«El gigante duerme»

Sobre
su colchón de piedra y tapado con sus sábanas de verde vegetación,
el Roque aparece vigilante. Mantiene sus ojos cerrados, la
respiración sosegada y el tic-tac de su corazón a un ritmo
apaciguado. Duerme. Al menos así lo vemos desde este lado. Lo que se
vive por dentro es otra cosa. Si bajamos la voz, acercamos el oído y
nos concentramos un poco, podemos escuchar los pensamientos de esa
mole.
Mi
boca está sellada. Cierro los ojos y mantengo la respiración.
Quiero gritar, salir corriendo, quizás huir, pero siento que no
puedo mover ni brazos ni piernas. Esto me come por dentro. Para
soportarlo intento concentrar mis pensamientos, controlarme,
autorregular mi propia circulación interna. Hay pájaros que vienen
y van. Sobrevuelan mi persona y preguntan, con su característico
piar o graznido, según el caso, el porqué de mi pasividad. «No
puedo» les contesto, «las personas que se agitan a mi alrededor
dependen de que sus suelos no se desquebrajen para seguir viviendo,
cultivando, existiendo». Les pido otra cosa «No te vayas».
«Acompáñame». «No me dejes». «Abrázame». Pero como no puedo
hablar en alto no me oyen y se marchan.  
Y ahí
sigue la gran piedra. Impasible, aguantando, mientras narra una historia que nadie
escucha. Hasta el día que reviente. 
Gracias por leerme.

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