«Solo quería dibujar un beso»

Parece que no es mentira. Hoy están juntos, muy juntos. Se miran. Lo hacen de cerca, muy cerca; pero no hay distancia que no se pueda recorrer o acortar, así que, se aproximan un poco más, lo justo para que sus ojos se agranden lo suficiente, pero lo suficientemente lejos para no tocarse.

El deseo está. Ella se muerde el labio en un intento de contenerse. A él eso lo mata. Pero se contiene y no la besa. Para ayudarse levanta su dedo índice y con la cálida yema comienza a recorrer los labios de ella. Ahora es ella la que se muere de deseo. Entreabre la boca, cierra los ojos y le deja hacer. Él dibuja su contorno con esmero, como si su propio dedo portara un pincel capaz de rellenar un lienzo lleno de calor, pasión y ternura. La respiración de ambos se acelera. Él asciende la otra mano a la misma posición. Ella, con los ojos cerrados, la recibe con un pequeño sobresalto fruto de la propia excitación. El pulso cardiáco ya no es normal. Emite un suave jadeo.

Con las dos manos posadas sobre su cara, ahora son los dedos gordos los que ocupan los labios. El resto de los dedos toman el camino de las mejillas. Tras remarcar los carnosos e infinitos labios, inician el camino para dibujar su cara. Ella sonríe debajo de las manos que ahora ocupan su cara. Esas caricias le chiflan, la superan, la descolocan. 

Abre los ojos con toda la ternura que su cuerpo le permite mostrar. Descubre los ojos de él que, con la misma ternura, también la mira, la mira de cerca, muy de cerca.

Sus manos siguen recorriendo el rostro hasta enlazarse entre el pelo que protege sus orejas. La atrae hacía sí. En ese mismo instante sus bocas, hartas de la espera, respirando confusas y de manera costosa, se encuentran y luchan por llevar la voz cantante. Los besos se dibujan, se superponen, se muerden, se separan pugnando por dominar la lengua y los labios del otro.  

Las manos siguen hundidas en su pelo. Ella busca la nuca y también le dibuja caricias en la cabeza. Se besan con rotundidad, con suavidad, con pasión y con ternura. Todo a la vez, como quién dibuja un cuadro en el que, el beso, es el protagonista y la saliva de ambos la suave y húmeda pintura, que ahora les dejará ese maravilloso sabor en sus labios.

Gracias por leerme.

«Los suspiros son aire y van al aire»

«Los suspiros son aire y van al aire»

Se le acaba de emocionar el alma. De su boca se escapó un enorme suspiro que, como decía el mismísimo Bécquer: «Los suspiros son aire y van al aire…». 

Pero los suspiros son algo más, algo más que aire insuflado que se acompaña de un pequeño gemido liberador. Los suspiros son sentimientos, estados de ánimo que dejamos escapar para calmar el interior. A ella le sorprendió escucharlo. Algo le pasa.

Con sumo cuidado para no sobresaltarlo se giró. Contemplarlo e  intentar comprender aquellos sentimientos, aquellos suspiros, era un verdadero placer. Lo era para ambos, aunque en muchas ocasiones se miraban sin que el otro lo supiera. Les gustaba hacerlo mientras se acariciaban, o cuando se hablaban en susurros, aunque estuvieran solos y nadie les escuchara. Acariciarse era uno de los placeres que ocurría siempre que estaban juntos.

En aquella ocasión quería volver a mirarlo por si aquello fuera uno de esos espejismos que ocasiona llevar tiempo en la duermevela. Sonrió. Era verdaderamente increíble sentir su cuerpo tan cerca, tan pegado. Otro suspiro de placer llenó el momento.

Abrió un poco más los ojos. Aún no sabía si aquello era real o seguía soñando con estar con él, aunque solo fuera esa noche. Aprovechó para contemplar los hombros que tanto le gustaban. Acariciarlos. Se arrimó. Pegó su cuerpo con cuidado y colocó la mano, ahora caliente, pues cada vez que estaba con él lo estaban, en su brazo. 

Una vez más inhaló su aroma corporal. Aquel perfume que él utilizaba la volvía loca. Él también la miraba. Su mano fue directamente a acariciar su rostro. No hacía falta decir nada, sabían lo que sentían y aquellos momentos lo aseveraban. Ella lo atrajo hacia su pecho, justo al lugar en el que a él le gustaba perderse y posar su cabeza mientras la acariciaba. Colocó su mano en la nuca y se lo dijo: «No suspires, estoy aquí contigo. Siempre estoy».

