de lo que merecía, también yo me acompañé mal. Ya aprendí de todo ello. Desde entonces hice una promesa, que si voy a vivir conmigo el resto de mi vida, si voy a ser mi propia compañía en cada noche difícil, en cada decisión importante, en cada nuevo comienzo… entonces mi presencia también tendrá que ser mejor que mi propia soledad.

Curiosamente, desde que me lo prometí, desde que cumplí conmigo mismo, solo se queda a mi lado quien realmente cumple.

Gracias por leerme.

«El arte de saber estar y saber elegir»

«El arte de saber estar y saber elegir»

Hay una escena que se repite más de lo que confesamos.

Una persona llega a casa después de un día intenso. Se quita los zapatos. Se sirve una copa de vino. Se sienta en el sofá. Silencio. No hay ruido de fondo, no hay exigencias, no hay nadie reclamando nada. Por un instante, siente algo que muchas veces cuesta nombrar, paz.

Pero esa misma persona, otra noche distinta, puede encontrarse en el mismo sofá, con la misma copa de vino… y sentir un vacío enorme que le aprieta el pecho.

La diferencia no está en el sofá, ni en el vino, ni siquiera en la ausencia de alguien. La diferencia radica en cómo se vive esa soledad. No es lo mismo la soledad buscada que la impuesta.

Nos han enseñado que estar solo, o sola, es sinónimo de fracaso. Que si no tienes pareja “algo falta”, o “algo te pasa”. Que el objetivo de toda persona es encontrar a alguien lo antes posible, como si la soltería fuera una incómoda sala de espera.

Nadie nos habla del poder que tiene aprender a estar solo sin sentir abandono. De lo magnético que resulta una persona que disfruta de su propia compañía, que no necesita llenar cada silencio con ruido, o que no busca a alguien para escapar de sí misma.

Saber estar solo es un superpoder. Es cenar contigo sin sentir prisa, viajar sin necesitar testigos, tomar decisiones sin depender de una validación constante, es conocer tus sombras, o tus fantasmas, sin que estos te asusten.

Cuando sabes estar sola, o solo, dejas de elegir desde la carencia; entonces todo cambia, porque la pareja ya no es una muleta, es un complemento, y aquí viene la parte importante. No se trata solo de “tener a alguien”, se trata de ser alguien y de estar estar con alguien con quien el silencio no sea incómodo, con alguien que sume, que no compita con tu brillo.

Se trata de estar con una persona que no llegue para rescatarte, sino a acompañarte, porque ya sabes que tú solo, o sola, puedes con todo y sabes hacerlo todo sola, o solo, pero esa persona está para apoyarte, para ayudar, para ser un equipo.

Se trata de alguien que entienda que una conversación profunda puede ser más íntima que cualquier contacto físico, o que la mejor relación sexual que pueden tener es que el tiempo se escape de las manos mientras pasan la tarde en ese sofá, con esa copa de vino, con esa paz, porque no hay nada más profundamente erótico —sí, erótico en el sentido más amplio de la palabra— que dos mentes que se encuentran, en una conversación que se alarga sin mirar el reloj, en la sensación de “me entiende” sin tener que explicarlo todo.

No necesitamos a cualquiera. Necesitamos a alguien que sume conversación, presencia, calma. Alguien que respete nuestra soledad porque también sabe habitar la suya. Porque el amor sano no llena vacíos, se construye entre dos personas completas.

Así que sí, aprende a estar sola, o solo. Haz las paces contigo, y, cuando aparezca alguien capaz de sentarse frente a ti y sostener una buena conversación —de esas que despiertan la mente y acarician el alma— sabrás que no la necesitas para sobrevivir, la eliges para compartir. Esa diferencia lo cambia todo.

Gracias por leerme.

«Escribo mejor que hablo»

«Escribo mejor que hablo»

No es una confesión nueva, pero cada día se vuelve más cierta. Lo digo sin vergüenza, admitiendo que creo que escribo mejor que hablo, aunque no creo que escriba del todo bien.

