«Una vela para amar y cuidarse»

«Una vela para amar y cuidarse»

Parece que las noches frías y oscuras de invierno están llegando a su fin. María se encontraba sola en su acogedor apartamento. El viento aullaba afuera, y la lluvia golpeaba con fuerza contra las ventanas. Se sentía abrumada por la soledad y la tristeza, anhelando la compañía de alguien especial que ya no estaba a su lado.

En un intento por reconfortarse, María encendió una vela, esa que él le había regalado, y se sentó frente a ella, para compartir, con sus propios fantasmas, una copa de vino. 

La centelleante luz llenó la habitación, disipando en parte la oscuridad que envolvía el corazón de María. Mientras observaba las llamas titilantes, sus pensamientos vagaron hacia los momentos felices que había compartido tiempo atrás.

Recordó las largas conversaciones en las noches de verano, las risas compartidas bajo el cálido sol y los abrazos reconfortantes en los momentos difíciles. La vela parecía iluminar esos recuerdos, haciéndolos brillar con una intensidad reconfortante.

Sin embargo, junto con los recuerdos felices, también vinieron los momentos de dolor y nostalgia. María recordaba la sensación de vacío que había experimentado. Echaba terriblemente de menos su abrazo y anhelaba sentir su presencia a su lado una vez más. La vela parecía capturar esos sentimientos de añoranza y transformarlos en una luz de esperanza.

A medida que las llamas bailaban, María se dio cuenta de que aunque ya no estuviera físicamente presente, el amor que compartían seguía ardiendo. Era un fuego que nunca se extinguiría, una llama eterna que iluminaba su camino incluso en los momentos más oscuros. 

Decidió que, en lugar de dejarse consumir por la tristeza y la soledad, honraría el amor que compartían buscando los buenos momentos y llevando consigo la luz viva en su corazón. 

Con esa determinación en mente, María apagó la vela, pero la luz de su amor seguía brillando en su interior. Sabía que aunque la noche fuera oscura, siempre habría una luz que la guiaría hacia adelante: la luz de aquel precioso amor verdadero.

Gracias por leerme.

«Aquel anhelo»

«Aquel anhelo»

Hoy es una de esas tardes tranquilas de primavera. El sol comienza a despedirse en el horizonte y las olas del mar susurran en calma melodías de paz. 

Como muchas tardes Valeria termina su paseo a la orilla del mar y se sienta en el rompeolas para escuchar y contemplar la puesta de sol, arrullada por ese suave ritmo de la marea. 

La breve brisa marina acaricia su rostro y el sonido del océano como compañía, marca el ritmo del remolino de pensamientos que la embargan, todos ellos dirigidos a un único destino: su amor secreto.

Valeria guarda en lo más profundo de su corazón un sentimiento intenso y puro hacia alguien que el resto de su mundo desconoce. Es un amor clandestino, tejido en sus sueños y esperanzas más íntimas, pero silenciado por el miedo al juicio de los demás.

Mientras observa cómo las olas besan la costa, cierra los ojos y deja que los recuerdos la envuelvan. 

Con cariño recuerda aquel primer encuentro, una casualidad que parecía destinada a suceder. Con pasión revive el último, donde sus miradas se encontraron y un destello de complicidad encendió una chispa difícil de apagar. 

Con el susurro del mar como cómplice, Valeria deja que sus sentimientos fluyan libremente. Su cuerpo se agita. Quisiera poder gritar su amor desde lo alto de las montañas, hacer eco en el cielo y resonar en cada rincón del universo. Pero por ahora, se contenta con suspirar al viento, dejando que el océano lleve sus sentimientos hacia el horizonte lejano, anhelando en silencio el próximo encuentro.

Gracias por leerme.

«Una tarde de compras»

«Una tarde de compras»

Hoy es una tarde fría de invierno donde el aire se llena del susurro del viento, el petricor domina el ambiente y el crujir de las hojas secas caídas bajo los pies hace un curioso efecto musical. 

En el bullicioso supermercado, entre pasillos llenos de productos y carritos de compra, dos almas destinadas a encontrarse están a punto de tener un encuentro fortuito. 

