«No lo digas»

No tengo claro si morderme la lengua. En muchas ocasiones, mis palabras se malinterpretan y después hay que entrar a explicarlas con más detalle. ¿Te ha pasado? Creo que, en una cultura que idolatra la autenticidad sin filtros, decir todo lo que uno piensa parece casi una obligación moral. “Si lo sientes, dilo”, “No te calles las cosas”, nos repiten. 

Pero en la vida, en la convivencia humana, creo que hay una habilidad mucho más sofisticada, menos vistosa y profundamente transformadora que hay que entrenar: saber cuándo uno debe morderse la lengua.

Con eso no afirmo de que se trata de reprimir palabras, ni de acumular silencios tóxicos. Consiste en elegir, qué decir o qué callar y, elegir, casi siempre, implica renunciar a algo. Porque detrás de ese simple gesto hay más consecuencias de las que te imaginas. Por ejemplo: 

1. Protege lo importante de lo impulsivo. No todo pensamiento merece convertirse en palabra. Hay ideas que nacen del cansancio, del enfado momentáneo o del ego herido. Darles voz es como firmar un contrato con una versión de ti que ni siquiera te representa del todo. Morderse la lengua permite que lo importante —la relación, el respeto, el vínculo— no quede a merced de lo pasajero.

2. Reduce conflictos innecesarios. Muchas discusiones no nacen de grandes problemas, sino de pequeñas frases dichas en el peor momento. Ese comentario sarcástico, esa crítica sin filtro, esa comparación innecesaria. Evitar decirlo no es cobardía, es inteligencia emocional. 

3. Fomenta la reflexión interna. Cuando no hablas inmediatamente, te obligas a pensar: “¿Esto que quiero decir aporta o solo descarga?” Esa pausa construye madurez, te entrena para diferenciar entre expresar y reaccionar.

4. Genera espacios de calma. El silencio también comunica. A veces, no responder es la mejor forma de evitar incendiar una situación. Es un acto activo, no pasivo, eliges no añadir leña al fuego.

5. Puede generar acumulación emocional. Callar constantemente lo que molesta no lo hace desaparecer, lo almacena, y lo acumulado, tarde o temprano, explota, generalmente de forma desproporcionada.

6. Riesgo de perder autenticidad. Si te muerdes la lengua siempre, dejas de ser tú. La otra persona no te conoce de verdad, y tú empiezas a desconectarte de lo que sientes. 

7. Puede fomentar dinámicas desequilibradas. Si solo uno calla y el otro expresa todo sin filtro, la relación se inclina. 

8. Confunde al otro. No decir lo que pasa por dentro puede generar interpretaciones erróneas, ya que la otra persona no es adivina. A veces, el problema no es lo que se dice, sino lo que nunca se dice.

Como insinuaba antes, la verdadera habilidad no está en hablar o callar, sino en gestionar el cuándo, el cómo y el para qué, puesto que hay silencios que protegen y otros que destruyen lentamente, palabras que liberan y otras que dejan cicatrices.

Al final, no se trata de morderse la lengua, sino de no acabar mordiéndose el uno al otro. O sí, pero esa ya sería otra historia. 

Gracias por leerme.

«La meta y el camino»

«La meta y el camino»

Estoy casi seguro que tú, como yo, puedes imaginar la vida como una carrera. 

Así, a priori, puede parecer una comparación simple, pero encierra una profundidad que, ahora que voy a dedicar un ratito a observarla con atención, revela mucho sobre nosotros mismos y sobre el modo en el que transitamos con nuestras experiencias. Ya sabes aquello de que “Yo soy yo, y mis circunstancias”.

Entiendo que cada persona, al nacer, se encuentra en la línea de salida de su propia carrera. De esta manera, no hay dos puntos de partida iguales, ni un solo recorrido que pueda considerarse «correcto». No es una competencia. Es una travesía personal, íntima, donde el verdadero desafío no es llegar primero, sino encontrarle sentido a cada paso que damos.

En esta carrera, a la que llamamos vida, cada quien elige, o le tocan, diferentes caminos. Al igual que la compañía para recorrerla: una nos toca y a otra la elegimos.