Cuando hablo, me rompo un poco, en muchas ocasiones me atropello. Las frases salen incompletas, se me quedan emociones en la garganta, y las ideas, tan claras en mi cabeza, se vuelven torpes al cruzar mis labios. Las ideas se me amontonan, los silencios pesan, y las palabras —torpes— no alcanzan a decir lo que realmente siento. En cambio, cuando escribo, todo encuentra su sitio. La emoción se ordena, el pensamiento respira, y lo que llevaba días o años escondido por fin se atreve a salir. Hablar me expone. Escribir es mi forma de desnudarme sin vergüenza, también sin miedo. 

Escribir  me revela. Aquí no tartamudeo, no retrocedo, no escondo el temblor de lo que siento. Escribo porque es una forma honesta de existir pues tengo un mundo dentro de mí que no cabe en una conversación normal. Un lugar donde las palabras arden, donde el deseo no se disfraza, donde el corazón late sin pedir permiso. Ese lugar solo se abre cuando escribo y, aún así, no se abre para cualquiera. 

Puedo confesar que guardo muchas ideas, que apunto en mi bloc de notas para, quizás, y solo quizás, darles luz en otra ocasión. No lo hago por cobardía, sino por respeto, porque no todas las personas están hechas para recibirlas. Hay pensamientos que solo pueden vivir en el espacio íntimo entre dos almas que se reconocen, incluso antes de tocarse. Entre esas personas apareces tú.

Nos consta que podemos hablar de lo que sea, por lo que contigo, mis palabras no se defienden, se entregan. Puedo decirte cosas que no sabría pronunciar mirándote a los ojos, porque sé que las sentirías antes de entenderlas. Puedo hablarte con la suavidad de una caricia, con la intensidad de un susurro, con la inteligencia de quien sabe que el deseo también piensa. Contigo no tengo que elegir entre la mente y la piel, puedo ser romántico sin pudor,  sensual sin máscara, tierno sin perder fuerza, ser fuego y calma en la misma frase.

Cuando escribo, cada palabra es una forma de acercarme, cada línea una manera de tocarte sin hacerlo, cada silencio una promesa que vibra entre nosotros.

Escribo mejor que hablo porque mi voz, cuando se queda corta, aprende a arder en las letras, porque contigo no quiero ser correcto, quiero ser verdadero, sobre todo con las emociones que no nacieron para ser dichas en voz alta, sino para ser leídas despacio, con el corazón entre las manos, o como dije antes, susurradas en un abrazo, en ese que deseo darte.

Quizá esta sea la verdad más profunda, no escribo porque no sepa hablar, escribo porque hay personas —como tú— que merecen ser sentidas en cada palabra.

Gracias por leerme.

«El invierno interior»

EL INVIERNO INTERIOR

Hoy es jueves, toca escribir esta esquina, pero hace frío, Miro por las ventanas de mis salón y contemplo como ese frío no viene solo, el viento trae las nubes y el aire muerde las manos. 

El frío no está solo, lo acompaña el silencio más hondo, ese que se cuela por los espacios donde antes había risas, mensajes, pasos compartidos. El invierno tiene esa costumbre, desnudarlo todo. Quita hojas, acorta los días y nos enfrenta a la pregunta que evitamos cuando hay ruido alrededor ¿con quién estamos cuando no hay nadie?

Caminar en invierno es caminar más despacio. El cuerpo pide abrigo y el alma también. Se piensa en la falta de compañía como quien mira una silla vacía frente a la mesa. No duele de inmediato, duele cuando uno se sienta y entiende que el eco es propio. 

Pero el frío, aunque parezca castigo, es en realidad un maestro severo y honesto. Nos obliga a mirarnos sin distracciones, a escucharnos sin testigos.

Hay una trampa en desear que alguien más nos caliente el invierno interior. Creemos que la compañía nos salvará del frío, cuando muchas veces solo lo pospone. El crecimiento, ese que transforma de verdad, ocurre cuando aceptamos quedarnos un rato en esa intemperie emocional, cuando dejamos de huir del silencio y aprendemos a hacer fuego con lo que somos.

