«El invierno interior»

EL INVIERNO INTERIOR

Hoy es jueves, toca escribir esta esquina, pero hace frío, Miro por las ventanas de mis salón y contemplo como ese frío no viene solo, el viento trae las nubes y el aire muerde las manos. 

El frío no está solo, lo acompaña el silencio más hondo, ese que se cuela por los espacios donde antes había risas, mensajes, pasos compartidos. El invierno tiene esa costumbre, desnudarlo todo. Quita hojas, acorta los días y nos enfrenta a la pregunta que evitamos cuando hay ruido alrededor ¿con quién estamos cuando no hay nadie?

Caminar en invierno es caminar más despacio. El cuerpo pide abrigo y el alma también. Se piensa en la falta de compañía como quien mira una silla vacía frente a la mesa. No duele de inmediato, duele cuando uno se sienta y entiende que el eco es propio. 

Pero el frío, aunque parezca castigo, es en realidad un maestro severo y honesto. Nos obliga a mirarnos sin distracciones, a escucharnos sin testigos.

Hay una trampa en desear que alguien más nos caliente el invierno interior. Creemos que la compañía nos salvará del frío, cuando muchas veces solo lo pospone. El crecimiento, ese que transforma de verdad, ocurre cuando aceptamos quedarnos un rato en esa intemperie emocional, cuando dejamos de huir del silencio y aprendemos a hacer fuego con lo que somos.

El invierno enseña a valorar el calor porque primero nos lo niega. Enseña que la soledad no siempre es ausencia, a veces es espacio. Espacio para entender qué nos falta y, más importante aún, qué nos sobra. No se puede crecer rodeado de ruido constante, hay raíces que solo se fortalecen bajo tierra, en la oscuridad, en el frío. 

Así que sí, es jueves y hace frío. Aquí estoy, cumpliendo con mi propio compromiso de volver a esta esquina. Tal vez no haya nadie esperando al final del día. Pero en ese camino helado hay una oportunidad secreta, caminar contigo mismo, aprender mi ritmo, descubrir que también sé sostenerme. El lector de esta historia —tú— solo puede atravesarla para crecer, porque el invierno no llega para destruirnos, llega para prepararnos para la primavera que aún no vemos, pero que, silenciosamente, ya está en camino.

Gracias por leerme.

«Una almohada llamada ausencia»

«Una almohada llamada ausencia»

¿De qué tamaño es tu cama? ¿De eso depende lo que sientes cuánto te metes en ella? Creo que no. Hay noches en las que la cama parece más grande. No porque haya crecido, sino porque falta algo. O alguien. La almohada no hace su trabajo. Es entonces cuando uno se da cuenta de que el silencio no siempre es paz, a veces es ausencia, vacío que se convierte en el eco tibio de una caricia que no llega, de un beso o un abrazo que no se da, o el recuerdo de un perfume leve de un cuerpo que ya no está, una sombra que se desliza por la memoria.

Dormir abrazado no es sólo compartir calor. Es dejar que el cuerpo diga lo que las palabras no alcanzan. Es controlar ese instante que está situado justo antes de cerrar los ojos en el que uno siente que todo está en su sitio, incluso si el mundo de afuera se derrumba.

Cuando se echa de menos a alguien, cuando esa ausencia se hace presente, el cuerpo lo recuerda antes que la mente. La forma en que encajaban dos espaldas, la respiración acompasada, el roce tibio de una pierna buscando compañía en la madrugada. Todo eso se convierte en una especie de huella invisible que arde más cuando falta.

Dormir sin esa presencia se vuelve entonces un pequeño duelo cada noche. Se acomoda a la ahora incómoda almohada, se extiende un brazo al otro lado del colchón, y nada. Solo aire, frío espacio que solía estar lleno.

Es en ese hueco de la cama, donde se comprende que lo esencial de dormir abrazado a alguien no es solo ternura, es certeza. Es saber que el día terminó y, pese a todo, no se terminó solo. Que los miedos, los pensamientos, las heridas del día pueden quedarse en la puerta porque hay un cuerpo que sostiene, que escucha sin hablar, que acompaña sin exigir, que llena la ausencia.

