«Su nombre»

La
risa la tiene un poco ronca y una barba que siempre pincha. Aunque
tiene el pelo cano, lo lleva de punta y peinado con esmero, con todos
sus miembros bien colocados, como se colocan los alfileres en el
acerico.

Sus
ojos, grandes y azules, trasmiten la seguridad de lo vivido, pero
insinúan con frialdad la incertidumbre de lo que puede ocurrir. Si
mantienes su mirada con convicción, y te concentras durante unos
segundos, puedes llegar a revivir tu propia experiencia.

Algunos
cuentan que, tras perderse en el fondo de su iris, han logrado
fabular un futuro lleno de bellos acontecimientos.

Su
esencia es infinita. Su cuerpo una tiniebla. Su entidad puede estar
en todas partes, solo es cuestión de proponértelo. Es saber dar lo
que cada uno necesita. Es estar dispuesto a ayudar a los demás.

Quizás
tu no lo sepas, pero yo así lo imagino. Su nombre: Bondad.

«Llegó el momento»

Cuando,
como cada tarde, regrese su padre del trabajo nada será igual. Desde
el preciso instante que abriera la boca, toda la falsedad que habían
montado en su relación familiar cambiaría. Desde la muerte de su
madre estaban los dos solos, casi siempre, unidos por el odio.
     Oyó
la puerta. Ana respiró y se preparó. Le temblaban las manos. Juan,
como muchas veces lo llamaba en vez de papá, estaba apunto de hacer
su aparición.
     Él,
al abrirla y levantar la vista, aún con las llaves en la mano, supo
que algo iba a ocurrir. Caminó con resignación con la mirada fija
en los ojos de la que antaño había sido su niña. Esperaba la
triste bofetada oral de su hija.
    ―Hoy
he descubierto lo que has intentado esconder de mamá ―él comenzó
a llorar―. Gracias por protegerme ―ambos se fundieron en un
húmedo abrazo de lágrimas.

«Decirles…»

Tenia
que empezar a escribir. Es una necesidad que me aborda. No puedo
evitarlo.
  El
folio en blanco, delante de mis ojos, espera a que las palabras
comiencen a fluir de mi mano. Las ideas se acumulan en boca y
mente, a la espera de que se les ponga orden.
    Como
un viejo ritual, lo primero que hago es afilar el lápiz. No importa
si ya tiene punta, tengo que afilarlo. Creo que es una forma de sacar
filo a mis propias ideas.
     El
problema empieza a la hora de iniciar el texto. ¿De qué hablo?
¿Cómo empiezo? ¿Qué quiero contar?
      La
mirada se distrae. Para buscar la inspiración miro la foto de mi
familia que tengo delante. Sé lo que quiero decirles.
   En
vez de hacerlo con las letras, prefiero levantarme y, dándoles un
beso a cada uno, les digo: «te
quiero
».
      Prueba
a hacerlo. Seguro que algo cambiará.

Aquella
tarde, papá, regresó a la tumba entristecido. Al parecer, todo lo
que había ocurrido con sus acciones e inversiones, no tenía visos
de solución.
     Por suerte siempre había sido un hombre precavido y no
había perdido el tiempo esperando. Durante días, y con mucha
paciencia, había cavado aquel maldito agujero para que lo
enterraran. Era una zona tranquila, con buenas vistas y alejado del
barullo. Era su forma de escapar de los problemas inmobiliarios.
      La
decisión la tenía tomada, era un cabezota. Por fin tenía la
pistola y había escrito su despedida. Había llegado el momento de
asentar su última letra.
      Al
aproximarse al hoyo, notó que la tierra de los bordes se había
desprendido y caído al interior. Con mucha extrañeza descubrió, en
el fondo y medio tapado, un sobre.
     Al
sacarlo se sintió sorprendido por una carta del banco. Le embargaban
la sepultura por falta de pago.

«A ritmo de la música»

La cena había sido fabulosa. Después de los postres y los licores, bailamos un rato. ¡Qué buena era aquella orquesta!
Como nuestros cuerpos se mantenían excitados por la música, el vino y el champán decidimos dar un paseo, cogidos del brazo, para poder bajar los efluvios del alcohol antes de irnos a la cama.
Paseamos durante un buen rato. La noche, aunque fría, estaba espléndida. Las luces de las estrellas iluminaban nuestros pasos. El deseo nos inundó. Antes de dormirnos hicimos el amor. Entonces todo cambió. La felicidad, y la sensación de bienestar, que teníamos desapareció humedecidas por las frías aguas del Atlántico que inundaban el camarote.
Lo que ocurre no puede ser cierto. Este barco era el futuro, nuestros sueños hechos realidad, y ahora, todo cuando deseábamos, se hundía.
Ya hace cien años que partimos del puerto de Southampton. Nunca llegamos a Nueva York. Pero la orquesta sigue sonando.

