
El día en que Ernesto decidió que su vida era un desastre, lo hizo con método.
Se sentó en la mesa de la cocina, desplegó una libreta cuadriculada —porque los fracasos, bien organizados, duelen menos— y empezó a enumerar todo lo que le faltaba. No tenía casa propia, no tenía pareja estable, no tenía abdominales (ni siquiera provisionales), no tenía un perro que lo mirara con respeto. En la columna derecha, titulada con optimismo administrativo “Pendiente”, dejó espacio para futuras carencias.
Cada tanto levantaba la vista y suspiraba, como si alguien lo evaluara desde el techo.
A media mañana ya llevaba tres páginas. Se permitió un café como recompensa por su constancia en el desastre.
Entonces llamó su vecina, Carmen, una mujer que siempre parecía estar en medio de una mudanza o de una revolución interior.
—Ernesto, ¿tienes una escalera?
Ernesto no tenía escalera. Lo anotó mentalmente.
—No —respondió—, pero tengo una lista muy bien ordenada de todo lo que no tengo.
Carmen lo miró con curiosidad.
—¿Incluye sentido del humor o eso ya lo diste por perdido?
Ernesto dudó. No lo había puesto. Añadió: “Sentido del humor: en evaluación”.
Carmen entró sin pedir permiso.
—Te falta una columna.
—¿Cuál?
—En la que añades lo que sí tienes.
Ernesto hizo un gesto de fastidio.
—Eso es irrelevante. Todo el mundo tiene cosas.
—Por eso es interesante ver cuáles son las tuyas.
A Ernesto le gustaba la simetría. Añadió una tercera columna: “Existencias”. Empezó sin entusiasmo: “Un microondas que pita demasiado”, “Tres plantas medio vivas”, “Un amigo que solo llama cuando necesita algo”.
Se detuvo. Añadió: “Tiempo”. Luego: “Café decente”. Después, sin saber muy bien por qué: “Una taza que no gotea”, “Un abrigo que todavía huele a invierno”, “Un recuerdo nítido de una risa en un autobús”.
La columna empezó a crecer: “Saber cocinar una tortilla sin mirar”, “Haber salido de cosas peores”, “Una tranquilidad que a veces confundo con aburrimiento”.
Cuando levantó la vista, la tercera columna ocupaba más espacio que las otras.
—Esto es tramposo —dijo—. Aquí caben demasiadas cosas.
—Lo que tienes siempre es más flexible que lo que te falta —respondió Carmen.
Ernesto cerró la libreta, incómodo. Aquello no estaba saliendo como esperaba. Él quería una historia clara: carencia, esfuerzo, mejora. No ese inventario raro donde de pronto no parecía estar tan mal.
—No me gusta. Desordena todo.
—Entonces quédate con tu desastre bien ordenado.
Carmen se fue sin la escalera.
Ernesto pasó el resto del día irritado. Intentó volver a su lista original, pero las frases habían perdido fuerza. “No tengo…” ya no sonaba tan definitivo.
Al anochecer, tomó una decisión radical: arrancó las páginas y las tiró a la basura. Pidió una pizza. De las caras. Porque, pensó, si todo iba mal, al menos que el queso fuera del bueno.
Cuando llegó, abrió la puerta con solemnidad. Pagó, cerró, dejó la caja en la mesa… y vio la libreta. Había olvidado una hoja. La arrancó. En ella, con su letra, había escrito algo que no recordaba: “Capacidad de empezar de nuevo sin darme cuenta”.
Frunció el ceño. No encajaba. No era falta ni posesión. Era otra cosa. Se sentó. Miró la pizza. Miró la frase. Por primera vez en todo el día, no supo dónde ponerla. Al final, dobló el papel y lo metió en la caja.
Curiosamente, a la mañana siguiente, volvió a empezar su lista. Pero esta vez, sin saber por qué, dejó mucho más espacio en blanco… y añadió una nueva columna titulada “Cosas que probablemente ya tengo pero que aún no me he enterado”.
Gracias por leerme.