Lucas, un joven de cabello oscuro y ojos avellana, está en busca de algo para cenar esta noche. Camina por los pasillos, observando las estanterías con atención, cuando sus ojos se posan en los congelados. Mientras se acerca, nota que una chica de cabello rizado y una sonrisa encantadora estaba examinando las opciones de pizzas congeladas.

Sin saber por qué, Lucas se encontró caminando hacia ella. Cuando estaba a punto de alcanzarla, tal y como ocurre en alguna película, ambos extendieron la mano para tomar una de las mismas pizzas, rozando sus dedos en el proceso. Un ligero escalofrío recorrió sus cuerpos, y sus miradas se encontraron en un instante de conexión fugaz pero palpable.

—¡Vaya! Parece que tenemos los mismos gustos —dijo Lucas con una sonrisa nerviosa.

La chica rió suavemente y asintió. —Parece que sí. Supongo que eso significa que tenemos buen gusto.

Se presentaron. A partir de ese momento, la conversación fluyó con naturalidad,a compañándose en la compra, mientras comparaban los alimentos que escogían, intercambiando recomendaciones y anécdotas de sus vidas. Descubrieron que tenían mucho en común, desde sus gustos culinarios hasta sus pasatiempos.

El tiempo se detuvo mientras compartían risas y confidencias en medio del pasillo de congelados. No importaba el frío que los rodeaba, porque entre ellos había una calidez reconfortante que los envolvía. Se sentían cómodos el uno con el otro, como si se conocieran desde hace mucho tiempo.

Cuando finalmente se dirigieron juntos hacia la caja registradora, continuando su conversación animada. Intercambiaron números de teléfono con la promesa de volver a encontrarse pronto y acompañarse cada vez que les fuera posible.

Mientras salían del supermercado, Lucas y Sofía se despidieron con una sonrisa. Ninguno de los dos quería marcharse, ninguno de los dos quería que el otro se marchara. Aunque habían entrado en el supermercado como extraños, salían de él con la certeza de que habían encontrado algo especial el uno en el otro. 

Y así, entre los pasillos congelados de un supermercado, comenzó una historia de amor que prometía llenar sus vidas de calidez y felicidad.

Gracias por leerme.

«Yo te quiero con limón y sal»

«Yo te quiero con limón y sal»

Lo más bonito de las ciudades costeras como la mía es que allá donde vayas el sol acaricia las olas y el aroma a sal impregna el aire. Dicen que las personas que viven junto al mar son especiales, quizás por eso, Marta y Juanjo, dos almas aparentemente opuestas, se atraen como lo hacen el limón y la sal, cuando acompañan al paladar a un buen tequila.

Juanjo, es un artista, un soñador de las palabras. Llena de sentimientos y pasión escritos que dedica no se sabe muy bien a quién. En sus momentos de trabajo encuentra la  inspiración en cada rincón, en cada comentario, en sus observaciones o en sus ensoñaciones, grabando a mitad de la noche sus ideas en el teléfono móvil. 

Por otro lado, Marta, es una profesional que dedica su tiempo a entender y descifrar los misterios del universo, halla su fascinación en los números, tablas, pruebas, análisis y ecuaciones.

Sus mundos son distantes, pero ahora que estoy sentado tomando un café, puedo ver que el destino tiene un plan que incluso ellos desconocen.

Un día, durante una mesa redonda, en una pequeña librería, Juanjo presentó la obra titulada «Universo de Amor», mientras que Marta asistía a ella para relajarse después de horas de trabajo. 

El texto de Juanjo irradiaba colores vibrantes y frases, pero en su núcleo, había una conexión profunda con los sentimientos y emociones que a Marta tanto le gustaban. Fascinada por la obra, se acercó a Juanjo para expresar su admiración por la forma en que representaba la complejidad del amor en el universo.

A medida que compartían sus experiencias y perspectivas, descubrieron que, aunque sus enfoques eran diferentes, sus corazones latían al mismo ritmo. Juanjo veía la magia en los pequeños detalles, mientras que Marta encontraba la poesía en las ecuaciones que explicaban el funcionamiento del universo, de las personas.

