«Juicio de amor»

Hace rato que aquel inusual juicio había empezado. En él, se desarrollaba lo que muchos consideraban un desafío a las convenciones de la justicia y al normal desarrollo de la sociedad. 

Mi cliente, Laura, estaba siendo acusada de un delito peculiar: estar enamorada y querer estar con su amada para cuidarla. Como su abogado, me embarqué en la tarea de presentar alegaciones que demostraran la inocencia de Laura ante estas acusaciones tan inusuales.

Era mi turno. En un intento de aplicar todos mis conocimientos sobre comunicación verbal y lenguaje gestual, aprendidos tiempo atrás, pero mejorados no hace mucho, con la inestimable ayuda de una coach, imposté mi voz para que sonara firme y segura. Con talante empático, levanté mi vista, di dos pasos en la sala para dirigirme al jurado, e inicié mi narración sobre la historia de amor entre Laura y su amada.

Describí cómo su relación se había forjado en la complicidad y en el profundo deseo de cuidarse mutuamente, en encontrarse en momentos de paz, que ambas se dedicaban, y en la certeza de que estaban hechas la una para la otra. 

Enfaticé la belleza y autenticidad de este amor, resalté que el deseo de Laura de estar con su amada era simplemente una expresión natural de afecto, sinceridad y compromiso. Para todo ello, presentaba pruebas, mostré cartas y mensajes de amor que evidenciaban dedicación, reflejaban la ternura y una conexión profunda entre Laura y su amada. 

Pinté un cuadro de una relación en la que el deseo de cuidado se basaba en la comprensión mutua y la voluntad de estar presentes, la una para la otra en todo momento. Aquel era un amor con un valor incalculable, que ninguna de ellas había vivido, hasta el momento presente. Debían mantenerlo.

«Honorables miembros del jurado», expresé haciendo hincapié en mi tono de voz, «lo que tenemos aquí no es un delito, sino un amor que ha resistido la prueba del tiempo. Laura busca ser una fuente de apoyo y cariño en la vida de su amada». Seguí hablando durante un buen rato, aportando pruebas, curiosidades y particularidades que apoyaban el amor entre ellas. 

Terminé mis alegaciones pidiendo al jurado que miraran más allá de la apariencia inusual del caso, y que reconocieran el amor verdadero entre Laura y su amada. 

Argumenté que, en lugar de condenar a alguien por amar apasionadamente, deberíamos celebrar la rareza y la belleza de un amor que, aunque diferente, merecía ser respetado y protegido.

Al final del juicio, el jurado se enfrentó a la tarea de decidir si el amor apasionado de Laura constituía un delito. 

Mi esperanza era que, al presentar la narrativa positiva de la relación, pudieran ver más allá de los estigmas sociales y declarar a mi cliente inocente de los cargos absurdos a los que se enfrentaba.

Gracias por leerme.