«El eco de tu ausencia»

«El eco de tu ausencia»

Es increíble que estés tan lejos. Cuando me lo dijiste no te conté toda la verdad, me callé, no te dije lo que sentía, que no quería que te fueras. 

Ahora que ya es tarde y regreso a casa medito sobre tu ausencia. Me emociona volver a leer tu mensaje de despedida. Eso me hace pensar y me da excusa para recuperar, aunque no estés,  esas mariposas en el estómago que sabes que provocas en mí cuando estás cerca.  

No sé en qué momento me di cuenta de lo importante que es ser echado de menos. Quizá fue hoy mismo, esta tarde cualquiera, cuando el teléfono vibró con un mensaje tuyo que decía: «Hoy he pensado mucho en ti». Así, sin más. Un recordatorio sencillo pero inmenso, como una brisa tibia en una mañana fría.  

No estabas cerca, y sin embargo, estabas. Siempre estás. 

Lo más increíble es que a veces creemos que la presencia es cuestión de distancia, que la cercanía se mide en pasos. Pero aprendí que no. Que hay alguien pensando en mí cuando el café humea en su taza, cuando escucha una canción y sonríe porque le recuerda a mí, cuando mira el cielo y se pregunta si también estaré viendo las mismas estrellas. 

Vivimos en un mundo donde el ruido nos consume, donde el «te quiero» se da por hecho, donde la prisa nos roba los instantes. Pero saber que alguien, en algún rincón del mundo, me extraña, me piensa y me guarda en su corazón, me devuelve el sentido de todo. Porque ser añorado es, en cierto modo, existir más allá de uno mismo. Es vivir en los recuerdos, en la cotidianidad de alguien más, en la pausa de una respiración entre suspiros, o un abrazo que termina, sin esperarlo, en el más sincero de los besos.  

Nos pasamos la vida buscando la validación en palabras, en promesas eternas, en gestos que desafíen lo efímero. Pero en realidad, lo más valioso es invisible y silencioso: un pensamiento furtivo en medio del día, un deseo de estar cerca sin necesidad de decirlo en voz alta. 

Esos pequeños destellos de nostalgia son la prueba de que hay alguien a quien, sin importar la distancia, le hago falta. Y eso basta para sentirme menos solo.  

Porque al final lo importante es saber que alguien te lleva consigo, incluso cuando el mundo sigue girando, incluso cuando no estás. 

No hay mayor privilegio que ser el pensamiento recurrente de alguien, el eco que resuena en su ausencia, el tiempo que te dedica. 

Gracias por leerme.

«Encontrar la paz interior»

El eco de sus propios pasos, resonando contra las paredes del viejo apartamento, le resultaban del todo armónicos y misteriosos. Le daban a su vida una banda sonora misteriosa, atractiva. 

Nada más entrar Se dejó caer en el sofá con un suspiro. Hundió el rostro en las manos. Su mente era un torbellino de pensamientos oscuros, resentimientos y frustraciones que se acumulaban. Sentía que la vida le había cerrado todas las puertas y que cada intento de avanzar terminaba en una pared invisible que lo devolvía al mismo punto de partida. 

Esa tarde, en una de sus caminatas sin rumbo, terminó en una librería de segunda mano. Sin saber por qué, tomó un libro de filosofía oriental y comenzó a hojearlo. Una frase le llamó la atención: «No puedes controlar el mar, pero sí aprender a navegar sus olas». Se quedó mirando las palabras, que bailaban ante sus ojos al mismo ritmo que en tantas ocasiones contemplar el movimiento de la marea lo llevaba a la calma, como si esas olas fueran un código que debía descifrar.

Durante las siguientes semanas, dedicó unos minutos cada día a respirar, a meditar, a observar sus pensamientos sin juzgarlos. Al principio le resultó absurdo; su mente seguía gritando, pero poco a poco, fue sintiendo una paz extraña, como si hubiera un espacio dentro de él que no estaba contaminado por el ruido de su propia angustia.