Gracias por leerme.

«Dos cómplices de vida»

«Dos cómplices de vida»

Hay personas que no comparten apellidos, ni promesas selladas en ceremonias, pero que con el paso de los años han sabido tejer esa intimidad fuerte que cualquier contrato pretende.

Hay personas que son distintas, que no buscan hacer las cosas por hacerlas o porque les toca hacerlas. Hay personas que se unen para siempre, pese a todos, pese a todo. 

A esas personas la rutina de cada día no les pesa, porque saben leer en los gestos del otro, lo que necesita. 

Si uno llega tarde, el otro ya tiene preparada la cena, compuesto la mesa, encendido la vela y reservado el abrazo más maravilloso que tiene para poder recibir, como se merece, a la otra persona. 

Cuando uno despierta con los hombros caídos, el otro se encarga del café, del desayuno y hasta del silencio que en ese momento hace falta. En otras ocasiones hablan mucho, sin parar, otras casi nada, pero siempre se entienden.

Nunca se piden favores, se regalan acciones. La ropa tendida, sin preguntar; la lámpara reparada; el baño limpio…, pequeñas acciones diarias que se hacen no por obligación, sino porque saben que el cuidado cotidiano es una forma de amar, de esas que no se dicen, pero se sienten.

Ambos han vivido antes con otras personas. Han aprendido, a veces con dolor, que no basta con querer, que hay que querer bien, que no se trata de esperar a ser salvados, sino de sostener, y eso hay que aprenderlo, hay que quererlo, hay que hacerlo, aprender a sostener no es sencillo. 

Comparten sus días sin exigencias, sin dramatismos. Cada uno con su espacio, pero cruzándolo para ofrecer un abrazo o un silencio compartido, en el momento que hay que hacerlo, sin pedirlo, necesitándolo.

La casa en la que viven no es grande, ni perfecta, pero acogedora, llena de señales invisibles que indican que allí habitan dos cómplices de vida: una manta doblada donde a veces hace frío, una copa de vino o una taza de té lista cuando llueve, una nota en la mesa, cuando las palabras no alcanzaban, un pequeño paquete, con una tontería dentro, pesando para sacar una sonrisa…

Vivir así es elegir cada día quedarse, no porque haga falta, sino porque se quiere estar. Es vivir una gran historia que contar, esa que muchos sueñan con tener y desconocen que es posible, es no tener que pedir para recibir, es nunca estar solo, sino estar en la compañía correcta.

Gracias por leerme.

«Preparar el espacio»

«Preparar el espacio»

Parece mentira pero durante mucho tiempo el lugar donde se vivía había sido solo eso: un sitio funcional, una estructura donde dormir, cocinar, pasar las horas. Las paredes estaban en su sitio, los muebles eran prácticos, y no había nada especialmente fuera de lugar. Pero tampoco había belleza. Solo rutina.

Un día cualquiera, mientras colocaba la loza recién fregada en su sitio, se quedó mirando fijamente hacia las ventanas. En ese preciso instante, como formando una pequeña cascada, surgieron varias preguntas que hasta el momento no habían hecho aparición: ¿qué me falta?, ¿qué dice este espacio de mí?, ¿qué siento cuando estoy aquí?, ¿qué siente quien se sienta aquí conmigo? Esas dudas encendieron algo. No una urgencia, sí una conciencia.

La idea surgió sin preparar, de forma espontánea, como suelen surgir las buenas ocurrencias. Esta lo era. Así que centró esfuerzos en la mesa del salón. No era arreglarla para una ocasión especial. No había invitados. Pero algo pedía belleza, aunque fuera solo para acompañar la soledad y el propio silencio.

Sobre la mesa, de madera blanca y superficie limpia, se colocó un centro sencillo, elegido con cuidado, con el cariño de quién le apetece compartir momentos.

