«Quién se queda»

«Quién se queda»

A veces el amor no llega haciendo ruido. No entra derribando puertas ni pronunciando discursos memorables. A veces llega en silencio, con una taza caliente entre las manos, con una mirada que entiende antes de preguntar, con alguien que simplemente decide quedarse cuando todo dentro de ti empieza a derrumbarse.

Durante meses, aquella persona había aprendido a vivir con una sonrisa prestada. Respondía mensajes, cumplía horarios, fingía interés en conversaciones vacías. Nadie sospechaba el cansancio que llevaba escondido detrás de los ojos, porque el agotamiento más profundo no siempre se nota, hay gente que se rompe sin hacer ningún sonido.

Poco a poco las cosas fueron cambiando. No de manera espectacular. No hubo fuegos artificiales ni promesas imposibles. Solo presencia constante, honesta, humana.

Al principio era algo pequeño, como preguntar cómo había ido el día y esperar realmente la respuesta, o dar un buenos días, no por saludar, sino como señal de que se había despertado pensado en la otra persona. Otras veces notaba los silencios incómodos sin intentar llenarlos con frases hechas o permanecía cerca incluso cuando el humor se volvía oscuro y el carácter difícil, porque querer a alguien cuando todo va bien es sencillo, el verdadero valor aparece cuando amar implica paciencia.

Aquella noche, el cansancio pudo más que el orgullo.

Sentados frente a frente, en medio de una conversación que había empezado siendo trivial, las palabras terminaron escapándose solas, surgió el miedo, la ansiedad, la sensación de no ser suficiente. Todo aquello que llevaba demasiado tiempo encerrado empezó a salir con una mezcla de vergüenza y alivio. Esperaba incomodidad, esperaba distancia.

Pero la otra persona no huyó. Simplemente acercó su mano despacio y la dejó ahí, esperando permiso, como quien sostiene algo frágil sin intentar repararlo a la fuerza.

—No tienes que poder con todo tú solo.

La frase cayó despacio, casi en un susurro y, sin embargo, pesó más que cualquier gran declaración de amor escuchada antes.

Porque hay personas que intentan salvarte hablando y hay otras que te salvan quedándose.

Esa noche no resolvió todos los problemas, el miedo siguió existiendo, las heridas seguían abiertas, la vida no se volvió perfecta, pero algo cambió. Por primera vez en mucho tiempo, aquella persona dejó de sentirse sola dentro de sí misma. Porque al final, las personas que más nos marcan no son las que estuvieron en los momentos fáciles, son las que se sentaron a nuestro lado cuando ni nosotros sabíamos cómo seguir adelante.

Gracias por leerme.

«La caja de los recuerdos»

María subió al ático de la vieja casa de su infancia. Nada más entrar se encontró rodeada de cajas polvorientas, juguetes antiguos y trastos descoloridos. Iba decidida a limpiar y deshacerse de todo aquello. Fue entonces cuando se percató de la presencia de una caja de madera, con su nombre grabado en la tapa en una letra familiar y bella: la de su abuela. 

Con un leve temblor en las manos, abrió la caja, y un suave aroma a lavanda la envolvió. Dentro encontró un montón de papeles cuidadosamente doblados, y en la parte interior de la tapa, un mensaje grabado: «Cuando necesites recordar quién eres, vuelve aquí.»

Confundida, tomó la primera nota. Aquellas palabras la hicieron sonreír y sentirse extrañamente emocionada: «María, ¿recuerdas cuánto disfrutabas al correr bajo la lluvia? Decías que las gotas eran mágicas, un regalo de las nubes para quienes se atrevían a mojarse. ¿Dónde quedó esa niña intrépida? Búscala, porque aún vive en ti.» Aquella frase la transportó a una época de inocencia y risas. 

Sonriendo pasó a leer la siguiente nota: «Ese primer amor te hizo creer que el mundo cabía en una mirada. Recuerda lo que aprendiste entonces: que el amor verdadero no teme entregarse con todo el corazón.» Aquel mensaje, además de hacer revivir mariposas en el estómago, la llenó de nostalgia. 

