«Preparar el espacio»

«Preparar el espacio»

Parece mentira pero durante mucho tiempo el lugar donde se vivía había sido solo eso: un sitio funcional, una estructura donde dormir, cocinar, pasar las horas. Las paredes estaban en su sitio, los muebles eran prácticos, y no había nada especialmente fuera de lugar. Pero tampoco había belleza. Solo rutina.

Un día cualquiera, mientras colocaba la loza recién fregada en su sitio, se quedó mirando fijamente hacia las ventanas. En ese preciso instante, como formando una pequeña cascada, surgieron varias preguntas que hasta el momento no habían hecho aparición: ¿qué me falta?, ¿qué dice este espacio de mí?, ¿qué siento cuando estoy aquí?, ¿qué siente quien se sienta aquí conmigo? Esas dudas encendieron algo. No una urgencia, sí una conciencia.

La idea surgió sin preparar, de forma espontánea, como suelen surgir las buenas ocurrencias. Esta lo era. Así que centró esfuerzos en la mesa del salón. No era arreglarla para una ocasión especial. No había invitados. Pero algo pedía belleza, aunque fuera solo para acompañar la soledad y el propio silencio.

Sobre la mesa, de madera blanca y superficie limpia, se colocó un centro sencillo, elegido con cuidado, con el cariño de quién le apetece compartir momentos.

Una pequeña bandeja de mimbre, una jarrón con flores japonesas —pequeñas, humildes, con esa belleza que no exige atención—, una pequeña caja de cerámica artesanal, de forma irregular y color tierra, y un candil blanco repujado, en el que esconder e insinuar la luz de una vela baja, de cera natural, que al encenderla parecía calmar hasta el ritmo de los pensamientos, de esos pensamientos y deseos de que estés.

Una vez instalado todo alrededor cambió. El resto de pequeños detalles parecían contemplar la escena, como si el momento se compartiera con alguien invisible.

Era solo un centro de mesa. Pero hablaba: he pensado en este espacio. Quiero que sea amable. Quiero que sea hogar, tú hogar, nuestro hogar.

Y aunque nadie más lo viera ese día, el alma del lugar quedó suavemente encendida.

Con todo ello, el cuidado se volvió hábito, y el hábito, una forma de estar presente. Se comprendió entonces que decorar no era llenar de cosas. Era afinar la atmósfera. Crear un fondo donde otros pudieran relajarse, abrirse, respirar.

El hogar empezó a dejar de ser refugio solitario para convertirse en escenario de vínculos. Cada detalle sumaba: una taza bonita, una música suave, el silencio cuando hacía falta. No hacía falta perfección, sino intención.

Y así, el acto de cuidar el espacio se volvió una forma de cuidar a los demás. Y también, en el fondo, una forma de cuidar de uno mismo.

Gracias por leerme.

«Ras el Hanout»

«Ras el Hanout»

Como cocinillas venido a menos, por esas cosas de la vida de que cocinar para uno solo no me da mucho aliciente, estoy seguro de que vivir se parece mucho a cocinar. Lo digo no por las recetas, sino por la necesidad de encontrar el punto justo entre lo simple y lo sabroso. 

Hay días que las comidas saben sosas, como pan sin levadura, y otros que estallan como un guiso bien hecho: lento, profundo, con capas que se revelan con el tiempo.

El descubrimiento llegó una tarde cualquiera, sin anuncios previos, en un rincón polvoriento del mercado, entre sacos de especias y ristras de ajos, apareció el frasco. “Ras el Hanout”, decía la etiqueta. La mezcla tenía un olor antiguo, casi sagrado: canela, jengibre, cúrcuma, comino, algo dulce y algo punzante. Se lo llevó sin dudar, guiado más por la memoria que por el paladar. Como la vida misma, este era un bonito regalo que llevar.

Esa noche hubo cena. No por una ocasión especial, sino por necesidad de reunir lo que llevaba tiempo cocinándose como un guiso perfecto. 

Quienes se sentaron en la mesa eran de esos que siempre están, aunque a veces no se diga. Personas cercanas, con las que se sabe que siempre se puede contar, a pesar de la costumbre, o de la prisa, o los impedimentos de las propias vidas.

