
Sentirse en una montaña rusa, es estar vivo. La vida está llena de altibajos que nos hacen ir de un lado para otro, a veces sin rumbo, y otras, con toda la intención hacia un lado u otro. Un día estás en la cima, y al siguiente te encuentras en el fondo, preguntándote cómo has llegado.
No estoy seguro, pero intento aprender algo de cada caída, por dolorosa que sea, y así conseguir una oportunidad de renovarme.
Hoy estoy sentado con mi amigo Juan, arreglando el mundo, debatiendo sobre la vida, la muerte y la reproducción de los berberechos. Nada serio, lo normal, haciendo algo que se me da bien, escuchar. Lo dejo hablar. Él me cuenta.
La primera vez que lo despidieron, pensó que era el fin del mundo. Pasó días en cama, reflexionando sobre lo que había hecho mal, martillándose con pensamientos autocríticos. Pero, después de un par de semanas, decidió levantarse. Fue un proceso lento, como si cada músculo de su cuerpo se resistiera a moverse. La fuerza interna que comenzó a descubrir lo impulsó a buscar algo nuevo. Consiguió un pequeño trabajo que le permitió, al menos, mantenerse a flote.
Sin embargo, un año después, una nueva caída le golpeó más fuerte. Su pareja, a quien había cuidado durante años, falleció tras una enfermedad. El dolor era inmenso, y las noches interminables se sentían vacías. Una vez más, se encontró en el suelo, desbordado por la tristeza y la culpa. «No pude hacer más por ella», pensaba una y otra vez. Pero, al igual que la vez anterior, algo en su interior le susurraba que el proceso de duelo también podía ser una oportunidad para reinventarse. Durante los días más oscuros, empezó a cuidar su cuerpo. Salió a caminar, a hacer ejercicio, y en esos momentos de conexión con su cuerpo, la mente comenzó a sanar lentamente.
El tiempo pasó y, con él, llegaron nuevos desafíos: un proyecto fallido, un par de viajes, un romance que no cuajó…, la sensación constante de que, a pesar de sus esfuerzos, la vida siempre le ponía obstáculos.
Un día, después de una difícil jornada de trabajo y frustraciones personales, Juan se sentó frente al espejo y vio a un hombre distinto al que veía años atrás. Ya no era un joven ansioso por lograrlo todo, sino un hombre que comprendía que la vida no era un camino recto. Comprendió que el éxito no solo se medía en logros profesionales o relaciones perfectas, sino en la capacidad de cuidar de uno mismo, de amarse a pesar de las imperfecciones, de permitirse fallar y aprender en el proceso, de perdonarse. «Ya no voy a seguir destruyéndome por cada error», pensó. «Voy a seguir adelante, aprendiendo, pero también voy a cuidarme».
Fue en ese momento, mientras observaba su reflejo, que entendió la lección más importante de todas: el autocuidado no es solo una cuestión de cuerpo, sino de alma.
Así, con una sonrisa renovada, Juan se levantó una vez más. Esta vez, lo hizo con la certeza de que el verdadero secreto para avanzar no era evitar las caídas, sino aprender a levantarse con dignidad, siempre con la esperanza de que cada paso, por pequeño que fuera, lo acercaba más a una vida plena.
Ahora espero a que él pague los vinos que nos hemos tomado.
Gracias por leerme.




