«El invierno interior»

EL INVIERNO INTERIOR

Hoy es jueves, toca escribir esta esquina, pero hace frío, Miro por las ventanas de mis salón y contemplo como ese frío no viene solo, el viento trae las nubes y el aire muerde las manos. 

El frío no está solo, lo acompaña el silencio más hondo, ese que se cuela por los espacios donde antes había risas, mensajes, pasos compartidos. El invierno tiene esa costumbre, desnudarlo todo. Quita hojas, acorta los días y nos enfrenta a la pregunta que evitamos cuando hay ruido alrededor ¿con quién estamos cuando no hay nadie?

Caminar en invierno es caminar más despacio. El cuerpo pide abrigo y el alma también. Se piensa en la falta de compañía como quien mira una silla vacía frente a la mesa. No duele de inmediato, duele cuando uno se sienta y entiende que el eco es propio. 

Pero el frío, aunque parezca castigo, es en realidad un maestro severo y honesto. Nos obliga a mirarnos sin distracciones, a escucharnos sin testigos.

Hay una trampa en desear que alguien más nos caliente el invierno interior. Creemos que la compañía nos salvará del frío, cuando muchas veces solo lo pospone. El crecimiento, ese que transforma de verdad, ocurre cuando aceptamos quedarnos un rato en esa intemperie emocional, cuando dejamos de huir del silencio y aprendemos a hacer fuego con lo que somos.

El invierno enseña a valorar el calor porque primero nos lo niega. Enseña que la soledad no siempre es ausencia, a veces es espacio. Espacio para entender qué nos falta y, más importante aún, qué nos sobra. No se puede crecer rodeado de ruido constante, hay raíces que solo se fortalecen bajo tierra, en la oscuridad, en el frío. 

Así que sí, es jueves y hace frío. Aquí estoy, cumpliendo con mi propio compromiso de volver a esta esquina. Tal vez no haya nadie esperando al final del día. Pero en ese camino helado hay una oportunidad secreta, caminar contigo mismo, aprender mi ritmo, descubrir que también sé sostenerme. El lector de esta historia —tú— solo puede atravesarla para crecer, porque el invierno no llega para destruirnos, llega para prepararnos para la primavera que aún no vemos, pero que, silenciosamente, ya está en camino.

Gracias por leerme.

«Con los ojos de Soledad»

Como cada vez que entraba en aquel café, se sentó al final, en la esquina más oscura. Allí se sentía segura Nadie notaba su presencia, aunque estaba ahí desde el principio de los tiempos, convirtiéndo su mesa en un lugar fantástico para otear todo lo que ocurría. 

Desde su posición observaba las mesas llenas de risas, las conversaciones que se entrelazaban como hilos invisibles, las miradas cómplices entre los amantes, los reproches… Y, sin embargo, nadie le dirigía una palabra.

Llenando sus pulmones de aquel aire cargado, Soledad suspiró, aceptando su propio ser, validando sus sentimientos y hasta su propia existencia. Era curioso cómo todos la conocían, pero nadie quería admitirlo. La rechazaban, la temían, la cubrían con ruido, con pantallas, con falsas compañías. Pero tarde o temprano, todos terminaban en su regazo. No por venganza, sino porque era inevitable. 

Ella sabía y aceptaba la idea de que no siempre era bienvenida. Había quienes la buscaban, sí, quienes la invitaban y la abrazaban con aceptación, pero también estaban aquellos que la sufrían, que la llevaban a cuestas como un peso que no pidieron. Era la soledad impuesta, la que llegaba con despedidas que no se desearon, con ausencias que dolían como heridas abiertas. Esa soledad no era musa ni inspiración; era sombra, vacío, un eco constante de lo que ya no estaba.

A veces, se encontraba en habitaciones frías, donde la ausencia pesaba más que el aire. En hospitales donde las visitas no llegaban, en hogares donde el desamor se había vuelto costumbre y el silencio se instalaba entre las paredes. Se colaba en las vidas de aquellos que habían sido olvidados, de quienes esperaban llamadas que nunca sonaban, de quienes veían pasar los días sin un alma que les preguntara cómo estaban. En la soledad de una cama a medianoche.

Soledad conocía el sabor amargo del abandono, la sensación de gritar en un desierto donde nadie escuchaba, o en lo más profundo del monte, donde siempre había alguien que escapaba para ocultarse de los otros. Sabía que en esos casos no era bienvenida, que la querían expulsar como si fuera un mal del que se podía huir. Pero no siempre era posible. No siempre había alguien dispuesto a tender una mano.