Con el mismo vaivén del mar, los cambios se empezaron a notar. Su manera de reaccionar ante las dificultades se transformó. Ya no explotaba por cualquier contratiempo, ya no se paralizaba ante el miedo. La rabia y la desesperación fueron cediendo espacio a la aceptación y la claridad. Con ello, las oportunidades comenzaron a aparecer. Estaba orgulloso de su trabajo interior. 

Sus sentimientos seguían activos, más que nunca, con más fuerza y sinceridad que nunca. Pero siempre hay cosas que no cambian. que todo lo contrario, que mejoran con el tiempo y con la mejora interior. 

Como cada vez que la veía, la garganta se le anudó. Al encontrarse no hablaron, no había necesidad. Se miraron, con el peso del cariño que se tenían reflejado en sus ojos, y se abrazaron con fuerza. Al fundirse en ese abrazo ambos sintieron como algo dentro se rompía y se reconstruía al mismo tiempo. Era la paz que se daban, y con ella, el camino para avanzar.

Gracias por leerme.

«Contra el espejo»

«Contra al espejo»

Cuando te miras al espejo debes estar preparado para lo que te vas a encontrar. En esos momentos de duda, creo que lo mejor es, primero suspirar y luego ver qué pasa. 

Javier siguió el anterior consejo. No es que se viera mal, pero tampoco podía decirse que estuviera en su mejor momento. La barriga cervecera había pasado de ser un «detalle simpático» a un «problema de logística» cuando hacía dos días intentó abrocharse el último pantalón que le quedaba sin elástico.

—Esto se acabó —murmuró, mientras intentaba recordar si alguna vez había hecho ejercicio de manera voluntaria.

Esa misma tarde se inscribió en el gimnasio. 

Al principio, solo fue para ver si le daban una camiseta gratis. No se la dieron, solo quedaban de la talla L y él, se embutía en una XL. Lo que sí hicieron fue cobrarle la cuota de inscripción, eso sí, con una sonrisilla de la chica que atendía la recepción que le hizo pensar que recibía comisión por cada alma incauta que caía en sus manos. 

Al igual que el consejo del principio, cuando el monitor lo vió entrar por la sala, también suspiró, puso los ojos en blanco y lo invitó a pasar. 

Los primeros días fueron un infierno. Descubrió músculos que no sabía que existían y que, al parecer, tampoco querían existir. “¡Sólo cinco repeticiones más!”, gritaba el monitor, con la misma expresión de alguien que disfruta viendo a otros sufrir. De hecho, lo hacía. Javier sospechaba que aquel hombre se alimentaba de las lágrimas de los principiantes. 

Pero, contra todo pronóstico, pasaron las semanas, las lágrimas del sufrimiento empezaron a secarse y algo cambió. 

Lo más importante es que Javier dejó de jadear, como un perro viejo, al subir las escaleras. Luego, los pantalones volvieron a cerrarse sin que pareciera que su cuerpo estaba intentando escapar de ellos. Incluso su reflejo le devolvía una mirada menos apagada.

La revolución no se detuvo ahí. Un día, por puro experimento, se puso una camisa bien planchada y unos zapatos que no era calzado deportivo. Al verse en el espejo, le sorprendió a un tipo que parecía exitoso, o al menos, alguien que no se había puesto lo primero que encontró en el armario.

La magia ocurrió en una cafetería. Una chica se le quedó mirando y, por primera vez en años, esa mirada no era porque llevaba una mancha de salsa en la camisa. Le sonrió. Javier, que había pasado tanto tiempo sin recibir una sonrisa de ese tipo, casi se giró para ver si había alguien más atractivo detrás. Pero no, aquella mirada, era a él.

En ese momento, lo entendió todo. Cuidarse no era una cuestión de vanidad, sino de respeto propio. Vestirse bien, ir al gimnasio, comer sano… todo eso no era solo para atraer miradas ajenas, sino para mirarse a sí mismo y pensar: «Vaya, estoy bien, me gusto».

Y, para sorpresa de Javier, era un sentimiento que valía cada una de las malditas sentadillas y “burpees” que hacía en aquel recinto de tortura. Así que, el consejo del principio, lo siguió a pies juntillas, pero esta vez sin tener que suspirar. 

