«La reclamación»

Tras un rato en aquella larga cola, y sin saber muy bien qué hacía allí, llegó su turno. Sin mediar palabra estiró su brazo por debajo de la pequeña rendija y entregó el documento que llevaba en la mano. El oficinista la examinó con desdén y con una voz desconcertante lo miró y dijo:
─Le cobran en aquella fila de la izquierda, si no le importa ─dijo el funcionario sin apenas levantar la vista de la hoja de admisión.
─ No verá ─intentó intervenir el sorprendido individuo─ Esto es un error, yo no debería de estar aquí.
─¡Ya!, todos dicen lo mismo al llegar. ¡Siguiente!
─No, por favor, espere, ¿dónde puedo presentar una reclamación?
Por fin, aquellas palabras parecieron surtir algún efecto. El empleado levantó su mirada y, por encima de las gafas dijo:
─Está usted muerto y en el infierno, ¿de verdad cree que alguien le hará caso? ¡Siguiente!

«RESPONSABILIDAD»

«Recuerda a papá que baje la tapa». Rezaba la escueta nota que había encontrado junto a mi mochila. Esas fueron sus últimas palabras, o por lo menos, las últimas de las que  tuve constancia. Me fui al cole dándole vueltas a la cabeza. ¿Qué quería decir?
Pensé que, como siempre, hablaba de la tapa del váter, pero cuando por la tarde volví, la entendí. Ya todo había pasado. Ella se había encargado de todo excepto de aquel pequeño detalle. Se había vestido con su precioso traje lila con encajes. Yacía recostada, con sus dedos entrelazados sobre su pecho. Sus ojos estaban cerrados. Estaba muerta, en su ataúd. No esperé a que llegara mi padre. Tenía una responsabilidad. Yo mismo bajé la tapa. ¿Cuál sería el motivo? Igual quería estar segura de que no iba a vagar, cuál fantasma por este mundo. Igual no quiere que los gusanos se marchen.

«Una noche mágica»

Vienen desde muy lejos, desde Oriente, con sus alforjas cargadas de sueños, ilusiones y alegrías tanto tiempo esperadas. Guiados por una estrella brillante se acercan, paso a paso, hasta nuestras casas para que, una vez estemos dormidos, entrar con mucho sigilo.
            La tradición marca dejar, tras la puerta, una tacita de agua para los camellos y alguna vianda para que, Sus Majestades, enjuaguen el gaznate y rellenen el vacio estómago pero ¡ojo!, ¡no muchas!, que la noche es larga y mucho el trabajo, no vaya a ocurrir un empacho y tener que abandonarlo todo por una visita a Urgencias o al cuarto de baño más cercano.
            También debemos tener en cuenta dejar un zapato preparado, en lugar visible y, a ser posible, no muy maloliente.
            Si te has portado bien, no debes preocuparte, seguro que algo dejarán, pero para los que no… ¡carbón!
            ¡Disfruta de la magia!

«Convocatoria sindical»

Había llegado tarde. No hacía mucho que había empezado pero notó el ambiente bastante caldeado. El orador gritaba. Los asistentes vociferan consignas de lucha, huelga y rebelión. Se asombró.

          Con tranquilidad tomó posición sobre un pequeño escalón. Podía verlos a todos. Por su cargo en «la empresa», sabía que, tarde o temprano, pedirían su opinión.

          Tras varias intervenciones a favor de abandonar los puestos de trabajo, alegando enfermedad, malestar físico, psíquico…, uno de los asistentes le señaló y pidió que se manifestara.

          Estimados compañeros empezó a decir con tomo suave y apaciguador, estamos en Navidad; millones de personas esperan de nosotros lo mejor. Puede que tengan razón, no lo sé, en verdad yo no me siento ni explotado, ni engañado. Papá Noel es uno, y nosotros sus renos, así que yo Rudolf encendió su naricilla roja seguiré tirando del trineo mientras pueda, ¡recuerden lo que les pasó a los controladores!

¡¡¡¡FELIZ NAVIDAD!!!!

«Extraña costumbre»

Esta mañana he vuelto a encontrar la tapa del váter levantada. Todas las mañanas igual, ¡estoy hasta los “mismísimos” de esta fea costumbre suya!, y mira que lo hemos hablado, pero no hay manera, todas las mañanas igual.
La historia es que, como vivimos en una hermosa casita junto al mar, en primera línea de playa, ella se levanta muy temprano para, antes de ir a trabajar, correr por la playa. Lo hace a pies descalzos, sin calzado, y claro, al llegar a casa está llena de arena por lo que se arregla y viste en el baño de abajo, dice que para no despertarme, pero en realidad es para no tener que barrer sus huellas.
No puedo negar que tengo una mujer inteligente y creativa, pero esta costumbre suya de quitarse la arena de los pies en el retrete, y dejar la tapa levantada, comienza a cansarme.