Una a una, fué leyendo todas las notas que, de manera asombrosa, tocaban etapas específicas de su vida, recuerdos de los años en los que se había sentido sola, aventuras de juventud, y consejos sobre la fuerza que había heredado de su abuela y de su madre. 

Sin embargo, lo que la dejó realmente perpleja fue encontrar un sobre sellado, escondido bajo las notas.

El sobre llevaba su nombre y parecía recién escrito. Al abrirlo, descubrió una carta con una caligrafía firme y elegante: la letra de su madre: «Querida María;  si estás leyendo esto es probable que te sientas un poco perdida, preguntándote si todavía te queda algo por descubrir o si debes conformarte con los recuerdos del pasado.» María sintió una lágrima caer. Su madre siempre había sabido lo que ella necesitaba, incluso después de todos estos años. Siguió leyendo, cautivada: «Quiero que sepas que aún queda tanto por vivir, tanto por experimentar. A veces, creemos que ya hemos amado y que lo que hemos sentido en el pasado fue lo mejor que podría habernos ocurrido, pero la vida puede darnos sorpresas. De hecho, creo que tú estás a punto de descubrir una de las más grandes.»

María se quedó en suspenso, su respiración contenida. La carta continuaba: «Hay alguien que ha estado cerca de ti en estos últimos años, alguien que no ha dejado de amarte y de cuidarte en silencio, que conoce tus miedos, tus cicatrices y también la alegría que llevas dentro. Esta persona ha sido una constante en tu vida y ha estado ahí cuando pensabas que no quedaba nadie. Es hora de abrir tu corazón.»

La carta terminaba con una última frase: «A veces, el amor verdadero es como una semilla plantada en la oscuridad, esperando a que estés lista para verlo florecer. No tengas miedo, querida María. Ve hacia él. Atrévete a vivir este amor, porque puede ser el regalo más grande de tu vida.»

María cerró la caja, sus ojos se llenaron de lágrimas, y apretó la carta contra su pecho. Sentía que su madre y su abuela estaban allí, acompañándola, guiándola a través de esas palabras tan llenas de amor. En ese instante, comprendió que tal vez, solo tal vez, este amor silencioso y paciente que había cultivado en su vida era la continuación de la ternura que tanta falta le hacía.

Gracias por leerme.

«Un momento de paz»

«Un momento de paz»

Hoy es una mañana cualquiera, no hay nada que la diferencia de las demás, cuando Claudia y Javier decidieron que necesitaban un respiro de la rutina. 

Los últimos meses habían sido un torbellino de trabajo, compromisos y responsabilidades. Así que, esa mañana, cuando el sol ya brillaba en lo alto, se miraron y supieron que era el momento de escaparse, aunque solo fuera por unas horas. Dejaron el teléfono apagado y salieron con ganas de disfrutar.

Condujeron por la carretera de la costa hasta encontrar un aparcamiento. El aire fresco del mar entraba por las ventanas, llenando el coche de una brisa salada y revitalizante.

Tras caminar por una tranquila calle peatonal, llegaron a una pequeña cafetería con terraza, escondida entre las calles de aquel pueblito pesquero. Se sentaron en una mesa con vista al océano. La cafetería, decorada con colores vivos y detalles marineros, irradiaba un encanto acogedor. El aroma a café recién hecho y a pan tostado llenaba el ambiente.

Pidieron un desayuno completo: croissants, frutas frescas, jugo de naranja y, por supuesto, café. Mientras esperaban, se tomaron de las manos sobre la mesa, sintiendo el calor y la conexión que los unía. Hablaron de todo y de nada, riendo por pequeñas tonterías y recordando anécdotas que siempre les sacaban una sonrisa.

Después del desayuno, caminaron para buscar el sonido de las olas rompiendo contra la orilla. Aquel sonido era como una sinfonía que acompañaba sus pasos. Encontraron un lugar perfecto, un rincón tranquilo en el que se sentaron a contemplar el mar.