El invierno enseña a valorar el calor porque primero nos lo niega. Enseña que la soledad no siempre es ausencia, a veces es espacio. Espacio para entender qué nos falta y, más importante aún, qué nos sobra. No se puede crecer rodeado de ruido constante, hay raíces que solo se fortalecen bajo tierra, en la oscuridad, en el frío. 

Así que sí, es jueves y hace frío. Aquí estoy, cumpliendo con mi propio compromiso de volver a esta esquina. Tal vez no haya nadie esperando al final del día. Pero en ese camino helado hay una oportunidad secreta, caminar contigo mismo, aprender mi ritmo, descubrir que también sé sostenerme. El lector de esta historia —tú— solo puede atravesarla para crecer, porque el invierno no llega para destruirnos, llega para prepararnos para la primavera que aún no vemos, pero que, silenciosamente, ya está en camino.

Gracias por leerme.

«Kilómetros hacia mí»

«Kilómetros hacia mí»

Quizás esto no lo hayas pensado de la manera en lo que ahora te propongo, pero creo que hay viajes que no se hacen con maletas, sino con cicatrices. Creo que hay trayectos que no se recorren con trenes, barcos o aviones, sino que se hacen entre recuerdos, suspiros y miradas detenidas tras una ventana empañada.

Hoy no hablaré de cuerpos entrelazados —al menos, no en el sentido físico— sino de ese otro tipo de relaciones, la que uno experimenta al mirarse de frente después de mucho tiempo huyendo.

Hace unos días cogí mi coche, carretera alante, sin destino, sólo sabía que necesitaba irme. Lo hago a veces, muchas de ellas, como esta, sin avisar, sin decirlo. En la mayoría de las ocasiones por carreteras secundarias, de esas que te permiten parar en un mirador o en un apartadero, en el que tengo la certeza de no encontrar a nadie. 

Cuando hago esto, voy despacio, en un recorrido lento, lo suficiente como para obligarme a pensar. 

Por el camino, a veces hago paradas. En ellas siento que, antes de huir, me acerco a algo que no era el lugar en el que quería estar, por lo que esta necesidad de poner kilómetros  responde a la necesidad de volver a una versión de mí que había olvidado. Por eso irme, para poder volver. A veces la felicidad no es una conquista, sino un regreso. 

Recordar no duele. Lo que duele es saber que hay momentos en los que soy más yo. Que en compañía de ciertas personas, de palabras concretas o incluso de silencios llenos encuentro una paz que nunca logré alcanzar en otros espacios de mi vida. Irme es volver a mi.

Encontrarse a uno mismo es un acto violento. Es arrancarse la máscara con la yema de los dedos. Es aceptar que tal vez no estamos hechos para la felicidad constante, pero sí para los instantes de plenitud, como aquel café sentados frente al balcón, o las tardes paseando junto al mar, las mañanas de compras en el centro comercial, las tardes tirados sobre la arena de la playa, o las noches con una copa de vino y la vela encendida. 

Viajar hacia uno mismo es una carretera sin mapa que en ocasiones se llena de niebla, lluvia o ruido, pero en la que siempre aparece una figura que tiende la mano, o manda un mensaje, para recordarte de que está ahí, para decir que nunca se irá, que…, a veces eso es suficiente para no perderse del todo. Otras no, pues a todos nos gusta escuchar el retumbar del eco de unas palabras bonitas, o un “te echaré de menos”. 

Mañana me marcho de viaje. Como en otras ocasiones, lejos, muchos días, en los que no podré verte y ya siento tu vacío. No te olvides de esta esquina, de la nuestra, de lo nuestro, de mi. Volveré cuando pueda, quizás no el jueves que viene; pero recuerda, nunca dejes de buscar(te). Incluso si, como yo,  a veces te pierdes a kilómetros, en el intento de volver a ser. 

Gracias por leerme.

«Una decisión sin azar»

En una tarde sin nombre, de esas que parecen suspendidas en el tiempo esperando a que algo ocurra, alguien se sentó a solas frente a una mesa vacía. Los rayos del sol perforan el cristal de la ventana, abriéndose paso en su duro espesor, para calentar el espacio e intentar dar alguna esperanza a aquel corazón cansado. 

