
Ella, la Encarni, se consideraba una mujer sencilla. Eso decía ella aunque no era para tanto. Le gustaba decir que tenía “los pies bien puestos sobre la tierra”, aunque cualquiera que la conociera sabía que no era verdad. Si los pies de Encarni no estaban en unos tacones que parecían torres de Babel, estaban flotando en su nube de sueños imposibles: viajar a la luna, abrir un restaurante de sushi en Marte o casarse con un millonario que no roncara.
Era un día ventoso, de esos que decreta la AEMET, ¡y aciertan!, el tipo de viento que arrastra bolsas de supermercado, sombreros desprevenidos y hasta gallinas despistadas. Pero Encarni, tozuda como siempre, decidió que eso no le impediría salir de casa con su vestido nuevo, ese que parecía una vela de barco. Total, ¿qué podía salir mal?
Desde aquí la veo, caminando con sus zapatitos de charol y su andar de reina de pasarela, cuando, de repente, vino una ráfaga de viento tan fuerte que hasta los árboles parecieron susurrar “mejor nos agarramos”. En un abrir y cerrar de ojos, ¡zas!, el viento la levantó del suelo como si fuera un globo de cumpleaños.
“¡Ay, Dios mío, que me lleva el aire!”, gritó Encarni mientras intentaba agarrarse de un poste de luz. Pero sus dedos, perfectamente manicurados, no eran rivales para la naturaleza. Ahí iba Encarni, volando como si fuera Mary Poppins, pero sin paraguas, dejando tras de sí un rastro de asombro y… sin sus zapatos. Sí, porque en algún momento de su ascenso, sus zapatos decidieron que ya habían tenido suficiente de esa aventura y se quedaron plantados en el suelo, perfectamente alineados, como diciendo: “Nosotros sí sabemos dónde estar”.
Así pasó, surcando los cielos como una cometa descontrolada, mientras el viento la llevaba más y más lejos. En su desesperación, Encarni intentó razonar con el viento:
—¡Viento, querido, te prometo que si me bajas, te hago un par de reels y una historia, de cinco estrellas, en IG. Pero el viento no respondía, claro, porque si algo tenía Encarni en común con la física cuántica, era que ninguna se entiende.
Finalmente, el destino (y un árbol particularmente bajo) hicieron su trabajo. Encarni quedó colgada de una rama, despeinada, sin sus zapatos y con el vestido torcido. Un grupo de curiosos se reunió debajo, y entre risas y selfies, lograron bajarla.
De vuelta al suelo, todavía algo aturdida, Encarni me miró. Yo llevaba sus zapatos en mis manos que la miraban sorprendidos como si de dos amigos leales se trataran. Entonces, mientras se los ponía, tuvo una epifanía, de esas que solo llegan después de volar sin querer:
—Es verdad lo que dicen —dijo, acomodándose el vestido y atusándose la melena—, la vida puede llevarte por los aires, pero al final, lo importante es saber dónde están tus pies. Y, a ser posible, que estén en el suelo… y calzados.
Desde ese día, Encarni aprendió a mantener los pies en la tierra. Bueno, al menos la mayoría de las veces, porque lo de soñar despierta… eso jamás se lo iba a quitar de la cabeza, y menos si era conmigo.
Gracias por leerme.