El plato salió del horno con un aroma envolvente, casi como si la casa misma quisiera abrazar. Ese abrazo siempre deseado y esperado. Hubo una expresión de asombro general

Tras el primer bocado, una pausa. Una de esas paradas en las que el gusto obliga al alma a despertar. Los sentidos parecieron despertarse y los labios cedieron al disfrute, como lo hacen en un beso profundo lleno de pasión. 

“¿Qué le pusiste?”, preguntó alguien. La respuesta llegó sin grandes gestos: “Ras el Hanout. Significa ‘la cabeza de la tienda’. Es decir, lo mejor que el comerciante tiene es su tienda. Cada mezcla es única, por lo que pensé que eso deberíamos hacer también con las personas que queremos: poner lo mejor que tenemos en nuestra relación, aunque sea en silencio.

La ilusión llenó el espacio. Las palabras no hicieron ruido, pero se quedaron. Porque a veces se olvida que las relaciones también se condimentan. Que no basta con estar. Hace falta compañía, dulzura sin pedirla, llamadas, mensajes, sorpresas pequeñas que mantengan el entusiasmo y la relación viva, un poco de picante que agite la rutina, y sobre todo, calidez. Esa que no se compra, pero se nota, la que se comparte en una mirada o un roce de las manos.

Esa noche no hubo discursos ni promesas. Solo miradas que se entendieron mejor, risas que no buscaban likes y gestos que hablaban de compañía. Porque cuando se sazona la presencia con cuidado, la vida sabe diferente, sabe a hogar, a ternura, a paz, a ese “estoy contigo para siempre” que no necesita palabras. Estar en silencio sin necesidad de forzar. 

Desde entonces, quien cocinó ese plato guarda el Ras el Hanout cerca. No solo en la cocina, también en el alma. Y cada vez que hay oportunidad, lo recuerda, la saborea ya que el cariño no se sirve solo, se condimenta. Y siempre, ¡siempre! hay que cuidar a quienes se quedan.

Gracias por leerme.

«Necesito ese abrazo de ti»

(El pasado 21 de enero se conmemoró el Día Internacional del Abrazo. Aquí te mando el mío).

Desde ayer tarde la lluvia cae con fuerza, golpeando los cristales de mi ventana con una monotonía que parecía sincronizada con el vaivén de mis pensamientos. 

El día ha sido largo, pesado. Ya van varios así. Siento la fatiga en cada fibra de mi ser, pero lo que más me pesa no es la carga física, sino el vacío, ese espacio que, aunque inmenso, no es nuevo. Ya lo conozco bien. 

Me acomodé en el sofá, rodeado de una quietud que no encontraba consuelo. El silencio me envolvía, pero en él, resonaba una necesidad urgente: el anhelo de un contacto, de un refugio, de algo que me recordara que no estaba solo. 

Cogí el teléfono en mis manos, la pantalla iluminada reflejaba mi rostro cansado, pero mi corazón dictaba una única palabra, “abrazo”. 

Necesitaba ese abrazo de ti, uno apretado, sin necesidad de hablarnos, solo abrazarnos. No importaba el qué o el porqué, solo deseaba sentirme contenido, sentirme pequeño en tus brazos, perderme en ese abrazo que sin palabras lo decía todo. 

Presioné enviar. La respuesta llegó rápidamente, apenas un suspiro de retraso, pero ya sabía que no importaba lo que dijera. La certeza era otra. “Estoy a tu puerta.”

El sonido del timbre me hizo saltar, y mi cuerpo, de alguna manera, reaccionó antes que mi mente. Corrí, como si el tiempo se hubiera detenido entre ese mensaje y mi camino hacia la entrada. Al abrir, te vi ahí, con esa calma que siempre me da paz, con tus ojos que nunca preguntan demasiado, solo entienden.

Sin una palabra, sin una razón que explicara la urgencia, me tomaste entre tus brazos. El contacto fue inmediato, sin vacilaciones. Tu calor me envolvió, el roce de tu cuerpo contra el mío fue un refugio de todos esos días que se acumulan, esos silencios que duelen, esas heridas que no tienen voz. No necesitaba más, no necesitaba preguntar nada, solo quería perderme allí, en la seguridad que me ofrecías con ese gesto. El mundo dejó de importar, porque solo existíamos tú y yo en ese instante, embutidos en nuestra burbuja, unidos por algo más grande que cualquier palabra. Un abrazo apretado, que hablaba de todo lo que se calla, que sanaba lo que no se veía. Un abrazo que no pedía explicaciones, solo un refugio compartido.

