«La armonía de do»

Imagen extraída, sin permiso, de San Google.

Había brotado, en medio del huerto, un imponente piano de cola.

Una niña, de no más de doce años, coletas y traje blanco, se acercó lentamente, mientras el resto de personas se habían quedado patidifusas por aquella asombrosa aparición.

La jovencita lo acarició, como acaricia con sus dedos el mascarón de un barco un buen marino, de popa a proa. Al llegar a las teclas, con la misma suavidad, levantó la tapa y comprobó la afinación picando sobre unas pocas teclas.
Los espectadores, aún recelosos, se acercaron. Vieron que la niña sabía lo que hacía. La animaron. Ella se sentó y comenzó a interpretar su obra favorita. Sus dedos parecían viajar acompasadamente, sobre cada una de las notas. Sonaba una hermosa melodía.
El círculo se cerró a su alrededor, pero, cuando tocó la armonía de do, todo estalló por los aires. Y es que los piano bomba, son trampas mortales.

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