Una pequeña bandeja de mimbre, una jarrón con flores japonesas —pequeñas, humildes, con esa belleza que no exige atención—, una pequeña caja de cerámica artesanal, de forma irregular y color tierra, y un candil blanco repujado, en el que esconder e insinuar la luz de una vela baja, de cera natural, que al encenderla parecía calmar hasta el ritmo de los pensamientos, de esos pensamientos y deseos de que estés.

Una vez instalado todo alrededor cambió. El resto de pequeños detalles parecían contemplar la escena, como si el momento se compartiera con alguien invisible.

Era solo un centro de mesa. Pero hablaba: he pensado en este espacio. Quiero que sea amable. Quiero que sea hogar, tú hogar, nuestro hogar.

Y aunque nadie más lo viera ese día, el alma del lugar quedó suavemente encendida.

Con todo ello, el cuidado se volvió hábito, y el hábito, una forma de estar presente. Se comprendió entonces que decorar no era llenar de cosas. Era afinar la atmósfera. Crear un fondo donde otros pudieran relajarse, abrirse, respirar.

El hogar empezó a dejar de ser refugio solitario para convertirse en escenario de vínculos. Cada detalle sumaba: una taza bonita, una música suave, el silencio cuando hacía falta. No hacía falta perfección, sino intención.

Y así, el acto de cuidar el espacio se volvió una forma de cuidar a los demás. Y también, en el fondo, una forma de cuidar de uno mismo.

Gracias por leerme.

«Dunas»

«Dunas»

Las dunas del desierto son inmensas. Desde ellas la vida se ve de otra manera. La paz que transmiten es solo comparable con aquella que encuentran en esa persona que siempre te acompaña. Allí estaban. 

El sol caía como un peso sobre los hombros de ambos. Caminaban sin rumbo fijo, con la arena cubriéndoles los tobillos, filtrándose por cada agujero de su ropa, por cada poro de su piel, como si el desierto quisiera tragarlos lentamente. No hablaban mucho, apenas lo justo. Sus palabras se mezclaban con el viento cálido y seco, perdiéndose entre las dunas.

La primera vez que se tocaron fue por error. Una mano que buscaba equilibrio tropezó con la piel del otro, y allí quedó, como si hubiese encontrado algo más firme que la arena. Luego vinieron las noches, frías y silenciosas, en las que el cuerpo del otro era refugio y el deseo se confundía con necesidad.

No sabían cuánto tiempo llevaban allí. En el desierto, los días eran espejos de sí mismos: una repetición de soles inmisericordes y lunas que espiaban desde lejos. Pero se sentían libres. Sin teléfonos. Sin ruido. Sin relojes. Se tenían solo el uno al otro, y eso bastaba.

En medio del vacío dorado, crearon algo. Una intimidad, una complicidad hecha de miradas y gestos mínimos. Se amaron sin apuro, como si el mundo hubiese desaparecido y solo quedaran ellos dos y la vasto del territorio.

Una tarde, cuando el sol comenzaba a inclinarse hacia el horizonte, él se detuvo a observarla. Había arena en su cabello, en sus labios, en su rostro y aun así le parecía la visión más limpia y preciosa que había tenido nunca. 

Ella lo miraba como siempre. Sonrió. Le habló, pero su voz le pareció lejana, como un eco. Intentó acariciarle el rostro, como tantas veces hacía, pero no logró llegar a ella. 

Parpadeó. Volvió en sí. Estaba solo.

Sentado en el sofá del departamento. La televisión encendida, las persianas cerradas. La copa de vino en la mano. Una vela encendida sobre la pequeña mesita de centro. Afuera, llovía. El aire era húmedo, espeso.

Ella estaba allí, pero no con él, solo en sus pensamientos. En el desierto con su mundo aparte. Un espejismo, una fantasía que su mente había creado para huir de lo real. No estaban perdidos en ninguna parte. Estaban donde siempre habían estado. Juntos sin estarlo. 

