«Necesito ese abrazo de ti»

(El pasado 21 de enero se conmemoró el Día Internacional del Abrazo. Aquí te mando el mío).

Desde ayer tarde la lluvia cae con fuerza, golpeando los cristales de mi ventana con una monotonía que parecía sincronizada con el vaivén de mis pensamientos. 

El día ha sido largo, pesado. Ya van varios así. Siento la fatiga en cada fibra de mi ser, pero lo que más me pesa no es la carga física, sino el vacío, ese espacio que, aunque inmenso, no es nuevo. Ya lo conozco bien. 

Me acomodé en el sofá, rodeado de una quietud que no encontraba consuelo. El silencio me envolvía, pero en él, resonaba una necesidad urgente: el anhelo de un contacto, de un refugio, de algo que me recordara que no estaba solo. 

Cogí el teléfono en mis manos, la pantalla iluminada reflejaba mi rostro cansado, pero mi corazón dictaba una única palabra, “abrazo”. 

Necesitaba ese abrazo de ti, uno apretado, sin necesidad de hablarnos, solo abrazarnos. No importaba el qué o el porqué, solo deseaba sentirme contenido, sentirme pequeño en tus brazos, perderme en ese abrazo que sin palabras lo decía todo. 

Presioné enviar. La respuesta llegó rápidamente, apenas un suspiro de retraso, pero ya sabía que no importaba lo que dijera. La certeza era otra. “Estoy a tu puerta.”

El sonido del timbre me hizo saltar, y mi cuerpo, de alguna manera, reaccionó antes que mi mente. Corrí, como si el tiempo se hubiera detenido entre ese mensaje y mi camino hacia la entrada. Al abrir, te vi ahí, con esa calma que siempre me da paz, con tus ojos que nunca preguntan demasiado, solo entienden.

Sin una palabra, sin una razón que explicara la urgencia, me tomaste entre tus brazos. El contacto fue inmediato, sin vacilaciones. Tu calor me envolvió, el roce de tu cuerpo contra el mío fue un refugio de todos esos días que se acumulan, esos silencios que duelen, esas heridas que no tienen voz. No necesitaba más, no necesitaba preguntar nada, solo quería perderme allí, en la seguridad que me ofrecías con ese gesto. El mundo dejó de importar, porque solo existíamos tú y yo en ese instante, embutidos en nuestra burbuja, unidos por algo más grande que cualquier palabra. Un abrazo apretado, que hablaba de todo lo que se calla, que sanaba lo que no se veía. Un abrazo que no pedía explicaciones, solo un refugio compartido.

Y en esa calma, comprendí que a veces no hace falta decir nada. Basta con estar, basta con el contacto, basta con el alma para entenderse sin más.

Gracias por leerme.

«Amor en silencio»

«Amor en silencio»

Tiene su dedo índice colocado en posición perpendicular apoyado contra sus labios. Los sella con ese gesto que todos conocemos. Lo hace para no seguir hablando, para no seguir haciendo daño a la persona que, en estos momentos, tiene delante. Por triste que parezca acaba de comprometerse a seguir con su amor en silencio, en la oscuridad.

Ahora su alma está negra como la noche, le duele, está arrugada, como cuando se estrangulan los folios usados, con ideas excluidas, antes de ser lanzados con rabia hacia la papelera. 

Aunque mantiene los labios clausurados, en estos momentos no puede apartar la mirada de la persona que ama. La tiene enfrente. Escucha lo que le cuenta, los motivos por los que le pide distancia y calma. Lo entiende. Comprende. Se avergüenza. Le presiona el alma. Mira hacia su interior. Quiere hablar, pero solo asiente en silencio, quiere responder pero solo escucha, quiere abrazar, pero sabe que no puede tocar. 

Una lluvia de sentimientos vuelven a caer sobre su cuerpo. No es la primera vez que esto ocurre. Algo ha aprendido. Sabe que el castigo será sufrir su amor en silencio, por un tiempo prolongado, o tal vez eternamente, sin poder hacer nada por cambiar esta situación. 

En su reflexión personal reconoce que no es justo, que no es lo que se merece. Ahora le toca remontar, recuperarse, en la oscuridad, en su silencio, pues no puede compartirlo con nadie más. No lo entenderían. Solo esta persona que tiene delante, y que siente lo mismo, es capaz de hacerlo, es su apoyo, quizás el único, el que se prometieron para siempre.

Se mira en el espejo de su propia alma. Cierra los ojos y ve la oscuridad. Imagina ser quien besa. Eso duele. Sabe que será otra persona la que lo haga, o la que le coja de la mano, calme sus malos momentos o escuche sus lamentos al terminar el día. 

Es hora de abrir los ojos. De ver que la oscuridad existe, que tendrá que aprender a mirar de otra manera, seguir triste, si quiere sobrevivir. No puede. Vuelve a cerrarlos. Reconoce que imaginar es menos doloroso que mirar, que será duro amar en silencio, guardar ese profundo e increíble sentimiento entre pecho y mente, con su estómago revolviéndose, siendo cada noche su último pensamiento del día. También el primero de la mañana. 

Así seguirá, en silencio, con ese hondo amor escondido en el interior, silenciado para no perder lo que le queda, aunque duela, desplazado, abandonado, a buen recaudo en su alma, pues no hay amor más luminoso y brillante que el que vive en la oscuridad, dando la esperanza de que quizás, algún día, una luz les ilumine y puedan gritarlo a los cuatro vientos.

Gracias por leerme.

«En boca cerrada…»

«En boca cerrada...»
Contar una historia puede no ser fácil.

Jose lanzó un guante. Lo hizo en forma de esquema, dibujado en una pizarra, disparado en un mensaje de Twiter, para ver si alguna de las habladoras pillaban el concepto.

El tumulto se hacía cada vez mayor. Las presentes hablaban y hablaban. Emitían juicios, manifestaban opiniones —estaban en su derecho, decían—, adelantaban acontecimientos. Conocían lo que había pasado porque alguien les había contado alguna pequeña parte de la historia, pero no porque lo hubieran vivido en primera persona o porque fueran expertas en alguno de los temas que ahora estaban de moda.

Entre todas hilvanaban una historia compuesta de creencias personales, ideas sacadas de contexto, habladurías y razonamientos espurios y poco fiables.

Jose las dejó continuar. Les dejaba con su verborréico discurso. De vez en cuando, cuando encontraba un pequeño espacio entre palabra y palabra, les lanzaba un órdago en forma de pregunta, que las pillaba descuidadas y hacía tambalear las bases de la historia que se estaban inventando. Pero ahí seguían. Bla, bla, bla. Argumentando. Bla, bla, bla. Con sus bocazas abiertas emitiendo sus juicios de valor.

Al rato Jose, les contó alguna verdad, vivida en primera persona y que, las de boca la abierta cargada de mentiras, desconocían, pues solo hablaban de oídas. La historia que se inventaban volvía a sacudirse. 

Eso no era bastante para detenerlas. Daban un nuevo giro, un nuevo quiebro, una nueva mentira o verdad inventada, porque se las había contado «nosequiencita» y volvían a levantar su castillo de naipes.

En realidad a ellas no les importaba la historia, no les interesaba, solo querían escuchar su bla, bla, bla. 

Jose volvió a su pizarra, a su esquema y les dibujó el camino. Así que mejor, si no saben de lo que están hablando, ¡cierren la boca!

Gracias por leerme.