Algunos de esos caminos se desarrollan en terrenos llanos, donde parece que todo fluye con facilidad. Otros, en cambio, se enfrentan a colinas empinadas, desvíos inesperados, caminos de tierra, lluvia o incluso oscuridad. 

En todo ese recorrido hay quienes corren con zapatos nuevos o deportivos y acompañamiento constante, mientras otros deben avanzar descalzos, aprendiendo a resistir y a adaptarse. ¿Qué es la vida sino adaptarse?

De esta manera, cada sendero forma el carácter, moldea el corazón y enseña lecciones únicas que solo pueden entender quienes los recorren. Las circunstancias que citaba antes.

Los objetivos también difieren. Para unos, la meta es el éxito profesional. Para otros, es construir una familia, sanar heridas, encontrar paz interior o simplemente mantenerse en pie día tras día. Algunos corren con la vista fija en el futuro, en lo que vendrá. Otros aprenden a saborear el presente, a detenerse cuando hace falta, a mirar atrás y ver cuánto han avanzado, incluso si aún queda camino por andar. La meta, entonces, no siempre está al final. A veces está en los pequeños logros, en los momentos de claridad, en las decisiones valientes, en la compañía que nos brinda su mano de manera incondicional cada vez que la necesitamos.

Lo increíble de todo esto, lo hermoso incluso, de esta reflexión es que, aunque cada final es distinto —porque no todos soñamos con lo mismo—, hay algo profundamente humano en coincidir en la necesidad de ser vistos, comprendidos y acompañados. Por eso, llegar a la meta y ver que alguien está ahí, esperándonos, puede transformar completamente esa llegada. No importa si la carrera fue larga o corta, si hubo tropiezos o dudas. Que alguien esté ahí, simplemente para recibirte con una sonrisa, un abrazo o unas palabras de aliento, es uno de los actos más generosos y significativos que puede ofrecernos la vida.

Porque al final del camino, cuando los pies están cansados y el alma cargada de historias, lo que más reconforta no es el trofeo, ni la comparación con otros, sino el reconocimiento amoroso de quien entiende lo que costó llegar hasta allí. A veces ese alguien es una pareja, un amigo, un hijo, un maestro… A veces, incluso, somos nosotros mismos, esperándonos con ternura y orgullo.

Así que sigue corriendo tu carrera, a tu paso, a tu ritmo, por tu camino. Respeta tus tiempos, valora tu esfuerzo, celebra tus logros. Y nunca olvides que, muchas veces, lo más valioso no es llegar, sino saber que al final, alguien estará ahí, simplemente para decirte: “Te estaba esperando.” Ojalá lo consigas, siempre lo celebraré contigo ya que sabes que estoy orgulloso de tí.

Gracias por leerme.

«En las buenas y en las malas»

«En las buenas y en las malas»

Me crié escuchando constantemente una premisa: “La verdadera felicidad consiste en hacer felices a los demás”. Hoy en día esa enseñanza la pongo muy en duda. 

El paso del tiempo, los aciertos y los errores cometidos me llevan a pensar que en la vida, uno de los mayores aprendizajes es entender que las expectativas que ponemos en los demás suelen ser la raíz de muchos de nuestros desengaños. 

Como decía, desde pequeño me enseñaron a confiar en los demás, a esperar y dar gestos de generosidad, amor y apoyo en momentos difíciles. Sin embargo, a medida que he ido creciendo me he ido dando cuenta de que las personas que me rodean no siempre cumplen con esas expectativas. Cada uno de nosotros tiene sus propios límites, sus luchas internas y, sobre todo, su manera particular de vivir y relacionarse con los demás.

Esperar algo de los demás, aunque sea algo tan simple como la comprensión o una muestra de apoyo, nos coloca en una posición vulnerable. 

Tampoco se trata de ser egoístas, ni de vivir en aislamiento, ni de no esperar o no ayudar a nadia, creo que es alcanzar una madurez emocional que nos permita comprender que no todos los vínculos pueden satisfacer todas nuestras necesidades. 

Las relaciones, por más cercanas que sean, no siempre tienen el poder de darnos lo que deseamos en el momento en que lo necesitamos. Además, cada persona tiene sus propios conflictos, deseos y preocupaciones, que a veces los hacen incapaces de ofrecer lo que esperábamos e incluso lo que a ellas mismas les gustaría dar y recibir.

