«Dos cómplices de vida»

«Dos cómplices de vida»

Hay personas que no comparten apellidos, ni promesas selladas en ceremonias, pero que con el paso de los años han sabido tejer esa intimidad fuerte que cualquier contrato pretende.

Hay personas que son distintas, que no buscan hacer las cosas por hacerlas o porque les toca hacerlas. Hay personas que se unen para siempre, pese a todos, pese a todo. 

A esas personas la rutina de cada día no les pesa, porque saben leer en los gestos del otro, lo que necesita. 

Si uno llega tarde, el otro ya tiene preparada la cena, compuesto la mesa, encendido la vela y reservado el abrazo más maravilloso que tiene para poder recibir, como se merece, a la otra persona. 

Cuando uno despierta con los hombros caídos, el otro se encarga del café, del desayuno y hasta del silencio que en ese momento hace falta. En otras ocasiones hablan mucho, sin parar, otras casi nada, pero siempre se entienden.

Nunca se piden favores, se regalan acciones. La ropa tendida, sin preguntar; la lámpara reparada; el baño limpio…, pequeñas acciones diarias que se hacen no por obligación, sino porque saben que el cuidado cotidiano es una forma de amar, de esas que no se dicen, pero se sienten.

Ambos han vivido antes con otras personas. Han aprendido, a veces con dolor, que no basta con querer, que hay que querer bien, que no se trata de esperar a ser salvados, sino de sostener, y eso hay que aprenderlo, hay que quererlo, hay que hacerlo, aprender a sostener no es sencillo. 

Comparten sus días sin exigencias, sin dramatismos. Cada uno con su espacio, pero cruzándolo para ofrecer un abrazo o un silencio compartido, en el momento que hay que hacerlo, sin pedirlo, necesitándolo.

La casa en la que viven no es grande, ni perfecta, pero acogedora, llena de señales invisibles que indican que allí habitan dos cómplices de vida: una manta doblada donde a veces hace frío, una copa de vino o una taza de té lista cuando llueve, una nota en la mesa, cuando las palabras no alcanzaban, un pequeño paquete, con una tontería dentro, pesando para sacar una sonrisa…

Vivir así es elegir cada día quedarse, no porque haga falta, sino porque se quiere estar. Es vivir una gran historia que contar, esa que muchos sueñan con tener y desconocen que es posible, es no tener que pedir para recibir, es nunca estar solo, sino estar en la compañía correcta.

Gracias por leerme.

«Necesito ese abrazo de ti»

(El pasado 21 de enero se conmemoró el Día Internacional del Abrazo. Aquí te mando el mío).

Desde ayer tarde la lluvia cae con fuerza, golpeando los cristales de mi ventana con una monotonía que parecía sincronizada con el vaivén de mis pensamientos. 

El día ha sido largo, pesado. Ya van varios así. Siento la fatiga en cada fibra de mi ser, pero lo que más me pesa no es la carga física, sino el vacío, ese espacio que, aunque inmenso, no es nuevo. Ya lo conozco bien. 

Me acomodé en el sofá, rodeado de una quietud que no encontraba consuelo. El silencio me envolvía, pero en él, resonaba una necesidad urgente: el anhelo de un contacto, de un refugio, de algo que me recordara que no estaba solo. 

Cogí el teléfono en mis manos, la pantalla iluminada reflejaba mi rostro cansado, pero mi corazón dictaba una única palabra, “abrazo”. 

Necesitaba ese abrazo de ti, uno apretado, sin necesidad de hablarnos, solo abrazarnos. No importaba el qué o el porqué, solo deseaba sentirme contenido, sentirme pequeño en tus brazos, perderme en ese abrazo que sin palabras lo decía todo. 

Presioné enviar. La respuesta llegó rápidamente, apenas un suspiro de retraso, pero ya sabía que no importaba lo que dijera. La certeza era otra. “Estoy a tu puerta.”

El sonido del timbre me hizo saltar, y mi cuerpo, de alguna manera, reaccionó antes que mi mente. Corrí, como si el tiempo se hubiera detenido entre ese mensaje y mi camino hacia la entrada. Al abrir, te vi ahí, con esa calma que siempre me da paz, con tus ojos que nunca preguntan demasiado, solo entienden.

Sin una palabra, sin una razón que explicara la urgencia, me tomaste entre tus brazos. El contacto fue inmediato, sin vacilaciones. Tu calor me envolvió, el roce de tu cuerpo contra el mío fue un refugio de todos esos días que se acumulan, esos silencios que duelen, esas heridas que no tienen voz. No necesitaba más, no necesitaba preguntar nada, solo quería perderme allí, en la seguridad que me ofrecías con ese gesto. El mundo dejó de importar, porque solo existíamos tú y yo en ese instante, embutidos en nuestra burbuja, unidos por algo más grande que cualquier palabra. Un abrazo apretado, que hablaba de todo lo que se calla, que sanaba lo que no se veía. Un abrazo que no pedía explicaciones, solo un refugio compartido.

Y en esa calma, comprendí que a veces no hace falta decir nada. Basta con estar, basta con el contacto, basta con el alma para entenderse sin más.

Gracias por leerme.

«El abrazo que consuela»

«El abrazo que consuela»
¿Me das uno de esos?

Soñar con un abrazo es solo eso, un sueño. Pero, ¿a que es un sueño bonito sentir que puedes estrechar entre tus brazos a esa persona a la que deseas? 

Así estaba él, en un sueño, deseando que llegara ese momento que oníricamente tanta veces había repetido. Quizás enviarle un mensaje lo propiciaría.

Por suerte los abrazos están para darlos, y para recibirlos. Se sabe, en los casos en los que los abrazos son sinceros, y, por lo tanto, dados con cariño, con deseo, son el mejor reconfortante que se puede recibir de otra persona.

Abrazos los hay de muchos tipos —quizás en otra ocasión podamos enumerarlos con detenimiento—, incluso los hay no físicos: son los dados con una mirada insinuadora, con una sonrisa, un gesto cómplice…, o con una conversación que cala en lo más profundo. 

Aquella chiquita, como a él le gustaba llamarla, sabía dar ese tipo de abrazos. Y así él lo recibió.

Quizás por la lejanía, por el tiempo sin verse, aquella conversación supo a uno de esos achuchones que hacen tambalear, sin querer, los cimientos y convertir el paso firme en delicadas huellas marcadas sobre arenas movedizas.

Lo que tuvieron fue un bonito momento, una conversación, que llevaba a mezclar las risas cómplices, las preguntas temerosas, las respuestas cortadas…, con las ganas de verse, de darse, por fin, ese otro tipo de abrazo, el físico, el que les diga la verdad, el que les confirme cómplices para siempre.

Ambos lo alargan en el tiempo. Cada uno a su manera, buscando su propia excusa, su verdadero y rotundo argumento, para alejar el momento, el esperado y a la vez temido reencuentro, porque  ambos saben que tienen un café pendiente, por no llamarlo amor.

Gracias por leerme.