Gracias por leerme.

«El valor de quien siempre está»

«El valor de quien siempre está»

Quizás empiezo a envejecer, o quizás es que hoy es uno de esos días en los que valoro mucho el tiempo dedicado. Con el paso de ese tiempo uno se da cuenta de que la verdadera riqueza no está en lo material, sino en la compañía de alguien que, sin grandes gestos ni palabras rimbombantes, te demuestra cada día cuánto le importas.  

Me refiero al tiempo que invierte esa persona que te espera con paciencia a que salgas  del trabajo, aunque el tráfico sea un caos. La que, sin que se lo pidas, te lleva un café caliente a la cama en las mañanas frías, o una tableta de chocolate a media tarde para ser compartida. Hablo de esa persona que te manda un mensaje, aunque hace poco tiempo que ha estado contigo, la que te acompaña a una compra porque sabe que, aunque digas que no te importa ir solo o sola, uno siempre se siente mejor con buena compañía.  

Valoro qué importante es tener a alguien que te escuche cuando has tenido un mal día, aunque el suyo haya sido igual de complicado. La que te recuerda que cenes, porque sabe que a veces te pierdes en la rutina y te olvidas de cuidarte, la que te sorprende con tu postre favorito solo porque sí, sin razón especial.  

Está bien estar momentos solos y disfrutar de esa soledad, pero no deja de estar muy bien tener quien te acompañe los domingos, sin importar si es para ver una película en el sofá, caminar por el parque o simplemente estar juntos sin hablar. Es una gozada tener a quien te cubre con una manta cuando te quedas dormido en el sillón, quien te escribe solo para saber si llegaste bien, quien te abraza sin razón, solo porque sabe que a veces un abrazo lo arregla todo.  

Hay que valorar a quien te escucha sin juzgar, quien celebra contigo tus pequeñas victorias y te recuerda lo valioso que eres cuando dudas de ti mismo. Quien se fija en lo que te gusta y en lo que te molesta, no para cambiarte, sino para hacerte sentir más cómodo. Quien, aunque esté cansado, se queda un rato más despierto solo para acompañarte y hablar contigo. Quien te motiva a seguir adelante cuando piensas en rendirte y, cuando necesitas llorar, te ofrece su hombro sin decirte que seas fuerte.  

Tiene mucho valor  esa persona que, sin importar cuántos años pasen, sigue mirándote con cariño, sigue buscándote con la mirada en una habitación llena de gente, sigue eligiéndote cada día, pese a tener más opciones, y muchas de ellas más fáciles. 

Hay que cuidar a esa persona que no solo está en los momentos felices, sino también en los difíciles, en las enfermedades, en las preocupaciones, en los días en los que no tienes ganas de hablar con nadie, pero su presencia reconforta, o que un simple mensaje provoca tu sonrisa.  

En un mundo que a menudo nos empuja a la independencia y la autosuficiencia extrema, tener a alguien que te cuide, que se preocupe, que esté ahí, es un regalo invaluable. No es dependencia, es amor. Es la certeza de que, pase lo que pase, no te va a dejar solo. 

Y todo ello, aunque a veces lo demos por sentado, es un lujo que pocos tienen y que todos deberíamos aprender a valorar.  

Gracias por leerme.

«El juramento de Don Carnal»

«El juramento de Don Carnal»

A partir de ahora la ciudad no duerme. Las luces y la música se vuelven eternas y el ritmo de la existencia lo marca el baile, el alcohol, el placer…, la lujuria. En este ambiente Don Carnal, a quién se homenajea estos días, es el rey indiscutible. Su nombre resuena en cada rincón, en las anchas calles y en los callejones oscuros. A su paso las mujeres se deshacen en susurros, los hombres lo envidian y las copas se alzan brindando en su honor. 

Pero a diferencia de la imagen que el mundo tiene de él, Don Carnal esconde un secreto: su corazón ya tiene dueño. 

No era la conquista de una noche fugaz, ni la tentación pasajera de un baile enmascarado, es un amor puro, devoto y absoluto por una mujer que lo había transformado en algo que nadie creía posible, que nadie cree.