En este tiempo he aprendido que es fundamental ser autosuficiente emocionalmente, a no esperar que los demás sean los encargados de llenar los vacíos que, en realidad, solo yo puedo llenar. Esto no significa que debamos desconfiar de los demás o cerrarnos a la posibilidad de recibir apoyo, amor o comprensión. Puedo hacerlo solo, aunque en muchas, o en muchísimas ocasiones, lo mejor sea hacerlo apoyado por alguien. 

Dicho esto, hay algo muy hermoso en la vida que nos recuerda que, aunque no debemos esperar nada de los demás, siempre hay alguien que está dispuesto a estar a nuestro lado, sin importar las circunstancias, en las buenas y en las malas. 

Puede que no siempre sea de la forma que esperábamos, pero esa presencia, que se ajusta a nuestras necesidades más profundas, nunca falla. Es en esa certeza en la que podemos encontrar consuelo, sabiendo que, a pesar de todo, siempre estará dispuesta a darnos lo que realmente necesitamos: comprensión, amor incondicional, y sobre todo, la paz de saber que nunca estamos verdaderamente solos.

Gracias por leerme.

«La magia de los abrazos»

Se acercó con cautela. Sabía que algo le pasaba. se lo notó en la cara nada mas verlo. Con cariño, solo le dijo ven. Lo llevó a apartó de donde estaban todos los demás y, sin más lo abrazó. Su estado de ánimo cambió casi de manera inmediata, aquella era una magia que solo ella podía conseguir, era una especie de vitamina que no suelen recetar los médicos, aunque deberían. 

Dicen que un abrazo al día mantiene a raya la tristeza, y si eso es cierto, hay días en los que más de uno debería abrazar hasta a su propia sombra. Hoy es uno de esos días. Necesito no uno, diez. 

Por darte alguna idea quiero aprovechar para recordarte de que, hay un tipo de abrazo para cada situación: el apretado, que te resucita las costillas; el torpe de «no sé si nos llevamos tan bien para esto«»; el largo, que te dice sin palabras «tranquilo, aquí estoy»; el que libera, “ven, no digas nada”, y te quedas ahí pegado un buen rato. Todos son útiles, todos suman. 

Por si no lo sabías la ciencia los avalan, de ahí mi reflexión sobre un recetarío para entregarlos a diestro y siniestro,  liberan oxitocina, esa hormona que hace que tu cerebro diga: «Eyyy, ¡de puta madre!, esto está bonito, ¡sigamos viviendo!».

¿Te has fijado que en las películas románticas el abrazo es ese momento mágico en que todo encaja? Pero en la vida real, a veces los abrazos tienen menos glamour. Por ejemplo, está el clásico abrazo de reconciliación, que parece más una lucha de sumo emocional: tú queriendo demostrar afecto, mientras la otra persona todavía tiene los brazos cruzados porque no ha terminado de ganar la discusión. Spoiler: un buen apretón suele derretir hasta el enfado más tozudo.  

O ese abrazo en las primeras citas, donde uno no sabe si es un: abrazo de amistad, abrazo de me caes bien o abrazo de “vamos viendo cómo nos va». 

Eso sí, el mejor chiste sobre el amor y los abrazos es que, cuando estás enamorado, parece que nunca tienes suficientes. Como decía mi amigo Juan, que deseaba tanto tener pareja que abrazaba hasta la almohada porque decía: «practico para cuando llegue el momento estar entrenado». Spoiler: nunca llegó. Pero al menos él dormía feliz.  

Así que ya lo sabes: los abrazos son como el pan, el mundo sería mucho mejor si dejáramos de contar calorías y empezáramos a repartirlos más. Abraza hoy, mañana, y siempre… porque, aunque el amor no dure para siempre, un buen abrazo puede arreglar hasta los días más feos. ¡Y eso ya es una victoria! 

Abraza. Abraza con ganas, con propósito, sin miedo a parecer raro, porque lo raro no es dar abrazos, lo raro es vivir sin ellos. 

