«No lo digas»

No tengo claro si morderme la lengua. En muchas ocasiones, mis palabras se malinterpretan y después hay que entrar a explicarlas con más detalle. ¿Te ha pasado? Creo que, en una cultura que idolatra la autenticidad sin filtros, decir todo lo que uno piensa parece casi una obligación moral. “Si lo sientes, dilo”, “No te calles las cosas”, nos repiten. 

Pero en la vida, en la convivencia humana, creo que hay una habilidad mucho más sofisticada, menos vistosa y profundamente transformadora que hay que entrenar: saber cuándo uno debe morderse la lengua.

Con eso no afirmo de que se trata de reprimir palabras, ni de acumular silencios tóxicos. Consiste en elegir, qué decir o qué callar y, elegir, casi siempre, implica renunciar a algo. Porque detrás de ese simple gesto hay más consecuencias de las que te imaginas. Por ejemplo: 

1. Protege lo importante de lo impulsivo. No todo pensamiento merece convertirse en palabra. Hay ideas que nacen del cansancio, del enfado momentáneo o del ego herido. Darles voz es como firmar un contrato con una versión de ti que ni siquiera te representa del todo. Morderse la lengua permite que lo importante —la relación, el respeto, el vínculo— no quede a merced de lo pasajero.

2. Reduce conflictos innecesarios. Muchas discusiones no nacen de grandes problemas, sino de pequeñas frases dichas en el peor momento. Ese comentario sarcástico, esa crítica sin filtro, esa comparación innecesaria. Evitar decirlo no es cobardía, es inteligencia emocional. 

3. Fomenta la reflexión interna. Cuando no hablas inmediatamente, te obligas a pensar: “¿Esto que quiero decir aporta o solo descarga?” Esa pausa construye madurez, te entrena para diferenciar entre expresar y reaccionar.

4. Genera espacios de calma. El silencio también comunica. A veces, no responder es la mejor forma de evitar incendiar una situación. Es un acto activo, no pasivo, eliges no añadir leña al fuego.

5. Puede generar acumulación emocional. Callar constantemente lo que molesta no lo hace desaparecer, lo almacena, y lo acumulado, tarde o temprano, explota, generalmente de forma desproporcionada.

6. Riesgo de perder autenticidad. Si te muerdes la lengua siempre, dejas de ser tú. La otra persona no te conoce de verdad, y tú empiezas a desconectarte de lo que sientes. 

7. Puede fomentar dinámicas desequilibradas. Si solo uno calla y el otro expresa todo sin filtro, la relación se inclina. 

8. Confunde al otro. No decir lo que pasa por dentro puede generar interpretaciones erróneas, ya que la otra persona no es adivina. A veces, el problema no es lo que se dice, sino lo que nunca se dice.

Como insinuaba antes, la verdadera habilidad no está en hablar o callar, sino en gestionar el cuándo, el cómo y el para qué, puesto que hay silencios que protegen y otros que destruyen lentamente, palabras que liberan y otras que dejan cicatrices.

Al final, no se trata de morderse la lengua, sino de no acabar mordiéndose el uno al otro. O sí, pero esa ya sería otra historia. 

Gracias por leerme.

«La meta y el camino»

«La meta y el camino»

Estoy casi seguro que tú, como yo, puedes imaginar la vida como una carrera. 

Así, a priori, puede parecer una comparación simple, pero encierra una profundidad que, ahora que voy a dedicar un ratito a observarla con atención, revela mucho sobre nosotros mismos y sobre el modo en el que transitamos con nuestras experiencias. Ya sabes aquello de que “Yo soy yo, y mis circunstancias”.

Entiendo que cada persona, al nacer, se encuentra en la línea de salida de su propia carrera. De esta manera, no hay dos puntos de partida iguales, ni un solo recorrido que pueda considerarse «correcto». No es una competencia. Es una travesía personal, íntima, donde el verdadero desafío no es llegar primero, sino encontrarle sentido a cada paso que damos.

En esta carrera, a la que llamamos vida, cada quien elige, o le tocan, diferentes caminos. Al igual que la compañía para recorrerla: una nos toca y a otra la elegimos.

