«El anhelo»

El anhelo

Parece mentira pero sabemos que hay silencios que pesan más que una despedida. 

Son aquellos que no hacen ruido, los que no rompen nada, son sólo los que se instalan dentro, como una habitación cerrada en mitad del pecho. Desde ahí observan la vida pasar, mientras uno sonríe, trabaja, conversa y aparenta estar completo. 

El anhelo nace así. Primero como una incomodidad pequeña, una sensación difícil de nombrar. Después crece, se vuelve una pregunta constante: “¿Y si mi vida pudiera ser algo más?”, “¿y si…?

Hay quienes intentan ahogarlo con rutina. Otros con ruido, algunos llenan los días de obligaciones para no escuchar esa voz que aparece de madrugada o justo antes de dormir. Pero el anhelo es paciente, sabe esperar.

A veces aparece viendo la lluvia tras un cristal, o en medio de una reunión donde todo parece correcto y, aun así, algo dentro se siente ausente. Surge al mirar fotografías antiguas y descubrir que, en algún momento, uno dejó de reconocerse, y no es tristeza, es hambre. Hambre de vivir distinto, de sentirse vivo otra vez, de dejar de sobrevivir en automático.

Lo curioso del anhelo es que rara vez pide cosas materiales. No suele hablar de dinero ni de éxito superficial. Lo que realmente desea es más íntimo, quiere verdad, quiere que la persona que uno es por dentro vuelva a encontrarse con la que muestra al mundo. Esa distancia… duele, porque llega un momento en el que uno comprende que no está cansado por trabajar, sino por sostener una versión de sí mismo que ya no encaja. Entonces empieza la batalla silenciosa. La mente dice: “No arriesgues.” “El momento perfecto no existe.” “Ya es tarde.” Pero el corazón insiste, lo hace cuando todo calla, cuando nadie entiende, porque el anhelo auténtico no desaparece, se transforma en impulso.

Ahí cambia todo. No de golpe. No como en las historias perfectas. Cambia lento. Empiezan a regresar partes dormidas de uno mismo: la ilusión, la curiosidad, la capacidad de imaginar un  futuro sin miedo…, y, aunque siguen existiendo dudas, aparece algo más fuerte, la sensación de estar caminando hacia la propia vida, en lugar de huir de ella. Entonces el anhelo deja de ser herida, se convierte en dirección. Porque cuando uno sabe hacia dónde ir, el éxito más difícil no es el que se mide afuera, no son los aplausos, no son los títulos, no es demostrar nada, es cuando alguien logra mirar su interior en silencio y ya no siente vacío.

Ahí es quizás donde habita la mayor victoria de todas, atreverse a escuchar aquello que antes dolía y ver que ahora se ha convertido en el camino que terminó salvándolo.

Gracias por leerme.

«Tras la fina niebla»

«Tras la fina niebla»
Despejar su niebla es tarea de cada cual-

Los días de verano, al menos en este valle del norte, se levantan con la fina presencia de la niebla que, a modo de sábana, cubre los sueños de todos los lugareños.

El calor que desprende el suelo, la suave brisa de las montañas y el mar, hace que todo el amanecer se vea cubierto de esta delicada capa. Tras ella, a lo lejos, hay una primera luz. 

Los vecinos comienzan a desperezarse. Abren sus ventanas y dan los buenos días a estas funestas mañanas, sabedores que, en apenas un par de cortas horas, el sol calentará el aire. En ese momento el velo que cubre la visión se despejará y las luces comenzarán a desaparecer con la sensación de haber cumplido su trabajo.

Los humanos intentaran superar un día más, algunos con remordimientos, otros buscando esa luz que no llega.

Ahora toca que cada cual supere sus propias nieblas.

Gracias por leerme.