Gracias por leerme. 

«El juramento de Don Carnal»

«El juramento de Don Carnal»

A partir de ahora la ciudad no duerme. Las luces y la música se vuelven eternas y el ritmo de la existencia lo marca el baile, el alcohol, el placer…, la lujuria. En este ambiente Don Carnal, a quién se homenajea estos días, es el rey indiscutible. Su nombre resuena en cada rincón, en las anchas calles y en los callejones oscuros. A su paso las mujeres se deshacen en susurros, los hombres lo envidian y las copas se alzan brindando en su honor. 

Pero a diferencia de la imagen que el mundo tiene de él, Don Carnal esconde un secreto: su corazón ya tiene dueño. 

No era la conquista de una noche fugaz, ni la tentación pasajera de un baile enmascarado, es un amor puro, devoto y absoluto por una mujer que lo había transformado en algo que nadie creía posible, que nadie cree.

Ella es distinta a todo lo que la ciudad celebra. Su belleza no es por el brillo de las joyas, ni por la ostentación de telas exquisitas, su hermosura reside en la sencillez de sus gestos, en la ternura de su mirada y en la firmeza de su espíritu. 

Las tentaciones rodean a Don Carnal como espectros insistentes. En cada banquete, en cada fiesta, mujeres de todos los rincones tratan de atraparlo con miradas insinuantes y promesas de noches inolvidables. Pero Don Carnal, que en otro tiempo habría cedido con una sonrisa, ahora reía con amabilidad y se alejaba sin vacilar. 

–¿Acaso has perdido tu fuego? –le preguntaban sus amigos, entre risas y brindis.

–No –respondía él con una seguridad inquebrantable–, simplemente lo he entregado a una llama más poderosa.

Las habladurías comenzaron a esparcirse. Se decía que Don Carnal había sido hechizado, que su espíritu indomable había sido encadenado. 

Pero la verdad era más sencilla y más profunda: el placer había encontrado su sentido en la entrega, y la pasión en la lealtad. 

Los días pasaron y la ciudad continuó con su frenesí, pero Don Carnal ya no pertenecía a ella. Su corazón latía solo por la mujer que había domado al hombre que nadie creía capaz de rendirse.

Y así, mientras el mundo seguía bailando en la vorágine de los deseos efímeros, Don Carnal se alejaba de la algarabía, de la carne sin alma, y se entregaba por completo a la mujer que le había enseñado su verdadero significado. 

¡¡¡FELIZ CARNAVAL!!!

Gracias por leerme.

«El vuelo de la Encarni»

«El vuelo de la Encarni»
FOTO SACADA CON MI MÓVIL EN EL AEROPUERTO DE LOS RODEOS.

Ella, la Encarni, se consideraba una mujer sencilla. Eso decía ella aunque no era para tanto. Le gustaba decir que tenía “los pies bien puestos sobre la tierra”, aunque cualquiera que la conociera sabía que no era verdad. Si los pies de Encarni no estaban en unos tacones que parecían torres de Babel, estaban flotando en su nube de sueños imposibles: viajar a la luna, abrir un restaurante de sushi en Marte o casarse con un millonario que no roncara.  

Era un día ventoso, de esos que decreta la AEMET, ¡y aciertan!, el tipo de viento que arrastra bolsas de supermercado, sombreros desprevenidos y hasta gallinas despistadas. Pero Encarni, tozuda como siempre, decidió que eso no le impediría salir de casa con su vestido nuevo, ese que parecía una vela de barco. Total, ¿qué podía salir mal?  

Desde aquí la veo, caminando con sus zapatitos de charol y su andar de reina de pasarela, cuando, de repente, vino una ráfaga de viento tan fuerte que hasta los árboles parecieron susurrar “mejor nos agarramos”. En un abrir y cerrar de ojos, ¡zas!, el viento la levantó del suelo como si fuera un globo de cumpleaños.  