Ella es distinta a todo lo que la ciudad celebra. Su belleza no es por el brillo de las joyas, ni por la ostentación de telas exquisitas, su hermosura reside en la sencillez de sus gestos, en la ternura de su mirada y en la firmeza de su espíritu. 

Las tentaciones rodean a Don Carnal como espectros insistentes. En cada banquete, en cada fiesta, mujeres de todos los rincones tratan de atraparlo con miradas insinuantes y promesas de noches inolvidables. Pero Don Carnal, que en otro tiempo habría cedido con una sonrisa, ahora reía con amabilidad y se alejaba sin vacilar. 

–¿Acaso has perdido tu fuego? –le preguntaban sus amigos, entre risas y brindis.

–No –respondía él con una seguridad inquebrantable–, simplemente lo he entregado a una llama más poderosa.

Las habladurías comenzaron a esparcirse. Se decía que Don Carnal había sido hechizado, que su espíritu indomable había sido encadenado. 

Pero la verdad era más sencilla y más profunda: el placer había encontrado su sentido en la entrega, y la pasión en la lealtad. 

Los días pasaron y la ciudad continuó con su frenesí, pero Don Carnal ya no pertenecía a ella. Su corazón latía solo por la mujer que había domado al hombre que nadie creía capaz de rendirse.

Y así, mientras el mundo seguía bailando en la vorágine de los deseos efímeros, Don Carnal se alejaba de la algarabía, de la carne sin alma, y se entregaba por completo a la mujer que le había enseñado su verdadero significado. 

¡¡¡FELIZ CARNAVAL!!!

Gracias por leerme.

«Tras el primer paso»

«Tras el primer paso»

Marta es jóven. Está secretamente enamorada de un chico llamado Alejandro. Ambos comparten clases en la universidad y, aunque Marta siempre encontraba excusas para estar cerca de él, nunca se atrevía a expresar sus sentimientos. Sin embargo, un día, Marta se encontró en una situación que cambiaría su perspectiva.

La profesora asignó un proyecto en parejas, y Marta se dio cuenta de que necesitaba la ayuda de alguien para completarlo. La idea de trabajar con Alejandro le emocionaba, pero el miedo al rechazo y al posible juicio la paralizaba. Los días pasaban, y Marta veía cómo otros compañeros se asociaban para el proyecto, mientras ella seguía sin atreverse a dar el paso.

Una tarde, Marta se encontró con Alejandro en la biblioteca. Estaba absorto en sus libros, y Marta sentía que era el momento perfecto para pedirle ayuda. Sin embargo, el miedo se apoderó de ella, y en lugar de abordarlo directamente, comenzó a buscar libros en la misma sección, esperando que Alejandro notara su presencia y le ofreciera su ayuda.

Los minutos pasaron, y Marta, cada vez más nerviosa, no pudo resistir más. Finalmente, decidió hablarle, pero cuando abrió la boca, sus palabras salieron entrecortadas y nerviosas. «Alejandro, ¿te importaría ser mi pareja en el proyecto?», balbuceó Marta, sintiendo que el corazón le latía con fuerza.

Para su sorpresa, Alejandro sonrió amablemente y aceptó con gusto. Comenzaron a trabajar juntos, y Marta descubrió que no solo compartían ideas creativas, sino también risas y conversaciones profundas. A medida que el proyecto avanzaba, Marta se dio cuenta de que había dejado pasar oportunidades por miedo.

El día de la presentación llegó. Marta y Alejandro dieron lo mejor de sí mismos. Después, cuando estaban celebrando el éxito del proyecto, Marta decidió volver a ser valiente y confesar sus sentimientos.

Para su sorpresa, Alejandro correspondió, y ambos se dieron cuenta de que habían estado perdiendo tiempo por temor a arriesgarse. Eran un equipazo.

La moraleja de la historia es que no podemos dejar que el miedo nos paralice y nos impida buscar lo que realmente queremos. A veces, es necesario superar la timidez y luchar por nuestras oportunidades, por nuestros sueños, antes de que sea demasiado tarde. Marta aprendió que la vida está llena de posibilidades, pero solo podemos aprovecharlas si nos atrevemos a dar el primer paso.