Gracias por leerme.

«Josué y los muros de Jericó»

Josué conoce las palabras de la Biblia. No cree en ella, pero la ha leído. En sus conversaciones sale a relucir cierto conocimiento de las letras e historias que allí se narran. Ha aprendido de ellas. 

En el momento en el que está, se contempla a sí mismo como si uno de los habitantes del mismísimo Jericó se tratara. Se defiende de sus enemigos con un basto muro de arcilla. Ladrillos que está construyendo con sus manos, a base de amasar su propia confianza, sus deseos y sueños, mensajes positivos y buenos momentos. Pero él no es Jericó y sus intenciones y forma de ser son totalmente distintas a las de esos antiguos seres.

Reconoce que el muro que levanta a su alrededor es invisible. Al menos eso pretende. Aunque es consciente de que ya hay quién ha chocado contra él. 

Por momentos, la pared defensiva, es dura como la piedra. Impide el paso de las malas palabras, de las personas tóxicas, que siempre nos rodean, de los malos recuerdos o de aquellas experiencias que ya amenazan con ser negativas antes de vivirse. Pero entre esas excelentes piedras, se esconde un secreto, y que no era contemplado en el de los habitantes de Jericó.

 Por momentos, entre algunas de las teselas por las que está formado ese muro imaginario, tocando los ladrillos adecuados, o diciendo las palabras correctas, la pared es totalmente permeable, te permite el paso. En esos espacios el muro aparece acuoso, dúctil, maleable. Lo construye así a posta, para que la leyenda pueda cumplirse. Al fin y al cabo, Josúe no pretende aislarse, solo defenderse de unos pocos. Conoce la historia y sabe que, al final, los habitantes de Jericó cayeron vencidos al caer su propio muro. Él no lucha en ninguna batalla contra nadie, bueno, quizás sí, contra sí mismo, se prepara para ser y estar feliz.  

Desde lo alto de la torre principal se puede ver cómo van llegando.  Los que chocan, los que no pueden avanzar, dan vueltas sin saber alrededor del muro. Gritan, chillan, patalean.

También están los otros. Quizás sean lo menos. Pero están. Los ve y los espera. 

En ese grupo Josué te ha colocado. Tú lo sabes. Él puede ver como te apartas del bullicio para que nadie te vea. Con cariño, con cuidado, tal y como sabes hacerlo, haces tocar la trompeta y el muro se abre. Lo hace sólo para tí. Te permite entrar, pues eres de esas personas que valen la pena. Las que aportan, las que a él le importan. 

Josúe te abraza. Tú recoges el calor de su cuerpo, devolviéndole el apretón. Agradeces ese beso en la frente. También le besas. Juntos más fuertes, juntos para siempre. 

Gracias por leerme.

«Repartir cartas sin marcar»

«Repartir cartas sin marcar»

Una timba de póker no es terreno suave sobre el que lidiar. Barajar las cartas con soltura, intuir qué lleva el contrario, conocer qué hay en la mesa y qué cartas quedan en la mazo… Desear que las cartas no estén marcadas, y si lo están poderlas descifrar. 

Parece mentira pero así es la vida misma. Una partida de cartas en la que, nada más nacer, se nos reparten unas cartas, las otras se harán a suerte a lo largo de las jugadas.

Todo empieza barajando. A cada uno de los jugadores se les reparten dos cartas. Nada más tenerlas empieza el envite. Cada persona debe tomar sus propias decisiones. 

En ocasiones, según lo que tengas en la mano, tu experiencia, tu atrevimiento, tu osadía… lo mejor es parar. En otros momentos debes lanzar un farol, subir la apuesta o mantenerte en tu sitio para que los que te rodean se acobarden, se rajen y tú seas el ganador. La clave está en saber jugar, con lo que tienes en la mano, y que la suerte te acompañe. 

Pero la vida es como el póker, injusta. 

Hay personas que sus dos primeras cartas ya vienen con pareja de ases o de figuras. Tienen serias probabilidades de triunfar. Es cuestión de esperar y darlo todo para dar el golpe final. De estos los hay que esas cartas vienen marcadas, y ya se sabe que las recibirán, ese es otro cantar.

Otros entran en juego con una simple pareja, pero con algo de esperanza pueden llevarse la partida, al conseguir una escalera, un full…

Muchos comenzamos el juego con pocas esperanzas de ganar, pues nuestras cartas son distantes y no parecen casar. Pero aquí está la riqueza de la vida y del propio póker. Desear que las cartas que nos han repartido no estén marcadas y tengamos alguna oportunidad, es jugar con paciencia y convicción, buscar la jugada correcta que nos lleve al final. Al éxito que cada uno de nosotros busque.

