«Historia de cuento»

Son las doce horas, un minuto y quince segundos. Toda la magia que había conseguido durante la noche ha volado por los aires. Tal y como llegó, con un puf y un humo gris  envolvente que hizo desvanecer los sueños cumplidos.
Aunque llegué a la fiesta un poco más tarde que el resto de las invitadas, él supo, nada más verme bajar las escaleras, que yo era la persona que buscaba. Me acogió entre sus manos como una delicada figura de porcelana. Me deslizó por  el gran salón como subida en una alfombra mágica de cuento.
Hemos pasado la velada bailando. Hablamos de manera animada de todo lo imaginable. Bebimos y, hasta nos besamos. Creo que es lo que esperaba.
A las doce salí corriendo. Debía cumplir con mi horario, de turno de noche, barriendo calles. Ahora entiendo a Cenicienta. Menos mal que no perdí el zapato.

«Vuelta al cole»

Había llegado la hora. Tras mucho tiempo sin pisar lo que se podría considerar su segunda casa, por las horas que en ella pasaba, era el momento de reincorporarse.
         Un extraño hormiguero recorría su estómago. Por un instante quedó parado, con los ojos perdidos en la inmensidad, recordando a los compis del curso pasado. Luego, tras volver en sí, se impregnó con los nuevos desafíos e ilusiones que le aguardaban.
   Empleó un rato en preparar sus cosas: afiló el lápiz nuevo, quitó el plástico a la goma, sacó su bolígrafo favorito de la gaveta… Con todo ello preparó el estuche, un viejo incondicional que lo acompañaba desde hacía años.
            La maleta estaba donde la había dejado el pasado julio. Sacudió el polvo y revisó el interior. Tenía la libreta, metió el estuche y, con un suave suspiro, comprobó el resto: entusiasmo, ilusión, felicidad, alegría, compromiso… Estaba todo listo.
¡Feliz curso!

«¡DE VACACIONES!»

Comienzan las vacaciones. Ha llegado el momento tan deseado de “tirarse a la bartola”. Pero, ¿cómo?, ¿quién es la tal Bartola? No, no, vayamos por partes, que en vez de “tirarse” queda más fino decir tumbarse y, según el DRAE ─uf, mejor lo explico que conozco el Cociente Intelectual de alguno, Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española─ “bartola” es una locución referente al que se despreocupa o abandona el trabajo.
            Pues lo dicho, una vez llegado el mes de julio, con el papeleo terminado y las nuevas experiencias esperando en el horizonte, ha llegado el momento de… ¡eh!, ¡espera un momento!, ¿me imaginas acostado en una tumbona, sin hacer nada? ¡¡jooool!!, no sería yo, jajaja.
No puedo comentarte mucho más, se supone que tengo ciento cincuenta palabras, así que sólo te diré que me voy de viaje, que ya estoy haciendo un curso y que…
            ¡¡¡¡FELIZ VERANO!!!!

«Y Adán mordió la manzana»

Cuentan las sagradas escrituras que cuando Adán y Eva comieron el fruto prohibido del árbol de la ciencia y la sabiduría, se les condenó y expulsó del paraíso. A partir de ese momento sufrieron como humanos el dolor, el trabajo…
      La manzana, símbolo de ese desaguisado, se ha transformado. En la actualidad, su figura redonda y mordida por un lado, quizás como recuerdo de ese pecado, se ha convertido en la poderosa iconografía de una gran empresa dedicada a ese conocimiento y esa ciencia «prohibida».
          Si me ves en la calle con la cabeza agachada y manipulando, con mis torpes dedos, un pequeño aparatejo descubrirás que, como Adán, he caído en la tentación y mordido el fruto prohibido, me he hecho con una manzanita.
          Ante mi se ha abierto un mundo «pecaminoso» lleno de posibilidades, de comunicación, conectividad, conocimiento, ocio… y sin ser expulsado, ¡lo siento por ti Adán!
(Publicado desde mi iphone…¡chooooooost te saliste!)

«El viento que cambió de aires»

Había una vez un maduro viento que cumplía con su trabajo día a día. Soplaba por las mañanas, por la tarde, por el valle…, soplaba sin parar.
            Un atardecer, mientras descansaba y reflexionaba sobre el trabajo realizado, descubrió que algo, en su interior, no paraba de molestarle. Por momentos se sentía feliz, pero por momentos vacio y, en general, cansado.
            Como no podía ser de otra manera al día siguiente volvió a soplar. Y al otro. Y al otro… Pero su aliento ya no era el mismo. Tenía ganas de cambiar.
En una de sus meditaciones sintió la presencia de Eolo, que sin tapujos le preguntó que ocurría. Tras largos debates, el viento llegó a una conclusión: cambiaría de aires.
El valle que lo vio crecer fue ocupado por soplos nuevos, más potentes, ágiles. Él se trasladó a la montaña a recuperar aliento, feliz.