En una tarde soleada, mientras paseaban por la playa, Marta sorprendió a Juanjo con una bebida especial, a base de limón y sal. Al ofrecérsela, pronunció las palabras que sellarían su unión: «Yo te quiero con limón y sal». Aquella mezcla de sabores tan distintos, pero que se complementaban a la perfección, simbolizaba la armonía que habían encontrado en su relación.

El amor entre Juanjo y Marta demostró ser tan vasto y complejo como el universo. Se dieron cuenta de que, al igual que las estrellas y los planetas siguen órbitas precisas, ellos también seguían un camino único que los conducía el uno al otro.

Con el tiempo, la frase resonaba en sus corazones: «Todo el universo obedece al amor». Descubrieron que, en su unión, encontraban la fuerza para enfrentar los desafíos y la belleza en cada experiencia compartida. 

Dos almas aparentemente opuestas se habían convertido en un universo en sí mismo, donde la diversidad y la armonía coexistían en perfecta sincronía.

Gracias por leerme.

«A kilómetros de tí»

«A kilómetros de tí»

Aunque aparenta ser una persona segura de sí misma, en realidad Ricardo lidia cada día con problemas internos que lo atormentan. 

Ayer mismo, tras una serie de eventos que empeoraron su estado de ánimo, decidió sentarse al volante de su coche y dedicarse kilómetros para, a la vez que hacía un cambio de aires, ir en busca de respuestas que le permitieran encajar y encontrar consuelo. Difícil. Su paz la tiene en otro lado. Ricardo sabía que la respuesta a sus problemas no estaba en la carretera, que estaba con ella, pero necesitaba despejar su mente. 

Se dirigió a la montaña, sintiendo la brisa fresca, con las ventanillas bajadas, mientras conducía. Sin embargo, en lo más profundo de su corazón, lo que realmente anhelaba era estar en los brazos de aquella persona a la que tanto echaba en falta.

En un acto impulsivo, Ricardo quiso llamarla  mientras conducía, esperando encontrar consuelo en su voz. Sin embargo, decidió calmarse y no agobiarla con sus preocupaciones. En ese momento prefirió dejar en su lugar la risa y el cariño que le esperaba cuando la viera, pues siempre era así, dejando para sí mismo el tono preocupado en su voz que ahora mismo tenía.

Aunque Ricardo deseaba estar con ella, comprendió que necesitaba su propio espacio, por lo que, en vez de dirigirse hacia la casa tomó la decisión de seguir su propio camino. Mientras conducía, la ansiedad se apoderaba de él, preguntándose cómo solucionaría sus problemas, sólo, en ella, sin su paz.

Tras varias horas de soledad, en la que recorrió lugares y miradores por los que hacía tiempo que no pasaba, con las ideas medianamente ordenadas y el corazón calmado regresó a casa. 

Ese día, Ricardo logró equilibrar sus propias necesidades, recordando que no solo podía encontrar consuelo en los brazos de la que era su refugio emocional y apoyo mutuo en los momentos difíciles, sino que también podía hacerlo en sí mismo, pues en él también habitaba una fuente llena de fuerza que le aportaba el colchón suficiente para superar estos inconvenientes del día. Aunque nada como combinarlo con ese abrazo tan deseado. 

Gracias por leerme.

«Sueños compartidos»

«Sueños compartidos»

La penumbra de la madrugada llega de repente. Sobresaltado, con el corazón latiendo en una especie de estampida, Mario se despierta abruptamente. Son las 4:00 de la mañana. Aunque la más profunda oscuridad abraza su habitación, su mente está iluminada por un único pensamiento: Raquel. 

Mario se sienta en la cama. Permanece un rato con la mirada perdida en la oscuridad. Está alterado. Inhala oxígeno durante cuatro segundos, retiene el aire siete y lo exhala contando hasta ocho. Logra calmar la cabalgada de los latidos de su corazón a base de esa  respiración controlada. 

Los recuerdos de los momentos compartidos con Raquel inundan su mente, lo han despertado de esta manera, y ahora se ve envuelto en una profunda añoranza.

Mientras observa sus sentimientos, se da cuenta de que cada rincón de su corazón clama por la presencia de ella. La soledad de la noche parece magnificar la distancia que los separa.

El reloj avanzaba implacable. Aunque vuelve a recostarse, Mario no puede conciliar el sueño. Entonces decide levantarse y pasear por la casa en silencio. 