Era en esos momentos, lejos del bullicio y las preocupaciones diarias, cuando más apreciaban estar juntos. La vida no siempre era fácil, y las dificultades habían sido muchas, pero habían aprendido a encontrar la felicidad en la simple compañía del otro, en los silencios compartidos y en las miradas cómplices.

Se quedaron así, disfrutando del momento, sintiéndose completos y en armonía. La mañana transcurrió sin prisas, sin relojes que marcaran el ritmo. Solo ellos, el mar y el cielo infinito. Pasado el rato supieron que era hora de regresar, pero lo hicieron con el corazón lleno de paz y la certeza de que, pase lo que pase, siempre encontrarían refugio el uno en el otro.

Volvieron a casa con una sonrisa serena, sabiendo que esos momentos, por breves que fueran, eran los que realmente contaban. Porque en medio de las dificultades y el ajetreo, habían aprendido a ser felices simplemente estando juntos.

Gracias por leerme.

«Amor en silencio»

«Amor en silencio»

Tiene su dedo índice colocado en posición perpendicular apoyado contra sus labios. Los sella con ese gesto que todos conocemos. Lo hace para no seguir hablando, para no seguir haciendo daño a la persona que, en estos momentos, tiene delante. Por triste que parezca acaba de comprometerse a seguir con su amor en silencio, en la oscuridad.

Ahora su alma está negra como la noche, le duele, está arrugada, como cuando se estrangulan los folios usados, con ideas excluidas, antes de ser lanzados con rabia hacia la papelera. 

Aunque mantiene los labios clausurados, en estos momentos no puede apartar la mirada de la persona que ama. La tiene enfrente. Escucha lo que le cuenta, los motivos por los que le pide distancia y calma. Lo entiende. Comprende. Se avergüenza. Le presiona el alma. Mira hacia su interior. Quiere hablar, pero solo asiente en silencio, quiere responder pero solo escucha, quiere abrazar, pero sabe que no puede tocar. 

Una lluvia de sentimientos vuelven a caer sobre su cuerpo. No es la primera vez que esto ocurre. Algo ha aprendido. Sabe que el castigo será sufrir su amor en silencio, por un tiempo prolongado, o tal vez eternamente, sin poder hacer nada por cambiar esta situación. 

En su reflexión personal reconoce que no es justo, que no es lo que se merece. Ahora le toca remontar, recuperarse, en la oscuridad, en su silencio, pues no puede compartirlo con nadie más. No lo entenderían. Solo esta persona que tiene delante, y que siente lo mismo, es capaz de hacerlo, es su apoyo, quizás el único, el que se prometieron para siempre.

Se mira en el espejo de su propia alma. Cierra los ojos y ve la oscuridad. Imagina ser quien besa. Eso duele. Sabe que será otra persona la que lo haga, o la que le coja de la mano, calme sus malos momentos o escuche sus lamentos al terminar el día. 

Es hora de abrir los ojos. De ver que la oscuridad existe, que tendrá que aprender a mirar de otra manera, seguir triste, si quiere sobrevivir. No puede. Vuelve a cerrarlos. Reconoce que imaginar es menos doloroso que mirar, que será duro amar en silencio, guardar ese profundo e increíble sentimiento entre pecho y mente, con su estómago revolviéndose, siendo cada noche su último pensamiento del día. También el primero de la mañana. 

Así seguirá, en silencio, con ese hondo amor escondido en el interior, silenciado para no perder lo que le queda, aunque duela, desplazado, abandonado, a buen recaudo en su alma, pues no hay amor más luminoso y brillante que el que vive en la oscuridad, dando la esperanza de que quizás, algún día, una luz les ilumine y puedan gritarlo a los cuatro vientos.

Gracias por leerme.

«Una camiseta para dos»

«Una camiseta para dos»

Esta tarde llueve. Lo hace con ganas. Julia llega empapada a casa. En la puerta es recibida por Antón, como siempre, con mucho mimo. Nada más verla le acerca unos calcetines calentitos, para que pueda descalzarse, una toalla para que pueda secarse el pelo y una camiseta de manga larga, de las de él, la que a ella le gusta, para que pueda desvestirse. Esa relación que tienen les permite ciertos privilegios que en otros casos ninguno de los dos se atrevería a asumir. 

