Las dunas del desierto son inmensas. Desde ellas la vida se ve de otra manera. La paz que transmiten es solo comparable con aquella que encuentran en esa persona que siempre te acompaña. Allí estaban.
El sol caía como un peso sobre los hombros de ambos. Caminaban sin rumbo fijo, con la arena cubriéndoles los tobillos, filtrándose por cada agujero de su ropa, por cada poro de su piel, como si el desierto quisiera tragarlos lentamente. No hablaban mucho, apenas lo justo. Sus palabras se mezclaban con el viento cálido y seco, perdiéndose entre las dunas.
La primera vez que se tocaron fue por error. Una mano que buscaba equilibrio tropezó con la piel del otro, y allí quedó, como si hubiese encontrado algo más firme que la arena. Luego vinieron las noches, frías y silenciosas, en las que el cuerpo del otro era refugio y el deseo se confundía con necesidad.
No sabían cuánto tiempo llevaban allí. En el desierto, los días eran espejos de sí mismos: una repetición de soles inmisericordes y lunas que espiaban desde lejos. Pero se sentían libres. Sin teléfonos. Sin ruido. Sin relojes. Se tenían solo el uno al otro, y eso bastaba.
En medio del vacío dorado, crearon algo. Una intimidad, una complicidad hecha de miradas y gestos mínimos. Se amaron sin apuro, como si el mundo hubiese desaparecido y solo quedaran ellos dos y la vasto del territorio.
Una tarde, cuando el sol comenzaba a inclinarse hacia el horizonte, él se detuvo a observarla. Había arena en su cabello, en sus labios, en su rostro y aun así le parecía la visión más limpia y preciosa que había tenido nunca.
Ella lo miraba como siempre. Sonrió. Le habló, pero su voz le pareció lejana, como un eco. Intentó acariciarle el rostro, como tantas veces hacía, pero no logró llegar a ella.
Parpadeó. Volvió en sí. Estaba solo.
Sentado en el sofá del departamento. La televisión encendida, las persianas cerradas. La copa de vino en la mano. Una vela encendida sobre la pequeña mesita de centro. Afuera, llovía. El aire era húmedo, espeso.
Ella estaba allí, pero no con él, solo en sus pensamientos. En el desierto con su mundo aparte. Un espejismo, una fantasía que su mente había creado para huir de lo real. No estaban perdidos en ninguna parte. Estaban donde siempre habían estado. Juntos sin estarlo.