«Pura serotonina»

«Pura serotonina»

Somos animales de costumbre a los que, a veces, un pequeño acto nos puede producir cambios sustanciales en nuestra forma de ser y estar. 

Ella despertaba todos los días con la misma rutina medida al milímetro: café, gimnasio, ducha, desayuno con avena, lectura de las noticias del día, arreglarse con calma… todo con calma, hasta que la alarma del móvil le volvía a sonar para entender de que debe salir corriendo al trabajo, pues ya se le hace tarde.  

A simple vista, su vida parece tranquila, incluso admirable, pero por dentro, era una estrategia. Una orquestación meticulosa para mantener a raya aquello que había aprendido a temer: el vacío. No era tristeza, ni melancolía, es la ausencia de algo más profundo, una falta de sentido que sólo se manifestaba cuando los estímulos externos dejaban de sonar.

Para llenar ese espacio, cada vez que tenía un rato así, de vacío, le gustaba interesarse por un tema en concreto. Lo explotaba y estudiaba hasta sentirse conocedora del tema. Últimamente había estudiado todo sobre la serotonina. 

Estaba realmente asombrada por esa molécula milagrosa que el cuerpo produce casi como una recompensa por vivir de manera correcta: ejercicio, alimentación, sueño, gratitud, contacto con la naturaleza… 

Un día cualquiera —nublado, húmedo, sin mayor promesa que ser uno más— entró en aquella cafetería y lo vió. No era un hombre particularmente llamativo, ni joven, ni brillante. Estaba leyendo un libro sobre edificaciones antiguas, subrayando con un lápiz de manera minuciosa. Lo observó unos segundos y, sin pensarlo, se sentó en la mesa de enfrente. No intercambiaron palabras. Durante semanas, coincidían por azar a la misma hora. Al principio, bastaba con verlo. Luego, empezó a notar su risa baja, contenida. 

Una mañana, él dejó una nota entre las páginas de un libro que sabía que ella leía: “¿Café después de esto?” Así comenzó todo.

La relación fue en una sensación creciente de bienestar. Las caminatas juntos reemplazaron sus paseos solitarios. Las comidas eran compartidas. El silencio entre ellos, cómodo. Ella notaba los cambios sutiles en su cuerpo: dormía mejor, tenía menos antojos, la ansiedad que solía presentarse como un puño en el pecho se había disipado. Incluso su piel parecía más luminosa.

Semanas después de conocerlo, ya se sentía mejor. Había un ascenso sostenido en su bienestar. Entonces recordó su último estudio, anotando en su cuaderno una única palabra en mayúsculas: SEROTONINA.

Volvió a leer los artículos científicos. Hablaban de la serotonina como modulador de ánimo, del intestino, del sueño, pero también mencionaban algo que había pasado por alto: el afecto humano. El contacto cálido. La intimidad emocional. El amor, incluso. No de forma romántica necesariamente, sino como vínculo, como espejo emocional. Ahí comprendió.

Toda su estrategia había servido para preparar el terreno. Para que su cuerpo pudiera recibir, aceptar y amplificar algo que no se puede fabricar con avena ni con yoga: la serotonina que brota cuando uno se siente visto, acogido, sostenido. El vínculo era el catalizador que ejercía como un amplificador químico. 

Esa noche, mientras él dormía a su lado, ella lo observó con una ternura inédita. No como se mira a alguien necesario, sino como se contempla una coincidencia biológica y mágica a la vez.

Gracias por leerme.