«El ritmo marcado»

El reloj detuvo el tiempo a su paso. El silencio del tic-tac, que de manera rítmica acompañaba su caminar, lo dejó con un fuerte vacio, por lo que sus neuronas encontraron espacio para ocuparse de otros menesteres.
Sorprendido por la falta de ritmo comenzó a recordar sus paseos por la montaña, el frio tacto del agua de la playa bajo sus pies y el cálido abrazo de la arena tibia. Revivió las tardes que pasaba con sus hijos jugando al baloncesto, o aquellos días de lluvia y sin luz que, iluminados con una vela, se entretenían con el Monopoly.
A su derecha alguien repuso las pilas. De reojo notó como el repiqueteo del compás impuesto le devolvía poco a poco a la realidad. Intentó resistirse. Quería dejarlo todo y huir. Demasiado tarde. Una mano encorbatada lo asió del brazo y le obligó a continuar la marcha. Volvió a su paso.

«La reina de corazones»

Un apuesto joven, al que besó en los labios con dulzura hace algún tiempo, hizo su aparición en el salón del trono. Vestía uniforme rojo, con ancha banda blanca cruzada sobre su pecho de la que colgaba un enorme sable. Se dirigió con paso firme, guiado por sus negras y altas botas negras, hasta su majestad para, al  llegar a la altura de los guardias, reverenciar su cuerpo en señal de saludo y respeto.
         ─La hora ha llegado majestad. El populacho os espera.
         La ahora reina se incorporó de su cómoda posadera, para iniciar la marcha hasta el balcón. Agarrada de su brazo oía los gritos. La muchedumbre hervía de pasión. Antes de traspasar la línea lo miró y le solicitó otro beso. Él, con reparo y estupor, se negó. Era el momento de regir los destinos del pueblo. Su corazón, había quedado en segundo plano.

«Locos de atar»

Los dos compañeros estaban sentados en el comedor. Llevaban un rato con la mirada perdida sobre las viandas del plato, cuando uno de ellos decidió romper el hielo.

─La carne rebozada fría no vale nada ─dijo tras comprobar la temperatura de su plato.
─Lo sé pequeño saltamontes, pero tienes que hacerte un hombre y hoy toca comer frío.
─No entiendo tu postura, ¿qué tiene que ver mi sexualidad con la comida?
─Mucho. Si no eres capaz de comer este plato, ¿cómo pretendes enfrentarte a las dificultades de la vida?
─Sigo sin entenderte ─intervino levantando la vista─. Espero que comprendas que mi situación económica, social y militar, me permite no tener que enfrentarme a ciertas cosas. Tengo a gente que lo hace por mí.
─Napoleón ─susurró el otro─, ahora empiezo a comprender a nuestro psiquiatra. Será mejor que tomemos la medicación y dejemos los desvaríos para otro momento.

«Todo continúa»

Carla y Ángel llevaban tiempo manteniendo una relación. Cada uno tenía su propia vida, su trabajo, su casa, sus aficiones. Tenían un idilio secreto, acordado entre ambos y que no perjudicaba a nadie. Como dos amigos, de vez en cuando, se veían, hablaban… y, en casi todas esas ocasiones la amistad iba más allá y se amaban. Eran felices así.
            Un buen día Ángel, que llevaba días soñando e intentando mantener uno de esos encuentros con Carla, se tropezó, casi sin querer con ella y, como siempre, a escondidas, le propuso reunirse. Ella lo miró y sin previo aviso le dijo que no podía, que todo había cambiado, que necesitaba avanzar en su vida.
            Sin duda ambos sabían que aquello era algo que, tarde o temprano, pasaría, pero lo dejó sorprendido, triste, abandonado. Era lo que habían pactado, así que, con un suave hasta luego, continuaron con sus respectivos matrimonios.

«Cosas que avergüenzan»

Desde que tengo turno de noche apenas coincidimos en casa. Hay veces que nos vemos de casualidad, entrando uno, y saliendo el otro, del garaje. Otras intuyo que estoy dónde, no hace mucho, te perfumaste, por el olor que queda en el ambiente…
 Hoy, por esas extrañas cosas de la vida, coincidimos parados en un semáforo. Me miró, sé que me vio, pero se hizo el loco, ignorando mis silbidos y los aspavientos de mis brazos. Noté que estaba enfadado, muy enfadado por lo que la nota que encontré escrita, en la pizarra de la nevera, no llegó a extrañarme del todo:
«Querida mía: Esta situación se me hace del todo insoportable. Puedo entender que te guste trabajar de madame de noche en ese burdel barato pero, por favor, dile a las chicas que no me llamen “Papaíto” cuando me vean por la calle, me da vergüenza.»