El escondite.

Incluso en aquellos angustiosos momentos, el señor Zaisberger creía tenerlo todo bajo control: la cama hecha, la ropa recogida y bien colocada en el armario y la mesa ordenada. Nada parecía indicar lo que escondía.

Tras el estruendo que siempre producía la apertura general de las rejas, Zaisberger comenzó a temblar. Sabía que hoy le tocaría a él y quería estar seguro de que todo estaba en perfecto orden, así que antes de que entraran decidió echar una fugaz mirada, con el rabillo del ojo, a su pequeño habitáculo mientras se mantenía perfectamente firme junto a la puerta de entrada a su calabozo.

– ¡Sal! –ordenó aquel animal de cerca de dos metros de altura y con cuerpo de armario-

Todos lo llamaban Baltasar “El Sangriento” ya que su diversión principal era hacer daño a los reclusos. Era el jefe de la guardia y no sólo su aspecto, sino también su actitud y forma de hablar le hacían un ser absolutamente abominable.

Sin ningún reparo tiró el armario al suelo, rajó el colchón y destrozó la chaqueta que estaba en el perchero. Seguidamente, y con los ojos inyectados en sangre, se dirigió a él y cruzándole la cara con una fuerte bofetada, que casi lo tumba al suelo, le dijo:

– No me gustas, librero –así lo llamaba- eres de lo peor que hay aquí. Sé que escondes algo y lograré averiguar qué es, aunque tenga que arrancártelo a bofetadas. Le arreció otra bofetada.
– ¡Capitán! –A lo lejos una voz interrumpió la acción dándole un momento de respiro- lleve al prisionero a la biblioteca, tiene que terminar su trabajo.

Por segunda vez esta semana el General había cortado la acción de “El Sanguinario” y eso le hacía dispensarle simpatía. Sabía que el trato de protección sólo era por interés del “Régimen” ya que se le había encargado escribir la historia de lo ocurrido, suavizando ciertos acontecimientos de los que, aún sintiéndose orgullosos de ellos, consideraban que era mejor que la Comunidad Internacional no se enterara.

Fue llevado entre empujones, gritos e insultos, a la biblioteca y allí se le dejó, sólo encerrado bajo siete candados y siete llaves en la más oscura tranquilidad.

Delante de él, una hermosa librería albergaba, también prisioneros, los más sublimes títulos de la historia. Sabía que sólo eran de consulta y que bajo ningún concepto podía sacarlos de allí o hablar de su existencia con el resto de los presos, so pena de muerte.

El “Régimen” se había dedicado a secuestrar las bibliotecas y esconderlas en grandes naves como aquella para que nadie tuviera acceso a ellas.

Tras releer los últimos párrafos de su escrito intentó continuar con su escritura pero un ruido a sus espaldas lo estremeció.

– ¿Quién eres muchacha? ¿Qué haces aquí?
– Psst, calla. ¿Eres Zaisberger? ¿Eres el escritor?
– Sí, pero no entiendo. ¿Cómo sabes mi nombre? ¿Cómo has entrado?
– Eso ahora no importa. Escucha atentamente. Mi nombre es Leyend y soy una de esos personajes de cuento que “El régimen” quiere destruir. Nuestro destino está en tus manos. No puedes escribir esa historia debes acompañarme y contar la verdad.
– ¿Acompañarte?, ¿adónde?, ¿cómo?
– Es fácil dentro de unos momentos la luz de todo el complejo se apagará. Eso permitirá que el blindaje que les protege abra un agujero en su seguridad durante diez segundos. Aquí debajo se abrirá un portal que nos llevará al momento de la historia que deseemos y desde allí deberás escribir toda la verdad para que las generaciones futuras impidan este genocidio y el Régimen de los Trolls no vuelvan a reinar sobre la humanidad.
– Pero, ¿y los demás?, ¿y los libros?
– Nada de eso importará si tú terminas esta historia. Simplemente lograremos que esto no haya ocurrido, que todo quede en una simple anécdota, en una fábula.
Dicho y hecho, la luz se apagó y las alarmas comenzaron a sonar. Al encender mi linterna pude ver como la muchacha se agachaba y apartaba los libros de la parte baja de la estantería, permitiendo el acceso a un especie de tobogán que nos llevaría a no se sabe dónde.
– ¡Sígueme! –dicho lo cual la joven se esfumó por el agujero.

Quedé parado absorto, pensativo hasta que volví en mí y descubrí los rugidos y golpes de El Sanguinario tras la puerta intentando entrar e impedir mi huida. Sin más me lancé, sombras de historias me siguieron, y el agujero se cerró tras de mí.
Me había salvado. Contaría la historia, la de verdad.

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