“¡Ay, Dios mío, que me lleva el aire!”, gritó Encarni mientras intentaba agarrarse de un poste de luz. Pero sus dedos, perfectamente manicurados, no eran rivales para la naturaleza. Ahí iba Encarni, volando como si fuera Mary Poppins, pero sin paraguas, dejando tras de sí un rastro de asombro y… sin sus zapatos. Sí, porque en algún momento de su ascenso, sus zapatos decidieron que ya habían tenido suficiente de esa aventura y se quedaron plantados en el suelo, perfectamente alineados, como diciendo: “Nosotros sí sabemos dónde estar”.  

Así pasó, surcando los cielos como una cometa descontrolada, mientras el viento la llevaba más y más lejos. En su desesperación, Encarni intentó razonar con el viento:  

—¡Viento, querido, te prometo que si me bajas, te hago un par de reels y una historia, de cinco estrellas, en IG. Pero el viento no respondía, claro, porque si algo tenía Encarni en común con la física cuántica, era que ninguna se entiende.  

Finalmente, el destino (y un árbol particularmente bajo) hicieron su trabajo. Encarni quedó colgada de una rama, despeinada, sin sus zapatos y con el vestido torcido. Un grupo de curiosos se reunió debajo, y entre risas y selfies, lograron bajarla.  

De vuelta al suelo, todavía algo aturdida, Encarni me miró. Yo llevaba sus zapatos en mis manos que la miraban sorprendidos como si de dos amigos leales se trataran. Entonces, mientras se los ponía, tuvo una epifanía, de esas que solo llegan después de volar sin querer:  

—Es verdad lo que dicen —dijo, acomodándose el vestido y atusándose la melena—, la vida puede llevarte por los aires, pero al final, lo importante es saber dónde están tus pies. Y, a ser posible, que estén en el suelo… y calzados.  

Desde ese día, Encarni aprendió a mantener los pies en la tierra. Bueno, al menos la mayoría de las veces, porque lo de soñar despierta… eso jamás se lo iba a quitar de la cabeza, y menos si era conmigo.  

Gracias por leerme.

«La caja de los recuerdos»

María subió al ático de la vieja casa de su infancia. Nada más entrar se encontró rodeada de cajas polvorientas, juguetes antiguos y trastos descoloridos. Iba decidida a limpiar y deshacerse de todo aquello. Fue entonces cuando se percató de la presencia de una caja de madera, con su nombre grabado en la tapa en una letra familiar y bella: la de su abuela. 

Con un leve temblor en las manos, abrió la caja, y un suave aroma a lavanda la envolvió. Dentro encontró un montón de papeles cuidadosamente doblados, y en la parte interior de la tapa, un mensaje grabado: «Cuando necesites recordar quién eres, vuelve aquí.»

Confundida, tomó la primera nota. Aquellas palabras la hicieron sonreír y sentirse extrañamente emocionada: «María, ¿recuerdas cuánto disfrutabas al correr bajo la lluvia? Decías que las gotas eran mágicas, un regalo de las nubes para quienes se atrevían a mojarse. ¿Dónde quedó esa niña intrépida? Búscala, porque aún vive en ti.» Aquella frase la transportó a una época de inocencia y risas. 

Sonriendo pasó a leer la siguiente nota: «Ese primer amor te hizo creer que el mundo cabía en una mirada. Recuerda lo que aprendiste entonces: que el amor verdadero no teme entregarse con todo el corazón.» Aquel mensaje, además de hacer revivir mariposas en el estómago, la llenó de nostalgia. 

Una a una, fué leyendo todas las notas que, de manera asombrosa, tocaban etapas específicas de su vida, recuerdos de los años en los que se había sentido sola, aventuras de juventud, y consejos sobre la fuerza que había heredado de su abuela y de su madre. 

Sin embargo, lo que la dejó realmente perpleja fue encontrar un sobre sellado, escondido bajo las notas.

