
Me crié escuchando constantemente una premisa: “La verdadera felicidad consiste en hacer felices a los demás”. Hoy en día esa enseñanza la pongo muy en duda.
El paso del tiempo, los aciertos y los errores cometidos me llevan a pensar que en la vida, uno de los mayores aprendizajes es entender que las expectativas que ponemos en los demás suelen ser la raíz de muchos de nuestros desengaños.
Como decía, desde pequeño me enseñaron a confiar en los demás, a esperar y dar gestos de generosidad, amor y apoyo en momentos difíciles. Sin embargo, a medida que he ido creciendo me he ido dando cuenta de que las personas que me rodean no siempre cumplen con esas expectativas. Cada uno de nosotros tiene sus propios límites, sus luchas internas y, sobre todo, su manera particular de vivir y relacionarse con los demás.
Esperar algo de los demás, aunque sea algo tan simple como la comprensión o una muestra de apoyo, nos coloca en una posición vulnerable.
Tampoco se trata de ser egoístas, ni de vivir en aislamiento, ni de no esperar o no ayudar a nadia, creo que es alcanzar una madurez emocional que nos permita comprender que no todos los vínculos pueden satisfacer todas nuestras necesidades.
Las relaciones, por más cercanas que sean, no siempre tienen el poder de darnos lo que deseamos en el momento en que lo necesitamos. Además, cada persona tiene sus propios conflictos, deseos y preocupaciones, que a veces los hacen incapaces de ofrecer lo que esperábamos e incluso lo que a ellas mismas les gustaría dar y recibir.
En este tiempo he aprendido que es fundamental ser autosuficiente emocionalmente, a no esperar que los demás sean los encargados de llenar los vacíos que, en realidad, solo yo puedo llenar. Esto no significa que debamos desconfiar de los demás o cerrarnos a la posibilidad de recibir apoyo, amor o comprensión. Puedo hacerlo solo, aunque en muchas, o en muchísimas ocasiones, lo mejor sea hacerlo apoyado por alguien.
Dicho esto, hay algo muy hermoso en la vida que nos recuerda que, aunque no debemos esperar nada de los demás, siempre hay alguien que está dispuesto a estar a nuestro lado, sin importar las circunstancias, en las buenas y en las malas.
Puede que no siempre sea de la forma que esperábamos, pero esa presencia, que se ajusta a nuestras necesidades más profundas, nunca falla. Es en esa certeza en la que podemos encontrar consuelo, sabiendo que, a pesar de todo, siempre estará dispuesta a darnos lo que realmente necesitamos: comprensión, amor incondicional, y sobre todo, la paz de saber que nunca estamos verdaderamente solos.
Gracias por leerme.