«Truco o trato»

El timbre de casa acaba de sonar. ¡Abrase visto! ¡Se han atrevido! Pero en esta ocasión, no me van a coger despistado. Lo tengo todo listo, no en vano me he gastado una pasta en mi disfraz de vampiro, los dientes postizos, la pintura y la sangre.
El año pasado, poco acostumbrado y bastante reacio a esta nueva «tradición», no tenía nada preparado y claro, como resulta que vivo en un sitio con muchos niños y niñas alrededor, me pillaron sin nada con lo que poder comprar su benevolencia así que me llenaron la puerta, y a mi mismo, con esa especie de spray que dispara una tela de araña pegajosa.
Pero este año los voy a sorprender. Ya tengo puesto los ropajes, así que me calzo los grandes dientes. En la mano izquierda tengo un guante con cuchillas. La derecha lleva otro con grandes heridas, chorreantes de sangre, que dejan ver los huesos y los tendones, ¡asqueroso!
El timbre vuelve a sonar. Suerte que por fuera he conectado el altavoz que empieza a emitir música siniestra, aullidos, lamentos, quejas, llantos, gritos y alaridos. Me acerco a la puerta. Cojo los botes, de esos mismos sprays con los que fui castigado el año pasado y me preparo para atacarles nada más abrir la puerta.
Uno, dos y tres. Abro. Grito. Disparo.
─Muy gracioso ─dice una voz varonil al otro lado del pegajoso elemento.
¡Ups! ─se me acaba de cortar hasta la leche materna.
─Sí. Perdone es que yo pensé que…
─Mejor no diga nada y retire el vehículo que molesta ─dice el Guardia civil a la vez que intenta zafarse de todo aquello, mientras su compañera me mira arrevesada a la vez que intenta no descojonarse de risa. 

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