Y en esa calma, comprendí que a veces no hace falta decir nada. Basta con estar, basta con el contacto, basta con el alma para entenderse sin más.

Gracias por leerme.

«Atrapados»

«Atrapados»

Pasan de las 23:00 horas. La noche está fría. Él lleva un rato enroscado en una manta sobre el sofá, pero no logra concentrarse en la lectura, su mente viaja a través del tiempo haciendo que sus ensoñaciones lo conviertan en un espectador de un mundo paralelo. 

Con añoranza recuerda la primera vez que se vieron, había sido un choque. No de miradas, sino de presencias. Fue en una exposición de pintura. Ella estaba absorta frente a un lienzo rojo, mientras él, sin saber por qué, no podía dejar de mirarla. “¡Todo al rojo!” Pensó. 

A él le llamaba mucho la atención la forma en que Isabel tenía de inclinar la cabeza, como si estuviera intentando escuchar lo que el cuadro quería decirle. Gabriel, de pie a unos metros, sintió que algo en su pecho se tensaba, como si alguien hubiera tirado de un hilo invisible que lo conectaba con ella, la famosa leyenda japonesa del Hilo rojo. Y cuando finalmente Isabel lo miró, el mundo se rompió a su alrededor. Mejor dicho se completó. 

Esa noche hablaron como si no existiera nadie más. Los cuadros, las copas de vino, las otras personas que reían y conversaban en la galería se desvanecieron, y todo lo que quedó fue el espacio entre ellos, un abismo que ninguno de los dos pudo resistir saltar.

Desde entonces, su conexión fue más que magnética, era gravitacional. Se atraían con tal fuerza que estar separados, aunque fuera por minutos, parecía descomponerlos en pedazos pequeños e incompletos. Si no compartían momentos, sus mentes y sus cuerpos se enzarzaban  en una batalla sin tregua constante, hasta volver a encontrarse, como si quisieran demostrar algo al universo.

En sus pensamientos se dio cuenta de que lo que los atrapaba no era solo el deseo. Era la forma en que sus pensamientos se entrelazaban, cómo se leían la mente y se complementaban. Había ocasiones en las que Gabriel podía terminar las frases de Isabel antes de que ella las comenzara. En otras, ella podía sentir cuando él tenía miedo antes de que él siquiera lo admitiera. Había algo extraño en su relación, casi sobrenatural, podían adivinarse, completarse, pacificarse, consumirse. No se entendían el uno sin el otro.

Gabriel la buscaba en cada rincón, en cada sombra de su día, incapaz de concentrarse si no sentía su olor cerca, si no podía rozar la curva de su espalda o escuchar su risa, esa que resonaba como un eco en su mente. Isabel tampoco era ajena a esto. Cuando Gabriel salía de casa, el vacío que quedaba en el aire era casi insoportable. Ella respiraba en su ausencia como si algo se le atorara en el pecho. 

Constantemente se echan de menos, están atrapados el uno en el otro, agradecidos con cada caricia, con cada beso, con cada mirada, con cada momento que pueden compartir. 

Gracias por leerme.

«El farero de Isla Corazón»

«El farero de Isla Corazón»

A Alberto siempre le atrajeron los faros. Hace un par de años se compró un libro, un pequeño atlas ilustrado, que explica la geolocalización e historia de algunos de los faros más emblemáticos del mundo. En ese momento supo que no le importaría pasar una temporada trabajando en uno de ellos. Evidentemente no podía ser en aquellos faros expuestos en el libro, tan lejos y peligrosos, así que “se conformó” con hacerlo en el faro de Isla Corazón, cuya plaza había quedado vacante. 

Ese es un faro pequeño, levantado en la cara norte de un islote con esa más que evidente forma, que a su vez está situada en la parte más saliente de unos peligrosos arrecifes. 

La pequeña isla, a sotavento, tiene un pequeño atracadero, hecho de piedra, bien protegido de los azotes del mar y el fuerte viento reinante,  en el interior de una pequeña y cerrada cala rodeada de altos acantilados. Un estrecho y empinado sendero une esos dos únicos puntos de relevancia de Isla Corazón. 

Una vez en semana, una pequeña falúa se acerca, si el mar lo permite, para llevar provisiones a Alberto. Ese momento, y su más que fallida conexión a internet, son los contactos que el farero tiene con el mundo exterior. 