Así que aquí estamos, jugando esta partida que no sabemos cómo terminará, pues nunca conocemos si tenemos la mano ganadora, hasta que el último de los jugadores muestre sus cartas. 

Mientras esto ocurre disfruto de la partida. Me gusta mirarte, pensar las cartas que tengo en la mano, intentar adivinar cuáles son las que llevas, estudiar tus gestos, comprobar que te muerdes el labio por los nervios, ver tu apuesta, superarla…, pues sinceramente creo que merece la pena jugar por nuestra vida. 

Gracias por leerme.

«En una caja de fósforos»

«En una caja de fósforos»

Desde hace tiempo sospecho que tener una caja de fósforos es un bien preciado. Su utilidad no es discutible, sobre todo cuando llega la oscuridad y las cerillas que guarda se hacen necesarias para encender velas, a fin de donar esa pequeña luminosidad cálida, con la que espantar sombras y fantasmas, en las que ya empiezan a ser frías noches de invierno. 

Pero las cajas de fósforos no son todas iguales. Algunas guardan pequeños secretos. Otras grandes sorpresas.

La que yo tengo no solo acoge pequeños deseos que se activan con el rozamiento, en forma de chasquido luminoso, sino que intento conseguir que dentro de ella encienda la flama de la ilusión. La mía propia.

Mi pequeña caja de fósforos se está convirtiendo en un espacio en el que cada pequeña fogata que prende puede convertirse en un deseo distinto, en un momento de paz o en una lucha por seguir adelante, en un sueño por perseguir o una visita inesperada. Cada uno de los oníricos pensamientos que se encienden, en el que puede que me acompañes, se llenan de esperanza por conseguir la felicidad, en la que, la tranquilidad y la paz, sean la tónica reinante.

Creo que cada uno de nosotros somos una caja de fósforos, o al menos llevamos una dentro. Podemos encendernos de manera distinta, y según nos rocen, apagarnos si nos soplan adecuadamente o si la suave caricia de los dedos, pasados por un tibio beso, logra colarse en entre nuestro cuerpo y la llama que alberga.

En mi caso, vivir en una caja de fósforos, es una suerte, ya que el simple roce del estar, hace que la magia se encienda. Eso tiene sus ventajas. Es un espacio que se convierte, que se reconvierte, se transforma, se enciende o apaga según los estados de ánimos, según la visita, la música que suene, o las velas que se enciendan. En mi caso, es una burbuja, un pequeño espacio lleno de paz que aleja el ruido, permite hablar, escuchar y sentir. Sobre todo sentir.

Gracias por leerme.

«Aquellos pasos de baile»

«Aquellos pasos de baile»

La tarde es agradable. Tu compañía, como siempre, es un placer. El centro comercial anda alborotado. La cercanía de las fechas navideñas hace que la gente tenga ganas de salir, comprar, entretenerse y pasar ratos fuera de casa. Nosotros no somos menos. 

En medio del bullicio que tenemos alrededor la música suena. Destaca el ritmo del bajo y el juego de las trompetas. Esto no lo esperábamos. En la plaza central han instalado un escenario y una banda empieza a dar los primeros acordes. La gente, ya acumulada a su alrededor, disfruta del momento. 

Las claves entran en juego, con su característico sonido retumbante y repetitivo, para marcar el son típico de la salsa. Me miras. Te miro. Noto un pequeño brillo en tus ojos y cómo tus labios se mueven en una simple mueca. Esa mirada, ese gesto, me basta para poder comprender qué es lo que quieres. Siempre se nos ha dado bien bailar juntos y ambos lo sabemos. Me gusta que me lo pidas así, insinuándote tímida, como lo haces casi siempre que quieres algo, pues expresar tus sentimientos te cuesta. Pocas veces he conseguido que lo hagas. No pasa nada, te endiendo.

Nuestros pies empiezan a moverse acompasadamente. El paso es el mismo. No nos cuesta sincronizarnos. Tu mano roza la mía, en un gesto casi instintivo, a la búsqueda del contacto firme y seguro. No la desprecio. Me gusta que lo hagas. La agarro con decisión para atraer tu cuerpo contra el mío. Un giro. A tu regreso me aferro a tu cintura. Disfruto hasta del contacto de tus manos frías, aunque el resto de tu cuerpo… 

Comenzamos a dar los primeros pasos cuando alguien nos interrumpe. Hay mucha gente. Nos saludan. Cesamos nuestro baile, que había empezado a convertirse en sensual, para poder atender la demanda, la tan intempestiva demanda. 