La habitación hablaba de abandono, con el polvo sobre los libros, la taza de té vacía, sucia y olvidada en una esquina, el silencio, que sonaba a ausencia, las sombras, que golpeaban la mente…

No se había dado cuenta pero llevaba tiempo dudando, posponiendo, acumulando preguntas sin respuesta, tantas, durante tanto tiempo, que se le había endurecido el alma. Fue entonces cuando sacó la moneda.

Era una simple pieza cobriza gastada, elegida más por hastío que por fe. Cara: seguir. Cruz: detenerse. Cara: decir lo que siente. Cruz: callar para siempre. Cara: escribir. Cruz: rendirse. Le daba igual. Solo quería dejar de sentir ese peso de tener que elegir algo que no sabía si quería.

Empezó a lanzar la moneda. Una, dos…, diez veces. Cada resultado lo anotaba en su ajada libreta de notas. Lo hacía sin pensar, como un reflejo. 

Tras varios lances sintió una falsa libertad, un descanso en los hombros. Algo se vaciaba en su interior, como si se deshiciera de sí mismo pedazo a pedazo, como si cada cara o cada cruz le robara un deseo, una intención, la decisión final.

Se prometió el último lanzamiento. Saliera lo que saliera ese era el definitivo.

Al volver a lanzarla el azar hizo que la moneda cayera y rodara lejos, fuera de la mesa, fuera de su alcance. Se coló por debajo de la rendija del mueble del salón. Él rió perplejo, quedó mirando, inmóvil. Ahí lo sintió. 

Entendió entonces que no era azar lo que buscaba, que hay cosas que no se dejan a la suerte. Que buscar aquella mirada, la del otro lado del abismo, la que da paz, no era tarea fácil; que la promesa de una risa compartida, la complicidad o las caricias deseadas…, como las palabras que esperan nacer cuando otro escucha, tenía que ir a buscarlas. 

Así, sin azar, con cariño, compromiso y decisión podía encontrar el temblor de la piel que sabe que por fin está en casa.

Gracias por leerme.

«Una almohada llamada ausencia»

«Una almohada llamada ausencia»

¿De qué tamaño es tu cama? ¿De eso depende lo que sientes cuánto te metes en ella? Creo que no. Hay noches en las que la cama parece más grande. No porque haya crecido, sino porque falta algo. O alguien. La almohada no hace su trabajo. Es entonces cuando uno se da cuenta de que el silencio no siempre es paz, a veces es ausencia, vacío que se convierte en el eco tibio de una caricia que no llega, de un beso o un abrazo que no se da, o el recuerdo de un perfume leve de un cuerpo que ya no está, una sombra que se desliza por la memoria.

Dormir abrazado no es sólo compartir calor. Es dejar que el cuerpo diga lo que las palabras no alcanzan. Es controlar ese instante que está situado justo antes de cerrar los ojos en el que uno siente que todo está en su sitio, incluso si el mundo de afuera se derrumba.

Cuando se echa de menos a alguien, cuando esa ausencia se hace presente, el cuerpo lo recuerda antes que la mente. La forma en que encajaban dos espaldas, la respiración acompasada, el roce tibio de una pierna buscando compañía en la madrugada. Todo eso se convierte en una especie de huella invisible que arde más cuando falta.

Dormir sin esa presencia se vuelve entonces un pequeño duelo cada noche. Se acomoda a la ahora incómoda almohada, se extiende un brazo al otro lado del colchón, y nada. Solo aire, frío espacio que solía estar lleno.

Es en ese hueco de la cama, donde se comprende que lo esencial de dormir abrazado a alguien no es solo ternura, es certeza. Es saber que el día terminó y, pese a todo, no se terminó solo. Que los miedos, los pensamientos, las heridas del día pueden quedarse en la puerta porque hay un cuerpo que sostiene, que escucha sin hablar, que acompaña sin exigir, que llena la ausencia.

Gracias por leerme.