
Como cocinillas venido a menos, por esas cosas de la vida de que cocinar para uno solo no me da mucho aliciente, estoy seguro de que vivir se parece mucho a cocinar. Lo digo no por las recetas, sino por la necesidad de encontrar el punto justo entre lo simple y lo sabroso.
Hay días que las comidas saben sosas, como pan sin levadura, y otros que estallan como un guiso bien hecho: lento, profundo, con capas que se revelan con el tiempo.
El descubrimiento llegó una tarde cualquiera, sin anuncios previos, en un rincón polvoriento del mercado, entre sacos de especias y ristras de ajos, apareció el frasco. “Ras el Hanout”, decía la etiqueta. La mezcla tenía un olor antiguo, casi sagrado: canela, jengibre, cúrcuma, comino, algo dulce y algo punzante. Se lo llevó sin dudar, guiado más por la memoria que por el paladar. Como la vida misma, este era un bonito regalo que llevar.
Esa noche hubo cena. No por una ocasión especial, sino por necesidad de reunir lo que llevaba tiempo cocinándose como un guiso perfecto.
Quienes se sentaron en la mesa eran de esos que siempre están, aunque a veces no se diga. Personas cercanas, con las que se sabe que siempre se puede contar, a pesar de la costumbre, o de la prisa, o los impedimentos de las propias vidas.
El plato salió del horno con un aroma envolvente, casi como si la casa misma quisiera abrazar. Ese abrazo siempre deseado y esperado. Hubo una expresión de asombro general
Tras el primer bocado, una pausa. Una de esas paradas en las que el gusto obliga al alma a despertar. Los sentidos parecieron despertarse y los labios cedieron al disfrute, como lo hacen en un beso profundo lleno de pasión.
“¿Qué le pusiste?”, preguntó alguien. La respuesta llegó sin grandes gestos: “Ras el Hanout. Significa ‘la cabeza de la tienda’. Es decir, lo mejor que el comerciante tiene es su tienda. Cada mezcla es única, por lo que pensé que eso deberíamos hacer también con las personas que queremos: poner lo mejor que tenemos en nuestra relación, aunque sea en silencio.
La ilusión llenó el espacio. Las palabras no hicieron ruido, pero se quedaron. Porque a veces se olvida que las relaciones también se condimentan. Que no basta con estar. Hace falta compañía, dulzura sin pedirla, llamadas, mensajes, sorpresas pequeñas que mantengan el entusiasmo y la relación viva, un poco de picante que agite la rutina, y sobre todo, calidez. Esa que no se compra, pero se nota, la que se comparte en una mirada o un roce de las manos.
Esa noche no hubo discursos ni promesas. Solo miradas que se entendieron mejor, risas que no buscaban likes y gestos que hablaban de compañía. Porque cuando se sazona la presencia con cuidado, la vida sabe diferente, sabe a hogar, a ternura, a paz, a ese “estoy contigo para siempre” que no necesita palabras. Estar en silencio sin necesidad de forzar.
Desde entonces, quien cocinó ese plato guarda el Ras el Hanout cerca. No solo en la cocina, también en el alma. Y cada vez que hay oportunidad, lo recuerda, la saborea ya que el cariño no se sirve solo, se condimenta. Y siempre, ¡siempre! hay que cuidar a quienes se quedan.
Gracias por leerme.