Gracias por leerme.

«Volver a levantarse»

«Volver a levantarse»

Sentirse en una montaña rusa, es estar vivo. La vida está llena de altibajos que nos hacen ir de un lado para otro, a veces sin rumbo, y otras, con toda la intención hacia un lado u otro. Un día estás en la cima, y al siguiente te encuentras en el fondo, preguntándote cómo has llegado. 

No estoy seguro, pero intento aprender algo de cada caída, por dolorosa que sea, y así conseguir una oportunidad de renovarme. 

Hoy estoy sentado con mi amigo Juan, arreglando el mundo, debatiendo sobre la vida, la muerte y la reproducción de los berberechos. Nada serio, lo normal, haciendo algo que se me da bien, escuchar. Lo dejo hablar. Él me cuenta.

La primera vez que lo despidieron, pensó que era el fin del mundo. Pasó días en cama, reflexionando sobre lo que había hecho mal, martillándose con pensamientos autocríticos. Pero, después de un par de semanas, decidió levantarse. Fue un proceso lento, como si cada músculo de su cuerpo se resistiera a moverse. La fuerza interna que comenzó a descubrir lo impulsó a buscar algo nuevo. Consiguió un pequeño trabajo que le permitió, al menos, mantenerse a flote.

Sin embargo, un año después, una nueva caída le golpeó más fuerte. Su pareja, a quien había cuidado durante años, falleció tras una enfermedad. El dolor era inmenso, y las noches interminables se sentían vacías. Una vez más, se encontró en el suelo, desbordado por la tristeza y la culpa. «No pude hacer más por ella», pensaba una y otra vez. Pero, al igual que la vez anterior, algo en su interior le susurraba que el proceso de duelo también podía ser una oportunidad para reinventarse. Durante los días más oscuros, empezó a cuidar su cuerpo. Salió a caminar, a hacer ejercicio, y en esos momentos de conexión con su cuerpo, la mente comenzó a sanar lentamente.

El tiempo pasó y, con él, llegaron nuevos desafíos: un proyecto fallido, un par de viajes, un romance que no cuajó…, la sensación constante de que, a pesar de sus esfuerzos, la vida siempre le ponía obstáculos. 

Un día, después de una difícil jornada de trabajo y frustraciones personales, Juan se sentó frente al espejo y vio a un hombre distinto al que veía años atrás. Ya no era un joven ansioso por lograrlo todo, sino un hombre que comprendía que la vida no era un camino recto. Comprendió que el éxito no solo se medía en logros profesionales o relaciones perfectas, sino en la capacidad de cuidar de uno mismo, de amarse a pesar de las imperfecciones, de permitirse fallar y aprender en el proceso, de perdonarse. «Ya no voy a seguir destruyéndome por cada error», pensó. «Voy a seguir adelante, aprendiendo, pero también voy a cuidarme».

Fue en ese momento, mientras observaba su reflejo, que entendió la lección más importante de todas: el autocuidado no es solo una cuestión de cuerpo, sino de alma.

Así, con una sonrisa renovada, Juan se levantó una vez más. Esta vez, lo hizo con la certeza de que el verdadero secreto para avanzar no era evitar las caídas, sino aprender a levantarse con dignidad, siempre con la esperanza de que cada paso, por pequeño que fuera, lo acercaba más a una vida plena. 

Ahora espero a que él pague los vinos que nos hemos tomado. 

Gracias por leerme.

«¿Me dejas abrazarte?»

La noche se le está haciendo larga. No podía dormir. Llevaba horas dando vueltas en la cama, sintiendo cómo el peso del silencio y la oscuridad se volvían cada vez más en su contra. El reloj en la pared parecía burlarse en cada clic, recordándole que el tiempo seguía avanzando, sin pausa, mientras sigue en el limbo del insomnio.

Las noches son los peores momentos. Durante el día, podía distraerse con el trabajo, con las conversaciones vacías de conocidos, con el ruido constante de la ciudad o las personas que lo rodean. Pero cuando el sol se esconde y se enfrenta a su cama vacía, el recuerdo de su piel contra otra piel se hacía insoportable.

