«Contra el espejo»

«Contra al espejo»

Cuando te miras al espejo debes estar preparado para lo que te vas a encontrar. En esos momentos de duda, creo que lo mejor es, primero suspirar y luego ver qué pasa. 

Javier siguió el anterior consejo. No es que se viera mal, pero tampoco podía decirse que estuviera en su mejor momento. La barriga cervecera había pasado de ser un «detalle simpático» a un «problema de logística» cuando hacía dos días intentó abrocharse el último pantalón que le quedaba sin elástico.

—Esto se acabó —murmuró, mientras intentaba recordar si alguna vez había hecho ejercicio de manera voluntaria.

Esa misma tarde se inscribió en el gimnasio. 

Al principio, solo fue para ver si le daban una camiseta gratis. No se la dieron, solo quedaban de la talla L y él, se embutía en una XL. Lo que sí hicieron fue cobrarle la cuota de inscripción, eso sí, con una sonrisilla de la chica que atendía la recepción que le hizo pensar que recibía comisión por cada alma incauta que caía en sus manos. 

Al igual que el consejo del principio, cuando el monitor lo vió entrar por la sala, también suspiró, puso los ojos en blanco y lo invitó a pasar. 

Los primeros días fueron un infierno. Descubrió músculos que no sabía que existían y que, al parecer, tampoco querían existir. “¡Sólo cinco repeticiones más!”, gritaba el monitor, con la misma expresión de alguien que disfruta viendo a otros sufrir. De hecho, lo hacía. Javier sospechaba que aquel hombre se alimentaba de las lágrimas de los principiantes. 

Pero, contra todo pronóstico, pasaron las semanas, las lágrimas del sufrimiento empezaron a secarse y algo cambió. 

Lo más importante es que Javier dejó de jadear, como un perro viejo, al subir las escaleras. Luego, los pantalones volvieron a cerrarse sin que pareciera que su cuerpo estaba intentando escapar de ellos. Incluso su reflejo le devolvía una mirada menos apagada.

La revolución no se detuvo ahí. Un día, por puro experimento, se puso una camisa bien planchada y unos zapatos que no era calzado deportivo. Al verse en el espejo, le sorprendió a un tipo que parecía exitoso, o al menos, alguien que no se había puesto lo primero que encontró en el armario.

La magia ocurrió en una cafetería. Una chica se le quedó mirando y, por primera vez en años, esa mirada no era porque llevaba una mancha de salsa en la camisa. Le sonrió. Javier, que había pasado tanto tiempo sin recibir una sonrisa de ese tipo, casi se giró para ver si había alguien más atractivo detrás. Pero no, aquella mirada, era a él.

En ese momento, lo entendió todo. Cuidarse no era una cuestión de vanidad, sino de respeto propio. Vestirse bien, ir al gimnasio, comer sano… todo eso no era solo para atraer miradas ajenas, sino para mirarse a sí mismo y pensar: «Vaya, estoy bien, me gusto».

Y, para sorpresa de Javier, era un sentimiento que valía cada una de las malditas sentadillas y “burpees” que hacía en aquel recinto de tortura. Así que, el consejo del principio, lo siguió a pies juntillas, pero esta vez sin tener que suspirar. 

Gracias por leerme.

«El juramento de Don Carnal»

«El juramento de Don Carnal»

A partir de ahora la ciudad no duerme. Las luces y la música se vuelven eternas y el ritmo de la existencia lo marca el baile, el alcohol, el placer…, la lujuria. En este ambiente Don Carnal, a quién se homenajea estos días, es el rey indiscutible. Su nombre resuena en cada rincón, en las anchas calles y en los callejones oscuros. A su paso las mujeres se deshacen en susurros, los hombres lo envidian y las copas se alzan brindando en su honor. 

Pero a diferencia de la imagen que el mundo tiene de él, Don Carnal esconde un secreto: su corazón ya tiene dueño. 

No era la conquista de una noche fugaz, ni la tentación pasajera de un baile enmascarado, es un amor puro, devoto y absoluto por una mujer que lo había transformado en algo que nadie creía posible, que nadie cree.

Ella es distinta a todo lo que la ciudad celebra. Su belleza no es por el brillo de las joyas, ni por la ostentación de telas exquisitas, su hermosura reside en la sencillez de sus gestos, en la ternura de su mirada y en la firmeza de su espíritu. 

