«La respuesta correcta»

―…y
restos de lágrimas en la mejilla.
La
ponencia del decano había terminado con aquella sorprendente frase.
Todos quedamos pensativos observando la última diapositiva. Comenzó
el turno de las preguntas y los comentarios.
―Entonces
se puede afirmar que el sujeto varón murió llorando ―se apuró a
sentenciar Antonio para hacerse notar.
―Puede
―intervino el profesor de manera cortante porque no le gustaban las
afirmaciones hechas a la ligera― aunque no debe usted menospreciar
otros acontecimientos, que también justifican la presencia de esas
lágrimas en el rostro de nuestro sujeto, tales como: una alergia,
obstrucción del lagrimal, irritación…
Antonio
era mi contrincante directo para conseguir aquella plaza de profesor
asociado en la facultad, por eso me atreví a intervenir, sin mucho
pensar, en cuanto el profesor hizo la pregunta clave:
―Entonces,
¿porqué afirmo que esta pareja de momias son Adán y Eva?
―Es
evidente, a él le falta una costilla.

«La sorpresa de la noche»

Era
uno de esos días para olvidar: el coche se había estropeado, las
cosas no iban bien en la oficina, le dolía la espalda, había
discutido con un amigo y lo único que tenía ganas era de llegar a
casa; así que, con tanto factor en su contra, decidió marcharse
antes de la hora habitual.
Al
entrar le sorprendió la tranquilidad. Las luces estaban apagadas y
una música se dejaba escapar, escaleras abajo, amortiguada por
alguna puerta cerrada.
Dubitativo
subió la escalera peldaño a peldaño, intentando anteceder lo que
podía estar ocurriendo. 
Tal y como se había imaginado, la puerta de
su cuarto estaba entreabierta. Una sombra se movía alegremente por
el cuarto, al son de un ritmo ágil y alegre.
Abrió
la puerta temeroso. Su mujer estaba en ropa interior de encaje con
todo preparado. Sonaba «la
Billo´s». Sobre
la cama el disfraz de ambos. ¡Había llegado el carnaval!

«Las plumas de papá»

A
ver si consigue así que papá no haga más el indio. Ese era el
claro deseo que tenía Irene al ver a su padre con aquella camisa de
fuerza puesta, o al menos, eso era lo que le habían dicho para
justificar la acción.
La
muchacha, con lágrimas de tristeza ocupando sus ojos, observaba la
marcha de su padre tras el ventanal. El hombre se resistía, gritaba.
Dos sujetos vestidos de blanco le había colocado aquella camisa de
fuerza, pero él seguía empujando y dando patadas como podía, hasta
que lo encerraron en la ambulancia rumbo al manicomio.
El
confesor de la familia, un viejo párroco de la antigua escuela con
sotana y alzacuellos, consolaba a la niña:
―Tranquila
querida. Todo se arreglará.
―Eso
espero padre ―dubitativa continuó―. Temo que las plumas de papá
no sean de apache y no se cure.
―Sus
tendencias son pecaminosas. Confía en mi. 

«En busca del camello»

La
noche se aproximaba. Como cada año su ilusión y recuerdos de niñez
estaban circunscritos a lo que pasara aquella mágica noche. Entre
sus deseos no materiales se encontraba una pequeña lista de buenos
propósitos para el año recién estrenado: estudiar, ir al gimnasio,
encontrar un trabajo…Todos ellos estaban bien, y quizás podría
conseguirlos, aunque para ello sabía que, en primer lugar, debía
superar el gran escollo y problemática debilidad.
Una
luz intermitente, del otro lado de la calle, le devolvió al mundo
real. A su mundo. Se ajustó la solapa del abrigo y salió de la
protección de las sombras que le daban cobijo en aquel umbral.
Aún
con el agradable sabor de sus deseos entre sus labios se acercó a la
negra furgoneta que había aparcado y emitido la señal. Sacó su
billetera y pagó los gramos de muerte.
Era
otro camello, pero no el que consigue sueños.

«Sin dejar rastro»

Antes
de que vuelva papá, antes de que vuelva papá, antes de que vuelva
papá. Era la cansina cantinela que me repetía una y otra vez entre
sollozos. Aquello había sido un gran error. Todo se me había
escapado de las manos. Ahora debía solucionarlo y dejar la casa como
si nada hubiera pasado. Quizás así podía olvidarlo y continuar con
mi vida.
Antes
de que vuelva papá, antes de que vuelva papá. Estaba nervioso y
aquella letanía me ayudaba a estar concentrado.
Antes
de que vuelva papá, antes de que vuelva papá, me repetía mientras
ordenaba el salón, limpiaba el suelo, fregaba las copas de los
cubatas, retiraba las sábanas manchadas y colocaba unas limpias y
recién planchadas. Después recogí las ropas que ambos habíamos
dejado tiradas por el suelo escondiéndolas en el trastero…
Antes
de que vuelva papá, antes de que vuelva papá, pero, ¿dónde
escondo el cadáver?  