Se acurrucó en su lado favorito de la cama, tirando de las sábanas, buscando el calor que ya no estaba. Deseaba encajar su cuerpo, como piezas de un rompecabezas, contra esa otra persona. Sabía que si esto ocurría, no necesitaban hablar, no necesitaban hacer nada más. Era simplemente la sensación de saber que al estirar el brazo, había un cuerpo cálido y vivo esperando. Esa parte de la noche se había transformado en un abismo de vacío.

Le daba vueltas en la mente el último abrazo que se habían dado. La forma en que sus dedos se enredaban suavemente en su cabello antes de caer en un sueño profundo. El aroma sutil de su piel, la respiración acompasada que, con cada exhalación, acunaba hacia el descanso. Pero esa persona no estaba. No quedaba ni rastro, ni una prenda de ropa olvidada, ni una marca en la almohada. Solo silencio, oscuridad… y soledad.

Cerró los ojos. El hueco a su lado parecía estirarse, volverse infinito. Sus manos, inquietas, buscaron ese cuerpo que, sin pensarlo, atrajo hacia su pecho para abrazarlo.

El frío imaginar no era lo mismo, pero era algo. Sus dedos recorrieron la superficie suave que comenzó moldear con lentitud, como si pudiera darle una forma más familiar.

Empujó los bordes, la apretó entre sus brazos hasta que, al menos en la penumbra,  parecía tomar un contorno casi humano. Cerró los ojos con fuerza, susurrando un nombre.

Durante unos segundos, fue como si esa forma inerte cobrase vida en su abrazo. Su respiración se estabilizó, el ritmo caótico de su corazón comenzó a acompasarse con el silencio de la noche. En su mente, se permitió la fantasía de que esa figura blanda y frágil era la persona que tanto extrañaba. 

Ahora le devolvía el abrazo. O al menos así lo sentía en su desvelo. Los minutos pasaron, y poco a poco, sus pensamientos se fueron apagando. No era lo mismo, no lo sería jamás, pero en esa noche de insomnio, en medio de esa soledad, logró cerrar los ojos y abandonarse al sueño en ese abrazo de ilusión.

No se engañaba: sabía que era solo una almohada. Pero por esa noche, era suficiente.

Gracias por leerme.

«Como en las Islas Canarias»

«Como en las Islas Canarias»

Este en un rincón privilegiado del mundo. El océano se extiende hasta el horizonte y el sol baña la tierra con su luz dorada. Nuestras islas, con sus montañas que tocan el cielo y sus playas que acarician el mar, son un testimonio vivo de la grandeza de la naturaleza. Cada rincón es un poema visual, una obra maestra esculpida por el tiempo y los elementos.

María y Alberto, una pareja cuya conexión es tan profunda como los mares que rodean este paraíso, encontraron en estos paisajes un reflejo de su amor. En cada amanecer, en cada ocaso, en cada brisa marina y en cada rincón escondido, veían una parte de su historia juntos.

En la montaña más alta, con su cumbre acariciando las nubes, María y Alberto veían la solidez y la elevación de su relación. Así como la montaña se mantenía firme e imponente, su amor se mantenía fuerte y constante, sin importar las adversidades. 

En los vastos campos de arena dorada, donde el viento formaba dunas y esculpía paisajes cambiantes, veían la adaptabilidad y la diversidad de su conexión. Aquí, en estos terrenos ondulantes, aprendieron a disfrutar tanto de los momentos tranquilos como de las aventuras inesperadas. 

En los parajes de roca negra, formados por antiguas erupciones volcánicas, encontraban la fuerza y la resiliencia de su vínculo. A pesar de la dureza de la roca, podían ver la vida brotando entre las grietas, flores que florecían en un terreno estéril. Así era su amor, capaz de encontrar belleza y fortaleza en los momentos más difíciles, siempre floreciendo, siempre juntos.

En las interminables playas de arena blanca, donde el mar se unía con el cielo en una línea infinita, sentían la libertad y la inmensidad de su amor. 

