
Como cada año, durante el mes de noviembre, aquel viejo grupo de la universidad se reunía para un almuerzo, en un restaurante de la ciudad que casi parecía estar esperando por ellos.
En aquel encuentro había algo sagrado, intentar no faltar a la cita era un ritual que cada uno intentaba cumplir.
Con los años, las ocupaciones, las familias, y las distancias, aquella reunión anual se había vuelto una especie de ancla, un recordatorio de un vínculo que iba más allá del tiempo y las circunstancias.
Al llegar, se reconocían de inmediato, como si el tiempo vivido se desvaneciera al cruzar la puerta. No importaban las nuevas arrugas o las viejas canas, el aumento de peso o la baja forma, ni el cansancio en la mirada, ni las preocupaciones y desdichas que cada uno cargaba sobre sus hombros; al encontrarse, todos volvían a ser aquellos jóvenes que solían pasar horas en los pasillos de la universidad, soñando con el futuro y compartiendo esperanzas.
Al principio, el saludo era siempre un torbellino de abrazos, besos, palmadas en la espalda y risas que llenaban el lugar. No importaba cuán serio o reservado fuera alguno de ellos en su vida cotidiana; en aquel almuerzo, todas las barreras desaparecían. Volvían a ser los de siempre.
La mesa, larga y llena de platos compartidos, se convertía en el centro de su pequeño universo. Los mismos sabores de siempre, los mismos brindis, y las mismas bromas que jamás parecían envejecer. A veces, recordaban las anécdotas de la universidad, aquellos momentos de camaradería que los habían unido para siempre, y entre risas, se veían a sí mismos en esos recuerdos, como si estuvieran mirando una película de su propia vida.
Entre cada brindis y cada bocado, compartían las pequeñas historias de sus vidas actuales, sin evitar, incluso, los detalles más dolorosos, los silencios entre palabras decían lo que las frases no podían. En los ojos de cada uno había cariño y comprensión, una empatía que no necesitaba ser explicada. Sabían que en esa mesa no había juicios, solo un apoyo incondicional que se sostenía en un amor puro y desinteresado, ese que se construye en la amistad auténtica.
El mejor momento llegaba siempre al final, cuando se quedaban unos minutos en silencio, mirando alrededor de la mesa, conscientes de la suerte que tenían al poder seguir compartiendo ese instante año tras año. Nadie decía mucho en esos momentos; simplemente sonreían, y esa sonrisa era suficiente para expresar todo lo que las palabras nunca podrían abarcar. Sabían que, al irse cada uno por su camino, llevarían consigo esa sensación de pertenencia, ese pedacito de vida compartida.
Al emprender cada uno su camino, sintieron un calor inexplicable en el pecho, una gratitud inmensa por pertenecer a algo tan especial. Sabían que, aunque la vida los llevara a lugares diferentes, aunque enfrentaran cambios y desafíos, cada año regresarían a esta cita, a este reencuentro que ya no era solo una tradición, sino un hogar en el tiempo, una promesa que los mantendría juntos más allá del presente.
Y así, con una sonrisa en los labios y el corazón lleno, se alejaron en silencio, sabiendo que, aunque volvieran a sus vidas distintas, aquella amistad perduraría como un faro, como una certeza invencible que los haría regresar, una y otra vez, cada año, al mismo rincón de octubre.
Se les quiere.
Gracias por leerme.