«Veinte años después»

¡Déjala
a ella que sea pájaro! Así de contundente fue el grito que le dio
su madre para hacerle entender que debía dejar marchar a aquella
mujer. 
Hacía veinte años de aquello y aún hoy, cuando lo recuerda,
le duele el pecho.
Hoy
todos los recuerdos se apelotonan en su mente, en su corazón, al
tropezársela en la calle. 
En un rotundo y penetrante flash él
recordó, no solo las palabras de su madre, sino como aquella tarde,
al llegar de trabajar, se la encontró guardando un bolso en el
maletero del coche. Se marchaba. Lo abandonaba porque, según ella,
era un desgraciado que nunca llegaría a nada. Ella necesitaba más.
Hoy,
al cruzarse sus ojos por casualidad, y tras reconocerse, intercambian
una triste mirada. Él pasea orgulloso a sus hijos. Se alegra de su
vida. Ella cumplió el pronóstico de su madre, vuela como una
pájaro. Alquila su cuerpo.

«La decisión»

De la
rutina insípida de su oficina, saltó a la soledad fría de su plaza
de garaje. Detrás oía las voces, las risas y las bromas que sus
compañeros le lanzaban como clavos ardiendo que le perforaban todo su
ser.
Penetrar en su coche significaba encontrar la puerta de salida a
su sufrimiento.
Rumbo
al hogar la música le daba un respiro. Le ayudaba a olvidar el día
vivido, a tener su mente ocupada para no escuchar sus propios
pensamientos, tenía voces que le hablaban y le indicaban como acabar
con todo aquello.
Llegar
a casa parecía, a priori, un refugio. Así debería de ser si no
estuviera ella, su madre. Le machacaba desde que tenía memoria. Día
tras día le devolvía los mismos golpes psicológicos que le daba el
resto de la gente. Se sentía impotente, incomprendido, raro.
Hoy
no lo soportó más. Pudo matarla, pudo suicidarse, pero decidió
marcharse.

«Bankenstein»

Con
esa exactitud tan característica de la ciencia, lograda tras años
estudiando, supe que el momento estaba cerca. Por si acaso repasé
otra vez los cálculos. Todo estaba correcto. Según mis números, en
breves instantes, un poderoso rayo descargaría toda su furia contra
la antena situada en el techo, para transmitir su energía sobre el
cuerpo inerte que yace sobre mi mesa de operaciones.
A la
hora convenida, un estrepitoso rugido, seguido por un haz de luz,
inundó toda la estancia. Puedo ver como el luminoso haz recorre el
hilo de cobre que tanto me costó mangarme de la obra abandonada de
la esquina. Yo, protegido tras una mampara, me froto las manos
esperando ver el resultado.
El
cuerpo se agita de manera estrepitosa. Río nervioso,
escandalosamente. Veo como el ser se levanta resucitado. La cuenta
corriente se mueve. No hay nada como una buena sacudida para rescatar
un banco.

«Unos nacen, otros…»

…Hasta
chocarse contra una pila de maderos. Después rodéelos, la entrada
está a sus pies.
Seguí
con mucho cuidado las indicaciones que aquel extraño personaje me
había dado. Enseguida encontré el lugar. La hojarasca cubría el
suelo por lo que tuve que agacharme para despejar el terreno. Bastó
rascar unos pocos centímetros para encontrar la tabla que hacía de
entrada.
La
levanté. El hedor golpeó mi nariz. Contuve la respiración y
descendí los primeros peldaños. La oscuridad me apoderó. Una tenue
nebulosa inundó mi cerebro haciéndome perder la noción de mi
propio ser.
Creo
que bastaron unos pocos minutos. Al salir de allí, y respirar el
aire fresco del exterior, podía notar como mi mente había cambiado.
Ya era un hipócrita, un mentiroso, un estafador. Tenía dos caras,
como el doctor Jekyll y Mister Hyde. Así que me arreglé el traje y
volví sobre mis pasos. ¡Ahora puedo ser concejal!

«¡Preparados!, ¡listos!…»

Aún a
riesgo de que alguna de mis quemadas compañeras de profesión me
tilde de loco y que el recién jubilado se descojone de mi, he de
decirles que me gusta que mis futuras mañanas empiecen a oler a tiza
―digital en mi caso que
el jefe me informó que en mi clase ya tengo instalado el nuevo
juguetito.
La
vacaciones terminan y llega el momento de enfrentarnos al nuevo
curso escolar. Como no puede ser de otra manera, la ilusión y las
ganas de empezar se amontonan, junto a una cartera llena de buenos
propósitos ―que
esperamos que la Consejería no logre arrebatar―
y todo lo necesario, incluido mi viejo y fiel estuche, para
la vuelta
al cole
.
Apenas
quedan un par de días, así que solo me resta desearles que se
recarguen con el último aliento necesario para tener un feliz
comienzo de curso. Y mejor final.