Recordaba con ternura a los poetas que la abrazaban sin miedo, a los artistas que la invitaban a sentarse junto a ellos mientras creaban mundos con tinta y pinceles. Con ellos no tenía que esconderse. Con ellos no era una intrusa, sino una musa. Pero el resto de la humanidad la veía como una sombra no deseada.

Pero hasta a ella misma las dudas de su propia existencia también le asaltaban. A veces, Soledad se preguntaba cómo sería ser otra cosa, algo más cálida, más bienvenida. ¿Cómo sería ser Esperanza? ¿O quizás Amor? Nunca tendría esa respuesta. Su naturaleza era distinta. No traía promesas, ni susurros dulces, solo silencio. Y el silencio era demasiado incómodo para aquellos que temían encontrarse consigo mismos.

Se levantó de su asiento con calma. Era hora de seguir caminando por la ciudad, buscando nuevos rincones donde existir sin ser notada. Tal vez, en alguna ventana iluminada, encontraría a alguien dispuesto a compartir un poco de su espacio con ella. Después de todo, no pedía mucho. Solo que, de vez en cuando, alguien la mirara a los ojos y le dijera: «Te veo. Y hoy, está bien que estés aquí». No siempre es así. 

Gracias por leerme.

«Una triste soledad»

«Una triste soledad»

Aunque muchos no lo creen, Juan es un hombre con el alma solitaria. Apenas lo demuestra, pues casi todo el día está embutido en una bulliciosa actividad, en la que se coloca una especie de máscara y disimula su existencia. 

Vive en un pequeño apartamento, rodeado de otros pequeños apartamentos habitados por personas que no conoce, con las que a veces se tropieza en el ascensor y con las que no habla nada más allá de un simple saludo o una triste despedida. 

Aunque la ciudad en la que vive está llena de vida y muchos consideran que Juan tiene una gran actividad, lo que yo sé de él, es que Juan se siente aislado y solo.

Ese sentimiento comenzó años atrás. Sin un motivo aparente, sino fruto del día a día, que le encaminó a tener, fuera del ámbito laboral, una existencia monótona y vacía.

Pasa sus días trabajando en la oficina, y cuando por las noches regresa a su casa lo hace en solitario. Se abraza a esa soledad y deja que su cabeza viaje por el mundo de los sueños y los deseos, que, de alguna manera, le aportan ilusión. 

Recostado en su sofá recuerda como hace tiempo la había mirado con ternura deseando conocerla, y eso logró hacerlo. Con el paso de los años llegaron a hacerse amigos, de esos que nunca se abandonan, de los que basta una mirada para saber que algo pasa y que el otro necesita ayuda; entonces se juntaban.

Llegaron a enamorarse, a enamorarse mucho, si eso es posible grduarlo. Pasaban horas acurrucados, hablando, riendo, noches en vela y en una conversación constante. Juan pensó que todo aquello era un sueño. 

Ahora que no puede llegar a ella, sigue soñando con hacerlo, pero acompañado de su soledad, esa que nadie conoce, esa que cada mañana disfraza y esconde, esperando recuperar la conexión que siempre han tenido, que se mantiene oculta a la vuelta de la esquina, esperando, y que ambos saben que puede traerles luz, paz y calor a esos corazones que ahora se sienten solos, en una triste soledad.

Gracias por leerme.

«Soledad a días alternos»

Un sillón puede marcar una historia.

Sin saber muy bien el motivo se quedó parado en el centro del pequeño apartamento. Su mirada apuntó al destartalado asiento. 

Desde la pequeña distancia observó y recorrió el contorno de la única silueta que lucía el sillón, la suya propia.

Aquella estaba dibujada por el desgaste de la tela, al sentarse siempre en el mismo lugar. Contemplarla así, acompañado solo del sonido sordo de las cuatro paredes, le indicaba el día en el que estaba.

Tras la separación su hijo le visitaba a días alternos. Era cuando el pequeño llenaba de risas y fiesta la casa, y su alterna vida. Hoy no era uno de esos.

El eco del tic-tac del reloj le percutía la cabeza. El silencio le martilleaba el alma. Estaba solo. Se sentía solo.

Necesitaba encontrar una persona que le cambiara la vida, con la que compartir aquel sofá. Aunque solo fuera a días alternos.

Gracias por leerme.