Las tentaciones rodean a Don Carnal como espectros insistentes. En cada banquete, en cada fiesta, mujeres de todos los rincones tratan de atraparlo con miradas insinuantes y promesas de noches inolvidables. Pero Don Carnal, que en otro tiempo habría cedido con una sonrisa, ahora reía con amabilidad y se alejaba sin vacilar. 

–¿Acaso has perdido tu fuego? –le preguntaban sus amigos, entre risas y brindis.

–No –respondía él con una seguridad inquebrantable–, simplemente lo he entregado a una llama más poderosa.

Las habladurías comenzaron a esparcirse. Se decía que Don Carnal había sido hechizado, que su espíritu indomable había sido encadenado. 

Pero la verdad era más sencilla y más profunda: el placer había encontrado su sentido en la entrega, y la pasión en la lealtad. 

Los días pasaron y la ciudad continuó con su frenesí, pero Don Carnal ya no pertenecía a ella. Su corazón latía solo por la mujer que había domado al hombre que nadie creía capaz de rendirse.

Y así, mientras el mundo seguía bailando en la vorágine de los deseos efímeros, Don Carnal se alejaba de la algarabía, de la carne sin alma, y se entregaba por completo a la mujer que le había enseñado su verdadero significado. 

¡¡¡FELIZ CARNAVAL!!!

Gracias por leerme.

«Necesito ese abrazo de ti»

(El pasado 21 de enero se conmemoró el Día Internacional del Abrazo. Aquí te mando el mío).

Desde ayer tarde la lluvia cae con fuerza, golpeando los cristales de mi ventana con una monotonía que parecía sincronizada con el vaivén de mis pensamientos. 

El día ha sido largo, pesado. Ya van varios así. Siento la fatiga en cada fibra de mi ser, pero lo que más me pesa no es la carga física, sino el vacío, ese espacio que, aunque inmenso, no es nuevo. Ya lo conozco bien. 

Me acomodé en el sofá, rodeado de una quietud que no encontraba consuelo. El silencio me envolvía, pero en él, resonaba una necesidad urgente: el anhelo de un contacto, de un refugio, de algo que me recordara que no estaba solo. 

Cogí el teléfono en mis manos, la pantalla iluminada reflejaba mi rostro cansado, pero mi corazón dictaba una única palabra, “abrazo”. 

Necesitaba ese abrazo de ti, uno apretado, sin necesidad de hablarnos, solo abrazarnos. No importaba el qué o el porqué, solo deseaba sentirme contenido, sentirme pequeño en tus brazos, perderme en ese abrazo que sin palabras lo decía todo. 

Presioné enviar. La respuesta llegó rápidamente, apenas un suspiro de retraso, pero ya sabía que no importaba lo que dijera. La certeza era otra. “Estoy a tu puerta.”

El sonido del timbre me hizo saltar, y mi cuerpo, de alguna manera, reaccionó antes que mi mente. Corrí, como si el tiempo se hubiera detenido entre ese mensaje y mi camino hacia la entrada. Al abrir, te vi ahí, con esa calma que siempre me da paz, con tus ojos que nunca preguntan demasiado, solo entienden.

Sin una palabra, sin una razón que explicara la urgencia, me tomaste entre tus brazos. El contacto fue inmediato, sin vacilaciones. Tu calor me envolvió, el roce de tu cuerpo contra el mío fue un refugio de todos esos días que se acumulan, esos silencios que duelen, esas heridas que no tienen voz. No necesitaba más, no necesitaba preguntar nada, solo quería perderme allí, en la seguridad que me ofrecías con ese gesto. El mundo dejó de importar, porque solo existíamos tú y yo en ese instante, embutidos en nuestra burbuja, unidos por algo más grande que cualquier palabra. Un abrazo apretado, que hablaba de todo lo que se calla, que sanaba lo que no se veía. Un abrazo que no pedía explicaciones, solo un refugio compartido.

Y en esa calma, comprendí que a veces no hace falta decir nada. Basta con estar, basta con el contacto, basta con el alma para entenderse sin más.

Gracias por leerme.