Sin saber cómo, en cada rincón, encuentra pequeños recordatorios de Raquel: una fotografía en la mesa de noche, una nota dejada con cariño en el escritorio, un mensaje en el móvil, un paquete de caramelos que le compró al ir al supermercado… todos pequeños detalles con grandes significados. Cada objeto parece susurrar su nombre.

Algo, un sentimiento, quizás una premonición, le hace darse cuenta de que Raquel también debe de estar despierta, tal vez pensando en él. 

Una conexión especial parece unir sus despertares, como si el tiempo y la distancia no pudieran romper el lazo que comparten, ese hilo rojo del que habla la leyenda japonesa, por el que dos personas están unidas eternamente.

Al día siguiente, Mario, con el corazón latiendo en la esperanza de volver a verla, contacta con Raquel. Le basta una mirada para descubrir que ella también se había despertado a las 4:00 de la mañana, envuelta en pensamientos sobre él. La sincronicidad de sus vidas les causa una sonrisa melancólica, pero reconfortante.

Sin embargo, Mario se da cuenta de que lo peor de soñar con Raquel es el amargo despertar. Aunque sus sueños están llenos de su presencia y amor, al abrir los ojos, la realidad golpea con fuerza, recordándole que ella no despierta a su lado, por lo que le toca superar el desafío de vivir cada día anhelando el momento en que la realidad hiciera coincidir sus sueños compartidos.

Gracias por leerme.

«Cuidarte toda la vida»

«Cuidarte toda la vida»

Hay historias que tienen su origen en esquinas extrañas. La de Ana y Juan puede ser una de ellas, pues desde jóvenes ambos habían sentido una conexión especial.  A medida que crecían juntos, la amistad se transformó en algo más profundo.

Un día, Juan decidió expresar sus sentimientos a Ana. Con un ramo de flores en la mano, nervios en el estómago, y una chocolatina en la otra, se presentó en la puerta de su gimnasio para confesar su amor. Allí mismo, con el desparpajo que le caracterizaba, le propuso cuidar de ella toda la vida. Ana, con una sonrisa radiante, aceptó emocionada. 

Desde aquel momento, Juan se esforzó por demostrar su compromiso. No se trataba solo de palabras, sino de acciones cotidianas que reflejaran su deseo de cuidar y amar a Ana para siempre. Juntos enfrentaron los desafíos de la vida, apoyándose mutuamente en cada paso.

Juan se convirtió en el confidente de Ana, escuchando cada uno de sus sueños y temores. Siempre estaba ahí para brindarle consuelo en los momentos difíciles y celebrar con ella los momentos felices y los éxitos que ambos iban cosechando. La conexión entre ellos creció aún más fuerte con el tiempo.

A medida que pasaban los años, Juan no dejaba de sorprender a Ana con pequeños gestos de amor: un mensaje, un caramelo, esperarla a la salida del trabajo… Le preparaba el desayuno cada mañana, le dejaba notas de amor escondidas por la casa y organizaba citas sorpresa que revivían la chispa de su relación. Cuidar de Ana se había convertido en la razón de su existencia.

El amor entre ambos no conocía límites, y su deseo de cuidar el uno del otro trascendía el paso del tiempo, envejeciendo juntos.

Juan cumplió su promesa de cuidar de ella toda la vida, y Ana nunca dejó de sentirse agradecida por tener a alguien tan dedicado a su lado.

En su vejez, ambos se sentaban juntos en la terraza, que años atrás habían decorado con sumo cuidado. Con una copa de vino en las manos, recordaban el paso de los años que compartían, las experiencias vividas, las risas, las sorpresas que se regalaban. Sus arrugas contaban historias de una vida plena, llena de amor, compañerismo y el cumplimiento de un deseo sincero: cuidar el uno del otro toda la vida.

Gracias por leerme.

«Un misterio entre las sombras»

«Un misterio entre las sombras»

Las noches oscuras y lúgubres dan un ambiente tétrico a su paso. Él camina en medio de callejones estrechos, ahora desiertos. Sus pasos resuenan con un eco profundo, que rebotan entre las fachadas de las destartaladas casas. Se detiene. Escucha. Entre las sombras descubre que hay otra sombra moviéndose furtivamente tras él. 

