«La meta y el camino»

«La meta y el camino»

Estoy casi seguro que tú, como yo, puedes imaginar la vida como una carrera. 

Así, a priori, puede parecer una comparación simple, pero encierra una profundidad que, ahora que voy a dedicar un ratito a observarla con atención, revela mucho sobre nosotros mismos y sobre el modo en el que transitamos con nuestras experiencias. Ya sabes aquello de que “Yo soy yo, y mis circunstancias”.

Entiendo que cada persona, al nacer, se encuentra en la línea de salida de su propia carrera. De esta manera, no hay dos puntos de partida iguales, ni un solo recorrido que pueda considerarse «correcto». No es una competencia. Es una travesía personal, íntima, donde el verdadero desafío no es llegar primero, sino encontrarle sentido a cada paso que damos.

En esta carrera, a la que llamamos vida, cada quien elige, o le tocan, diferentes caminos. Al igual que la compañía para recorrerla: una nos toca y a otra la elegimos.

Algunos de esos caminos se desarrollan en terrenos llanos, donde parece que todo fluye con facilidad. Otros, en cambio, se enfrentan a colinas empinadas, desvíos inesperados, caminos de tierra, lluvia o incluso oscuridad. 

En todo ese recorrido hay quienes corren con zapatos nuevos o deportivos y acompañamiento constante, mientras otros deben avanzar descalzos, aprendiendo a resistir y a adaptarse. ¿Qué es la vida sino adaptarse?

De esta manera, cada sendero forma el carácter, moldea el corazón y enseña lecciones únicas que solo pueden entender quienes los recorren. Las circunstancias que citaba antes.

Los objetivos también difieren. Para unos, la meta es el éxito profesional. Para otros, es construir una familia, sanar heridas, encontrar paz interior o simplemente mantenerse en pie día tras día. Algunos corren con la vista fija en el futuro, en lo que vendrá. Otros aprenden a saborear el presente, a detenerse cuando hace falta, a mirar atrás y ver cuánto han avanzado, incluso si aún queda camino por andar. La meta, entonces, no siempre está al final. A veces está en los pequeños logros, en los momentos de claridad, en las decisiones valientes, en la compañía que nos brinda su mano de manera incondicional cada vez que la necesitamos.

Lo increíble de todo esto, lo hermoso incluso, de esta reflexión es que, aunque cada final es distinto —porque no todos soñamos con lo mismo—, hay algo profundamente humano en coincidir en la necesidad de ser vistos, comprendidos y acompañados. Por eso, llegar a la meta y ver que alguien está ahí, esperándonos, puede transformar completamente esa llegada. No importa si la carrera fue larga o corta, si hubo tropiezos o dudas. Que alguien esté ahí, simplemente para recibirte con una sonrisa, un abrazo o unas palabras de aliento, es uno de los actos más generosos y significativos que puede ofrecernos la vida.

Porque al final del camino, cuando los pies están cansados y el alma cargada de historias, lo que más reconforta no es el trofeo, ni la comparación con otros, sino el reconocimiento amoroso de quien entiende lo que costó llegar hasta allí. A veces ese alguien es una pareja, un amigo, un hijo, un maestro… A veces, incluso, somos nosotros mismos, esperándonos con ternura y orgullo.

Así que sigue corriendo tu carrera, a tu paso, a tu ritmo, por tu camino. Respeta tus tiempos, valora tu esfuerzo, celebra tus logros. Y nunca olvides que, muchas veces, lo más valioso no es llegar, sino saber que al final, alguien estará ahí, simplemente para decirte: “Te estaba esperando.” Ojalá lo consigas, siempre lo celebraré contigo ya que sabes que estoy orgulloso de tí.

Gracias por leerme.

«Un estrella con sabor a bolero»

«Un estrella con sabor a bolero»

Desde hace un par de días, entre los pliegues perdidos del universo, brilla una nueva estrella, una muy especial. Esta estrella no parpadea como las demás; su luz está acompasada al ritmo de bolero, moviéndose con gracia y melancolía por el vasto cielo nocturno. Es como un faro celestial que guía un alma hacia su próximo destino.

Se fue tal y como vivió. Nos dejó como ella quiso hacerlo, con calma, con sabiduría, con alegría y al son de la música que más le gustaba, la que solía contar. Ahora su alma asciende hacia el firmamento y se funde con la luz de esa estrella única, impregnándola del swing que su voz emitía al cantar. A partir de ahora esa estrella comenzará su danza, un baile etéreo que anuncia la llegada de un nuevo espíritu al reino de las estrellas.

Su partida dejó un vacío en el corazón de quienes la conocimos y queremos, pues su compañía no pasaba indiferente. Era maestra, de escuela y de vida, de canto y de sonrisa, de amistades y de familia. Al llegar a su nuevo destino, tal y como hizo entre nosotros, donde siempre la recordaremos, también desatará un murmullo de asombro en el cielo, lleno de alegría y música, con sabor a bolero. 

Siendo yo niño la recuerdo ayudándome con tareas, enseñándome a mover las piezas del ajedrez, cantando en uno de mis cumpleaños, a poner acordes en esa guitarra que tan grande me quedaba. Siendo maestro, me enseñó a enseñar a leer y escribir, me acompañó en mis primeros meses de profesión, en las presentaciones de mis libros…La estrella ya comenzó a brillar con mucha intensidad. Su luz titilante acaba de adquirir un matiz azulado al ritmo del bolero más nostálgico.

Y así, entre boleros y destellos, esta nueva estrella del cielo continúa su danza en el vasto lienzo del universo, recordándonos que, aunque los seres queridos se vayan, su luz nunca se apaga realmente, simplemente se transforma en parte del eterno baile cósmico.

Gracias por leerme.