«Volver a levantarse»

«Volver a levantarse»

Sentirse en una montaña rusa, es estar vivo. La vida está llena de altibajos que nos hacen ir de un lado para otro, a veces sin rumbo, y otras, con toda la intención hacia un lado u otro. Un día estás en la cima, y al siguiente te encuentras en el fondo, preguntándote cómo has llegado. 

No estoy seguro, pero intento aprender algo de cada caída, por dolorosa que sea, y así conseguir una oportunidad de renovarme. 

Hoy estoy sentado con mi amigo Juan, arreglando el mundo, debatiendo sobre la vida, la muerte y la reproducción de los berberechos. Nada serio, lo normal, haciendo algo que se me da bien, escuchar. Lo dejo hablar. Él me cuenta.

La primera vez que lo despidieron, pensó que era el fin del mundo. Pasó días en cama, reflexionando sobre lo que había hecho mal, martillándose con pensamientos autocríticos. Pero, después de un par de semanas, decidió levantarse. Fue un proceso lento, como si cada músculo de su cuerpo se resistiera a moverse. La fuerza interna que comenzó a descubrir lo impulsó a buscar algo nuevo. Consiguió un pequeño trabajo que le permitió, al menos, mantenerse a flote.

Sin embargo, un año después, una nueva caída le golpeó más fuerte. Su pareja, a quien había cuidado durante años, falleció tras una enfermedad. El dolor era inmenso, y las noches interminables se sentían vacías. Una vez más, se encontró en el suelo, desbordado por la tristeza y la culpa. «No pude hacer más por ella», pensaba una y otra vez. Pero, al igual que la vez anterior, algo en su interior le susurraba que el proceso de duelo también podía ser una oportunidad para reinventarse. Durante los días más oscuros, empezó a cuidar su cuerpo. Salió a caminar, a hacer ejercicio, y en esos momentos de conexión con su cuerpo, la mente comenzó a sanar lentamente.

El tiempo pasó y, con él, llegaron nuevos desafíos: un proyecto fallido, un par de viajes, un romance que no cuajó…, la sensación constante de que, a pesar de sus esfuerzos, la vida siempre le ponía obstáculos. 

Un día, después de una difícil jornada de trabajo y frustraciones personales, Juan se sentó frente al espejo y vio a un hombre distinto al que veía años atrás. Ya no era un joven ansioso por lograrlo todo, sino un hombre que comprendía que la vida no era un camino recto. Comprendió que el éxito no solo se medía en logros profesionales o relaciones perfectas, sino en la capacidad de cuidar de uno mismo, de amarse a pesar de las imperfecciones, de permitirse fallar y aprender en el proceso, de perdonarse. «Ya no voy a seguir destruyéndome por cada error», pensó. «Voy a seguir adelante, aprendiendo, pero también voy a cuidarme».

Fue en ese momento, mientras observaba su reflejo, que entendió la lección más importante de todas: el autocuidado no es solo una cuestión de cuerpo, sino de alma.

Así, con una sonrisa renovada, Juan se levantó una vez más. Esta vez, lo hizo con la certeza de que el verdadero secreto para avanzar no era evitar las caídas, sino aprender a levantarse con dignidad, siempre con la esperanza de que cada paso, por pequeño que fuera, lo acercaba más a una vida plena. 

Ahora espero a que él pague los vinos que nos hemos tomado. 

Gracias por leerme.

«Como en las Islas Canarias»

«Como en las Islas Canarias»

Este en un rincón privilegiado del mundo. El océano se extiende hasta el horizonte y el sol baña la tierra con su luz dorada. Nuestras islas, con sus montañas que tocan el cielo y sus playas que acarician el mar, son un testimonio vivo de la grandeza de la naturaleza. Cada rincón es un poema visual, una obra maestra esculpida por el tiempo y los elementos.

María y Alberto, una pareja cuya conexión es tan profunda como los mares que rodean este paraíso, encontraron en estos paisajes un reflejo de su amor. En cada amanecer, en cada ocaso, en cada brisa marina y en cada rincón escondido, veían una parte de su historia juntos.

En la montaña más alta, con su cumbre acariciando las nubes, María y Alberto veían la solidez y la elevación de su relación. Así como la montaña se mantenía firme e imponente, su amor se mantenía fuerte y constante, sin importar las adversidades. 

