«Un día irrepetible»

Cuando los planes salen bien, uno se lo pasa en grande, pero cuando los planes salen mejor de lo que esperas, es una verdadera gozada. Ayer, sin quererlo, fue uno de esos días, no solo por la buena compañía, que en verdad lo es todo, sino por las distintas aventuras y experiencias que vivimos.
La mañana se presentaba tranquila. ¿Qué os venís para el sur? ―fue la llamada que lo lo inició todo―. El tiempo está medio raro pero… ¡allá vamos! El plan era atractivo: barco, bañito, sol, algo de comer, algo más de beber, tranquilidad…
La cara de los niños al ver el «bote» en el que íbamos, ya presagiaba que lo íbamos a pasar bien. Tras zarpar y poner proa al horizonte, el viento en la cara y la sensación de libertad que lo acompaña hicieron su labor. La tranquilidad duró poco.
―Ahora, ¡a por las ballenas!
Los gritos de los más intrépidos se apoderó del momento.
―¡Por allí soplan! Fue la clara contraseña imitando a las viejas películas de aventuras.
Impresionantes. Un grupo de ballenas navegaban a nuestro lado, como si la cosa no fuera con ellas. Los más decididos se prepararon para lanzarse al agua e intentar bañarse a su lado. Uno, que es más cobarde, tardo más en arrojarse por la borda. Mientras bogaba con mis brazos en su dirección a mi mente solo acudía la imagen del desvencijado Capitán Akab, con su pata de palo, maldiciendo su mala suerte y la risita de la temible Moby Dick. Al final, las asustadizas fueron ellas.
De vuelta a la costa, nuestro capitán, que oteaba eficientemente el horizonte, volvió a dar un grito de alerta, cual pirata en lo alto del palo mayor.
―¡Tortugaaaaaa!
Ummm, ya todos pensábamos en la sopa, cuando él y su compinche, se habían lanzado al agua para rescatarla. No podía nadar. Una vez a bordo, nos contó que se les pega un cangrejo que les impide sumergirse. Esto les va matando poco a poco. Conocedor de las artes más marineras, y al parecer de algo de biología marina, le quitó dos o tres de estos bichos. Como es de imaginar la emoción ya estaba a flor de piel. Para contrarrestarla nada mejor que llegar a puerto, que a este paso nos sale al encuentro un calamar gigante, tomarnos unas cervezas, unos baños en la piscina, en el jacuzzi y así devolver tanta adrenalina a su sitio.
Como el día no podía terminar así, decidimos hacer una merienda-cena, de esas que hacen historia. Para ello nada mejor que un restaurante de comida americana. ¡No veas como nos pusimos! La sopa de tortuga se nos hubiera quedado corta. El hot dog medía medio metro, el plato de nachos impresionaba nada más mirarlo, las fajitas eran fajotas y los postres… mejor no hablar de ellos, que estamos en semana santa y hay que moderarse.

3 comentarios en “«Un día irrepetible»

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.