«El regalo»

«El regalo»

Como no puede ser de otra manera, la noche empezó. Lo hizo con esa lentitud espesa de los días fríos. Toda la ciudad lo es. Tanto que hasta los cristales de las ventanas se empañan murmurando un pequeño lamento solicitando calor. Esta noche, ese calor, vendría con regalo. 

Al abrir la puerta, lo primero que notó fue la penumbra cálida. Velas encendidas. Un aroma a canela y madera flotando en el aire. Escuchó el silencio… ese silencio cargado de intenciones, un silencio que ya marcaba la paz que sentían cuando andaban juntos.  

—¡Qué a gusto se está aquí!  —comentó, dejando caer el abrigo sobre la silla.  

No hubo respuesta. Solo una sonrisa, una mirada. Esa mirada que siempre decía más de lo que las palabras alcanzaban. Y luego, la invitación: una mano extendida, un simple roce sobre la cadera para ayudarla a continuar el paso, como una suave guía hacia la sala.

Allí, sobre una alfombra suave, una bandeja y dos copas de vino. El ambiente olía a cuidados, a mimos, a cariño…, a presencia, a espera.  

—Te tengo algo —susurró él, apenas audible—. Lo más valioso que tengo.

Ella arqueó una ceja, curiosa, divertida, dejando que su cuerpo se rindiera al juego. Tomó asiento. Sabía que la iba a sorprender, siempre lo hacía.

Le brindó una pequeña caja de madera. Dentro, halló fragmentos de tiempo dedicado para conseguir todo aquello: Una playlist con canciones que él sabía que le hacían cerrar los ojos y morderse el labio; fotografías impresas de momentos fugaces que ella ni recordaba haber sido capturada; un pequeño adorno para llevarse; un cuaderno con letras cuidadas, donde él escribía y a veces le dejaba leer la primera… Y una nota: 

«Te regalo mi tiempo, mis horas lentas, mis pensamientos cuando no estás, mi deseo constante, mis ganas de sorprenderte, la dedicación de mis gestos más pequeños, la paciencia con la que aprendo a leer lo que necesitas y el placer con el que te descubro. Te regalo cada día que pasa, mis ganas de estar y de que estés, te entrego mi tiempo, ese que no nos sobra, en silencio, sin hacer ruido, con tacto, con intención, con todo cariño.»

Ella levantó la vista. El vino quedó olvidado. Se besaron con esa cadencia que solo conocen quienes se escuchan con la piel y el alma.  Esa noche no se habló más. No hizo falta. El frío cesó, la promesa del calor había llegado.

Gracias por leerme.

«Encontrar la paz interior»

El eco de sus propios pasos, resonando contra las paredes del viejo apartamento, le resultaban del todo armónicos y misteriosos. Le daban a su vida una banda sonora misteriosa, atractiva. 

Nada más entrar Se dejó caer en el sofá con un suspiro. Hundió el rostro en las manos. Su mente era un torbellino de pensamientos oscuros, resentimientos y frustraciones que se acumulaban. Sentía que la vida le había cerrado todas las puertas y que cada intento de avanzar terminaba en una pared invisible que lo devolvía al mismo punto de partida. 

Esa tarde, en una de sus caminatas sin rumbo, terminó en una librería de segunda mano. Sin saber por qué, tomó un libro de filosofía oriental y comenzó a hojearlo. Una frase le llamó la atención: «No puedes controlar el mar, pero sí aprender a navegar sus olas». Se quedó mirando las palabras, que bailaban ante sus ojos al mismo ritmo que en tantas ocasiones contemplar el movimiento de la marea lo llevaba a la calma, como si esas olas fueran un código que debía descifrar.

Durante las siguientes semanas, dedicó unos minutos cada día a respirar, a meditar, a observar sus pensamientos sin juzgarlos. Al principio le resultó absurdo; su mente seguía gritando, pero poco a poco, fue sintiendo una paz extraña, como si hubiera un espacio dentro de él que no estaba contaminado por el ruido de su propia angustia.

Con el mismo vaivén del mar, los cambios se empezaron a notar. Su manera de reaccionar ante las dificultades se transformó. Ya no explotaba por cualquier contratiempo, ya no se paralizaba ante el miedo. La rabia y la desesperación fueron cediendo espacio a la aceptación y la claridad. Con ello, las oportunidades comenzaron a aparecer. Estaba orgulloso de su trabajo interior. 

Sus sentimientos seguían activos, más que nunca, con más fuerza y sinceridad que nunca. Pero siempre hay cosas que no cambian. que todo lo contrario, que mejoran con el tiempo y con la mejora interior. 

Como cada vez que la veía, la garganta se le anudó. Al encontrarse no hablaron, no había necesidad. Se miraron, con el peso del cariño que se tenían reflejado en sus ojos, y se abrazaron con fuerza. Al fundirse en ese abrazo ambos sintieron como algo dentro se rompía y se reconstruía al mismo tiempo. Era la paz que se daban, y con ella, el camino para avanzar.

Gracias por leerme.