¡Ah! Y si alguien te dice que no le gustan los abrazos… probablemente necesite uno doble. Yo hoy, y siempre, quisiera que me dieras mil, que bastante jodida está la cosa, pero este, quizás no el último, sí tiene sabor a despedida.

Gracias por leerme.

«Breve tratado: ¡se me va la pinza!, ¡se me va la pinza!, ¡se me…fue!»

«Breve tratado: ¡se me va la pinza!, ¡se me va la pinza!, ¡se me…fue!»
Volver a la calma es lo que busco.

Ya se que no te he descubierto nada nuevo. Con cierta frecuencia se me va la perola y el acelere del día a día se adueña de mi cuerpo. Comienzo a respirar aceleradamente, mi corazón aumenta de palpitaciones…, hasta que los ojos comienzan a sobresalir del cristal de mis gafas. Muchas de mis mañana son así. ¿La culpa?, el querer llegar a todo y faltarme tiempo para hacerlo. 

Pero todos andamos así, inmersos en un ritmo de vida frenético en el que hay días en los que de la lista de tareas que traía de casa no he podido hacer ninguna, porque —tal y como dice una compañera— he estado toda la mañana ejerciendo de bombero: «¡Fuego aquí!, ¡fuego allá!, maquíllate, maquíllate…» (si lo has leído cantando, es porque ya tienes una edad y tienes la cabeza tan ida como la mía. Si no entiendes la broma busca en youtube a MECANO).

Es por todo ello que, tras cantar la canción citada, decido retomar un poco las riendas y ofrecerte (-me) estos breves, tontos y por todo el mundo conocidos, consejos para aflojar el acelere e intentar evitar que no se nos vaya tanto la pinza. A ver si lo consigo.

  1. Contar hasta 10: Créeme, no se hacerlo, al menos con ese objetivo, aunque me consta que hay personas a las que les funciona. Yo no soy capaz de evadirme.
  2. Pensar en otra cosa: Esto sí. Tengo cierta facilidad para soñar así que, cuando me están dando la paliza y noto que se me va acelerando el pulso, en ocasiones, logro alcanzar el botón mute y desconecto la atención. Intentar recordar lo que me dijeron se convierte luego  en un problema, que vuelve a producirme estrés.
  3. Ser objetivo y ver las cosas con distancia: ¡claro!, pero para eso ¡¡¡hay que tomar distancia!!! El ya y el ahora, en el que estamos metidos, sobre todo desde el invento del «guasap» no ayudan mucho.
  4. Comer bien: Ya ves, en esto soy un hacha. Quizás demasiado. Reconozco que cuando ando así, perdiendo la pinza, me da por comer y, claro, eso se nota. 
  5. Salir al campo, a la playa…: Aunque y hace algún tiempo que no lo publico, no hay nada que me relaja más que salir a caminar. Sobre todo por la montaña, ya sabes, «las cabras siempre tiran pal monte». Quizás este sea el motivo por el que me parezco a «Dora, la exploradora». 
  6. Identificar las señales: Esto lo aprendemos desde la escuela de conductores, pues es un poco de lo mismo. Tenemos que aplicar lo que la vida nos enseña, lo que el día a día nos da como bagaje. 
  7. Mantener el buen humor: Fíjate tú que, por suerte, este se me agudiza. Para mi es una buena válvula de escape e intento reírme, primero de mi sombra y luego de todas las payasadas, que digo y escribo. Para muestra este botón. 

No se tú, yo intento aplicarme esta lista. En ocasiones consigo volver a la calma y en otras no. Quizás puedas darme alguno más. Si me lo permites, antes de darte la palabra, me gustaría recomendarte que tengas presente otra idea. 

Cuando haya pasado el momento crítico, cuando tus chacras estén de nuevo en su sitio y la tranquilidad se vuelva a apoderar de tu ser, no olvides felicitarte. Ten presente que lo has hecho bien, y que la próxima vez lo harás mejor. Por último, si tu problema es derivado de relaciones con otras personas, no guardes rencor: no vale la pena. Sólo conseguirás sentirte mal durante más tiempo.

Ahora sí, es tu turno: ¿Qué cosas haces para mantener o recuperar la calma? ¿Aplicas alguno de los consejos anteriores? ¿Qué otro nos recomiendas? ¡¡¡Venga, que estamos esperando!!! No me pongas de los nervios jejejeje.

