«La reclamación»

Tras un rato en aquella larga cola, y sin saber muy bien qué hacía allí, llegó su turno. Sin mediar palabra estiró su brazo por debajo de la pequeña rendija y entregó el documento que llevaba en la mano. El oficinista la examinó con desdén y con una voz desconcertante lo miró y dijo:
─Le cobran en aquella fila de la izquierda, si no le importa ─dijo el funcionario sin apenas levantar la vista de la hoja de admisión.
─ No verá ─intentó intervenir el sorprendido individuo─ Esto es un error, yo no debería de estar aquí.
─¡Ya!, todos dicen lo mismo al llegar. ¡Siguiente!
─No, por favor, espere, ¿dónde puedo presentar una reclamación?
Por fin, aquellas palabras parecieron surtir algún efecto. El empleado levantó su mirada y, por encima de las gafas dijo:
─Está usted muerto y en el infierno, ¿de verdad cree que alguien le hará caso? ¡Siguiente!

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