Igual de mimada que es recibida en el umbral, también lo es en el resto de la casa. Julia accede al cuarto de baño, no sin antes acariciarle la mejilla a Antón, darle un beso y agradecer la bienvenida, no solo por la ropa para el cambio, sino por haber preparado la mesa y tener todo listo para recibirla: velas, mantel, un centro de flores, dos copas de vino, algo de comer… música ambiente.

Al salir del cuarto de baño, ella se queda parada en la puerta. Lo contempla. Sonríe, mientras asombrada mueve la cabeza negando sus propios sentimientos. Piensa: «Qué voy a hacer contigo». Él, sentado cómodamente en el sofá, anda distraído con el móvil, no se da cuenta de lo sucedido y de que Julia, con su cotidiano sigilo, se acerca. 

Justo cuando está frente de él, Antón contempla aquel par de piernas que la larga camiseta no es capaz de tapar. Sorprendido levanta la cabeza. la mira directamente a los ojos. También le sonríe. La desea y ella lo sabe. 

Julia lo despoja del móvil, que deja suavemente sobre la mesa y, a horcajadas se sienta sobre él. Vuelve a acariciarle el rostro. Él, apocado, se deja hacer. Con suavidad coloca sus manos y acaricia los muslos que ahora han quedado al descubierto. Ella lo abraza con fuerza. Ël responde de la misma manera. Ninguno de los dos dice nada. No hace falta. Saben qué es lo que quieren.

Julia se despega. Con tranquilidad le besa la oreja, el cuello, lame su cachete, para después besarlo con pasión e introducir su lengua en su boca, buscando la humedad de la de él. Antón cierra los ojos. Es incapaz de abrirlos. Quiere disfrutar de ese maravilloso momento en el que ella deja caer su pelo sobre su cara. Le chifla ese hormigueo, le gusta cómo le eriza todo el cuerpo. Sus manos buscan la espalda. La cosquillea paseando las yemas de sus dedos sobre la ahora cálida piel de su pareja. Ella se arquea. Su cuerpo se excita y le deja hacer. Sus manos exploran el cuerpo mientras continúan besándose. 

Los olores y sabores de aquellos dos cuerpos se entremezclan. La única testigo de aquel encuentro será aquella larga camiseta, que a partir de aquel momento, deseará volver a ocupar el cuerpo de su nueva dueña para revivir los apasionados momentos.   

Gracias por leerme.

«Una tarde de gimnasio»

Hay historias de gimnasio.

Al gimnasio se va a sudar, pero hay tardes en las que, además del ejercicio esperado, se descubren otros que se guardan en el más absoluto de los secretos. 

Las chicas siempre acuden con sus mallas apretadas y sus escotes. Esto hace que siempre haya una mirada que cruza el camino del deseo, y un comentario que anima a que el ambiente se caldee un poco más. Esto se hace más entre ellas, los chicos solo miran y callan, pero ellas, a viva voz: comparan la forma de sus nalgas, o el tamaño de sus pechos, o la marca que deja sus pequeñas bragas en los apretados pantalones de entreno. 

El calor, tras la realización de los distintos ejercicios, hace que sus cuerpos sudorosos comiencen a relajarse permitiendo posturas y situaciones que el entrenador disfruta desde todas las posiciones. Desde mi ubicación asisto como espectador de lo que allí ocurre. Veo como hay manos que agarran cinturas, para corregir una posición incorrecta, mejorar un movimiento… Ellas se dejan hacer, él sonríe. Yo sufro la actividad. 

Tras los tiempos estipulados entre ejercicio y ejercicio se puede observar cómo los deseos van en aumento. Los pezones toman forma, fruto del aumento de la temperatura. Las palabras del grupo giran en torno a retorcidos deseos de encontrar cuerpos como aquellos que den calor y vigor a sus miembros. Las alusiones a los culos duros también son una constante, como las marcadas abdominales o la falta de ellas en cuerpos que, aún así, son apetecibles.