El día a día pasa rápido. Las labores de mantenimiento, del hogar, la hora de gimnasia diaria, la lectura, y el ratito que se conecta a Instagram para contestar a sus seguidores, hacen que el tiempo pase ágil. En soledad, pero ágil. Aún así Alberto reconoce que es muy duro estar solo, pero su necesidad de vivir una aventura le pudo. 

En tierra firme mantiene una historia real. Uno de esos corazones, con los que marcan sus fotos, corresponde a la persona que quiere que él regrese, que se mantenga a su lado, que deje esa vida. Él también lo está deseando. Esperan el día en el que ambos estén preparados y sabe que, el día menos pensado, esa falúa de suministros llevará un corazón rojo en proa, indicando que ya es el momento de dejarlo todo por ella

Gracias por leerme.

«Aquellos pasos de baile»

«Aquellos pasos de baile»

La tarde es agradable. Tu compañía, como siempre, es un placer. El centro comercial anda alborotado. La cercanía de las fechas navideñas hace que la gente tenga ganas de salir, comprar, entretenerse y pasar ratos fuera de casa. Nosotros no somos menos. 

En medio del bullicio que tenemos alrededor la música suena. Destaca el ritmo del bajo y el juego de las trompetas. Esto no lo esperábamos. En la plaza central han instalado un escenario y una banda empieza a dar los primeros acordes. La gente, ya acumulada a su alrededor, disfruta del momento. 

Las claves entran en juego, con su característico sonido retumbante y repetitivo, para marcar el son típico de la salsa. Me miras. Te miro. Noto un pequeño brillo en tus ojos y cómo tus labios se mueven en una simple mueca. Esa mirada, ese gesto, me basta para poder comprender qué es lo que quieres. Siempre se nos ha dado bien bailar juntos y ambos lo sabemos. Me gusta que me lo pidas así, insinuándote tímida, como lo haces casi siempre que quieres algo, pues expresar tus sentimientos te cuesta. Pocas veces he conseguido que lo hagas. No pasa nada, te endiendo.

Nuestros pies empiezan a moverse acompasadamente. El paso es el mismo. No nos cuesta sincronizarnos. Tu mano roza la mía, en un gesto casi instintivo, a la búsqueda del contacto firme y seguro. No la desprecio. Me gusta que lo hagas. La agarro con decisión para atraer tu cuerpo contra el mío. Un giro. A tu regreso me aferro a tu cintura. Disfruto hasta del contacto de tus manos frías, aunque el resto de tu cuerpo… 

Comenzamos a dar los primeros pasos cuando alguien nos interrumpe. Hay mucha gente. Nos saludan. Cesamos nuestro baile, que había empezado a convertirse en sensual, para poder atender la demanda, la tan intempestiva demanda. 

Ambos estábamos deseando continuar con aquel ritmo, con aquel roce de cintura, con nuestros pasos de baile, donde las manos hacen su propio juego, pero…, mejor nos marchamos y ya en la intimidad… 

Gracias por leerme.

«El misterioso carácter del señor Antonio Veroño»

«El misterioso carácter del señor Antonio Veroño»
El tiempo nos hace cambiar

Todas las mañanas se levanta refunfuñón. Antonio Veroño es de los típicos hombres que a medianoche se destapa sudando, pero con la llegada de las primeras luces se vuelve a despertar con los pies fríos. Eso lo pone de mal humor.

Tras desayunar, ya con los pies calientes por la ayuda del tazón de café con leche y de los calcetines de «andar por casa», de esos con cositas en la planta para no deslizar, se viste y da el primer paseo de la mañana. 

El ritual es siempre el mismo, suéter, chaqueta, pañuelo o bufanda al cuello, según el frío que haga, y a la calle, no sin comprobar la cantidad de nubes grises que lucen en el cielo, para saber si coge o no el paraguas.

La mañana es fría. En esta época todas lo son, como su humor. Nada más dar los primeros pasos se alegra de no haberse equivocado. Emite lo que parece ser una pequeña sonrisa. Se protege abriendo el negro bastón de tela impermeable. Unas pequeñas gotas acompasan su caminar y él silba siguiendo el ritmo. Parece disfrutar el momento. Tras media hora de paseo la lluvia para. Las nubes empiezan a levantarse y el paraguas ya sobra. Lo usa como bastón de apoyo lo que le hace recordar e imitar el viejo musical «Cantando bajo la lluvia». Ahora ríe. Al rato, el pañuelo es un estorbo. Vuelve a incomodarse, refunfuña, por el sofoco que le da. Lo quita y guarda en el bolsillo de la chaqueta. Suspira.