En los vastos campos de arena dorada, donde el viento formaba dunas y esculpía paisajes cambiantes, veían la adaptabilidad y la diversidad de su conexión. Aquí, en estos terrenos ondulantes, aprendieron a disfrutar tanto de los momentos tranquilos como de las aventuras inesperadas. 

En los parajes de roca negra, formados por antiguas erupciones volcánicas, encontraban la fuerza y la resiliencia de su vínculo. A pesar de la dureza de la roca, podían ver la vida brotando entre las grietas, flores que florecían en un terreno estéril. Así era su amor, capaz de encontrar belleza y fortaleza en los momentos más difíciles, siempre floreciendo, siempre juntos.

En las interminables playas de arena blanca, donde el mar se unía con el cielo en una línea infinita, sentían la libertad y la inmensidad de su amor. 

En los verdes bosques, donde la vegetación era densa y el aire estaba lleno de vida, encontraban refugio y paz. Aquí, en la serenidad de la naturaleza, podían simplemente ser, disfrutando de la compañía del otro sin necesidad de palabras, sin miradas que los perturbaran o rompieran esos momentos de silencio compartido. 

En las noches claras, bajo un cielo lleno de estrellas, se perdían en la vastedad del universo y se encontraban el uno al otro, aunque fuera en sueños. Cada estrella en el cielo era un recordatorio de los pequeños momentos compartidos, cada uno brillando con su propia luz, cada uno un testimonio de la belleza de su amor.

En los acantilados abruptos, donde la tierra se encontraba con el mar en un abrazo eterno, resistían el embate de las olas, cualquier tempestad, siempre firme, siempre fuerte.

María y Alberto, al recorrer este paraíso, comprendieron que su amor era tan potente y hermoso como el mismo paisaje que los rodeaba. Cada elemento de la naturaleza, desde la montaña más alta hasta la playa más serena, desde la roca más dura hasta el cielo estrellado, les enseñaba algo sobre su relación. En cada paso, en cada vista, en cada momento compartido, veían reflejada la belleza y la fuerza de su amor, un amor que, como este paraíso, era un verdadero tesoro.

FELIZ DÍA DE CANARIAS

Gracias por leerme.

«Queridos Reyes Magos»

«Queridos Reyes Magos»

Queridos Reyes Magos,

Espero que a la recepción de esta carta sus majestades se encuentren bien y rodeados de la magia y la alegría que les caracteriza. 

En esta noche tan especial, me dirijo a ustedes, desde esta humilde esquina,con un deseo que va más allá de los regalos materiales. 

Mi mayor anhelo es la posibilidad de que las personas que pasan por aquí puedan continuar, para siempre, con la persona que más quieren y que ellas, a su vez, deseen compartir ese mismo deseo.

En este mundo ahora tan convulso, lleno de cambios y experiencias, las personas que han encontrado a alguien especial, alguien cuya presencia ilumina su vida, se merecen ser correspondidas y acompañadas en ese querer. Estoy seguro que a su lado, han experimentado momentos mágicos y han descubierto la verdadera esencia del amor. 

Por tanto, es mi deseo más profundo que todos podamos seguir compartiendo risas, sueños y experiencias a lo largo de toda nuestra existencia.

Espero que la llama que les une se mantenga encendida con fuerza y ​​resplandor a medida que avanzan en la vida. 

Quiero que puedan superar juntos los desafíos que se presenten en su camino y celebrar los triunfos con alegría compartida. Que cada día sea un regalo valioso que cada cual pueda atesorar en su corazón.

Queridos Reyes Magos, confío en la magia que ustedes representan y en la capacidad que tienen para hacer realidad los deseos más sinceros. 

Es por ello que deseo con todo mi corazón que las personas amadas también compartan este anhelo y que juntos construyan un futuro lleno de amor, complicidad y felicidad eterna.

Gracias por escuchar mis sueños, por ser los mensajeros de la magia en estos días tan especiales. 

Espero que esta carta llegue a sus manos como una expresión honesta de mis sentimientos y de mis más profundos deseos para el futuro.

Gracias por leerme.

«El beso que todo lo sana»

«El beso que todo lo sana»

Es un momento extraño, de una paz tensa. Hace apenas un breve instante aquellos dos cuerpos temblaban enojados. Usaban un lenguaje muy contrario al actual. Discutían.