Algunos de esos caminos se desarrollan en terrenos llanos, donde parece que todo fluye con facilidad. Otros, en cambio, se enfrentan a colinas empinadas, desvíos inesperados, caminos de tierra, lluvia o incluso oscuridad. 

En todo ese recorrido hay quienes corren con zapatos nuevos o deportivos y acompañamiento constante, mientras otros deben avanzar descalzos, aprendiendo a resistir y a adaptarse. ¿Qué es la vida sino adaptarse?

De esta manera, cada sendero forma el carácter, moldea el corazón y enseña lecciones únicas que solo pueden entender quienes los recorren. Las circunstancias que citaba antes.

Los objetivos también difieren. Para unos, la meta es el éxito profesional. Para otros, es construir una familia, sanar heridas, encontrar paz interior o simplemente mantenerse en pie día tras día. Algunos corren con la vista fija en el futuro, en lo que vendrá. Otros aprenden a saborear el presente, a detenerse cuando hace falta, a mirar atrás y ver cuánto han avanzado, incluso si aún queda camino por andar. La meta, entonces, no siempre está al final. A veces está en los pequeños logros, en los momentos de claridad, en las decisiones valientes, en la compañía que nos brinda su mano de manera incondicional cada vez que la necesitamos.

Lo increíble de todo esto, lo hermoso incluso, de esta reflexión es que, aunque cada final es distinto —porque no todos soñamos con lo mismo—, hay algo profundamente humano en coincidir en la necesidad de ser vistos, comprendidos y acompañados. Por eso, llegar a la meta y ver que alguien está ahí, esperándonos, puede transformar completamente esa llegada. No importa si la carrera fue larga o corta, si hubo tropiezos o dudas. Que alguien esté ahí, simplemente para recibirte con una sonrisa, un abrazo o unas palabras de aliento, es uno de los actos más generosos y significativos que puede ofrecernos la vida.

Porque al final del camino, cuando los pies están cansados y el alma cargada de historias, lo que más reconforta no es el trofeo, ni la comparación con otros, sino el reconocimiento amoroso de quien entiende lo que costó llegar hasta allí. A veces ese alguien es una pareja, un amigo, un hijo, un maestro… A veces, incluso, somos nosotros mismos, esperándonos con ternura y orgullo.

Así que sigue corriendo tu carrera, a tu paso, a tu ritmo, por tu camino. Respeta tus tiempos, valora tu esfuerzo, celebra tus logros. Y nunca olvides que, muchas veces, lo más valioso no es llegar, sino saber que al final, alguien estará ahí, simplemente para decirte: “Te estaba esperando.” Ojalá lo consigas, siempre lo celebraré contigo ya que sabes que estoy orgulloso de tí.

Gracias por leerme.

«En las buenas y en las malas»

«En las buenas y en las malas»

Me crié escuchando constantemente una premisa: “La verdadera felicidad consiste en hacer felices a los demás”. Hoy en día esa enseñanza la pongo muy en duda. 

El paso del tiempo, los aciertos y los errores cometidos me llevan a pensar que en la vida, uno de los mayores aprendizajes es entender que las expectativas que ponemos en los demás suelen ser la raíz de muchos de nuestros desengaños. 

Como decía, desde pequeño me enseñaron a confiar en los demás, a esperar y dar gestos de generosidad, amor y apoyo en momentos difíciles. Sin embargo, a medida que he ido creciendo me he ido dando cuenta de que las personas que me rodean no siempre cumplen con esas expectativas. Cada uno de nosotros tiene sus propios límites, sus luchas internas y, sobre todo, su manera particular de vivir y relacionarse con los demás.

Esperar algo de los demás, aunque sea algo tan simple como la comprensión o una muestra de apoyo, nos coloca en una posición vulnerable. 

Tampoco se trata de ser egoístas, ni de vivir en aislamiento, ni de no esperar o no ayudar a nadia, creo que es alcanzar una madurez emocional que nos permita comprender que no todos los vínculos pueden satisfacer todas nuestras necesidades. 

