«El primer café de la mañana»

En estas mañanas de invierno los primeros rayos de luz son tímidos. Ella se sienta en su rincón habitual de la cafetería, esa donde el aroma del café se mezcla con el frío de la calle. La ventana grande, a modo de escaparate al mundo, parece un cuadro en el que la ciudad transcurre a su ritmo, mientras ella se sume en sus pensamientos, mirando las calles aún vacías, las sombras que se alargan y los primeros pasos de la gente apresurada.

Siempre se sienta en el mismo sillón, es el más cómodo, con buenas vistas, con un cojín para proteger su espalda. Siempre le sirven con cariño su café, en la misma taza. Siempre, allí sentada, siente la misma sensación de paz y tranquilidad que aquella esquina le da. Ese momento, su refugio.

Desde el otro lado de la calle, él también comenzaba su día. Se sienta, como repitiendo la escena, en una cafetería parecida  del otro lado de la calle, con casi la misma distribución y el mismo ventanal. 

En ocasiones sus miradas se cruzan. No se conocen, pero algo en la distancia de esos encuentros les hace sentir que sí lo hacían. 

A veces, él la veía a través de la ventana, sabiendo que ella estaba allí, pero sin atreverse a cruzar la calle. Ella, por su parte, sentía esa extraña conexión, como si la vida los hubiera colocado en caminos paralelos, que nunca se cruzaban, pero que se sentían cerca.

Una mañana, la rutina se rompió cuando ella, sentada como siempre frente a su café, pensó: ¿Y si un cambio no es tan malo? La idea era simple, casi absurda, pero al mismo tiempo llena de posibilidades. Él había comenzado a mirarla más a menudo, quizás también preguntándose sobre su vida, sobre el misterio de su rostro silencioso. Ella lo sabía, y algo en su interior le decía que no podía seguir mirando sin hacer nada.

Así que, a la mañana siguiente, entró en la otra cafetería. Sonrió al barista y le dejó un billete con una indicación.

Cuando el hombre del otro lado de la calle, al igual que siempre lo hacía, se acercó al pequeño bar de su esquina, vio, para su sorpresa, que su café ya estaba pagado, pero lo que le llamó la atención no fue el gesto en sí, sino la pequeña nota que lo acompañaba.

«Para el hombre de la esquina. Si alguna vez tienes tiempo, cruza la calle. Lo que creemos perdido siempre puede ser encontrado.»

Sin dudarlo, con una mezcla de incertidumbre y curiosidad, cruzó la calle, sus pasos resonaron con cada latido que aceleraba su pecho. No podía evitar sentirse atraído por el misterio de la nota. 

Cuando entró a la cafetería, encontró a esa preciosa mujer, tan serena como siempre, pero con algo diferente en sus ojos. La miró, y sin decir nada, ella le ofreció una sonrisa.

—Me alegra verte —dijo ella, como si ya lo hubiera estado esperando durante años.

Él no necesitaba palabras para entender lo que sucedía. La historia que ambos pensaban que estaba enterrada, que se había ido con el tiempo, ahora resurgía. Como si el destino hubiera decidido darles otra oportunidad, una donde ambos podrían encontrar lo que alguna vez se creyó perdido.

Con una simple taza de café entre las manos, comenzaron a hablar. Y en ese espacio tan pequeño, tan suyo, descubrieron que las historias que pensaban muertas no estaban tan lejos. Solo necesitaban el momento adecuado para revivirlas.

Gracias por leerme.

«La belleza de dos»

«La belleza de dos»

Antonio abre la boca denotando una clara cara de asombro. Entró en aquella exposición sin ningún entusiasmo, con el único fin de hacer algo, de pasar el tiempo, de matar la tarde. 

Nada más cruzar el umbral, y hacer un pequeño barrido con su mirada por la sala de  exposiciones, una pintura en particular capturó su atención. Era el retrato de una mujer, «Mariela», de una belleza extraordinaria. 