Llega el momento en que las miradas se cruzan y una pequeña señal, imperceptible para quien no mira, es emitida. Giro rápidamente mi mirada y disimulo. Sé que el no llevar mis gafas puestas me da garantías, todas saben que sin ellas no veo. Pero la señal está hecha y, si no me equivoco, la aceptación de la misma también. 

Cuando la clase termina hay quién se queda un rato más, quién sale a correr, quién comienza empata otra clase y quien, intentando escabullirse sin que nadie más se de cuenta, se escapa a los vestuarios. A esa hora pocos, o casi nadie, los utiliza. 

Sospechando lo que ocurre, sobre todo tras ver cómo una de las chicas desaparece, sin tener en cuenta que las ventanas devuelven el detalle de su reflejo quién lo observa, entro con sigilo. El agua corre en una de las duchas y dos personas, ella es una, disfruta de un momento de ejercicio extra. 

Gracias por leerme.

«La historia de los jueves»

—¿Sushi? ¿Vino?

«La historia de los jueves»

Aunque no me creas todas las noches de los jueves tienen el mismo comienzo. La palabra clave es la comida japonesa. Aunque más bien es solo una excusa. Con ella se abre la opción de mantener una noche de conversación y, como fin último, de sexo. Quizás hasta que salga el sol o, hasta encontrar un motivo para saltar de la cama y no regresar hasta la semana que viene.

Hoy es jueves. ¡Hoy toca!

Mantengo mi atención puesta en el sonido del timbre de la puerta. Me gusta no perder detalle. Es una vez en semana así que…, lo tomo como el capítulo de mi serie favorita. Pero de las de antes. De las que te quedabas con la miel en la boca y las ganas de saber qué le ocurriría a los protagonistas.

El recibimiento es un tímido «Hola», manteniendo las distancias, retirando la antipática mascarilla,. Luego se cruza un «¿Puedo pasar?». Y pasa. 

Un apasionado beso, normalmente acompañado de un fuerte golpe contra la pared, fruto de las ganas acumuladas, viene junto a una pequeña patada que ayuda a empujar la puerta para lograr su cierre. La agradable sensación de volver a sentir su lengua húmeda mitiga el pequeño sobresalto. Es que no hay nada tan intenso como verse una vez por semana. 

Descorchar la botella de vino, el suave paladar de la comida japonesa, la agradable conversación con la que se narra el día a día de todo lo vivido en este tiempo sin contacto, junto con los juegos de manos y las caricias, dan paso a que el ambiente se vaya cargando de erotismo. Desde este lado ya se nota fluir el deseo. Las risas, los susurros, las miradas, los suspiros…, los silencios. 

El momento no se hace esperar. El postre llega y la onza de chocolate no es suficiente para paliar el sabor a jueves. Es día de degustar otro cuerpo, otra energía.

El traqueteo del cabecero de la cama contra la pared es, al principio, suave. Poco a poco sube su intensidad y mantiene el ritmo de los empellones. Pequeños gritos, algunos gemidos, muchísimas risas; todo hace que el ambiente ayude a la búsqueda del deseo de una relación inconfesable, de una relación de solo los jueves. Todos los jueves y hoy ¡toca!

Me alegro por mi vecina. Yo, desde mi piso, con estas paredes tan finas, también disfruto de su historia. Por eso me gustan los jueves.

Gracias por leerme.

«Con tres palabras»

«Con tres palabras»
Hay gestos o palabras que pueden cambiarlo todo.

Él pensaba que no había momento más especial que aquel. Tres gestos, tres palabras, lo cambiaron todo. 

La tenía a su lado, mirándola profundamente, deseando besarla con pasión. Ella no se lo permitía. 

La conversación era fluida, privada y cómplice siendo estos los factores que hacían que aquellos momentos fueran únicos. 

