
Quizás empiezo a envejecer, o quizás es que hoy es uno de esos días en los que valoro mucho el tiempo dedicado. Con el paso de ese tiempo uno se da cuenta de que la verdadera riqueza no está en lo material, sino en la compañía de alguien que, sin grandes gestos ni palabras rimbombantes, te demuestra cada día cuánto le importas.
Me refiero al tiempo que invierte esa persona que te espera con paciencia a que salgas del trabajo, aunque el tráfico sea un caos. La que, sin que se lo pidas, te lleva un café caliente a la cama en las mañanas frías, o una tableta de chocolate a media tarde para ser compartida. Hablo de esa persona que te manda un mensaje, aunque hace poco tiempo que ha estado contigo, la que te acompaña a una compra porque sabe que, aunque digas que no te importa ir solo o sola, uno siempre se siente mejor con buena compañía.
Valoro qué importante es tener a alguien que te escuche cuando has tenido un mal día, aunque el suyo haya sido igual de complicado. La que te recuerda que cenes, porque sabe que a veces te pierdes en la rutina y te olvidas de cuidarte, la que te sorprende con tu postre favorito solo porque sí, sin razón especial.
Está bien estar momentos solos y disfrutar de esa soledad, pero no deja de estar muy bien tener quien te acompañe los domingos, sin importar si es para ver una película en el sofá, caminar por el parque o simplemente estar juntos sin hablar. Es una gozada tener a quien te cubre con una manta cuando te quedas dormido en el sillón, quien te escribe solo para saber si llegaste bien, quien te abraza sin razón, solo porque sabe que a veces un abrazo lo arregla todo.
Hay que valorar a quien te escucha sin juzgar, quien celebra contigo tus pequeñas victorias y te recuerda lo valioso que eres cuando dudas de ti mismo. Quien se fija en lo que te gusta y en lo que te molesta, no para cambiarte, sino para hacerte sentir más cómodo. Quien, aunque esté cansado, se queda un rato más despierto solo para acompañarte y hablar contigo. Quien te motiva a seguir adelante cuando piensas en rendirte y, cuando necesitas llorar, te ofrece su hombro sin decirte que seas fuerte.
Tiene mucho valor esa persona que, sin importar cuántos años pasen, sigue mirándote con cariño, sigue buscándote con la mirada en una habitación llena de gente, sigue eligiéndote cada día, pese a tener más opciones, y muchas de ellas más fáciles.
Hay que cuidar a esa persona que no solo está en los momentos felices, sino también en los difíciles, en las enfermedades, en las preocupaciones, en los días en los que no tienes ganas de hablar con nadie, pero su presencia reconforta, o que un simple mensaje provoca tu sonrisa.
En un mundo que a menudo nos empuja a la independencia y la autosuficiencia extrema, tener a alguien que te cuide, que se preocupe, que esté ahí, es un regalo invaluable. No es dependencia, es amor. Es la certeza de que, pase lo que pase, no te va a dejar solo.
Y todo ello, aunque a veces lo demos por sentado, es un lujo que pocos tienen y que todos deberíamos aprender a valorar.
Gracias por leerme.