De su rostro emanaba una expresión tan preciosa que solo con ella parecía que repartía serenidad y confianza, tranquilidad y entusiasmo, inteligencia y pasión. Sus ojos reflejaban una profunda amabilidad y compasión.

Antonio quedó fascinado con aquella pintura. Se acercó a ella y comenzó a estudiar cada detalle. Cada trazo del pincel parecía capturar la esencia misma de la mujer retratada.

Una voz a su espalda le preguntó: 

–¿Qué ve en esa pintura? No puedo dejar de notar cómo la mira.

Antonio, ensimismado como estaba, no se giró, empezó a hablar sin parar y sin intercambiar mirada con la voz que le pedía opinión: «Es como si esta mujer fuera más que una simple imagen en un lienzo. Puedo sentir su alma y su mente a través de sus ojos. Me hace pensar en cuánta belleza y cuánta bondad puede existir en una sola persona».

–Me alegro que le guste –contestó aquella voz–, sin duda es mi autoretrato favorito. 

Mariela resultó ser real y tan cautivadora como Antonio había imaginado. Tenía una mente brillante y derrochaba pasión y energía en todo aquello que hacía. 

A medida que pasaban más tiempo juntos, Antonio descubrió que su belleza interior coincidía con su belleza exterior. Era compasiva, generosa, amable y cariñosa, además siempre estaba dispuesta a ayudar a los demás.

Ambos se hicieron inseparables, se apoyaban constantemente, pues su fuerza y energía estaba en reconocer que la belleza de la otra persona no se limita a su apariencia, sino a la combinación de su mente y alma. Ambos hacían que esa combinación fuera perfecta. 

Gracias por leerme.

«Tomar un buen café caliente»

El café me gusta tomarlo caliente como a las…

El café me gusta solo, caliente y amargo. Hay quién dice que así mismo es la vida. Quien piensa de esta manera, no siempre acierta.

El pequeño apartamento en el que ahora vive tiene grandes ventajas. Si le preguntas a él, sin duda te dará dos: Se limpia fácilmente y dispone de una fantástica terraza en la que se sienta todos los días a disfrutar de un buen café. Lo hace como yo: solo, caliente y amargo, como la vida misma. 

Aquel día, se disponía a desayunar en la terraza mientras se ponía al día con lo ocurrido en el mundo leyendo Twitter. El timbre sonó y eso le molestó, no le gustan las tostadas frías y, por supuesto, tampoco el café.

La mirilla le devolvió una imagen que no se esperaba. La vecina rubia. 

–Perdona que te moleste. Es que he dejado las llaves de mi apartamento puestas en la cerradura, cerré sin querer y… Ya sabes, mi ex dice que es porque soy rubia.

No supe qué decir. Aquella mujer me ponía nervioso. Habíamos coincidido un par de veces en el garaje, pero como nunca uso el ascensor, apenas cruzábamos un intento de saludo con la cabeza. Otros días, la escuchaba en la terraza: hablando por teléfono, o regando las plantas, o tomando el sol… Reconozco que en alguna ocasión me subí a la silla para espiarla por encima del muro.

–Tranquila, tu eres la vecina rubia y yo el vecino colgado –comté de manera estúpida– ¿Qué quieres hacer?

–Si no te es mucha molestia, creo que podría saltar por tu balcón y así poder entrar en mi casa… Dejé la puerta abierta, salí a regar las plantas del pasillo y la corriente de aire… –su cabeza bajó y entonces me di cuenta, hasta ese momento solo me había fijado en los labios carnosos de su boca, que estaba en bikini.

Allí me quedé, embutido aún en mi pijama, con la cafetera en la mano enfriándose y con la mirada puesta en sus pechos, calentándome.

–Genial –atiné a decir– ¿Te apetece un café?

Desde ese día, siempre que podemos, nuestro gusto por el café ha cambiado. Ya no lo tomamos solos, sino juntos, ni amargo, sino acompañados de risas y carantoñas. Lo que sí que ha aumentado es lo caliente del momento.

Gracias por leerme.