En el momento actual están calmados, muy pegados, como casi siempre que tienen oportunidad de estarlo, aunque Julia siempre es la que más se resiste a estar así. Juan lo sabe y por eso busca la forma de calmarla. Ambos intentan disfrutar de este instante de calma, después de la tormenta, que ambos definen y reconocen como difícil.

Tienen las miradas fijas el uno en el otro. Acaban de discutir por una tontería y las palabras se les han ido un poco de los labios, escapándose, incluso, alguna frase hiriente. No les gusta estar así. Se han dado cuenta. 

Juan ha colocado su mano derecha sobre el pecho de Julia y ahora respiran. Lo hacen juntos, acompasados, completándose, unidos en el equipo que saben que forman.

Juan eleva su dedo índice buscando que la yema toque el borde de esa boca maravillosa que tiene Julia. Lo consigue. Ella no ofrece ningún rechazo, todo lo contrario, le gusta que él haga ese gesto, pues lo reconoce como un acto de amor. Entonces pasea su dedo bordeando la carnosidad. Para Julia, ese dibujar de sus labios la desconcentra, acelera, excita y descoloca en un santiamén. Le gusta que así sea.

Julia entreabre su boca, como si aquel gesto fuera la primera vez que lo recibe. Aspira una gran bocanada y libera un ligero suspiro. Cierra los ojos. Se deja ir. Siente cómo su cuerpo empieza a dar pequeños espasmos, fruto de la excitación que va en aumento. 

La discusión acaba de deshacerse por completo y todo ha vuelto a resetearse. En su boca empieza a nacer el deseo. Él, sabedor de lo que ocurre, lejos de alejarse se acerca un poco más e introduce el índice en la boca de su amada. Ella lo chupa con deseo. Lo muerde con dulzura devolviendo el dibujo con el juego que su lengua acomete a su alrededor. 

Julia abre los ojos para volver a encontrar la profundidad de los de Juan. Ambas respiraciones se aceleran confundiéndose la una con la otra. 

Las bocas no tardan en encontrarse y la lucha comienza en los labios queriéndose morder, chupar o aspirar. Las lenguas se funden en una y originan otra particular batalla, como si fueran dos potentes brazos que echan su propio pulso, lejos de lo que ocurre en el resto del cuerpo. Eso es imposible. La situación es vieja, conocida por ambos. La excitación les puede. El anterior silencio se ve roto por los pequeños gemidos y soniquetes fruto del roce de sus labios, pieles y manos.

Es el momento que Juan esperaba para realizar el otro gesto que a ella tanto le gusta, hundir sus manos entre su cabello, acariciar la profundidad de su cráneo, mientras sus labios no dejan de besarse. 

Ahora la saliva ya es solo una. Ya no queda ni rastro del enojo inicial, aunque mantienen el temblor de sus cuerpos, eso sí, de manera distinta. Ese beso es sanador.

Gracias por leerme.

P.D.: Feliz día internacional del beso. DISFRÚTALOS, si puedes.

«La visita soñada»

«La visita soñada»

No sé de dónde vienes a estas horas. Me has sorprendido. Si te soy sincero esta noche no te esperaba. Tampoco me sobresalto cuando siento que me despiertas acariciando mi cara. No puede ser otra persona más que tú. Así que, aquí estás. Has venido sin esperarte, sin avisar, sin anunciarte. No hace falta que lo hagas. Lo sabes. Tu espacio, tu burbuja, siempre tiene las puertas abiertas a la espera de que quieras cruzar el umbral. Aquí te relajas, aquí eres, aquí estás, aquí somos. 

Abro los ojos para verte. Hablas en un susurro por lo que no te escucho bien, pero entiendo que dices que tenías ganas de estar a mi lado, de pasar la noche tranquila, relajada y alejada de los problemas habituales. 

Encendes la pequeña luz de la mesita de noche, me encandilas, aún así me regocijo en la apasionante visión que es contemplar cómo te desvistes. Lo haces despacio, disfrutando del momento, de mi mirada. No has traído pijama. Ya veo que has improvisado totalmente esta visita. Sabes dónde tengo los míos, por lo que no me sorprende que decidas abrir la gaveta para coger una de mis partes de arriba. Te observo con detalle. Me gusta cuando haces estas cosas y te dejas llevar por el erotismo que sabes me provoca tu cuerpo y tu persona.

