«¿Quién me cuida?»

Dicen que cuidar es un verbo que se conjuga hacia afuera. Yo me lo creí durante años.

Soy cuidador por vocación, por inercia y, con el tiempo, por identidad. Aprendí a anticiparme al frío de otros antes de que pidieran una manta. A reconocer el temblor en una voz que todavía decía “estoy bien”. A preparar dos tazas cada mañana, aunque la otra apenas se probara. Aprendí,  sobre todo, a estar presente.

Había algo hermoso en eso. Acompañar el primer café del día sin palabras, en ser la última voz que decía “buenas noches”, en ofrecer la mano durante un paseo lento. Pero, en medio de todo, empezó a filtrarse una pregunta, que no obtenía respuesta, ¿quién me cuida a mí?

No llegó de golpe. Fue una suma de pequeños vacíos. Como darte cuenta de que nadie te pregunta cómo has dormido, o que, por seguir en ese ejemplo, si te quedas dormido en el sofá, nadie vendrá a taparte. Que el café siempre está caliente para otros, pero el tuyo se enfría mientras atiendes urgencias ajenas. Intenté normalizarlo. 

Nos contamos que cuidar implica renunciar, que ya habrá tiempo para uno mismo. Pero el cuerpo no entiende de excusas.

Empecé a sentir un cansancio distinto. No el del esfuerzo, sino el de la ausencia de retorno. Me descubrí deseando cosas pequeñas, que alguien dijera “hoy me ocupo yo”, que me tomaran la mano sin pedirlo, que alguien notara mis silencios, o que me dieran un beso sin motivo aparente.

Una noche me quedé dormido en el sillón. Antes de cerrar los ojos pensé, casi sin darme cuenta, que ojalá alguien viniera a cubrirme con una manta. No por el frío, sino por lo que ese gesto significa: “te veo”. Desperté de madrugada. Sin manta.

No fue grave. Pero ahí entendí algo que llevaba tiempo evitando, cuidar sin ser cuidado no es virtud, es desgaste. Entonces decidí retirarme un poco. No de las personas, sino del rol. Dejar de anticiparme siempre. Ver quién aparecía cuando yo no lo hacía. 

Fue incómodo. Algunos silencios se hicieron muy largos. Algunas manos no llegaron. Descubrí relaciones sostenidas casi solo por mi, pero también descubrí que…

Una mañana me levanté tarde. Preparé café. Una sola taza. Me senté sin prisa, junto a la ventana. Mirando al vacío. Por primera vez en mucho tiempo, me tomé el café caliente.

Esa noche dejé una manta doblada en el sofá. Sin pensar demasiado. Como un gesto mínimo.

Horas después, me desperté allí mismo, en el sofá, con frío. Entonces cogí la manta y me tapé. No hubo nadie más. Solo ese gesto, en el que entendí el giro de todo. Había estado esperando que alguien ocupara un lugar que yo mismo había abandonado.

No es que nadie me cuidara. Es que yo había aprendido a no hacerlo conmigo. 

Desde entonces sigo avanzando, pero ya no desde la espera, sino desde la elección. Algunas noches, cuando el cansancio me vence, hay alguien que viene, en silencio, a taparme con una manta, soy yo, y en el fondo sabes que echo de menos tu abrazo.

Gracias por leerme.

«El regalo»

«El regalo»

Como no puede ser de otra manera, la noche empezó. Lo hizo con esa lentitud espesa de los días fríos. Toda la ciudad lo es. Tanto que hasta los cristales de las ventanas se empañan murmurando un pequeño lamento solicitando calor. Esta noche, ese calor, vendría con regalo. 

Al abrir la puerta, lo primero que notó fue la penumbra cálida. Velas encendidas. Un aroma a canela y madera flotando en el aire. Escuchó el silencio… ese silencio cargado de intenciones, un silencio que ya marcaba la paz que sentían cuando andaban juntos.  

—¡Qué a gusto se está aquí!  —comentó, dejando caer el abrigo sobre la silla.  

No hubo respuesta. Solo una sonrisa, una mirada. Esa mirada que siempre decía más de lo que las palabras alcanzaban. Y luego, la invitación: una mano extendida, un simple roce sobre la cadera para ayudarla a continuar el paso, como una suave guía hacia la sala.

Allí, sobre una alfombra suave, una bandeja y dos copas de vino. El ambiente olía a cuidados, a mimos, a cariño…, a presencia, a espera.  

—Te tengo algo —susurró él, apenas audible—. Lo más valioso que tengo.

Ella arqueó una ceja, curiosa, divertida, dejando que su cuerpo se rindiera al juego. Tomó asiento. Sabía que la iba a sorprender, siempre lo hacía.

Le brindó una pequeña caja de madera. Dentro, halló fragmentos de tiempo dedicado para conseguir todo aquello: Una playlist con canciones que él sabía que le hacían cerrar los ojos y morderse el labio; fotografías impresas de momentos fugaces que ella ni recordaba haber sido capturada; un pequeño adorno para llevarse; un cuaderno con letras cuidadas, donde él escribía y a veces le dejaba leer la primera… Y una nota: 

«Te regalo mi tiempo, mis horas lentas, mis pensamientos cuando no estás, mi deseo constante, mis ganas de sorprenderte, la dedicación de mis gestos más pequeños, la paciencia con la que aprendo a leer lo que necesitas y el placer con el que te descubro. Te regalo cada día que pasa, mis ganas de estar y de que estés, te entrego mi tiempo, ese que no nos sobra, en silencio, sin hacer ruido, con tacto, con intención, con todo cariño.»

Ella levantó la vista. El vino quedó olvidado. Se besaron con esa cadencia que solo conocen quienes se escuchan con la piel y el alma.  Esa noche no se habló más. No hizo falta. El frío cesó, la promesa del calor había llegado.

Gracias por leerme.