Gracias por leerme. 

«Breve tratado: ¡Somos una panda de borregos —y borregas—!»

«Breve tratado: ¡somos una panda de borregos —y borregas—!»
En muchas ocasiones nos comportamos como estos animales. Allí donde nos indican vamos…

Esta misma mañana, mientras iba en el coche escuchando las noticias, me acordaba de la canción de Chino Bayo, Así me gusta a mi (esta si, esta no)pinchando aquí podrás escucharla—. Recordaba como, tan solo hace unos años, en cuanto sonaba esta música y letra incomprensible, todos saltábamos en los bares o las terrazas de verano, para repetir, como borregos, y como pudiéramos la letra. No importa lo que dice, si es que dice algo, no importaba nada, es un tema pegadizo y ahí que íbamos. 

Ahora, aunque sin música, veo que pasa un poco igual. Si reflexionas un poco verás que, en muchas ocasiones nos estamos comportando como auténticos borregos —y borregas— en nuestro día a día. Veamos unas cuántas creencias que nos hacen ser así:

  1. Creer que todos nuestros problemas se deben a que algo o alguien las provoca. No reflexionamos, no calibramos nuestros actos y no admitimos que nuestras acciones traen consecuencias.
  2. Relacionada con la anterior, creemos que nuestros problemas se van a resolver por una intervención divina, o cuando algo o alguien decida que es el momento de que se resuelva.  Son aquellas personas que se quedan a la espera, rezando, deseando…, no actuando.
  3. Criticamos a otros, por el hecho de que realizan actividades, comienzan negocios, aventuras, viajes… Pero tu te quedas en casa sentado —o sentada—. Si esas personas fallan usamos la típica frase de: lo ves, ya lo decía yo. Si les va bien: ¡qué suerte tuvo, pero…!
  4. Borregos —o borregas— son aquellos que consumen gran cantidad de tele basura. Ver los males de otros, los cotilleos, como venden su vida…, les alienta y refuerza sus tristes vidas ya que pueden criticar libremente al famosillo —o famosila, casposo o casposa— de turno. 
  5. Son de un partido político concreto, leen un periódico concreto, una radio en concreto y claro, creen todo lo que dicen los representantes de sus siglas sin contrastar, sin leer, sin buscar, por muy asombroso que parezca, que aquello que están escuchando es verdad o mentira.

Seguro que hay más, ahora te dejo que compartas algún ejemplo, pero, para completar el círculo, que empezaba con lo que esta mañana escuchaba en la radio, mientras me venía esa canción a la cabeza, me identifiqué como un borrego.

Piensa un poco. Hace un poco nos vacunaban, después no. Antes era solo para los menores de 55 años, ahora mejor para los mayores de 60. Ayer nos vacunaban, hoy no… 

Ya te digo, ¡como borregos vamos! Y todos cantando esa cancioncita: 

Astrasí, Astrano.

Astrasí, Astrano.

Chiquitam chiquititam tam tam

que tumbam bam que tumbam que tepetepe

tambambam que tumbam que pim.

Chiquitam chiquititam tam tam

que tumbam bam que tumbam que tepetepe

tambambam que tumbam que pim.

Chiquitam chiquititam tam tam

que tumbam bam que tumbam que tepetepe

tambambam que tumbam que pim.

Astrasí, Astrano.

Astrasí, Astrano.

Astrasí, Astrano.

Astrasí, Astrano. 

Cuéntame, ¿cómo lo ves? ¿Consideras que nos hemos vuelto unos borregos —y borregas—? ¿En qué otras situaciones podemos identificarlos?

Gracias por leerme.  

«Breve tratado: los estornudos, símbolos de la actual pesadilla»

«Breve tratado: los estornudos, símbolos de la actual pesadilla»
¡¡Ayyyyy!! cuídate mucho.

Están tan de moda, sobre todo por el miedo que ahora provocan, que no pude resistirme en realizar una pequeña investigación sobre los estornudos e intentar mostrar alguna de sus curiosidades. 

¿Sabías que la salida del aire puede alcanzar hasta 70 km/h y la saliva unos 7 m de distancia?