Las relaciones, por más cercanas que sean, no siempre tienen el poder de darnos lo que deseamos en el momento en que lo necesitamos. Además, cada persona tiene sus propios conflictos, deseos y preocupaciones, que a veces los hacen incapaces de ofrecer lo que esperábamos e incluso lo que a ellas mismas les gustaría dar y recibir.

En este tiempo he aprendido que es fundamental ser autosuficiente emocionalmente, a no esperar que los demás sean los encargados de llenar los vacíos que, en realidad, solo yo puedo llenar. Esto no significa que debamos desconfiar de los demás o cerrarnos a la posibilidad de recibir apoyo, amor o comprensión. Puedo hacerlo solo, aunque en muchas, o en muchísimas ocasiones, lo mejor sea hacerlo apoyado por alguien. 

Dicho esto, hay algo muy hermoso en la vida que nos recuerda que, aunque no debemos esperar nada de los demás, siempre hay alguien que está dispuesto a estar a nuestro lado, sin importar las circunstancias, en las buenas y en las malas. 

Puede que no siempre sea de la forma que esperábamos, pero esa presencia, que se ajusta a nuestras necesidades más profundas, nunca falla. Es en esa certeza en la que podemos encontrar consuelo, sabiendo que, a pesar de todo, siempre estará dispuesta a darnos lo que realmente necesitamos: comprensión, amor incondicional, y sobre todo, la paz de saber que nunca estamos verdaderamente solos.

Gracias por leerme.

«Breve tratado: ¡Somos una panda de borregos —y borregas—!»

«Breve tratado: ¡somos una panda de borregos —y borregas—!»
En muchas ocasiones nos comportamos como estos animales. Allí donde nos indican vamos…

Esta misma mañana, mientras iba en el coche escuchando las noticias, me acordaba de la canción de Chino Bayo, Así me gusta a mi (esta si, esta no)pinchando aquí podrás escucharla—. Recordaba como, tan solo hace unos años, en cuanto sonaba esta música y letra incomprensible, todos saltábamos en los bares o las terrazas de verano, para repetir, como borregos, y como pudiéramos la letra. No importa lo que dice, si es que dice algo, no importaba nada, es un tema pegadizo y ahí que íbamos. 

Ahora, aunque sin música, veo que pasa un poco igual. Si reflexionas un poco verás que, en muchas ocasiones nos estamos comportando como auténticos borregos —y borregas— en nuestro día a día. Veamos unas cuántas creencias que nos hacen ser así:

  1. Creer que todos nuestros problemas se deben a que algo o alguien las provoca. No reflexionamos, no calibramos nuestros actos y no admitimos que nuestras acciones traen consecuencias.
  2. Relacionada con la anterior, creemos que nuestros problemas se van a resolver por una intervención divina, o cuando algo o alguien decida que es el momento de que se resuelva.  Son aquellas personas que se quedan a la espera, rezando, deseando…, no actuando.
  3. Criticamos a otros, por el hecho de que realizan actividades, comienzan negocios, aventuras, viajes… Pero tu te quedas en casa sentado —o sentada—. Si esas personas fallan usamos la típica frase de: lo ves, ya lo decía yo. Si les va bien: ¡qué suerte tuvo, pero…!
  4. Borregos —o borregas— son aquellos que consumen gran cantidad de tele basura. Ver los males de otros, los cotilleos, como venden su vida…, les alienta y refuerza sus tristes vidas ya que pueden criticar libremente al famosillo —o famosila, casposo o casposa— de turno. 
  5. Son de un partido político concreto, leen un periódico concreto, una radio en concreto y claro, creen todo lo que dicen los representantes de sus siglas sin contrastar, sin leer, sin buscar, por muy asombroso que parezca, que aquello que están escuchando es verdad o mentira.

Seguro que hay más, ahora te dejo que compartas algún ejemplo, pero, para completar el círculo, que empezaba con lo que esta mañana escuchaba en la radio, mientras me venía esa canción a la cabeza, me identifiqué como un borrego.