Tras unos pasos el tiempo vuelve a cambiar. Él también se acalora. Ahora le sobra la chaqueta y el suéter. Su carácter se transmuta en cuando se desprende de las prendas y el sol le da en la cara. Parece realmente feliz.

El paseo de la tarde lo acomete tras la siesta. Sabe que debe llevar algo de abrigo porque…,¡caramba vuelve a llover! Eso le entristece. 

Tarda algo más de lo previsto y los pies poco a poco se le enfrían, los mofletes se le enrojecen y el humor del mediodía se apaga.

Así va por la vida Antonio Veroño, como el tiempo, variando entre el otoño de la mañana y de la tarde, y el calor abrumador del verano durante el mediodía. Porque no hay nada peor que no saber cómo vestir y no saber cómo estar.

Gracias por leerme. 

«Un juego o una peligrosa historia»

«Un juego o una peligrosa historia»
Juegos que buscan peligro.

En aquella ocasión el libro había caído bocabajo. Según las normas establecidas debía decidir qué hoja arrancaba. Ella echó a llorar. Aquella historia le parecía formidable y no quería desgarrarla de ninguna manera, pero…

El resto de Marcadores, que así se hacían llamar los participantes de aquel estúpido y peligroso juego, le tendieron el volumen y la pistola. La chica, con manos temblorosas, asió los dos. Era difícil tomar una decisión, ya que el título aparecía tapado.

El libro marcaba el objetivo. Entre sus páginas debía encontrar la relación con su vida, seleccionar el blanco y acabar con…, su historia.

Lo abrió al azar. Leyó con vista rápida y, entre aquellas lineas, descubrió que estaba escrito en primera persona. No podía ser. No estaba preparada para aquello. Calló. Saltó páginas. Buscaba otra referencia, más adecuada. Cuando encontró la palabra «grupo» lo comprendió todo. Tendría que encontrar nuevos compañeros de juego.

Gracias por leerme. 

«La lluvia deseada parece no venir»

«La lluvia deseada parece no venir»
La lluvia y su repiqueteo es inspirador.

Los días pasan esperando la lluvia. El cielo parece nublarse, taparse con su capa gris amenazadora para, minutos más tarde, volver a desvestirse y mostrar, de nuevo, el bello traje de cielo azul que rematado con un sol picón y pegajoso, es claro síntoma de lluvia.

Desde mi ventana los veo. Caminando. Lejos, pero acercándose a buen paso. Hacen aspavientos y elevan el tono de su voz. Desde aquí casi los oigo. Los dos hombres caminan al unísono con ritmo firme y constante. Ambos van vestidos igual, con traje negro y, como si de un uniforme laboral se tratara, llevan la misma gabardina, que por la fuerza del calor ahora cargan en el brazo izquierdo, mientras que, con el derecho, acompasan sus andares con un largo paraguas, también oscuro, que hacen bailar entre sus manos marcando el ritmo de sus pasos. Se ve que ellos también esperaban a la lluvia. 

Casi han llegado a la altura de mi casa. Con un extraño gesto se han parado y, la atravesada conversación que traían, desde el final de la calle, ha cesado. Se convierte en una malintencionada mirada. Yo, de pie tras mi ventana, aferrado a la taza del café que suelo tomarme a estas horas, mientras busco ideas sobre las que escribir, siento sus ojos clavarse en mi figura. Tengo la sensación de que me están estudiando. Ojalá lloviera de repente.

Pese a la distancia, a la seguridad que dan mis muros, al cobijo que da mi techo, siento cómo esos extraños personajes me estudian. Me da vergüenza mirarlos, y, por un momento, doblego mi mirada. Sabedor que no estoy haciendo nada malo retomo la posición de mi cabeza y aquellos dos ya no están ahí. 

Un ligero golpeteo, parecido al tamborileo que ejercitan las yemas de los dedos sobre la madera para indicar un redoble, se escucha tras la ventana. No puede ser que me estén tocando. Miro. El repiqueteo continúa. Remiro. El ruido va en aumento. No los veo. Los hombres no están. Dudo, ¿eran nubes o malos pensamientos?, lo cierto es que la lluvia ya no me deja verlos. Bendita lluvia.

Gracias por leerme.