Del otro lado de la calle, oculta tras el tronco de un gran Laurel de Indias, María, una mujer de cabello oscuro y ojos penetrantes, al sentir cómo su objetivo la ha detectado, se detiene, respira hondo para calmar su corazón, y asegurar no hacer ruido. Lanza una mirada nerviosa a su alrededor. Comprueba que Juan ha parado su marcha. ¿La escuchó?

Parece que no. Juan retoma sus pasos con determinación. María, manteniendo siempre una distancia calculada, hace lo propio.

Las luces parpadeantes de la ciudad arrojan sombras inquietantes sobre las paredes de ladrillo, aumentando la sensación de intriga.

Juan, convencido de que estaba siendo perseguido, acelera el paso, sintiendo el corazón latir con fuerza en su pecho. En su mente, imaginaba los peores escenarios y se preguntaba quién podía estar detrás de él y por qué.

María, por otro lado, tenía una expresión seria en su rostro, pero sus ojos reflejaban una mezcla de determinación y nostalgia. Se mantenía a distancia, siguiendo cada uno de los movimientos de Juan, recordando momentos compartidos y susurrando palabras que solo él podía escuchar.

La persecución continuó por callejones y pasadizos, hasta que llegaron a un pequeño parque apartado. La oscuridad y el silencio del lugar solo aumentaban la tensión en el aire. 

—¡¿Por qué me sigues?! —gritó Juan, con los nervios a flor de piel.

Las palabras resonaron en el aire, creando un silencio momentáneo. De repente, ambos se dieron cuenta de la absurda situación en la que se encontraban. Salieron de las sombras y se miraron mutuamente. En ese momento, la tensión se desvaneció, dejando espacio para la emoción.

En medio de aquel parque solitario, lejos de las miradas indiscretas, María y Juan se abrazaron. La noche, que había comenzado con misterio y suspense, se convirtió en un momento íntimo y especial para ambos, revelando que a veces, detrás del misterio, se esconde la necesidad de conexión y comprensión.

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«Una armadura para Alex»

«Una armadura para Alex»

Nada más levantarse de la cama, desayunar y asearse, Alex se coloca su armadura invisible para poder enfrentar el día que le espera por delante. 

Cuando se mira al espejo, suspira profundamente y desea que hoy este acero, oculto a los ojos de los demás, cumpla con su función y le proteja.

Con el paso del tiempo, y los devenires de su vida, el chico había aprendido a construir esa gran coraza invisible a los ojos de los demás, para protegerse de las heridas que el día a día y las personas podían infligirle. Aún así, se mueve por el mundo con cautela, siempre manteniendo una distancia segura de los demás, evitando que alguien pudiera ver a través de su fachada de seguridad. 

Un día, en una cafetería del centro de la ciudad, sus ojos se posaron en una chica llamada Laura. Ella era radiante, preciosa, delicada y fuerte como una mariposa, con una sorprendente sonrisa que iluminaba y abarcaba todo el local. Aunque Alex intentaba mantener su distancia, no pudo evitar sentir una conexión instantánea con ella. 

A pesar de sus intentos por mantenerse protegido, el destino tenía otros planes. Alex y Laura comenzaron a encontrarse con frecuencia en diferentes lugares y, cada vez que ella hablaba, sus palabras resonaban en el corazón de Alex de una manera que la armadura no podía contener. 

Laura, con su naturaleza amable y su personalidad vibrante, comenzó a desarmar poco a poco las defensas invisibles que Alex había erigido durante tantos años y tanto cuidado.

A medida que pasaba el tiempo, la conexión entre Alex y Laura se intensificaba. Sus conversaciones profundizaban, y sus miradas decían más que mil palabras.

Alex no podía evitar enamorarse de ella. La complicada danza entre la armadura y las palabras de Laura, que la desarmaban, se volvía más evidente con cada encuentro. 

En su lucha interna, Alex se encontraba dividido entre la necesidad de protegerse y el deseo de abrir su corazón a la posibilidad del amor.