Piensa un poco. Hace un poco nos vacunaban, después no. Antes era solo para los menores de 55 años, ahora mejor para los mayores de 60. Ayer nos vacunaban, hoy no… 

Ya te digo, ¡como borregos vamos! Y todos cantando esa cancioncita: 

Astrasí, Astrano.

Astrasí, Astrano.

Chiquitam chiquititam tam tam

que tumbam bam que tumbam que tepetepe

tambambam que tumbam que pim.

Chiquitam chiquititam tam tam

que tumbam bam que tumbam que tepetepe

tambambam que tumbam que pim.

Chiquitam chiquititam tam tam

que tumbam bam que tumbam que tepetepe

tambambam que tumbam que pim.

Astrasí, Astrano.

Astrasí, Astrano.

Astrasí, Astrano.

Astrasí, Astrano. 

Cuéntame, ¿cómo lo ves? ¿Consideras que nos hemos vuelto unos borregos —y borregas—? ¿En qué otras situaciones podemos identificarlos?

Gracias por leerme.  

«Breve tratado: los estornudos, símbolos de la actual pesadilla»

«Breve tratado: los estornudos, símbolos de la actual pesadilla»
¡¡Ayyyyy!! cuídate mucho.

Están tan de moda, sobre todo por el miedo que ahora provocan, que no pude resistirme en realizar una pequeña investigación sobre los estornudos e intentar mostrar alguna de sus curiosidades. 

¿Sabías que la salida del aire puede alcanzar hasta 70 km/h y la saliva unos 7 m de distancia?

Lo más gracioso que me encontré es este video en el que se pueden ver, de manera bastante gráfica,  20 tipos distintos de estornudos.

Creo que todos los que pasamos por esta esquina, en la que a veces alguien también estornuda, sabemos que los estornudos son un mecanismo de defensa, un acto reflejo, que se produce cuando alguna partícula extraña irrita la mucosa nasal. Esto puede tener muchos orígenes: alguna alergia, resfriado, la pimienta… ¡Achís!, salud. ¡Achís!, dinero y… Te jodiste, te faltó uno.

Todo empieza con un leve cosquilleo en la nariz. Intentamos resistirnos, moviéndola como lo hacía Samantha —aquella bruja de la serie de los años… ¡Abuelooooo!—, o intentando pinzar con nuestros dedos las fosas nasales, o… Siempre terminan saliendo. En muchos casos lo hacen de manera explosiva, tengas o no las manos delante —con el consiguiente problema de salivas, babas o mocos.

En cuanto a los tipos de estornudos que hay, cabe decir que son muy variados. Veamos una pequeña colección de los que yo sí que soy practicante:

  1. El explosivo. Viene sin previo aviso. De manera fulminante, con gran estruendo.
  2. El desnucante. Se realiza con tanta energía que la víctima sufre un fuerte movimiento de su nuca pudiéndose producir alguna lesión y la visita obligada al fisioterapeuta. 
  3. El mojante. No da tiempo de pararlo. Todo y todos, los que están delante, sufren el chaparrón.
  4. El pegajoso. Nos da tiempo de situar la mano delante de la boca, pero la cantidad de mocos expulsados hace que no podamos hacer nada más con ella. Salvo ir corriendo al baño, claro.
  5. El asustadizo. Tras varios intentos parece que algo va a estallar. El resultado es un achís flojucho y sin entusiasmo. Como para dentro.

Ahora que nombré la onomatopeya siempre me ha llamado la atención que, según el país en el que estemos, estás son de una forma u otra. Para el caso concreto que nos ocupa he descubierto que en portugués se dice ‘atchim’, en inglés ‘achoo’, en japonés ‘hakashun’, en italiano ‘etciú’… ¡Qué cosas!

Es tu turno: ¿Cómo son tus estornudos? ¿Se parecen a tus orgasmos? ¿Existe alguna relación?… Ya nos cuentas, estamos esperando. 

Gracias por leerme.

PD. Recuerda que por el momento debemos de cumplir las normas así que, si estornudas: mantente en casa, hazlo contra la parte interior del codo, aún cuando lleves mascarilla y lávate frecuentemente las manos. Que la cosa no está como para ir dando hakashunes por el mundo.