
Mirar con ojos de niño es ver el mundo sin las sombras del pasado, descubrir en cada gesto, en cada palabra, una promesa de lo que aún puede ser. Es encontrar magia en lo cotidiano, como si todo tuviera la capacidad de sorprendernos una vez más, como si, incluso en el silencio, existiera una posibilidad de volver a empezar.
De esa forma él la miraba. Con la misma intensidad con la que se mira aquello que se ha perdido y se anhela. Su voz, temblorosa pero firme, rompió el silencio que llevaba días arrastrando: «Te echo mucho de menos»; dijo, sin que le importara el tono que adquiría su voz.
Había algo de vulnerabilidad en esa declaración que no podía ocultar, como si al decirlo, algo dentro de él se aligerara. «Tus mensajes, esos pequeños momentos de conexión, las palabras que llegaban con tu huella, esas que parecían hechas solo para mí.»
Sus ojos se posaron en ella, buscando la reacción, esperando quizás una respuesta que aliviara la incertidumbre de su corazón. Pero lo que más deseaba, lo que realmente le faltaba, era el roce de su mano, tan cálido, tan cercano, esa simple caricia que era como un refugio. «Lo echo de menos», repitió, casi sin darse cuenta, mientras sus dedos tocaban casi sin querer la superficie de la mesa, como si esperara sentir una presencia que no estaba allí.
Ella se quedó callada un instante, absorbiendo sus palabras, y él continuó, consciente de que quizás ya era tarde, pero también sabiendo que había algo que no podía callar. «Las confidencias», susurró, como si al decirlo pudiera invocar las noches en que todo parecía más simple, cuando compartían sus miedos y sueños sin reservas. «Esas conversaciones que duraban horas, cuando el mundo fuera de nosotros desaparecía.»
El silencio se alargó entre los dos, como una cuerda tensada al límite, y por un momento ambos sintieron el peso de lo no dicho, lo que ya no se compartía. Pero algo en el aire cambiaba, un leve rastro de esperanza, como si tal vez, al menos una de las piezas del rompecabezas que habían dejado inconcluso, siempre encajaba. El abrazo llegó.
Gracias por leerme.