Ella dio un paso. Estiró su mano derecha para acariciar suavemente la cabeza de él. Mientras lo hacía continuó hablando. El ronroneó como un gato.

De nuevo ella tomó la iniciativa. Lo atrajo hacia su lado hasta lograr situar su boca junto a la oreja.  Sus labios susurraron anhelos, mientras la lengua húmeda le erizaba todo el vello al deslizarse por los pliegues. Él se dejó hacer. 

La mano derecha de la chica continuó empeñada en la caricia perpetua del pelo, mientras, la otra, comenzó un suave recorrido hacia la entrepierna. Ahora sí que el viaje, a lo más profundo del deseo, estaba iniciado. 

Los jadeos de ambos se entremezclaron. La excitación fue en aumento. Las manos del chico, que hasta el momento temblaban al no esperar aquella reacción, comenzaron su propia búsqueda. 

El cuerpo de ella comenzó a dejarse tocar. Las manos de él, ahora algo más firmes, encontraron el suave tacto de la seda que conformaba la ropa interior.

Ella seguía jugando con su lengua y él correspondía de igual manera. Ahora los dos cuerpos palpitaban al unísono, con espasmos que buscaban el placer.

Las manos continuaron su trabajo, soltaron botones, corchetes, eliminaron sedas y camisas… Al fin las dos bocas se encontraron y, por fin, sus lenguas pudieron explorar los cuerpos que hasta ese momento habían quedados vetados por la amenaza de la llegada del amanecer que siempre les devolvía a sus distintas realidades.

La historia estaba ahí, escrita para ella, leída para él, con el claro compromiso del respeto mutuo y de repetirla.

Cuando pudieran, y este ya es otro sueño, sería en un hotel, con cama grande y sábanas blancas y, quien sabe, quizás con algo de champán extra con el que poder engañar momentáneamente las vidas paralelas y la salida del sol.

Gracias por leerme.

«Con la lluvia llegó la tormenta»

La lluvia puede atraer historias.

La lluvia comenzó suave, como una ligera cortina de seda mecida por el aire. El utilizó aquella tenue inclemencia atmosférica como inocente excusa para no marcharse. 

—¿No pretenderás que me moje? —le consultó enmarcando una suave sonrisa y manteniendo la mirada clavada en su compañera.

Ella sonrió, sin pensarlo, aceptó el envite que creía que él le había lanzado y aferró sus manos a su cuello para atraer su cara y besarlo.

—No se qué tienes, pero…, ¡me vuelves loca! —fue la frase con la que intentó justificar su actuación. Volvió a besarlo.

Era la primera vez que lo hacían. La escena era como las de las películas: la lluvia, la puerta del pequeño adosado abierta, ellos dos en el umbral besándose, y fuera… Fuera el cielo reforzó la situación abriendo, a más no poder, la llave que controla el flujo de la lluvia. De repente la suave llovizna se convirtió en un todo un torrente.

—Ahora sí que ya no te vas.

La chica, sin despegar sus labios de los de él, utilizó su pie izquierdo para tantear el quicio de la puerta y cerrarla de una patada. El, simplemente, se dejaba hacer. Por fin había llegado el momento de cumplir uno de sus sueños. 

Tras recorrer varios metros, caminando de espaldas, al ritmo que marcaban las potentes gotas de lluvia golpeando contra los cristales, entre abrazos, besos y tocamientos, a trompicones, se dejaron caer sobre el sofá.

La chaqueta quedó abandonada a su suerte a medio camino; la mochila, con el ordenador y los documentos con los que habían estado trabajando, se había convertido en una bulto en mitad del pasillo. La ropa comenzaba a sobrar. Las temblorosas manos de ambos hacían lo que podían para tantear la mejor manera de soltar aquel apretado cinturón, desabrochar los botones de las camisas o desenganchar los corchetes del sujetador.

El momento era ese, igual no habría otro. Jadeaban, disfrutaban…

Mañana, tras la lluvia, ya tendrían tiempo de arrepentirse o de reorganizar sus tormentosas vidas y familias.

Gracias por leerme.