Lo más gracioso que me encontré es este video en el que se pueden ver, de manera bastante gráfica,  20 tipos distintos de estornudos.

Creo que todos los que pasamos por esta esquina, en la que a veces alguien también estornuda, sabemos que los estornudos son un mecanismo de defensa, un acto reflejo, que se produce cuando alguna partícula extraña irrita la mucosa nasal. Esto puede tener muchos orígenes: alguna alergia, resfriado, la pimienta… ¡Achís!, salud. ¡Achís!, dinero y… Te jodiste, te faltó uno.

Todo empieza con un leve cosquilleo en la nariz. Intentamos resistirnos, moviéndola como lo hacía Samantha —aquella bruja de la serie de los años… ¡Abuelooooo!—, o intentando pinzar con nuestros dedos las fosas nasales, o… Siempre terminan saliendo. En muchos casos lo hacen de manera explosiva, tengas o no las manos delante —con el consiguiente problema de salivas, babas o mocos.

En cuanto a los tipos de estornudos que hay, cabe decir que son muy variados. Veamos una pequeña colección de los que yo sí que soy practicante:

  1. El explosivo. Viene sin previo aviso. De manera fulminante, con gran estruendo.
  2. El desnucante. Se realiza con tanta energía que la víctima sufre un fuerte movimiento de su nuca pudiéndose producir alguna lesión y la visita obligada al fisioterapeuta. 
  3. El mojante. No da tiempo de pararlo. Todo y todos, los que están delante, sufren el chaparrón.
  4. El pegajoso. Nos da tiempo de situar la mano delante de la boca, pero la cantidad de mocos expulsados hace que no podamos hacer nada más con ella. Salvo ir corriendo al baño, claro.
  5. El asustadizo. Tras varios intentos parece que algo va a estallar. El resultado es un achís flojucho y sin entusiasmo. Como para dentro.

Ahora que nombré la onomatopeya siempre me ha llamado la atención que, según el país en el que estemos, estás son de una forma u otra. Para el caso concreto que nos ocupa he descubierto que en portugués se dice ‘atchim’, en inglés ‘achoo’, en japonés ‘hakashun’, en italiano ‘etciú’… ¡Qué cosas!

Es tu turno: ¿Cómo son tus estornudos? ¿Se parecen a tus orgasmos? ¿Existe alguna relación?… Ya nos cuentas, estamos esperando. 

Gracias por leerme.

PD. Recuerda que por el momento debemos de cumplir las normas así que, si estornudas: mantente en casa, hazlo contra la parte interior del codo, aún cuando lleves mascarilla y lávate frecuentemente las manos. Que la cosa no está como para ir dando hakashunes por el mundo.

«Breve tratado: Dame un beso, ¿cuál quieres?»

«Breve tratado: Dame un beso, ¿cuál quieres?»
Mil y un beso.

Son varias las ocasiones que he escrito sobre los besos. Cada una de ellas con un sentido distinto y usando un tipo de beso distinto («Por el sabor de un beso», «Cien besos en el recuerdo» o «¿Y si te como a besos?»). Estos recuerdos me llevan a tratar, con un poco más de detalle, este apasionante tema. Llámame besucón si quieres, pero a mi me gustan. A ti también.

Gracias a los besos conectamos con la otra persona, con su intimidad y con la nuestra. Hacen despertar sensaciones y sentimientos. Algunos de ellos son capaces de ponernos la piel de gallina, hacen que nuestras piernas se pongan a temblar, sentimos mariposas en el estómago, otros nos hacen perder el sentido, algunos nos llegan a lo más profundo y los hay que… ¡Uf!, esos son de película. ¡Qué ganas tengo de darte un beso!