El sobre llevaba su nombre y parecía recién escrito. Al abrirlo, descubrió una carta con una caligrafía firme y elegante: la letra de su madre: «Querida María;  si estás leyendo esto es probable que te sientas un poco perdida, preguntándote si todavía te queda algo por descubrir o si debes conformarte con los recuerdos del pasado.» María sintió una lágrima caer. Su madre siempre había sabido lo que ella necesitaba, incluso después de todos estos años. Siguió leyendo, cautivada: «Quiero que sepas que aún queda tanto por vivir, tanto por experimentar. A veces, creemos que ya hemos amado y que lo que hemos sentido en el pasado fue lo mejor que podría habernos ocurrido, pero la vida puede darnos sorpresas. De hecho, creo que tú estás a punto de descubrir una de las más grandes.»

María se quedó en suspenso, su respiración contenida. La carta continuaba: «Hay alguien que ha estado cerca de ti en estos últimos años, alguien que no ha dejado de amarte y de cuidarte en silencio, que conoce tus miedos, tus cicatrices y también la alegría que llevas dentro. Esta persona ha sido una constante en tu vida y ha estado ahí cuando pensabas que no quedaba nadie. Es hora de abrir tu corazón.»

La carta terminaba con una última frase: «A veces, el amor verdadero es como una semilla plantada en la oscuridad, esperando a que estés lista para verlo florecer. No tengas miedo, querida María. Ve hacia él. Atrévete a vivir este amor, porque puede ser el regalo más grande de tu vida.»

María cerró la caja, sus ojos se llenaron de lágrimas, y apretó la carta contra su pecho. Sentía que su madre y su abuela estaban allí, acompañándola, guiándola a través de esas palabras tan llenas de amor. En ese instante, comprendió que tal vez, solo tal vez, este amor silencioso y paciente que había cultivado en su vida era la continuación de la ternura que tanta falta le hacía.

Gracias por leerme.

«Tras aquella pequeña puerta»

La vida no siempre es cómo se espera. Enrique había pasado toda su vida persiguiendo lo que la sociedad le había dicho que debía buscar: una carrera brillante, un matrimonio sólido, una casa en un vecindario seguro, y una cuenta bancaria que reflejara éxito. A sus cincuenta años, tenía todo eso, pero aún sentía un vacío, una especie de desasosiego que le impedía disfrutar de todo aquello que había construido.

Un día, mientras caminaba por la ciudad después de una larga jornada de trabajo, vio algo que lo desconcertó: una pequeña puerta de madera, escondida entre dos edificios, apenas visible entre las sombras del callejón. No había ninguna señal, ninguna indicación, sin embargo, algo en esa puerta lo llamaba, como si hubiera estado esperándolo toda su vida.

Enrique, guiado por una intuición inexplicable, se acercó y giró el oxidado pomo. La puerta se abrió sin esfuerzo, revelando una escalera empinada que descendía hacia la oscuridad. Dudó por un instante, pero algo más fuerte que el miedo lo empujó a bajar.

Al final de la escalera encontró un largo pasillo iluminado por luces cálidas que lo hicieron sentir como si hubiera entrado en otro mundo. Las paredes estaban cubiertas con espejos de diferentes formas y tamaños, pero lo extraño era que en cada uno de ellos, Enrique se veía diferente. En uno era más joven, con el rostro lleno de entusiasmo; en otro, llevaba la ropa que usaba en la universidad, con ese aire rebelde que había dejado atrás hacía mucho, en el siguiente se reflejaba un Enrique que no reconocía, quizás del futuro. Cada reflejo le mostraba una versión de sí mismo. Algunos mostraban momentos felices, otros escenas que había reprimido o negado.

Conforme avanzaba, una sensación de nostalgia y melancolía se mezclaba con una creciente curiosidad. Sentía que estaba desentrañando un misterio sobre sí mismo, algo que había ignorado durante años. Finalmente, el pasillo terminaba en otra puerta, mucho más antigua y desgastada que la primera. Enrique la abrió sin vacilar.

