«La siniestra mujer blanca»

Todas las mañanas, ya avanzada la jornada, entra en el banco como
Extraída, sin permiso, de San Google.

una suave, misteriosa y silenciosa sombra. Su mirada esta perdida, pero eso no le impide dirigirse hasta mi puerta, plantarse bajo el quicio, hacer un extraño giro de su cuello e emitir un flojo y desvalido buenos días, seguido de una siniestra sonrisa.

Su rostro es pálido, blanco, como el de muerte. Sus ojos, abiertos sin parpadeos y grandes como platos, reflejan el brillo de las lámparas y la nada en sus pupilas.
Autómatamente, cuando recibe mi saludo como respuesta, hace un giro sobre sus tacones, casi militar, y se marcha decidida hacía la siguiente mesa. Allí repite la misma operación, sigue el mismo proceso, como una actuación bien ensayada.
Desde mi posición la observo, como lo haría un buen oteador. Sus primeros minutos de trabajo están dedicados a este ritual. El resto del día nadie lo sabe.

4 comentarios en “«La siniestra mujer blanca»

  1. Hay muchos que andan o mejor, levitan por el mundo, como verdaderos autómatas, sin sentido.
    Me recordó tu entrada a una compañera de trabajo que tuve hace mucho que con nadie hablaba ni lo más mínimo, un día sin pensarlo, me acerqué a ella para preguntarle si se sentía bien (su color era cetrino) y su respuesta fue lacónica – sí gracias- . Nunca más le pregunté.
    Besos de gofio.

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