Repasemos algunos tipos de besos:

  1. El beso en la mejilla. Sin duda el que más usamos para saludarnos. En Canarias solemos dar uno, en la península dos, en Holanda tres… Todo depende de lo que hayamos aprendido y nuestras propias costumbres.
  2. El beso en la mano. Ya muy en desuso. Se utiliza en ambientes muy formales, como de mucha educación o respeto, en actos oficiales… En el día a día ya es muy raro, aunque si vemos una película clásica, o queremos convertirnos en un gran galán…, siempre será una opción para sorprender.
  3. El beso en la frente. Creo que es la máxima expresión del respeto y admiración hacia la persona a la que se le da. Lo damos a nuestros mayores, en momentos y a personas muy especiales, de manera poco frecuente, para no hacerlos levantarse, como saludo o despedida, con mucho sentimiento.
  4. El beso al aire. Es de despedida, pero cuando esta ya se ha hecho o estamos distanciados en el espacio. Puede acompañarse de la mano, como si lo lanzases. La persona que lo recibe, además, puede simular cogerlo con su mano, y posarlo en dónde le apetezca.
  5. El pico. Es un beso en los labios, pero sin mucho contacto, sin mucha acción. Puede ser amistoso o antesala de algo más intenso. Entre amistades o familia, es señal de mucha confianza, de hermandad e incluso de atracción física.
  6. El beso esquimal. Un atractivo juego, de una acción divertida, sexual o no. Los labios no se tocan, la nariz de uno entra en contacto con la nariz de la otra persona.
  7. Con lengua. Sin duda uno de los más populares y conocidos. Centro de la pasión, de el atracción y del deseo sexual. También lo llaman beso francés. Las lenguas son las que toman el papel principal. El resto viene más tarde.
  8. El beso broche. Es apasionado, con la intención de generar deseo. Se consigue cuando uno de los dos sujeta con sus labios los de su amante, los aprisiona suavemente. Queda a la espera de provocar la verdadera explosión.
  9. En la oreja. Diseñado para estimular las zonas erógenas. Puede tratarse de un simple juego, de un preludio. Basta con pasear la punta de la lengua y…
  10. Beso en el cuello. Como pasa con el anterior, este es también considerado como afrodisíaco, preparatorio para las relaciones íntimas. Puede acabar en chupetón, y este en problema o risas entre familiares y amistades.

Me quedan muchos en el tintero, algunos más salvajes, más sensuales, más eróticos…, que otros. Como en algunas ocasiones te cedo el turno y espero tus comentarios, en esta esquina o en facebook, como prefieras. 

¿Qué beso es el que más te gusta? ¿Con cuál sueñas? ¿Dónde te gusta que te besen?…

Gracias por leerme.

P.D.: Me quedo, a la espera, con el beso que quiero darte.

«Breve tratado: Las rutinas diarias, hilo de estabilidad»

«Breve tratado: Las rutinas diarias, hilo de estabilidad»
Mis listas forman parte de mis rutinas.

Siempre se ha dicho que los seres humanos somos animales de costumbres. Cierto. Las rutinas forman parte de nuestra naturaleza dando estabilidad, o procurando desequilibrios, según el carácter de las mismas. Es por ello que las rutinas tienen una importancia vital en nuestras vidas. Gracias a ellas podemos provocar los siguientes beneficios:

  1. Generar un ambiente tranquilo y estable en el que nos sentimos seguros.
  2. Nos aporta puntos de regularidad, constancia y perseverancia que son muy útiles en nuestra vida diaria.
  3. Nos dan la seguridad de saber realizar con certeza aquello que vamos a realizar, llevándolo a cabo en orden y minimizando el estrés.
  4. Es probable que incluso hagamos las mismas rutinas, en los mismos horarios, interiorizando  así las distintas acciones.
  5. Ahorramos energía mental, ya que tenemos las respuestas automatizadas y conocidas, de esta manera las rutinas nos ahorran trabajo.
  6. Mantenemos la concentración al ya tener asignado el orden en el que hacemos las distintas tareas, evitando así la dispersión.
  7. Son además una buena herramienta para manejar la impulsividad y los cambios de humor en niños y niñas que sufren trastorno negativista desafiante, comportamientos hostiles y desobediente.

En este periodo de confinamiento creo que lo que más nos costó al principio fue cambiar las rutinas que hacíamos: ir a tomar café a tal bar, quedar con «nosequiencito», pasear por el parque, ir a la playa o a la piscina…, pero con el paso del tiempo que ya llevamos en casa hemos puesto en marcha otras nuevas que nos han ayudado a superar estos momentos. 

