«Aquel viejo cuadro»

Extraída, sin permiso, de San Google
¿Has estado alguna vez delante de uno de esos retratos en los que el protagonista, te muevas a donde te muevas, parece seguirte con los ojos? Hoy, durante el ratito del desayuno, tuve esa sensación.
Estábamos sentados, casi en la mesa de siempre, hablando y bromeando, un poco como lo hacemos todos los días, de manera vivaracha, con una de las camareras del bar de todos los días,. Ella estaba cantando una canción, a colación de una frase que dijo uno de mis compañeros, cuando me fijo en la señora que estaba sentada, enfrentada a mí, en la mesa contigua. Tenía los ojos clavados en la espontánea cantante. Su boca enmarcada en una gran sonrisa y sus labios se movían, reproduciendo la canción, al ritmo de la música. Estaba tan entretenida que no se percató de que yo la miraba.
Mi compañero intervino con una de sus ocurrentes frases. Todos reímos. Ella también.  En aquel momento parecía una más el grupo. Había olvidado, del todo, el motivo por el que estaba sentada en aquella mesa. Su desayuno se enfriaba.
La camarera dio su réplica. La señora rió nuevamente con todos. Parecía que formaba parte de la conversación. 
Así estuvo los pocos minutos que duró el espectáculo, sin perder detalle de lo que decíamos o hacíamos, hasta que su acompañante la devolvió a su realidad y, la felicidad momentánea que parecía revivir con nuestra forma de ser, cambió para retomar su vida.
La seguí observando un rato. La sonrisa de sus labios se apagó. El brillo de sus ojos se fue. Las canas de su pelo se volvieron más tristes. Sus arrugas parecían desentonar con el ritmo de la anterior música. De inmediato volvió a convertirse en el olvidado y viejo cuadro  que te sigue con la mirada.

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