Ambos estábamos deseando continuar con aquel ritmo, con aquel roce de cintura, con nuestros pasos de baile, donde las manos hacen su propio juego, pero…, mejor nos marchamos y ya en la intimidad… 

Gracias por leerme.

«Cuando ser feliz es fácil»

«Cuando ser feliz es fácil»

Como es normal Carla desea ser feliz, quiere que llegue la hora de la salida de su trabajo. Su cabeza está a punto de explotar con tanta información. Lleva levantada desde las siete de la mañana, son cerca de las ocho de la noche y ya no puede más. Además, para terminar el día, tiene esa reunión, de cerca de tres horas de duración, que la agota. Menos mal que el pacto inicial había sido no hacer descanso para poder terminar antes. El cansancio le puede. Ya termina. los asistentes se despiden y ella recoge su bolso y papeles con parsimonia, aunque por dentro desea salir corriendo. 

Baja las escaleras despacio, haciendo un breve repaso mental de las cosas que ha dicho para asegurarse de que cumplió con el objetivo propuesto. Todo en orden. 

Por fin llega a la calle. El paseo hasta el coche le vendrá bien, pues el aire en la cara, las luces, el bullicio de la ciudad le ayudará a desviar su mente del estrés, las tareas pendientes, la compra pendiente, la cena que hay que preparar, la tarea de los niños, lavarse el pelo, la ropa de mañana… Todo agotador.

Por un momento enciende el móvil, quiere descubrir si hay alguna novedad en casa. El estómago se le encoge, no tiene ganas de problemas, ni de más complicaciones, necesita algo de tranquilidad. La luz de su teléfono, por un momento, le ciega la vista y no lo ve llegar.

Aquella voz le sorprende. Escucharla la hace feliz. ¿No puede ser? Levanta la vista y el corazón se le acelera. Se pone nerviosa. Es él: «¿Qué haces aquí?» «Vine a verte».

Olvida las tareas anotadas en su cabeza, la gente que pasa por su lado, el cansancio y todos los problemas. De forma espontánea y acompañada de una gran sonrisa de felicidad le da un abrazo. Un beso en el cachete, aunque quisiera que fuera en la boca. Lo agarra por la cintura. Ríe nerviosa.  Caminan con calma, sorprendidos, felices

Ella pensaba que aquella era una tarde más de cansancio y la vida le ha dado una sorpresa. La completan con una copa de vino y… Todavía hay otra sorpresa. 

La felicidad les besa en la frente. 

Gracias por leerme.

«La vieja del visillo»

No es tarde, así que tras compartir unas palabras con ella decido sentarme a su lado y aceptar la invitación de tomarnos un cortado. Casi de manera inmediata, tras las primeras risas, el visillo del primero B, de la acera de enfrente, se mueve. 

Lo veo de refilón, por el rabillo del ojo, pero no me llama excesivamente la atención, al ver que la ventana está abierta, así que, en un primer momento, imagino que la brisa es la culpable del movimiento. 

Casi sin querer pasan más de tres horas. Lo que era un cortado con risas y buena compañía, pasó a ser un vermut y más risas, para convertirse, al cabo del rato, en una botella de vino y una maravillosa cena. 

Con tanto alcohol, las risas fueron subiendo de volumen y los comentarios cargados de buen humor y picardía, también. Historias personales se entremezclaron.

Al levantarnos de la mesa, nos fuimos en la misma dirección, pues ambos teníamos el mismo camino. Nos agarramos del brazo y caminamos con paso lento. Cualquiera que nos veía podía pensar que éramos pareja. Tras doblar la esquina y abandonar la concurrida calle nos despedimos con un abrazo y: calabaza, calabaza, cada uno pá su casa. 

Nada más llegar al trabajo recibo un mensaje: «No te puedes imaginar lo que mis compis de curro me acaban de preguntar». Evidentemente no tengo ni idea, así que, en esa línea respondo. La respuesta no tardó en llegar: «¿Quién es el chicarrón con el que cenaste, y te marchaste anoche, tan acarameladita?»

La pregunta me sorprendió. No solo por el piropo hacia mi persona, sino cómo a la gente le gusta liarla de manera facilona y buscar el enredo.

