«El vigilante»

Las tardes de verano son así, tranquilas. Los vecinos, ajenos a mi historia, hacen lo de siempre. Unos juegan al Dominó. Otros pasean. Yo, sentado en la que considero mi mesa, tomo un café helado, siempre de frente a la puerta de entrada. Tras un sorbo, percibo su presencia. Al levantar la vista lo veo. Está en la calle, apoyado en el escaparate del bar, vigilante. Cumple con su trabajo. Por el tiempo que llevo observándolo, creo que es el típico asesino a sueldo de alguna de la mafias que anda por la ciudad, vamos, una joya. Se dedica a “atar los cabos sueltos” pero hoy no me quita los ojos de encima. Lo cierto es que no he sido muy prudente y creo que se ha dado cuenta que lo acecho.
Un gélido escalofrío me recorre la espalda cuando, tras pagar, me levanto y salgo. Él me sigue a corta distancia.
Siento como al doblar la esquina y entrar en el callejón que lleva a casa, amartilla su arma a mi espalda. Me dirige un grito. Al girarme siento como apoya el frío acero del cañón del revolver en mi frente. Dice algo, pero no logro entender sus palabras. Intenta asesinarme. Pobre desgraciado, bastó un movimiento de mi mano para absorber su alma. Su cuerpo cae al suelo. Acaso no sabe que no se puede matar a la muerte.

5 comentarios en “«El vigilante»

  1. Si el antes ya estaba previsto y el después también, me gustaría saber… ¿qué pasó después de después? Un "achuchón" desde donde vive el viento…

  2. Aunque la exquisitez literaria está presente en todos tus pequeños relatos reconozco que este último,"El Vigilante" me ha gustado especialmente. Saludos, Javier Lorenzo

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