«¡Se van a enterar!»

Estoy deseando que llegue la hora. Después de la cena, cuando vea sus caras de sorpresa, podré gritar y celebrarlo. ¡Jo qué noche me espera!, ¡se van a enterar!
Como cada año por Navidad, en el curro, nos vamos a cenar, tomar unas copas y organizamos «el amigo invisible». ¿Sabes en qué consiste? Se reparten papelitos, en secreto, cada uno con el nombre de una persona, y es a esa a la que le tienes que regalar, según un dinero establecido.
Hoy es el día de la entrega de los regalos. El día de mi venganza.
No sé muy bien porqué pero el año pasado, me quedé sin regalo. El único que se quedó sin regalo. Me dolió mucho. Este año no ocurrirá. He dado el cambiazo de la caja con los nombres y ahora todos me regalarán a mí. Nadie lo sospecha.
Jou, jou jou, ¡se van a enterar!

«La visita de Eolo»

Desde la antigua Grecia nos visita con toda su furia. Esta es la primera idea que podemos tener algunos, pero lo cierto es que la historia puede tener más trasfondo.
            Según me contaron, hace ya mucho tiempo ─yo fui uno de esos que dieron clase de Latín y cultura clásica─ Zeus otorgó a Eolo, hijo de Poseidón, el poder de controlar a los vientos, los llamados «Anemoi», que se correspondían con los cuatro puntos cardinales (Bóreas, el viento del norte; Noto, viento del sur; Céfiro, viento del oeste y Euro, el viento del este). Él era pues el encargado de controlar las tempestades, el movimiento de las nubes…, y todo para colaborar con otros dioses, en la desempeño de sus labores, o para influir en las acciones de los mortales.
            En esta ocasión, parece que ha soltado a todos los Anemoi a la vez, esperemos que los agarre y no siga. 

«Cuestión de suerte»

Rutinariamente, Intercambiaron sus pulseras identificativas. El día que entraron en aquel recinto se les había encomendado, a cada uno, una tarea distinta. Ellos preferían la del otro. A Carl siempre le gustaba, encargarse del huerto y a Hans, su hermano gemelo, le encantaba el olor de los viejos libros  de la biblioteca. Llevaban un año con aquella costumbre, de forma que los guardias nunca se habían dado cuenta.
Al llegar de sus respectivas tareas, recuperaban su identidad, pues Carl, debía recoger las basuras de la casa del General. No quería perdérselo pues se había enamorado de Anna, una de las criadas que atendía las labores de la mansión.
Hoy Carl no fue al huerto, sino a las chimeneas. Nunca regresó. Hans, para no destapar el engaño por miedo a las posibles represalias, a las basuras. Logró huir y, cuestión de suerte, casarse con Anna, la hermosa criada.

«Entrenado para matar»

Tenía una posición privilegiada así que su disparo fue único y certero.
Mientras caminaba, a la búsqueda del cadáver, una mujer, cubierta por un largo y tupido velo negro, a la carrera se adelantó. Asió el cuerpo entre sus brazos y con movimientos balanceantes comenzó un doloroso lamento lleno de llantos, gritos y oraciones. Un extraño escalofrío recorrió el cuerpo del soldado. Su temblor se volvió angustia:
─¿Qué haz hecho? ─le interrogó la mujer en un idioma de difícil comprensión para nosotros.
El soldado dubitativo no cabía en sí, quería morir. Se arrodilló. Puso su mano asesina sobre el cuerpo inerte y dijo:
─Yo, cumplía órdenes y él…
─¿Él? ¡era tu hermano!
─¡Era un terrorista! Lleva una bomba pegada a su cuerpo.
─No ─dijo abriéndole la chaqueta de pana polvorienta y roída por el uso de los años─  había robado pan; lo llevaba a casa para alimentar a tus hijos.

«La buena racha»

Hoy me contaron lo que le ocurrió a la Señora de Ramón. Para empezar, contaré  que me parece bastante triste de que, en vez de conocerte por tu nombre, te conozcan como «la señora de», así que, la llamaré, Margarita.

Estaba la Señora de, perdón, Margarita, en la cocina fregando platos, recogiendo la loza…, como siempre, con la radio encendida, mientras Ramón, bien apoltronado, en su sofá veía el fútbol.

En los resultados de la lotería dicen, uno tras otro, los números del décimo, que margarita compraba y guardaba celosa en el bolsillo del delantal. Eufórica dice:
─¡Cariño!, ¡nos ha tocado la lotería!
Ramón, tras besarle la frente, sale escaleras abajo para celebrarlo en el bar. Corría mientras gritaba:
─¡Hoy invito yo!
Margarita observaba oculta tras las cortinas, cuando un camión lo arroyó. Mira su décimo, lo besa y dice:
─Es que cuando una está de racha, está de racha.