Enrique sintió un nudo en la garganta. Toda su vida había corrido detrás de metas, sin detenerse a pensar en lo que realmente le daba sentido. Y ahora, en este lugar oculto, sentía por primera vez en años una calma profunda.

Su propia voz interior le habló:

—La felicidad nunca estuvo en lo que creías —dijo ella suavemente—. Estaba en la puerta que no te atrevías a abrir, en los momentos que dejaste pasar, en las partes de ti que negaste. Ahora puedes decidir.

Enrique miró a los ojos de su propio reflejo. Había una paz innegable en su mirada. En ese instante comprendió que la puerta hacia la felicidad no estaba en el dinero, el éxito o la validación externa. Estaba en aceptar todas las partes de sí mismo, en abrazar tanto los momentos de alegría como los de dolor.

Gracias por acompañarme SIEMPRE en este viaje.

Gracias por leerme.

«Regreso de igual manera, a la zorruna»

«Regreso de igual manera, a la zorruna»

Me marché a la francesa, sin previo aviso, sin despedirme. En el mes de julio cerré este blog sin despedirme pese que había escrito un pequeño texto en el que te contaba mis planes de verano. Ahora vuelvo de la misma manera, a la zorruna, esperando que te apetezca volver a pasarte por esta esquina y leer mi sarta de disparates. 

Entre las cosas que hice, creo que ya lo sabes, me fui de viaje. Me lié la cabeza y me embarqué en una aventura en casi solitario. 

Tengo claro que viajar solo es un acto que comienza con una decisión sencilla, o como en mi caso con un calentón, pero que termina siendo una travesía profunda de autodescubrimiento. 

Al principio todo parece intimidante, sobre todo los días previos: un billete de avión en mano, un libro de viaje, una libreta en la que apuntar cosas, una mochila al hombro y el horizonte abierto lleno de incógnitas, sobre todo calentado por un nivel de inglés chapurreado y del todo congelado detrás de alguna neurona que tengo que alentar para que se anima a dar todo de sí. Al viajar solo, te enfrentas cara a cara contigo mismo, sin distracciones ni comodidades de la rutina y con la certeza de que, el verdadero viaje que estaba haciendo, era hacia mi interior.

Al llegar, la soledad no tardó en presentarse. No hay un amigo con quien compartir la primera comida, ni una voz familiar que me ayude a orientarme en las calles desconocidas, voy sin internet, por lo que no puedo chatear con nadie de mi círculo. 

El silencio de la primera noche es abrumador, pero aprendes a escucharlo. Descubres que el mundo no se calla, ni mi interior tampoco, se vuelve más claro, más sincero. 

Al paso de los días mis pensamientos se alinean con el entorno y comienzo a notar detalles que en otra circunstancia habrían pasado desapercibidos: la sonrisa de un extraño, el sonido de las olas rompiendo en la distancia, el aroma del café, la paz de los arrozales, el olor de los mercados, la amabilidad de los que viajan acompañados…

Viajar solo me obliga a confiar en mí, a tomar decisiones sin consultarlas, a adaptarme a lo que venga. Aprendo que soy capaz de resolver problemas por mi cuenta, a confiar en mis instintos y abrazar mis miedos. 

Lo que al principio era una sensación de aislamiento pronto se transforma en una oportunidad para conectarte con mi mundo de una manera más profunda. Me comunico con extraños en una lengua que apenas domino, comparto historias y vivencias con los otros viajeros y, de repente, descubro que no estoy tan solo como creía. Hay una red invisible de almas errantes que, como tú, han salido en busca de algo más. Algunos buscan paisajes, otros respuestas, y algunos simplemente buscan conocerse a sí mismos.

Al final del viaje, he vuelto a casa con una maleta más ligera pero con un corazón más lleno. Salí con dudas y temores, ahora estoy seguro de que, en cualquier lugar del mundo, incluso en la más absoluta soledad, me tengo a mi mismo, y eso, eso, es lo más importante, por mucho que te haya echado de menos y tenga ganas de que me leas y de que siempre estés conmigo.

Gracias por leerme.