Siento cómo te agachas y retomas, en silencio, ese que siempre hace que nos besemos, la caricia de mi cara. Siento tus labios sobre los míos.

Con suavidad me musitas que te haga hueco en mi lecho. Normalmente te acuestas del otro lado de la cama, pero esta noche, no se bien el motivo, te apetece meterte en mi lado. No hay problema. Eso también me gusta. Con tranquilidad me aparto para dejar el espacio que me solicitas. Siento el frío del otro lado en mi espalda, hace que vuelva en mi, ya veo que lo que te apetecía era el calor.

Pero una noche más todo se desvanece, y lo que parecía un sueño, se confirma como triste realidad.

Gracias por leerme.

«El juego de las máscaras»

¿Qué máscara te pondrías hoy?

La fiesta se había retrasado demasiado. No había invitados, no se esperaban invitaciones. Todos sabían quienes eran y todos sabían dónde era. Así que solo quedaba escoger la máscara deseada, la que mejor sentaba para un momento como aquel, vestirse a juego de ella, de la ocasión, y salir.

Cuando llegó, vio su propio reflejo entre todos los asistentes. En un principio nada le hacía imaginar que hubieran otras máscaras como las que llevaba. Pero no era así. Más pronto que tarde se dio cuenta de que no todos los presentes eran lo que se esperaba de ellos. Muchos aparentaban lo que no eran, incluso, algunos, querían simular lo que nunca llegarían a ser. Se dio cuenta de que había comenzado el juego de las máscaras.

Sin pensarlo cambió la mentalidad con la que había ido y se comportó como los demás.

Si hablaba con uno, se colocaba la máscara de víctima, pues le interesaba que se apiadara de su persona. Si bailaba con la otra, decidía utilizar la que le hacía aparentar la persona más sexi y divertida. Cuando se entretuvo en una conversación, se colocó la careta de inteligente. Al sentarse en la mesa para comer algo con unos amigos, utilizó la que le daba un toque de relajación, que enseguida se quitó, en cuanto vio acercarse a aquella persona que, desde hace poco, empezaba a odiar. Los presentes también se dieron cuenta y decidieron cambiar las suyas por otras que pudieran denotar más indiferencia, distancia, abulia o desinterés.

Por lo que parece, en la vida, las personas nos movemos como si de un carnaval se tratara, nos vamos colocando e intercambiando máscaras según con quién estamos o según qué queremos aparentar. Lástima que nos cueste ser nosotros mismos; ¿o es que somos así de falsos? 

Por suerte llega el carnaval y nadie tendrá en cuenta la máscara que uses.

Gracias por leerme.

«Unas entradas para el teatro»

Parece que el dicho “El que espera, desespera”, se está cumpliendo. 

Mi amiga Ana lleva días con un par de entradas compradas para el teatro, esperando hasta encontrar un buen momento para invitar a Marcos a que la acompañe.

En realidad hace más de una semana que no habla con él y no sabe qué hacer. Ella desearía que él le mandase un mensaje, para así poder encontrar la excusa de hablarle e invitarlo. 

“¿Por qué no me ha escrito, si la última vez que hablamos, quedamos en que lo haría?”, me pregunta con desazón esperando a que yo le dé una respuesta que evidentemente no tengo.

Yo le insisto en que se lance y que dé el primer paso, aunque estoy convencido de que no se atreverá. Ella es de las que cree que debe ser él quien la ronde, “¡¿Qué va a pensar?!”, me comenta sorprendida cuando le traslado mi propuesta. Aún así noto que lo piensa. 

Por lo que percibo creo que lo que le gustaría es que la invitación a acompañarla fuera algo disimulado, que surgiera de una conversación normal, sin aparente objetivo, como sin querer, para así poder aparentar lo que en realidad no es: que se muere de ganas de estar con él, que está desesperada por tener algo más que una simple conversación o una simple cita para ir al teatro, que quiere algo más que un rollete.

Pues aquí está, con las entradas del teatro en las manos, impaciente, golpeando con ellas sobre la mesa, esperando con impaciencia esa llamada que parece que no llega y con unas ganas locas de demostrar que son una excusa para poder tener una noche distinta. Una noche en el teatro o…

Gracias por leerme.