En resumen, debemos recordar que las rutinas mantienen nuestra mente enfocada, mejora nuestra productividad y nos ayuda a generar autocontrol y estabilidad. En este sentido, debemos intentar repetir las actividades que nos gustan y la manera en que las hacemos, de forma que podamos perpetuar el bienestar que nos aporta, manteniéndonos física y mentalmente saludables.

Y sobre todo, y más importante es no olvidarnos de incluir entre nuestras rutinas: el deporte, la diversión, una cervecita o vino con amigos, una buena parranda… Sabes que son indispensables para nuestro buen estado de ánimo.

Entre mis rutinas, ya sabes, está esta publicación, de todos los jueves, mis lecturas, mis listas de tareas…, y, sobre todo esas ganas locas de verte. ¿Cuáles son las tuyas?, ¿alguna inconfesable?

Gracias por leerme.

«Breve tratado: Hoy me quedo en chandal»

«Breve tratado: Hoy me quedo en chandal»
El chandal da mucho juego

Lo bueno que tiene esta esquina por la que ahora andas es que, al ser virtual, siempre te puedes dar un paseo para  cotillear y compartir estos pequeños momentos. 

¿Cómo llevas el encierro? Yo, en general muy bien. Aún no me estoy subiendo por las paredes ni tengo ganas locas y desenfrenadas de salir y, como además de teletrabajando, siempre estoy haciendo cosas, que me mantienen ocupado y entretenido, parece que el tiempo pasa más o menos rápido. Esto también puede ser debido a la comodidad con la que me siento. Nunca he pasado tanto tiempo en chandal como en estos estos días. 

Espero no equivocarme si digo que creo que a ti te pasa lo mismo, salvo que seas profe de Educación física. Estos juegan en otra liga, y lo extraño es verlos «vestidos de persona».

Esta prenda, en principio deportiva, tiene una historia curiosa. En este enlace te la dejo, por si te entra curiosidad. Pero un chandal, uno de esos de estar en casa, no es un chandal cualquiera. Mejor dicho, lo que vale es cualquiera, evidentemente con excepciones.

A priori puedo distinguir los siguientes tipos:

  1. Chandal desparejado. Este es el más típico para estar en casa. Da igual el color del pantalón y de su chaqueta. Puede ser de distinto tipo, marca, modelo o forma. Estar desteñido, agujereado, descosido, roto…, todo eso da igual. La única condición, que se cumple en todos los casos, es: el elástico no puede apretar.
  2. Chandal sudadera y pantalón. Aunque también suelen no corresponder, puesto que ambas piezas se compran por separado y de manera independiente, quien lo usa en casa lo hace combinando los colores y, por supuesto, cien por cien algodón, ya que la premisa sigue siendo la comodidad. Es común que la sudadera se cambie por un polar. Con este modelo, `se puede recibir´.
  3. Chandal de marca. De todo hay en la viña del Señor y para estar con comodidad en casa hay quien no lo concibe si no es con un chandal de marca y, por supuesto, bien emparejado. No se puede perder el glamour ni en casa. ¿y si viene alguien? ¿y si te ve el vecindario?…,`¡vamos ni loco!´.
  4. Chandal «me la trae del todo floja». Este modelo es muy difícil de definir. Se parece mucho al primer caso pero, en esta ocasión, el abandono supera la comodidad. El pantalón suele ser de una o dos tallas más, por aquello de que la cruz no apriete los correspondientes `arcos del triunfo´. La chaqueta no solo es de otra marca, año y modelo, incluso suele ser de otra persona u otra época ya pasada. Su uso se defiende bajo la frase `es que con el puesto estoy tan…´.
  5. Chandal tatuado. Este modelo ya no tiene parangón con ningún otro modelo. Es el mismo chandal que te regalaron cuando cumpliste los catorce años y todavía te sirve. Es el que usas desde entonces, el que lo miras poniéndole ojitos y dices `Pues me queda genial´ y `aún no está viejo´. Ya es parte de ti. Lo llevas pegado a tu piel.

Como hago en ocasiones ahora es tu turno de compartir tus pensamientos. ¿Qué chandal usas en casa? Dinos la verdad, desde que empezó esta cuarentena ¿te lo has cambiado alguna vez? ¿Con qué modelo te identificas más? ¿Qué otro modelo propondrías?

Gracias por leerme.