«Y Adán mordió la manzana»

Cuentan las sagradas escrituras que cuando Adán y Eva comieron el fruto prohibido del árbol de la ciencia y la sabiduría, se les condenó y expulsó del paraíso. A partir de ese momento sufrieron como humanos el dolor, el trabajo…
      La manzana, símbolo de ese desaguisado, se ha transformado. En la actualidad, su figura redonda y mordida por un lado, quizás como recuerdo de ese pecado, se ha convertido en la poderosa iconografía de una gran empresa dedicada a ese conocimiento y esa ciencia «prohibida».
          Si me ves en la calle con la cabeza agachada y manipulando, con mis torpes dedos, un pequeño aparatejo descubrirás que, como Adán, he caído en la tentación y mordido el fruto prohibido, me he hecho con una manzanita.
          Ante mi se ha abierto un mundo «pecaminoso» lleno de posibilidades, de comunicación, conectividad, conocimiento, ocio… y sin ser expulsado, ¡lo siento por ti Adán!
(Publicado desde mi iphone…¡chooooooost te saliste!)

«De cacería»

Los centros escolares son lugares increíbles donde, en ocasiones, suceden acontecimientos insospechados.
Anteayer estábamos reunidos en mi despacho cuando mi interlocutora observa que algo extraño ocurre en Educación Infantil: había un señor, alto, flaco, con ojos desorbitados y porteador de un palo largo, cual lanza quijotesca, asomado a la puerta de una de las aulas.
Rápidamente nos personamos en el lugar. La imagen no tenía desperdicio. El señor de la lanza había entrado. Ahora se encontraba a escasos dos metros míos, vigilaba la esquina de la entrada, justo a mi izquierda. El alumnado, veinticinco churumbeles, y una maestra, sentados, cual balsa de salvación, sobre los otrora pupitres.
Detrás de mi se acercaban más hombres y más palos. Una vez analizado la situación dirijo mi vista hacia la palera. Tras ella, agazapada, temerosa… ¡una rata!, ¡la leche!, ¡un pedazo de roedor!
Entendiendo que no era yo el líder adecuado para aquella situación solicito al expectante público y la aguerrida maestra que no abandonen su posición. Retrocedo para ponerme a cubierto y cedo el mando a los jardineros, que ya en número de cuatro habían tomado posiciones para abatir a tan infame enemigo.
Tras la señal de ataque, dos o tres golpes bastaron para que «la susodicha» falleciera en el patio. Uno de los valientes, guante en mano, la asió por la cola y la izó victorioso. ¡Con un par más de ellas hacemos una barbacoa! –afirmó−. Los demás lo festejaron.
Al entrar al aula, el alumnado y la profe, seguían en su lugar, pálidos y desencajados. Una broma, un aplauso y un breve obituario bastaron para hacer cambiar el color de sus caras, la sonrisa a sus labios y volver a la normalidad.
El bicho terminó sin estudios, en la basura, tiesa. RIP.

«La voz interior»

«¿Y cuándo será el incendio?» ─rezaba el cartel colgado, en un poste de madera, a la entrada del bosque. Sobre la frase se podía contemplar la imagen de una mano que soportaba una vela encendida─. El hombre no salía de su asombro. Había algo en todo aquello que le resultaba familiar. Miró hacia un lado y sintió como la imagen colgada le acompasaba en un movimiento contrario. Gesticuló con su boca en señal de extrañeza y algo en su interior le hizo volver en sí. Estaba poseído. La imagen era él. El cartel un espejo y una voz le hablaba. Lo arrasaría todo.

«El viento que cambió de aires»

Había una vez un maduro viento que cumplía con su trabajo día a día. Soplaba por las mañanas, por la tarde, por el valle…, soplaba sin parar.
            Un atardecer, mientras descansaba y reflexionaba sobre el trabajo realizado, descubrió que algo, en su interior, no paraba de molestarle. Por momentos se sentía feliz, pero por momentos vacio y, en general, cansado.
            Como no podía ser de otra manera al día siguiente volvió a soplar. Y al otro. Y al otro… Pero su aliento ya no era el mismo. Tenía ganas de cambiar.
En una de sus meditaciones sintió la presencia de Eolo, que sin tapujos le preguntó que ocurría. Tras largos debates, el viento llegó a una conclusión: cambiaría de aires.
El valle que lo vio crecer fue ocupado por soplos nuevos, más potentes, ágiles. Él se trasladó a la montaña a recuperar aliento, feliz.