«La noche especial»

Ya vienen los de Oriente. Dicen que en una noche clara, si miras hacia nuestras montañas, descubrirás las tenues luces de sus linternas y antorchas, así como las peculiares sombras de sus monturas. Cargados de regalos, ilusiones y sorpresas sus majestades caminan seguros, rumbo a nuestros hogares, para cumplir, un año más, la hermosa y mágica tradición de esta noche.
En mi familia mi madre se ha encargado, desde siempre, de que hoy sea especial. Juntos veremos la cabalgata, nos iremos a cenar y juntos dormiremos en su casa, para que las primeras luces del amanecer despierten a los niños, y ellos al resto, con una sonrisa de oreja a oreja y los nervios, de todos, apoderándose de nuestros adormilados cuerpos para abrir, entre temblores y risas los paquetes. Después llegará el desayuno, uno de mis momentos favoritos. Diez personas luchando por el pan, la mantequilla, el roscón…
¡Felices reyes!

«Nieve en casa»

Termina diciembre, termina el año y aquí seguimos yendo a la playa. Para aquellas amistades que viven fueran de nuestras fronteras, esto de estar a veinte grados en el mes que estamos es todo un privilegio, estoy de acuerdo. De todas formas, Aunque te parezca extraño, y con el permiso pertinente del termómetro, en casa tenemos nieve.
            Blanca sí, pero lejos de lo que puedas pensar es cálida, como la sonrisa de mis hijos al mirarla, tocarla o jugar con ella. No moja, pero a veces empapa el suelo y la mayor parte del tiempo cala en nuestros cuerpos con su suave tacto, sus ojos y su rebosante vitalidad.
            Dirás que ya perdí el poco juicio que me quedaba, pero solo quería que supieras que en casa tenemos una nueva habitante. Como he dicho desde el principio se llama Nieve y es una preciosa perrita labradora de mes y medio.

«Triste Navidad»

Su historia de esta Navidad  no es de alegría y felicidad.
Hace apenas unos meses que se separó y el mundo aún se le cae encima. Por esas cosas de los divorcios, los niños pasaran la semana en casa de su ex. Algunos amigos ─que para eso están─ le ofrecieron pasar la velada en su casa, incluso alguno le invitó a ir de viaje, pero no le apetecía nada. Prefería quedarse en casa abrazando su tristeza y soledad.
            El plan de esta noche es sencillo. Pondrá una peli y para cenar preparará un buen plato de papas con huevo frito, un par de copas de vino y, de postre, unas truchas de batata. Será una noche normal.
            Lo que no sabe es que la magia de la Navidad está pululando a su alrededor. Con la llegada del nuevo año encontrará lo que siempre ha buscado, la felicidad eterna.
            ¡Feliz Navidad! 

«La estrella de oriente»

Cuentan que hace muchos años, ya siglos, un astro guió a los Reyes Magos en su camino hasta Belén. Con su reluciente esplendor los monarcas fueron guiados con mucho tino y acierto hasta su destino.
            Hoy, pese a los avances de la tecnología y de la ciencia, hay caminos que se hacen más difíciles de recorrer: el cáncer, el hambre, la guerra…, la crisis.
Nuestros gobernantes miran al cielo en busca de una estrella de oriente que les guíe, pero esta, o no está o les habla alemán demasiado rápido y no la entienden. Nosotros, con los pies plantados en las trincheras de la lucha diaria con nuestros trabajos y familias, también buscamos nuestro propio cometa. A veces tiene forma de persona, de ídolo, de religión, de décimo de lotería… pero lo único cierto es que para seguir adelante, lo más importante es nuestro esfuerzo y creer en nosotros mismos. 

«Allí sigue»

No pudo evitar mirar de reojo la puerta del apartamento cuando esta se cerró de un porrazo. Con un largo suspiro tomó aire e intentó tranquilizar su corazón, para disponerse a disfrutar de las horas de tranquilidad que le quedaban antes de que regresara del trabajo.
Llevaban juntos casi toda la vida. Se habían conocido por casualidad y, sin quererlo, se habían ido a vivir juntos, casi el mismo día.
            Estaba harto. No aguantaba el olor de su perfume. No soportaba su voz de pito. Sus gritos. Sus canturreos. Sus amistades… No la quería. Pero allí estaba, sin poder hacer nada, prisionero en su jaula. Un par de veces al día le dejaba comida, le renovaba el agua, cambiaba el periódico que forraba el suelo de su cárcel.
            No la soportaba más pero no podía hacer otra cosa. La puerta siempre cerrada le impedía volar, escapar. ¡Pobre animal!