Pasados los días me enteré de toda la historia. En el primero B, frente a aquel bar, vive una compañera de su gimnasio y, como parece que suele hacer, la susodicha estuvo un buen rato, tras el visillo, intentando ver qué se cocía, y de ahí, del ver el buen momento, la complicidad, la cercanía y el bienestar, sacó sus propias conclusiones, publicándolo a diestro y siniestro por doquier, con tal de tener una novedad que contar. ¡Ole por ella!

Gracias por leerme.

«In memoriam. Javier Marías»

«In memoriam. Javier Marías»
«In memoriam. Javier Marías»

Se encontraban cruzando «Los dominios del lobo (Edhasa, 1971)», tal y como les habían indicado, a través de la denominada «Travesía del horizonte (La Gaya Ciencia, 1973)».

Ellos no lo sabían, pero «El monarca del tiempo (Alfaguara, 1978)» hacía tiempo que les seguía, algunos hablaban de que lo hacía hace casi «El siglo (Seix Barral, 1983)», pues en el fondo, aquel vil tirano, se consideraba «El hombre sentimental (Anagrama, 1986)». No engañaba a nadie.

A «Todas las almas (Anagrama, 1989)» que los veían pasar, se les quedaba el «Corazón tan blanco (Anagrama, 1992)», como si del mismo hielo polar se tratara, pues tenían la sensación de que aquellos dos no lograrían llegar a su destino de manera segura. 

Algunos, los más valientes, les bisbiseaban una extraña frase: «Mañana en la batalla piensa en mí (Anagrama, 1994)», para intentar hacerlos conscientes de lo que ocurría. Como era evidente, los dos no sabían qué significaban aquellas palabras.

El camino hizo que la «Negra espalda del tiempo (Alfaguara, 1998)» se mostrara pesada y lúgubre deseando que «Tu rostro mañana (Alfaguara, 2009)» cambiara de color y les diera la oportunidad de llegar al destino. Ambos sucumbieron por aquella senda. 

«Los enamoramientos (Alfaguara, 2011)» a los que se vieron sujetos fueron los culpables. Ninguno de los dos pudo darse cuenta de que «Así empieza lo malo (Alfaguara, 2014)», por lo que, tanto «Berta Isla (Alfaguara, 2017)», como «Tomás Nevinson (Alfaguara, 2021)» se perdieron en el mundo del olvido.

Gracias por leerme.

PD. Tal y como hice cuando falleció  Eduardo Punset, o Juan Goytisolo, o Carlos Ruiz Zafón, o Almudena Grandes, hoy he jugado con los títulos de las obras de Javier Marías, con el que tantas horas pasé leyendo. Ahora te toca a ti leer su obra. Espero que la disfrutes como yo lo he hecho. DEP.

«Un nuevo comienzo para Fantasía»

«Un nuevo comienzo para Fantasía»
«Un nuevo comienzo para Fantasía»

La Nada llegó para destruir Fantasía. Michael Ende lo sabía y por eso escribió La historia interminable, en un intento valiente y certero de animar a los lectores a lanzarse a por sus objetivos. La historia logró convertirse en un clásico de la literatura mundial. Además de un libro dentro de un libro es, en mi opinión, una fabulosa crítica hacia la falta de entusiasmo y sueños de los adultos.

Hoy empezamos el cole. Maestras y maestros, convertidos en una especie de Atreyu, cabalgamos por este mundo en busca de, como el protagonista de la obra, un remedio que haga recuperar los sueños rotos y las ilusiones perdidas. Por suerte, nuestros Bastían particulares, nuestro alumnado, está dispuesto a soñar con nosotros, a entusiasmarse con el camino que hay que recorrer, a gritar con fuerza cuando esto haga falta y a reir, sobre todo hay que reir y hacerlos reir. La risa es nuestra mejor arma, nuestra más potente herramienta para que esos niños y niñas respondan de igual manera.

Como en el libro, con este comienzo de curso, iniciamos una historia en el que las maestras y maestros debemos proteger, mimar y cuidar nuestra vocación, siempre con ilusión, creando un mundo en el que, superando todas las dificultades que se nos pongan por delante, demos vida y fuerza a nuestro dragón blanco (Fújur). Gracias a él podremos montar y desarrollar todos esos proyectos que nos caracterizan, los que hacen que nuestros coles y nuestras aulas sean un lugar de felicidad y entusiasmo para nosotros mismos y para nuestro alumnado. 

Si no crees en Fantasía, si piensas que esta historia interminable tiene fin y no es como la pinto, lo siento pero te has equivocado de libro. A los demás, ¡feliz vuelta al cole! Que Fantasía se haga realidad.

Gracias por leerme.