En los verdes bosques, donde la vegetación era densa y el aire estaba lleno de vida, encontraban refugio y paz. Aquí, en la serenidad de la naturaleza, podían simplemente ser, disfrutando de la compañía del otro sin necesidad de palabras, sin miradas que los perturbaran o rompieran esos momentos de silencio compartido. 

En las noches claras, bajo un cielo lleno de estrellas, se perdían en la vastedad del universo y se encontraban el uno al otro, aunque fuera en sueños. Cada estrella en el cielo era un recordatorio de los pequeños momentos compartidos, cada uno brillando con su propia luz, cada uno un testimonio de la belleza de su amor.

En los acantilados abruptos, donde la tierra se encontraba con el mar en un abrazo eterno, resistían el embate de las olas, cualquier tempestad, siempre firme, siempre fuerte.

María y Alberto, al recorrer este paraíso, comprendieron que su amor era tan potente y hermoso como el mismo paisaje que los rodeaba. Cada elemento de la naturaleza, desde la montaña más alta hasta la playa más serena, desde la roca más dura hasta el cielo estrellado, les enseñaba algo sobre su relación. En cada paso, en cada vista, en cada momento compartido, veían reflejada la belleza y la fuerza de su amor, un amor que, como este paraíso, era un verdadero tesoro.

FELIZ DÍA DE CANARIAS

Gracias por leerme.

«Con ese beso en la frente»

«Con ese beso en la frente»

Mi abuela siempre me contó que quién besa en la frente ama de verdad, incluso cuando no hay más remedio que seguir amando para siempre. 

Tras compartir toda una vida juntos Valeria y Andrés, con una preciosa historia de años a sus espaldas, riendo, llorando y enfrentándose juntos a todas las adversidades que la vida les había presentado, se tropezaron con el nuevo reto que se les había puesto por delante. Era el momento de volver a demostrar que su amor era profundo y verdadero. Había llegado el momento definitivo en el que sentir y demostrar que era verdad que se habían convertido en el apoyo mutuo que anhelaban y que necesitan para sobrellevar los desafíos del tiempo.

Pero, como suele suceder en la vida, los caminos de ambos tomaron un rumbo inesperado. Andrés había recibido una oportunidad única de trabajo en el extranjero. Era un sueño hecho realidad, pero también significaba dejar atrás todo lo que conocía y amaba. Valeria, aunque emocionada por él, sintió un nudo en la garganta al enterarse, pues sabía que la relación de ambos podría sufrir cambios irremediablemente.

El día de la despedida llegó. Sus manos entrelazadas y sus miradas llenas de amor reflejaban la tristeza que sentían en su interior. 

El tiempo pareció detenerse mientras esperaban en silencio la llamada para embarcar. No querían dejar ir ese momento, querían detener el tiempo y permanecer juntos para siempre, como tantas veces habían hecho. Pero la realidad era implacable y el anuncio de la salida del vuelo finalmente llegó.

Con lágrimas en los ojos, Andrés se giró hacia Valeria y la abrazó con fuerza. Sus corazones latían al unísono, compartiendo el dolor de la despedida. Sus palabras se ahogaron en un mar de emociones, y solo pudieron susurrar promesas de amor eterno.

El último abrazo se volvió un recuerdo imborrable. Sus ojos se encontraron y, en ese instante, supieron que era hora de decir adiós. Con manos temblorosas, Andrés se inclinó hacia adelante y depositó un profundo beso en la frente de Valeria. Sus labios rozaron su piel una última vez, llenos de amor y tristeza.

Valeria abrió los ojos débilmente y miró a Andrés con ternura. Sabía que ese beso era una despedida, un último acto de amor antes de partir. Sin decir una palabra, sus ojos hablaron por ellos, comunicando el agradecimiento por el amor compartido y la promesa de que siempre estarían conectados. Nada, ni el tiempo ni la distancia les robaría aquel amor eterno. 

Gracias por leerme.

P.D.: Llega el momento de darte ese beso en la frente. Es hora de descansar y desconectar un poco. Si todo va bien, regresaré en septiembre por esta esquina. Si te apetece nos vemos entonces. FELIZ VERANO.