«José Antonio Labordeta»

Cuando se tiene a todo «Un país en la mochila» la vida se ve de otra manera. Se cuentan «Cuentos de San Cayetano», se escribe un «Diario de náufrago» o «Memorias de un beduino en el Congreso de los Diputados». Se cantan cosas «Aguantando el temporal» y «Con la voz a cuestas», siempre pensando en el «Dulce sabor de los días agrestes». Se recuerda  «El comité», ya pasado, en el que con la célebre frase de “¡a la mierda!”, mandaba a freír chuchangas a los “peperos” del Congreso de los Diputados. Tras esto, en algún momento bromeó que, tal vez, esta frase aparecería en su lápida, pero además, también se le recordará por ser un hombre polifacético (poeta, escritor, cantautor, político, filósofo… maestro), luchador por la libertad, que tras años de pelotera con la vida y las épocas que le tocaron vivir, al final fue vencido por la triste enfermedad.

«Mi momento»

Ahora sí que estoy tranquilo y relajado. Puedo sentir como el agua me rodea, como lo ocupa todo. Floto ─será por aquello grabado en la mente de muchos de que: Todo cuerpo sumergido en un fluido experimenta un…¡Uf!, paso. Vuelvo a mi momento─ Si sumerjo mi cabeza, un fino ruido ambiental llega a mi interior. Contengo la respiración. El latido de mi corazón y yo, todo uno. Sin ideas. No pienso, pero existo ─lo siento por Descartes─. Respiro, cual cetáceo ─es que asfixiaba─. Despejo mi cara de gotas incómodas y pelos revoltosos. Me recuesto. Hay a quién, en estos momentos, le gustaría sentir la arena cálida de la playa bajo sus pies, no se bien si para recordar el verano o por simple vicio, pero yo, ahora, no necesito más. La bañera es un lugar fantástico para desconectar y olvidar. La próxima vez que me haga una casa pondré una.

«Tristeza»

Quizás no sabía bien el motivo de su llanto, pero lloraba. Aquel era uno de esos instantes en los que su cuerpo le pedía una cosa, su mente le ordenaba otra y la situación sólo le dejaba una opción. Asomó su imagen entre las tristes cortinas del balcón. En la calle la gente iba de aquí para allá, ajena a lo que ocurría en el séptimo piso. Sin pensarlo abrió la puerta corredera y llevó su cuerpo al exterior. El aire le golpeó la cara. Sus manos se aferraban a los laterales del aluminio mientras, sus pies, acariciaban el alfeizar. Hoy se había levantado con una gran tristeza y eso le hacía dudar. Respiró hondo y continuó. Del bolsillo trasero de su pantalón sacó el arrugado paño que le colgaba y comenzó con la limpieza de los cristales. Algún día se dijo, podré dejar este trabajo y terminar mi carrera. 

«La vida de la señora María»

Cuentan que hace algún tiempo la señora María tuvo que acudir al ayuntamiento para realizar unas gestiones. Iba acompañada por sus cinco hijos, todos varones, que muy tranquilos esperaban sentados a que su madre terminara de hacer sus gestiones.
La funcionaria, asombrada por el buen comportamiento que mantenían los chicos y con el fin de entretenerse mientras María rellenaba los impresos, dijo:
─¡Que niños más buenos! ¿Cuántos años tienen?
La Señora María, levantó la vista, y comenzó a señalarlos:
─Diez, ocho, seis, cuatro y, el pequeño, dos.
─¿Cómo se llaman?
Ella volvió a señalarlos.
─Alejandro, Alejandro, Alejandro, Alejandro y Alejandro.
─¿Todos se llaman Alejandro? ─preguntó extrañada la oficinista.
─Sí.
─Y ¿Cómo hace para llamarlos a comer?
─Fácil, grito ¡Alejandro! y vienen los cinco.
─¿Y para ducharse?
─Fácil, grito ¡Alejandro! y vienen los cinco.
─Pero y si quiere que venga uno en concreto, ¿cómo lo hace?
─Lo llamo por el apellido.
(Basado en un viejo chiste del que me acordé)