Al regresar a casa después de cada encuentro con Laura, se enfrentaba a la tarea de reconstruir la armadura que ella había desmantelado con su presencia. Cada pieza caída era recogida con cuidado, cada grieta era reparada con esmero, en un esfuerzo desesperado por mantener a raya la vulnerabilidad. Hasta el mismo yunque en el que trabajaba se mostraba lleno de marcas, cicatrices, antiguas heridas y golpes.

Alex no podía evitar la esperanza de que ella pudiera ver a través de su armadura y apreciar la persona que se ocultaba detrás. 

El proceso de desarme y reconstrucción se volvió una rutina constante en su vida, una lucha entre la autenticidad y la autoprotección.

En este juego de emociones, Alex se dio cuenta de que el amor no siempre sigue el guión que uno espera. A veces, las barreras que construimos para protegernos pueden ser las mismas que nos impiden encontrar la felicidad. Y así, mientras seguía luchando con su armadura invisible, Alex continuaba su viaje, preguntándose si algún día encontraría la valentía necesaria para dejarla completamente atrás y permitir que el amor floreciera en su vida.

Gracias por leerme.

«El secreto de la concha»

«El secreto de la concha»

Los ojos de Marcos reflejan el azul profundo del mar. Muchas tardes, al salir del trabajo, o cuando la casa se le hace pequeña, se acerca a la costa, donde la brisa salada y el murmullo de las olas generan la banda sonora de su vida. 

Marcos encuentra consuelo y reflexión junto a la orilla del mar, caminando, observando el devenir de las olas y lanzando piedras al agua, para embobarse y  contabilizar el rebote que éstas realizan contra las olas.

En su cabeza, en cada piedra que lanza al mar, Marcos hace que lleve consigo un peso invisible, simbolizando las dificultades y preocupaciones que carga en su corazón. Con cada uno de esos lanzamientos, siente cómo esas piedras rebotan en la superficie del agua, llevándose consigo un poco del peso que le agobia. Esa es su manera de liberar tensiones, de dejar que el mar haga navegar, y hundir en la distancia, sus problemas. Quizás sea su manera de purificarse.

Una tarde, mientras el sol se sumerge en el horizonte y las olas juguetean en la orilla, Marcos sintió que era el momento de lanzar una última piedra antes de marcharse a casa. Sin embargo, al mirarla detenidamente, notó que era diferente. En lugar de ser un simple guijarro, se encontró con una pequeña concha entre la arena.

Como si de una atracción se tratara, la contempló con detenimiento y cariño. Esta concha representaba algo mucho más precioso para Marcos, podría ser Elena. Su preciosa y bella Elena. 

Ella había llegado a su vida, como lo acababa de hacer aquel pequeño caparazón,  sin querer, como una suave brisa, trayendo consigo la calma y la alegría. 

Juntos también se habían enfrentado a tempestades, y algunas de esas tormentas habían dejado cicatrices en sus corazones. Todo ello les había servido para crecer y mejorar su relación. 

Marcos miró la concha. Indeciso, sobre si debía lanzarla o no al mar como las demás piedras. Pensativo, se descubrió acariciándola, tal y como acaricia el rostro de Elena. 

Temía perderla, pero al mismo tiempo, sabía que dejarla ir podría significar liberarse de las cargas del pasado. Marcos cerró los ojos, sintiendo la brisa marina acariciar su rostro, y tomó una decisión.

En lugar de lanzar la concha al mar, la guardó cuidadosamente en su bolsillo. Sabía que no podía deshacerse de la única cosa que le daba esperanza y motivación para seguir adelante. 

La concha se convirtió en su recordatorio de que, a pesar de las dificultades, él estaba dispuesto a luchar por el amor que compartía con Elena.

Los días pasaron. Marcos continuó lanzando piedras al mar para liberar sus tensiones, pero siempre guardaba la concha como un símbolo de perseverancia y amor. A medida que enfrentaban nuevas olas de desafíos juntos, la concha se convirtió en un faro que lo guiaba a través de las tormentas.

El mar, testigo silencioso de la historia de Marcos, seguía susurrando secretos de esperanza en las olas que acariciaban la orilla. Y así, con la concha guardada en su bolsillo y en su corazón, Marcos continuó enfrentando la vida con valentía, sabiendo que el amor verdadero era un tesoro que merecía ser protegido y preservado.

Gracias por leerme.