«En su honor»

Había una vez un individuo sentado en un sillón. Tras horas de lectura sintió un fuerte escalofrío cuando, en su mente, vio «El evangelio según Jesucristo», una obra increíble por culpa de la cual había tenido que marcharse de su país natal. Tras horas de imaginar cómo sería la «Tierra de pecado» descubrió, a través de la «Claraboya» que nunca vio la  luz,  lo que diera «Probablemente alegría» a todos los vecinos, ya que, «Levantado del suelo» y con clara nitidez, descubrió el «Ensayo sobre la ceguera» donde «Todos los nombres» quedarían reflejados para siempre.
            El personaje durmió. Una vez despertado por la pesadilla de sentirse «El hombre duplicado», y tras hacer «El viaje del elefante», se introdujo en el oscuro vientre de «La caverna» desde el que haría su último «Viaje a Portugal».
Tras jugar con los títulos de algunas de sus obras, in memoriam, te invito a que escojas uno y lo leas. 

«In memoriam»

Había una vez una joven «Señora de rojo sobre fondo gris» que, escondida tras «La sombra del ciprés es alargada», soñaba con encontrar «El camino» para poder llegar a pasar, al menos, «Cinco horas con Mario».
«La hoja roja» le devolvió de su ensimismamiento. Tras grandes paseos, «Por esos mundos», descubrió como «El príncipe destronado» leía un apasionado «Diario de un cazador» en las que podía recordar aquellas maravillosas «Siestas con viento sur» le devolvían a antaño, cuando «Los santos inocentes», de verdad lo eran, y aquellas «Viejas historias de Castilla la Vieja» repercutían en «El disputado voto del señor Cayo».
Ahora su cuerpo yace cubierto por «La mortaja» que otrora lo elevó a lo alto. Ahora su obra queda como testigo fiel de un talento que hasta «Las ratas» o «El hereje», siempre veneraron.
He jugado con algunos de sus títulos como pequeño homenaje. Ahora toca leer su obra.

«Mi sueño»

Desde la más tierna infancia supe que era distinto a los demás. Tenía sueños, ilusiones, inquietudes: quería ser piloto, montar a caballo… Mi destino estaba marcado por las estrellas, que alumbrarían el camino de mi ser de una manera diferente.

Al principio todo iba bien, hasta que comencé la escuela. Ese chico activo, vivaracho, feliz y distinto, se convirtió, poco a poco, en uno de ellos: el uniforme, la tarea, los horarios…

Una noche deseé que todo cambiara.

Como tocado por una maligna varita mágica, una extraña enfermedad se apoderó de mis entrañas. No podía moverme. Casi no podía hablar, gemía.

Cuando iba sentado en mi silla de ruedas, con la cabeza inclinada hacia un lado y la baba cayéndome, la gente me miraba y se compadecía de mi existencia.

Ahora había logrado cumplir mi sueño. Ya soy distinto a los otros. ¡Qué lástima! ¡Ojalá fuera igual a los demás!

“El anillo de los deseos”

Había una vez una misteriosa isla gobernada por una bella, aunque muy malvada, reina. Su posesión más preciada era un anillo que daba poderes ilimitados a quien lo poseyera.
En una ocasión una joven aventurera, de nombre Sara, intentó robárselo, con el único fin de intentar devolver a su pueblo todo aquello que le había sido arrebatado.
Tras una peligrosa escalada por los muros de la fortaleza, Sara logró colarse en los aposentos reales sin ser detectada por la guardia.
Con mucho sigilo abrió el pequeño cofre en el que dormía la joya, pero nada más colocarse el anillo en su mano, un resplandor iluminó la habitación despertando a Su Majestad que se puso a chillar alertando a los soldados.
Sara rápidamente deseó estar en un lugar seguro, y el mismo, se cumplió. Deseó el bien, y lo consiguió. Deseó que todas las personas fuéramos iguales y,… en ello está.